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1 SAMUEL

Capítulo 1

1 Había un hombre de Ramataim-zofim, de la región montañosa de Efraín, el cual

se llamaba Elcana. Era hijo de Jerojam, hijo de Elihú, hijo de Toju, hijo de Zuf el

efrateo. 2 Y tenía dos mujeres: Una se llamaba Ana, y la otra Penina. Penina tenía

hijos, pero Ana no los tenía. 3 Aquel hombre subía año tras año desde su ciudad,

para adorar y ofrecer sacrificios a Jehovah de los Ejércitos en Silo. Allí estaban los

dos hijos de Elí: Ofni y Fineas, sacerdotes de Jehovah. 4 Y cuando llegaba el día en

que Elcana ofrecía sacrificio, daba porciones a Penina su mujer y a todos sus hijos e

hijas. 5 Y aunque a Ana le daba una sola porción, él la amaba, a pesar de que

Jehovah había cerrado su matriz. 6 Pero su rival la irritaba continuamente para

humillarla, porque Jehovah había cerrado su matriz. 7 Así hacía cada año, cuando

subía a la casa de Jehovah; ella la irritaba, por lo cual Ana lloraba y no comía. 8 Y

Elcana su marido le dijo: — Ana, ¿por qué lloras? ¿Por qué no comes? ¿Por qué

está afligido tu corazón? ¿No soy yo para ti mejor que diez hijos?

9 Después de haber comido y bebido en Silo, Ana se levantó; y mientras el

sacerdote Elí estaba sentado en una silla junto al poste de la puerta del templo de

Jehovah, 10 ella oró a Jehovah con amargura de alma y lloró mucho. 11 E hizo un

voto diciendo: — Oh Jehovah de los Ejércitos, si te dignas mirar la aflicción de tu

sierva, te acuerdas de mí y no te olvidas de tu sierva, sino que le das un hijo varón,

entonces yo lo dedicaré a Jehovah por todos los días de su vida, y no pasará navaja

sobre su cabeza. 12 Sucedió que mientras ella oraba largamente delante de Jehovah,

Elí observaba la boca de ella. 13 Ana hablaba en su corazón; sólo se movían sus

labios, pero no se oía su voz. Elí creyó que ella estaba ebria. 14 Y le preguntó Elí: —

¿Hasta cuándo vas a estar ebria? ¡Aparta de ti el vino! 15 Ana respondió y dijo: —

No, señor mío; yo soy una mujer atribulada de espíritu. No he bebido vino ni licor,

sino que he derramado mi alma delante de Jehovah. 16 No pienses que tu sierva es

una mujer impía. Es por mi gran congoja y por mi aflicción que he hablado hasta

ahora. 17 Elí respondió y le dijo: — Vé en paz, y que el Dios de Israel te conceda la

petición que le has hecho. 18 Ella dijo: — Que tu sierva halle gracia ante tus ojos. La

mujer siguió su camino. Después comió y no estuvo más triste.

19 Se levantaron de madrugada y adoraron delante de Jehovah. Y volviéndose,

llegaron a su casa en Ramá. Elcana conoció a Ana su mujer, y Jehovah se acordó de

ella. 20 Y sucedió que a su debido tiempo, Ana concibió y dio a luz un hijo. Y le

puso por nombre Samuel, diciendo: “Porque se lo pedí a Jehovah.” 21 Después

aquel hombre, Elcana, subió con toda su familia, para ofrecer a Jehovah el sacrificio

anual y cumplir su voto. 22 Pero Ana no fue, sino que dijo a su marido: — Tan

pronto como el niño sea destetado, lo llevaré para que sea presentado ante Jehovah

y se quede allí para siempre. 23 Y Elcana su marido le respondió: — Haz lo que te

parezca bien; quédate hasta que lo destetes. ¡Sólo que Jehovah cumpla la palabra

que sale de tu boca! Así que la mujer se quedó y amamantó a su hijo hasta que lo

destetó. 24 Y después de haberlo destetado, lo llevó consigo y lo trajo a la casa de

Jehovah en Silo, junto con un toro de tres años, un efa de harina y una vasija de

vino. El niño era pequeño. 25 Después de degollar el toro llevaron el niño a Elí. 26 Y

ella dijo: — ¡Oh, señor mío! Vive tu alma, oh señor mío, que yo soy aquella mujer

que estuvo de pie aquí, junto a ti, orando a Jehovah. 27 Por este niño oraba, y

Jehovah me ha concedido lo que le pedí. 28 Por eso yo también lo dedico a Jehovah;

y estará dedicado a Jehovah todos los días de su vida. Y adoraron allí a Jehovah.

Capítulo 2

1 Entonces Ana oró y dijo: “Mi corazón se regocija en Jehovah; mi poder se

enaltece en Jehovah. Mi boca se ensancha contra mis enemigos, porque me he

alegrado en tu salvación. 2 No hay santo como Jehovah, porque no hay ninguno

aparte de ti; no hay roca como nuestro Dios. 3 No multipliquéis palabras altaneras;

cesen en vuestra boca las palabras insolentes. Porque Jehovah es un Dios de todo

saber; por él son examinadas las acciones. 4 Los arcos de los fuertes son

quebrados, pero los que tropiezan se ciñen de poder. 5 Los que estaban saciados se

alquilan por comida, pero los que estaban hambrientos dejan de estarlo. Aun la que

era estéril da a luz siete hijos, pero la que tenía muchos hijos languidece. 6 Jehovah

hace morir y hace vivir. El hace descender al Seol y hace subir. 7 Jehovah hace

empobrecer y hace enriquecer. El humilla y enaltece. 8 El levanta del polvo al pobre,

y al necesitado enaltece desde la basura, para hacerle sentar con los nobles y

hacerle poseer un trono de honor. Porque de Jehovah son las columnas de la tierra,

y sobre ellas asentó el mundo. 9 El guarda los pies de sus fieles, pero los impíos

perecen en las tinieblas; porque nadie triunfará por su propia fuerza. 10 Jehovah

quebrantará a sus adversarios; contra ellos tronará desde los cielos. Jehovah juzgará

los confines de la tierra. El dará fortaleza a su rey y enaltecerá el poder de su

ungido.”

11 Después, Elcana regresó a su casa en Ramá, pero el niño servía a Jehovah

delante del sacerdote Elí. 12 Los hijos de Elí eran hombres impíos, que no tenían

conocimiento de Jehovah. 13 Los sacerdotes acostumbraban a proceder con el

pueblo de esta manera: Cuando alguno ofrecía un sacrificio, y mientras era cocida la

carne, el criado del sacerdote iba con un tenedor de tres dientes en su mano, 14 y lo

metía en el perol, en el caldero, en la olla o en la marmita. Y todo lo que sacaba el

tenedor, el sacerdote lo tomaba para sí. Esto hacían con todo israelita que iba allí a

Silo. 15 Asimismo, el criado del sacerdote iba, aun antes que quemaran el sebo, y

decía al que sacrificaba: “Da al sacerdote carne para asar, porque no tomará de ti

carne cocida, sino cruda.” 16 Si el hombre le respondía: “Deja que primero hagan

arder el sebo, y después toma todo lo que te apetezca”, él decía: “No, dámela ahora

mismo; de lo contrario, la tomaré por la fuerza.” 17 El pecado de los jóvenes era muy

grande delante de Jehovah, porque los hombres trataban con irreverencia las

ofrendas de Jehovah. 18 El niño Samuel servía delante de Jehovah, vestido con un

efod de lino. 19 Su madre le hacía año tras año una túnica pequeña, y se la llevaba

cuando iba con su marido para ofrecer el sacrificio anual. 20 Entonces Elí bendecía a

Elcana y a su mujer diciendo: “Jehovah te dé hijos de esta mujer, en lugar de este

que ella pidió a Jehovah.” Y regresaban a su casa. 21 Jehovah visitó a Ana con su

favor, y ella concibió y dio a luz tres hijos y dos hijas. Y el niño Samuel crecía

delante de Jehovah. 22 Elí ya era muy anciano y oía todo lo que hacían sus hijos a

todo Israel, y cómo se acostaban con las mujeres que servían a la entrada del

tabernáculo de reunión. 23 El les preguntó: — ¿Por qué hacéis semejantes cosas? Yo

oigo de todo este pueblo acerca de vuestras malas acciones. 24 No, hijos míos, no

es bueno el rumor que oigo y que el pueblo de Jehovah difunde. 25 Si un hombre

peca contra otro hombre, Dios intercederá por él; pero si alguno peca contra

Jehovah, ¿quién intercederá por él? Sin embargo, ellos no escucharon la voz de su

padre, porque Jehovah quería hacerlos morir. 26 Y el niño Samuel crecía en estatura

y en gracia para con Dios y los hombres.

27 Entonces un hombre de Dios vino a Elí y le dijo: “Así dice Jehovah: ‘Yo me

manifesté claramente a la casa de tu padre, cuando estaban en Egipto al servicio de

la casa del faraón. 28 Yo le escogí como sacerdote mío entre todas las tribus de

Israel, para que subiera a mi altar, quemara el incienso y llevara el efod en mi

presencia. Yo he dado a la casa de tu padre todas las ofrendas quemadas de

los hijos de Israel. 29 ¿Por qué habéis desdeñado mis sacrificios y mis ofrendas que

mandé ofrecer en mi morada? Has honrado a tus hijos más que a mí, y os habéis

engordado con lo mejor de todas las ofrendas de mi pueblo Israel.’ 30 Por tanto,

dice Jehovah Dios de Israel: ‘En verdad, yo había dicho que tu casa y la casa de tu

padre estarían delante de mí para siempre.’ Pero ahora, dice Jehovah: ¡De ninguna

manera! Yo honraré a los que me honran, pero los que me desprecian serán tenidos

en poco. 31 He aquí vienen días cuando cortaré tu brazo y el brazo de la casa de tu

padre, de modo que en tu casa no haya ancianos. 32 Tú verás que tu morada padece

necesidad, mientras yo colmo de bienes a Israel; y jamás habrá ancianos en tu casa.

33 Pero no eliminaré completamente a los tuyos que sirven en mi altar, para consumir

tus ojos y llenar tu alma de dolor. Todos los descendientes de tu casa morirán en la

edad viril. 34 Te servirá de señal esto que acontecerá a tus dos hijos, Ofni y Fineas:

Ambos morirán en el mismo día. 35 Pero yo levantaré para mí un sacerdote fiel que

actúe conforme a mi corazón y a mi alma. Le edificaré una casa firme, y él andará en

presencia de mi ungido todos los días. 36 Y sucederá que el que quede de tu casa irá

a postrarse delante de él por un poco de dinero y por un bocado de pan, diciéndole:

‘Por favor, asóciame con alguno de los servicios sacerdotales, a fin de que yo tenga

un poco de pan para comer.’”

Capítulo 3

1 El joven Samuel servía a Jehovah delante de Elí. La palabra de Jehovah

escaseaba en aquellos días, y no había visiones con frecuencia. 2 Pero aconteció

cierto día, mientras Elí (cuyos ojos habían comenzado a debilitarse, de modo que no

podía ver) estaba acostado en su aposento 3 y Samuel dormía en el templo de

Jehovah donde estaba el arca de Dios, que antes que la lámpara de Dios fuese

apagada, 4 Jehovah llamó a Samuel, y él respondió: — Heme aquí. 5 Y corrió a Elí

diciendo: — Heme aquí. ¿Para qué me has llamado? Elí respondió: — Yo no te he

llamado. Vuelve a acostarte. El se volvió y se acostó, 6 y Jehovah volvió a llamar: —

¡Samuel! Samuel se levantó, fue a Elí y dijo: — Heme aquí. ¿Para qué me has

llamado? Elí respondió: — Hijo mío, yo no te he llamado. Vuelve a acostarte.

7 Samuel todavía no conocía a Jehovah, ni la palabra de Jehovah le había sido aún

revelada. 8 Jehovah llamó por tercera vez a Samuel; y él se levantó, fue a Elí y dijo:

— Heme aquí. ¿Para qué me has llamado? Entonces Elí entendió que Jehovah

llamaba al joven. 9 Y Elí dijo a Samuel: — Vé y acuéstate; y sucederá que si te

llama, dirás: “Habla, oh Jehovah, que tu siervo escucha.” Samuel se fue y se

acostó en su sitio. 10 Entonces vino Jehovah, se paró y llamó como las otras veces:

— ¡Samuel, Samuel! Samuel respondió: — Habla, que tu siervo escucha.

11 Y Jehovah dijo a Samuel: — He aquí, yo voy a hacer algo en Israel, que a

quien lo escuche le retiñirán ambos oídos. 12 Aquel día cumpliré contra Elí, de

principio a fin, todas las cosas que he hablado contra su casa. 13 Yo le he declarado

que juzgaré a su casa para siempre, por la iniquidad que él conoce; porque sus hijos

han blasfemado contra Dios, y él no les ha reprochado. 14 Por tanto, he jurado a la

casa de Elí que la iniquidad de su casa jamás será expiada, ni con sacrificios ni con

ofrendas. 15 Samuel permaneció acostado hasta la mañana. Luego abrió las puertas

de la casa de Jehovah, pero Samuel temía contar la visión a Elí. 16 Entonces Elí llamó

a Samuel y le dijo: — Hijo mío, Samuel. El respondió: — Heme aquí. 17 El le

preguntó: — ¿Qué es lo que te ha hablado? Por favor, no me lo encubras. Así te

haga Dios y aun te añada, si me encubres una palabra de todo lo que ha hablado

contigo. 18 Samuel se lo contó todo sin encubrirle nada. Entonces él dijo: — ¡El es

Jehovah! Que haga lo que le parezca bien.

19 Samuel crecía, y Jehovah estaba con él y no dejaba sin cumplir ninguna de sus

palabras. 20 Todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, sabía que Samuel estaba

acreditado como profeta de Jehovah. 21 Jehovah volvió a manifestarse en Silo, pues

era en Silo donde Jehovah se revelaba a Samuel mediante la palabra de Jehovah.

Capítulo 4

1 Y la palabra de Samuel llegaba a todo Israel. Por aquel tiempo Israel salió en

pie de guerra al encuentro de los filisteos, y acampó junto a Eben-ezer, mientras que

los filisteos acamparon en Afec. 2 Los filisteos se dispusieron para combatir contra

Israel; y cuando se libró la batalla, Israel fue vencido ante los filisteos, quienes

mataron en el campo de batalla a unos 4.000 hombres. 3 Cuando el pueblo volvió al

campamento, los ancianos de Israel preguntaron: — ¿Por qué nos ha causado hoy

Jehovah una derrota ante los filisteos? Hagamos traer acá desde Silo el arca del

pacto de Jehovah, a fin de que venga en medio de nosotros y nos libre de mano de

nuestros enemigos. 4 Entonces el pueblo envió a Silo, e hicieron traer de allí el arca

del pacto de Jehovah de los Ejércitos, que tiene su trono entre los querubines. Ofni y

Fineas, los dos hijos de Elí, estaban allí con el arca del pacto de Dios. 5 Aconteció

que cuando el arca del pacto de Jehovah llegó al campamento, todo Israel gritó

con un júbilo tan grande que la tierra tembló. 6 Cuando los filisteos oyeron el

estruendo del júbilo, preguntaron: — ¿A qué se debe este estruendo de gran júbilo

en el campamento de los hebreos? Cuando se enteraron de que el arca de Jehovah

había sido traída al campamento, 7 los filisteos tuvieron miedo. Y decían: — ¡Los

dioses han venido al campamento! — Y añadían — : ¡Ay de nosotros, porque

semejante cosa no había sucedido antes! 8 ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos librará de

mano de estos dioses fuertes? Estos son los dioses que hirieron a los egipcios con

toda clase de plagas en el desierto. 9 Esforzaos, oh filisteos, y sed hombres, para que

no sirváis a los hebreos como ellos os han servido a vosotros. ¡Sed hombres y

combatid!

10 Los filisteos combatieron, e Israel fue vencido; y cada uno huyó a su morada.

Ocurrió una gran derrota, pues cayeron de Israel 30.000 hombres de infantería. 11 El

arca de Dios fue tomada, y fueron muertos Ofni y Fineas, los dos hijos de Elí.

12 Aquel mismo día, cierto hombre de Benjamín corrió desde el campo de

batalla hasta Silo, con la ropa rasgada y tierra sobre su cabeza. 13 Cuando llegó, he

aquí que Elí estaba sentado en un banco vigilando junto al camino, porque su

corazón temblaba a causa del arca de Dios. Cuando aquel hombre llegó a la ciudad

y dio la noticia, toda la ciudad prorrumpió en griterío. 14 Al oír Elí el estruendo del

griterío, preguntó: — ¿Qué estruendo de alboroto es éste? El hombre se dio prisa,

vino y dio la noticia a Elí. 15 Elí tenía ya 98 años; sus pupilas estaban inmóviles, de

modo que no podía ver. 16 El hombre dijo a Elí: — Soy el que ha venido de la

batalla; hoy escapé de la batalla. Y Elí le preguntó: — ¿Qué ha pasado, hijo mío?

17 El mensajero respondió y dijo: — Israel ha huido delante de los filisteos. Ha

ocurrido una gran mortandad entre el pueblo. También han muerto tus dos hijos,

Ofni y Fineas; y el arca de Dios ha sido capturada. 18 Y aconteció que cuando él

mencionó el arca de Dios, Elí cayó de espaldas del banco, junto a la puerta. Se

quebró la nuca, y murió, porque era hombre anciano y obeso. El había juzgado a

Israel durante cuarenta años.

19 También su nuera, la mujer de Fineas, que estaba encinta y próxima a dar a

luz, al oír la noticia de que el arca de Dios había sido capturada y que su suegro y su

marido habían muerto, se encorvó y dio a luz; porque le sobrevinieron sus dolores.

20 Al tiempo que moría, le decían las que estaban junto a ella: — No tengas temor,

porque has dado a luz un hijo. Pero ella no respondió ni prestó atención. 21 Ella

llamó al niño Icabod diciendo: — La gloria se ha apartado de Israel. Dijo esto

porque el arca de Dios había sido capturada, y por lo ocurrido a su suegro y a

su marido. 22 Ella dijo: — La gloria se ha apartado de Israel, porque el arca de Dios

ha sido capturada.

Capítulo 5

1 Después de haber capturado el arca de Dios, los filisteos la llevaron de Ebenezer

a Asdod. 2 Los filisteos tomaron el arca de Dios, la introdujeron en el templo de

Dagón y la pusieron junto a Dagón. 3 Y cuando los de Asdod se levantaron

temprano al día siguiente, he aquí que Dagón estaba caído en tierra sobre su rostro,

frente al arca de Jehovah. Entonces tomaron a Dagón y lo pusieron otra vez en su

sitio. 4 Pero al levantarse temprano al día siguiente, he aquí que Dagón estaba caído

en tierra sobre su rostro, frente al arca de Jehovah; y la cabeza y las manos de

Dagón estaban cortadas, sobre el umbral. Sólo el tronco le había quedado a Dagón.

5 Por esta razón los sacerdotes de Dagón, y todos los que entran en el templo de

Dagón, no pisan el umbral de Dagón en Asdod, hasta el día de hoy.

6 La mano de Jehovah se agravó contra los de Asdod: Los asoló y los hirió con

tumores, tanto en Asdod como en sus territorios. 7 Al ver esto, los hombres de

Asdod dijeron: — ¡Que no se quede con nosotros el arca del Dios de Israel, porque

su mano es dura sobre nosotros y sobre Dagón nuestro dios! 8 Entonces mandaron

reunirse con ellos a todos los gobernantes de los filisteos y les preguntaron: — ¿Qué

haremos con el arca del Dios de Israel? Ellos respondieron: — Que el arca del Dios

de Israel sea trasladada a Gat. Y trasladaron el arca del Dios de Israel. 9 Pero

aconteció, después que la habían trasladado, que la mano de Jehovah fue contra la

ciudad ocasionando gran pánico. E hirió a los hombres de la ciudad, desde el menor

hasta el mayor, de modo que aparecieron en ellos tumores. 10 Entonces enviaron el

arca de Dios a Ecrón. Y sucedió que cuando el arca de Dios llegó a Ecrón, los de

Ecrón dieron voces diciendo: — ¡Han trasladado hasta nosotros el arca del Dios de

Israel, para que nos haga morir a nosotros y a nuestro pueblo! 11 Entonces

mandaron reunir a todos los gobernantes de los filisteos, y dijeron: — Enviad el arca

del Dios de Israel y que vuelva a su lugar, no sea que nos mate a nosotros y a

nuestro pueblo. Pues había pánico de muerte en toda la ciudad, y la mano de Dios

se había agravado allí. 12 Los hombres que no habían muerto fueron llagados con

tumores, y el clamor de la ciudad subía hasta el cielo.

Capítulo 6

1 El arca de Jehovah estuvo en la tierra de los filisteos siete meses. 2 Entonces los

filisteos llamaron a los sacerdotes y adivinos, y les preguntaron: — ¿Qué haremos

con el arca de Jehovah? Dadnos a conocer cómo la hemos de enviar a su lugar.

3 Ellos respondieron: — Si enviáis el arca del Dios de Israel, no la enviéis sola; sino

más bien, enviadle una ofrenda por la culpa. Entonces seréis sanados y entenderéis

por qué su mano no se apartó de vosotros. 4 Ellos preguntaron: — ¿Cuál será la

ofrenda por la culpa que le hemos de enviar? Ellos respondieron: — Daréis cinco

tumores de oro y cinco ratones de oro, conforme al número de los gobernantes de

los filisteos, porque la misma plaga os ha afligido a todos vosotros y a vuestros

gobernantes. 5 Haced, pues, figuras de vuestros tumores y de los ratones que

destruyen la tierra, y dad gloria al Dios de Israel; quizás aligere el peso de su mano

sobre vosotros, sobre vuestros dioses y sobre vuestra tierra. 6 ¿Por qué

endureceréis vuestro corazón, como los egipcios y el faraón endurecieron su

corazón? Después que él se había mofado de ellos, ¿no los dejaron ir, y se fueron?

7 Haced, pues, una carreta nueva; luego tomad dos vacas que estén criando, sobre

las cuales no haya sido puesto yugo; uncid las vacas a la carreta y haced volver sus

terneros, de detrás de ellas, al corral. 8 Tomad luego el arca de Jehovah y ponedla

sobre la carreta. Poned junto a ella, en una caja, los objetos de oro que le habéis de

dar como ofrenda por la culpa, y dejadla ir. 9 Entonces mirad: Si sube a Bet-semes

por el camino hacia su territorio, entonces es Jehovah quien nos ha hecho este mal

tan grande. Si no, nos convenceremos de que no fue su mano la que nos hirió, sino

que nos ha sucedido por casualidad.

10 Y los hombres lo hicieron así. Tomaron dos vacas que estaban criando, las

uncieron a la carreta y encerraron sus terneros en el corral. 11 Luego pusieron sobre

la carreta el arca de Jehovah y la caja con los ratones de oro y las figuras de sus

tumores. 12 Entonces las vacas se fueron de frente por el camino de Bet-semes. Iban

por el camino, mugiendo mientras iban, sin apartarse ni a la derecha ni a la izquierda.

Y los gobernantes de los filisteos fueron tras ellas hasta la frontera de Bet-semes.

13 Los habitantes de Bet-semes estaban segando el trigo en el valle, y alzando sus

ojos divisaron el arca y se alegraron al verla. 14 La carreta llegó al campo de Josué,

de Bet-semes, y se detuvo allí, porque había una gran piedra. Entonces ellos

partieron la madera de la carreta y ofrecieron las vacas en holocausto a Jehovah.

15 Los levitas bajaron el arca de Jehovah y la caja que estaba junto a ella, en la

cual estaban los objetos de oro, y las pusieron sobre aquella gran piedra. Aquel día

los hombres de Bet-semes hicieron holocaustos y ofrecieron sacrificios a Jehovah.

16 Cuando los cinco gobernantes de los filisteos vieron esto, regresaron a Ecrón el

mismo día. 17 Los tumores de oro que los filisteos dieron a Jehovah como ofrenda

por la culpa fueron: uno por Asdod, uno por Gaza, uno por Ascalón, uno por Gat y

uno por Ecrón. 18 También los ratones de oro fueron según el número de todas las

ciudades filisteas de los cinco gobernantes, tanto las ciudades fortificadas como sus

aldeas sin muros. La gran piedra, sobre la cual colocaron el arca de Jehovah, está en

el campo de Josué, de Bet-semes, hasta el día de hoy.

19 Entonces Dios hirió a algunos de los hombres de Bet-semes, porque habían

mirado dentro del arca de Jehovah. Hirió a setenta personas del pueblo. Y el pueblo

hizo duelo, porque Jehovah los había herido con una plaga tan grande. 20 Los

hombres de Bet-semes dijeron: — ¿Quién podrá estar delante de Jehovah, este

Dios santo? ¿Y a quién irá desde nosotros? 21 Entonces enviaron mensajeros a los

habitantes de Quiriat-jearim, y dijeron: — Los filisteos han devuelto el arca de

Jehovah. Descended y subidla a vuestro lugar.

Capítulo 7

1 Los hombres de Quiriat-jearim vinieron, subieron el arca de Jehovah y la

llevaron a la casa de Abinadab, en la colina. Luego consagraron a su hijo Eleazar

para que guardase el arca de Jehovah. 2 Aconteció que desde el día en que el arca

llegó a Quiriat-jearim, pasó mucho tiempo, unos veinte años; y toda la casa de Israel

gemía por Jehovah.

3 Entonces Samuel habló a toda la casa de Israel, diciendo: — Si de todo

vuestro corazón os volvéis a Jehovah, quitad de en medio de vosotros los dioses

extraños y las Astartes, y preparad vuestro corazón para Jehovah. Servidle sólo a él,

y él os librará de mano de los filisteos. 4 Entonces los hijos de Israel quitaron los

Baales y las Astartes, y sirvieron sólo a Jehovah. 5 Y Samuel dijo: — Reunid a todo

Israel en Mizpa, y yo oraré por vosotros a Jehovah. 6 Se reunieron en Mizpa,

sacaron agua y la vertieron delante de Jehovah. Aquel día ayunaron allí y dijeron: —

Hemos pecado contra Jehovah. Y Samuel juzgaba a los hijos de Israel en Mizpa.

7 Cuando los filisteos oyeron que los hijos de Israel se habían reunido en Mizpa,

los gobernantes de ellos subieron contra Israel. Al oír esto, los hijos de Israel

tuvieron temor de los filisteos. 8 Y los hijos de Israel dijeron a Samuel: — No ceses

de clamar por nosotros a Jehovah nuestro Dios, para que nos guarde de la mano de

los filisteos. 9 Entonces Samuel tomó un cordero de leche y lo ofreció entero a

Jehovah, como holocausto. Samuel clamó a Jehovah por Israel, y Jehovah le

escuchó. 10 Y aconteció que mientras Samuel ofrecía el holocausto, los filisteos se

acercaron para combatir contra los hijos de Israel. Pero Jehovah tronó aquel día con

gran estruendo sobre los filisteos. El los confundió, y ellos fueron derrotados ante

Israel. 11 Los hombres de Israel salieron de Mizpa y persiguieron a los filisteos,

hiriéndolos hasta abajo de Betcar. 12 Luego Samuel tomó una piedra y la puso entre

Mizpa y Sen, y la llamó Eben-ezer, diciendo: — ¡Hasta aquí nos ayudó Jehovah!

13 Así los filisteos fueron sometidos y no volvieron más a invadir el territorio de

Israel. La mano de Jehovah estuvo contra los filisteos todo el tiempo de Samuel.

14 Y fueron restituidas a Israel las ciudades que los filisteos le habían tomado desde

Ecrón hasta Gat. Israel rescató sus territorios de mano de los filisteos. Y hubo paz

entre Israel y los amorreos. 15 Samuel juzgó a Israel todo el tiempo que vivió. 16 El

iba año tras año y hacía un recorrido por Betel, Gilgal y Mizpa; y juzgaba a Israel en

todos estos lugares. 17 Después regresaba a Ramá, pues allí estaba su casa; y allí

también juzgaba a Israel. Allí mismo edificó un altar a Jehovah.

Capítulo 8

1 Aconteció que habiendo envejecido Samuel, puso a sus hijos como jueces de

Israel. 2 Su hijo primogénito se llamaba Joel, y su segundo, Abías. Ellos fueron

jueces en Beerseba. 3 Pero sus hijos no andaban en los caminos de él. Más bien, se

desviaron tras las ganancias deshonestas, aceptando soborno y pervirtiendo el

derecho.

4 Entonces todos los ancianos de Israel se reunieron y fueron a Samuel, en

Ramá, 5 y le dijeron: — He aquí que tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus

caminos. Por eso, constitúyenos ahora un rey que nos gobierne, como tienen todas

las naciones. 6 Estas palabras desagradaron a Samuel, porque dijeron: “Danos un

rey que nos gobierne.” Samuel oró a Jehovah, 7 y Jehovah le dijo: — Escucha la voz

del pueblo en todo lo que te diga, porque no es a ti a quien han desechado. Es a mí

a quien han desechado, para que no reine sobre ellos. 8 De la misma manera que han

hecho conmigo desde el día en que los saqué de Egipto hasta el día de hoy,

abandonándome y sirviendo a otros dioses, así hacen contigo también. 9 Ahora pues,

escucha su voz, pero adviérteles solemnemente y declárales cuál será el proceder

del rey que ha de reinar sobre ellos. 10 Samuel refirió todas las palabras de Jehovah

al pueblo que le había pedido un rey. 11 Y dijo: — Este será el proceder del rey que

reine sobre vosotros: Tomará a vuestros hijos y los pondrá en sus carros y en su

caballería, para que corran delante de su carro. 12 Nombrará para sí jefes de millares

y jefes de cincuenta. Hará que aren sus campos y sieguen su mies, que fabriquen sus

armas de guerra y el equipo de sus carros. 13 Tomará a vuestras hijas para que sean

perfumadoras, cocineras y panaderas. 14 También tomará lo mejor de vuestras

tierras, de vuestras viñas y de vuestros olivares, y los dará a sus servidores.

15 Tomará el diezmo de vuestros granos y viñedos para dárselo a sus funcionarios y

servidores. 16 Tomará a vuestros siervos, a vuestras siervas, vuestros mejores

bueyes y vuestros mejores asnos para ocuparlos en sus obras. 17 También tomará el

diezmo de vuestros rebaños, y vosotros mismos seréis sus siervos. 18 Aquel día

clamaréis a causa de vuestro rey que os habréis elegido, pero aquel día Jehovah no

os escuchará. 19 Sin embargo, el pueblo rehusó escuchar a Samuel. Y dijeron: —

¡No! Más bien, que haya rey sobre nosotros. 20 Entonces nosotros seremos también

como todas las naciones. Nuestro rey nos gobernará, saldrá al frente de nosotros y

llevará a cabo nuestras batallas. 21 Samuel escuchó todas las palabras del pueblo y

las refirió a oídos de Jehovah. 22 Y Jehovah dijo a Samuel: — Escucha su voz y

constituye un rey sobre ellos. Entonces Samuel dijo a los hombres de Israel: —

Regrese cada uno a su ciudad.

Capítulo 9

1 Había un hombre de Benjamín que se llamaba Quis hijo de Abiel, hijo de Zeror,

hijo de Becorat, hijo de Afíaj, hijo de un hombre de Benjamín, un guerrero valiente.

2 Este tenía un hijo que se llamaba Saúl, joven y apuesto. Entre los hijos de Israel no

había otro mejor que él; de hombros arriba sobrepasaba a cualquiera del pueblo.

3 A Quis, padre de Saúl, se le perdieron sus asnas. Entonces Quis dijo a su hijo

Saúl: — Por favor, toma contigo a uno de los criados, levántate y vé a buscar las

asnas. 4 Ellos pasaron por la región montañosa de Efraín, y de allí a la tierra de

Salisa, pero no las hallaron. Entonces pasaron por la tierra de Saalim, y tampoco.

Después pasaron por la tierra de Benjamín, pero no las hallaron. 5 Cuando llegaron a

la tierra de Zuf, Saúl dijo a su criado que le acompañaba: — Ven, volvámonos,

porque quizás mi padre, dejando de preocuparse por las asnas, esté preocupado

por nosotros. 6 El le respondió: — He aquí, en esta ciudad hay un hombre de

Dios, un hombre muy respetado. Todo lo que él dice sucede sin fallar. Ahora vamos

allá; quizás nos señale el camino por donde debemos ir. 7 Saúl respondió a su criado:

— Pero si vamos, ¿qué llevaremos al hombre? Porque el pan de nuestras alforjas ya

se ha acabado. No tenemos un presente que llevar al hombre de Dios. ¿Qué

tenemos? 8 El criado volvió a responder a Saúl y dijo: — He aquí, tengo en mi poder

la cuarta parte de un siclo de plata. Se lo daré al hombre de Dios para que nos

indique nuestro camino. 9 Antiguamente en Israel cualquiera que iba a consultar a

Dios decía: “Venid y vayamos al vidente”; porque al profeta de hoy, antiguamente se

le llamaba vidente. 10 Entonces Saúl dijo a su criado: — Bien dices; anda, vamos.

Fueron a la ciudad donde estaba el hombre de Dios.

11 Y cuando subían por la cuesta de la ciudad, se encontraron con unas jóvenes

que salían a sacar agua. A éstas les preguntaron: — ¿Está el vidente en este lugar?

12 Ellas les respondieron diciendo: — Sí. Allí está delante de ti. Ahora date prisa,

porque hoy ha venido a la ciudad con motivo del sacrificio que el pueblo tiene hoy

en el lugar alto. 13 Cuando entréis en la ciudad, le encontraréis antes que él suba al

lugar alto para comer. Porque el pueblo no comerá hasta que él haya llegado, pues

él ha de bendecir el sacrificio. Después comerán los invitados. Ahora pues, subid, y

de inmediato le encontraréis. 14 Entonces ellos subieron a la ciudad. Y cuando

estuvieron en medio de la ciudad, he aquí que Samuel venía hacia ellos para subir al

lugar alto. 15 Un día antes que llegase Saúl, Jehovah le había revelado al oído a

Samuel, diciendo: 16 Mañana a esta misma hora te enviaré un hombre de la tierra de

Benjamín. A éste ungirás como soberano de mi pueblo Israel. El librará a mi pueblo

de mano de los filisteos, porque yo he visto la aflicción de mi pueblo, y su clamor ha

llegado hasta mí.” 17 Cuando Samuel vio a Saúl, Jehovah le dijo: — He aquí el

hombre de quien te hablé; éste gobernará a mi pueblo.

18 Cuando Saúl se acercó a Samuel en medio de la puerta de la ciudad, le dijo:

— Muéstrame, por favor, dónde está la casa del vidente. 19 Samuel respondió a

Saúl diciendo: — Yo soy el vidente. Subid delante de mí al lugar alto, y comed hoy

conmigo. Mañana por la mañana te despediré y te diré todo lo que está en tu

corazón. 20 Y en cuanto a las asnas que se te perdieron hace tres días, no te

preocupes, porque ya han sido halladas. Pero, ¿para quién será todo lo más

preciado en Israel? ¿Acaso no será para toda la casa de tu padre? 21 Saúl respondió

diciendo: — ¿No soy yo de Benjamín, la más pequeña de las tribus de Israel? ¿Y no

es mi familia la más pequeña de todas las familias de la tribu de Benjamín? ¿Por qué,

pues, me has dicho semejante cosa? 22 Entonces Samuel tomó a Saúl y a su criado,

los hizo entrar en la sala, y les dio lugar a la cabecera de los invitados, que eran unos

treinta hombres. 23 Y Samuel dijo al cocinero: — Trae acá la porción que te di, la

cual te dije que guardaras aparte. 24 El cocinero tomó un muslo, lo sacó y lo puso

delante de Saúl. Y Samuel dijo: — He aquí lo que estaba reservado; ponlo delante

de ti y come, porque para esta ocasión fue guardado para ti cuando dije: “Yo he

invitado al pueblo.” Así que aquel día Saúl comió con Samuel. 25 Y cuando habían

descendido del lugar alto a la ciudad, él habló con Saúl en la azotea. 26 Al día

siguiente madrugaron, y sucedió que al tiempo de la aurora Samuel llamó a Saúl que

estaba en la azotea, y le dijo: — Levántate para que te despida. Saúl se levantó, y

salieron ambos, él y Samuel. 27 Descendieron al extremo de la ciudad, y Samuel dijo

a Saúl: — Dile al criado que se nos adelante, pero tú espera un poco para que te

declare la palabra de Dios. Y el criado se adelantó.

Capítulo 10

1 Entonces Samuel tomó un frasco de aceite, lo derramó sobre la cabeza de Saúl

y le besó diciéndole: — ¿No te ha ungido Jehovah como el soberano de su

heredad? 2 Hoy, cuando te hayas apartado de mí, hallarás a dos hombres junto al

sepulcro de Raquel en Zelzaj, en la frontera de Benjamín. Ellos te dirán: “Las asnas

que fuiste a buscar han sido halladas. Y he aquí que tu padre ha dejado de lado el

asunto de las asnas y está preocupado por vosotros, diciendo: ‘¿Qué haré acerca de

mi hijo?’” 3 Cuando sigas de allí más adelante y llegues a la encina de Tabor, saldrán

a tu encuentro tres hombres que suben a Dios en Betel, llevando uno tres cabritos,

otro tres tortas de pan y el tercero una vasija de vino. 4 Después que te hayan

saludado, te darán dos panes, los cuales tomarás de sus manos. 5 De allí irás a la

colina de Dios donde está el destacamento de los filisteos. Sucederá que cuando

hayas entrado en la ciudad, allí encontrarás a un grupo de profetas descendiendo del

lugar alto, precedidos de liras, panderos, flautas y arpas; y ellos profetizando.

6 Entonces el Espíritu de Jehovah descenderá sobre ti con poder, y profetizarás con

ellos; y serás cambiado en otro hombre. 7 Y sucederá que cuando te hayan

acontecido estas señales, haz lo que te venga a mano, porque Dios está contigo.

8 Después descenderás antes que yo a Gilgal. Y he aquí que yo descenderé hacia ti

para ofrecer holocaustos y sacrificios de paz. Espera siete días hasta que yo vaya a

ti y te indique lo que has de hacer.

9 Aconteció que cuando Saúl volvió la espalda para apartarse de Samuel, Dios

le transformó el corazón; y todas estas señales se cumplieron aquel día. 10 Cuando

llegaron a la colina, he aquí que un grupo de profetas venía a su encuentro. Y el

Espíritu de Dios descendió sobre él con poder, y él profetizó en medio de ellos.

11 Sucedió que cuando todos los que le conocían antes vieron cómo profetizaba en

medio de los profetas, los del pueblo se decían unos a otros: — ¿Qué le ha pasado

al hijo de Quis? ¿También está Saúl entre los profetas? 12 Un hombre de allí

respondió diciendo: — ¿Y quién es el padre de ellos? Así, pues, se originó el refrán:

“¿También está Saúl entre los profetas?” 13 Saúl cesó de profetizar y llegó al lugar

alto. 14 Y un tío de Saúl les preguntó a él y a su criado: — ¿A dónde fuisteis? El

respondió: — Fuimos a buscar las asnas; y como vimos que no aparecían, acudimos

a Samuel. 15 El tío de Saúl dijo: — Declárame, por favor, qué os ha dicho Samuel.

16 Y Saúl respondió a su tío: — Nos declaró expresamente que las asnas habían

sido halladas. Pero del asunto del reino, no le declaró nada de lo que Samuel le

había hablado.

17 Entonces Samuel convocó al pueblo delante de Jehovah, en Mizpa, 18 y dijo a

los hijos de Israel: — Así ha dicho Jehovah Dios de Israel: “Yo saqué a Israel de

Egipto, librándoos de mano de los egipcios y de mano de todos los reinos que os

oprimieron. 19 Pero vosotros habéis desechado hoy a vuestro Dios, quien os libra de

todas vuestras desgracias y angustias, y habéis dicho: ‘¡No! Más bien, constituye un

rey sobre nosotros.’ Ahora pues, presentaos delante de Jehovah por vuestras tribus

y por vuestros millares.” 20 Samuel hizo que se acercaran todas las tribus de Israel, y

fue tomada la tribu de Benjamín. 21 Hizo que se acercara la tribu de Benjamín por

sus clanes, y fue tomado el clan de Matri, y de éste fue elegido Saúl hijo de Quis. Y

le buscaron, pero no le pudieron hallar. 22 Entonces consultaron otra vez a Jehovah:

— ¿Aún ha de venir aquí ese hombre? Y Jehovah respondió: — He aquí que está

escondido entre el equipaje. 23 Ellos corrieron y le trajeron de allí. Y una vez en

medio del pueblo, era más alto que todos, de los hombros para arriba. 24 Samuel

dijo a todo el pueblo: — ¿Habéis visto al que Jehovah ha elegido? ¡De veras que no

hay nadie como él en todo el pueblo! Y todo el pueblo gritaba diciendo: — ¡Viva el

rey! 25 Luego Samuel explicó ante el pueblo el proceder de un rey, y lo escribió en

un rollo que guardó delante de Jehovah. 26 Entonces Samuel despidió a todo el

pueblo, cada uno a su casa. Saúl también se fue a su casa en Gabaa, y fueron con él

algunos hombres valerosos cuyos corazones Dios había tocado. 27 Pero unos

perversos dijeron: “¿Cómo nos va a librar éste?” Ellos le tuvieron en poco y no le

llevaron un presente. Pero él calló.

Capítulo 11

1 Najas el amonita subió y acampó contra Jabes, en Galaad, y todos los

hombres de Jabes dijeron a Najas: — Haz alianza con nosotros, y te serviremos.

2 Najas el amonita les respondió: — Haré alianza con vosotros con esta condición:

que a cada uno de vosotros le saque el ojo derecho, de modo que yo ponga esta

afrenta sobre todo Israel. 3 Entonces los ancianos de Jabes le dijeron: — Danos

siete días, para que enviemos mensajeros por todo el territorio de Israel. Si no hay

quien nos libre, nos rendiremos a ti. 4 Cuando los mensajeros llegaron a Gabaa de

Saúl, dijeron estas palabras a oídos del pueblo. Y todo el pueblo alzó su voz y lloró.

5 Y he aquí que Saúl venía del campo, tras los bueyes. Y Saúl preguntó: —

¿Qué le pasa al pueblo, para que llore? Entonces le repitieron las palabras de los

hombres de Jabes. 6 Y cuando Saúl oyó estas palabras, el Espíritu de Dios

descendió con poder sobre él, y se encendió su ira en gran manera. 7 El tomó un par

de bueyes, los cortó en pedazos y los envió por medio de mensajeros a todo el

territorio de Israel, diciendo: “Así se hará con los bueyes del que no salga tras Saúl y

Samuel.” Entonces el temor de Jehovah cayó sobre el pueblo, y salieron como un

solo hombre. 8 Saúl les pasó revista en Bezec: Los hijos de Israel eran 300.000,

además de 30.000 hombres de Judá. 9 Y a los mensajeros que habían venido les

dijeron: “Así diréis a los hombres de Jabes, en Galaad: ‘Mañana, a la hora de más

calor, seréis librados.’” Los mensajeros llegaron y lo dijeron a los hombres de

Jabes, quienes se alegraron. 10 Entonces los hombres de Jabes respondieron: —

Mañana nos rendiremos a vosotros, para que hagáis con nosotros todo lo que os

parezca bien. 11 Y sucedió que al día siguiente, Saúl distribuyó el pueblo en tres

escuadrones. Luego entraron en medio del campamento durante la vigilia de la

mañana, e hirieron a los amonitas hasta la hora de más calor. Y sucedió que los que

quedaron se dispersaron de tal manera que no quedaron dos de ellos juntos.

12 Entonces el pueblo preguntó a Samuel: — ¿Quiénes son los que decían: “¿Ha

de reinar Saúl sobre nosotros?” ¡Entregadnos a esos hombres para que les demos

muerte! 13 Saúl respondió: — No morirá nadie en este día, porque Jehovah ha dado

hoy una victoria en Israel. 14 Entonces Samuel dijo al pueblo: — ¡Venid y vayamos a

Gilgal para que confirmemos allí el reino! 15 Todo el pueblo acudió a Gilgal, y allí en

Gilgal proclamaron rey a Saúl, delante de Jehovah. Allí también ofrecieron sacrificios

de paz delante de Jehovah, y allí Saúl y todos los hombres de Israel se alegraron

muchísimo.

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