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Testamento
HECHOS
Capítulo 15
1 Entonces algunos que vinieron de Judea enseñaban a los hermanos: “Si no
os circuncidáis de acuerdo con el rito de Moisés, no podéis ser salvos.” 2 Puesto
que surgió una contienda y discusión no pequeña por parte de Pablo y Bernabé
contra ellos, los hermanos determinaron que Pablo, Bernabé y algunos otros de
ellos subieran a Jerusalén a los apóstoles y ancianos para tratar esta cuestión.
3 Entonces los que habían sido enviados por la iglesia pasaban por Fenicia y
Samaria, contando de la conversión de los gentiles; y daban gran gozo a todos
los hermanos. 4 Una vez llegados a Jerusalén, fueron recibidos por la iglesia y por
los apóstoles, y les refirieron todas las cosas que Dios había hecho con ellos.
5 Pero algunos de la secta de los fariseos que habían creído se levantaron diciendo:
— Es necesario circuncidarlos y mandarles que guarden la ley de Moisés.
6 Entonces se reunieron los apóstoles y los ancianos para considerar este
asunto. 7 Como se produjo una grande contienda, se levantó Pedro y les dijo: —
Hermanos, vosotros sabéis como, desde los primeros días, Dios escogió entre
vosotros que los gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio y
creyesen. 8 Y Dios, que conoce los corazones, dio testimonio a favor de ellos al
darles el Espíritu Santo igual que a nosotros, 9 y no hizo ninguna diferencia entre
nosotros y ellos, ya que purificó por la fe sus corazones. 10 Ahora pues, ¿por
qué ponéis a prueba a Dios, colocando sobre el cuello de los discípulos un yugo
que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? 11 Más bien, nosotros
creemos que somos salvos por la gracia del Señor Jesús, del mismo modo que
ellos. 12 Entonces toda la asamblea guardó silencio. Y escuchaban a Bernabé y a
Pablo, mientras contaban cuántas señales y maravillas Dios había hecho por
medio de ellos entre los gentiles. 13 Cuando terminaron de hablar, Jacobo
respondió diciendo: — Hermanos, oídme: 14 Simón ha contado cómo Dios visitó
por primera vez a los gentiles para tomar de entre ellos un pueblo para su
nombre. 15 Con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito:
16 “Después de esto volveré y reconstruiré el tabernáculo de David, que está
caído. Reconstruiré sus ruinas y lo volveré a levantar, 17 para que el resto de los
hombres busque al Señor, y todos los gentiles, sobre los cuales es invocado mi
nombre,” 18 dice el Señor que hace estas cosas, que son conocidas desde la
eternidad. 19 Por lo cual yo juzgo que no hay que inquietar a los gentiles que se
convierten a Dios, 20 sino que se les escriba que se aparten de las
contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de lo estrangulado y de sangre.
21 Porque desde tiempos antiguos Moisés tiene en cada ciudad quienes le
prediquen en las sinagogas, donde es leído cada sábado.
22 Entonces pareció bien a los apóstoles y a los ancianos con toda la iglesia
que enviaran a unos hombres elegidos de entre ellos, a Antioquía con Pablo y
Bernabé: a Judas que tenía por sobrenombre Barsabás, y a Silas, quienes eran
hombres prominentes entre los hermanos. 23 Por medio de ellos escribieron: Los
apóstoles, los ancianos y los hermanos, a los hermanos gentiles que están en
Antioquía, Siria y Cilicia. Saludos. 24 Por cuanto hemos oído que algunos que
han salido de nosotros, a los cuales no dimos instrucciones, os han molestado
con palabras, trastornando vuestras almas, 25 de común acuerdo nos ha
parecido bien elegir unos hombres y enviarlos a vosotros con nuestros amados
Bernabé y Pablo, 26 hombres que han arriesgado sus vidas por el nombre de
nuestro Señor Jesucristo. 27 Así que hemos enviado a Judas y a Silas, los cuales
también os confirmarán de palabra el mismo informe. 28 Porque ha parecido bien
al Espíritu Santo y a nosotros no imponeros ninguna carga más que estas cosas
necesarias: 29 que os abstengáis de cosas sacrificadas a los ídolos, de sangre, de
lo estrangulado y de fornicación. Si os guardáis de tales cosas, haréis bien. Que
os vaya bien. 30 Entonces, una vez despedidos, ellos descendieron a Antioquía;
y cuando habían reunido a la asamblea, entregaron la carta. 31 Al leerla, se
regocijaron a causa de esta palabra alentadora. 32 Judas y Silas, como también
eran profetas, exhortaron a los hermanos con abundancia de palabras y los
fortalecieron. 33 Después de pasar allí algún tiempo, fueron despedidos en paz
por los hermanos para volver a los que los habían enviado. 34 Pero a Silas le
pareció bien quedarse allí. 35 Pero Pablo y Bernabé se quedaron en Antioquía,
enseñando la palabra del Señor y anunciando el evangelio con muchos otros.
36 Después de algunos días, Pablo dijo a Bernabé: “Volvamos ya a visitar a
los hermanos en todas las ciudades en las cuales hemos anunciado la palabra del
Señor, para ver cómo están.” 37 Bernabé quería llevar consigo a Juan, llamado
Marcos; 38 pero a Pablo le parecía bien no llevar consigo a quien se había
apartado de ellos desde Panfilia y que no había ido con ellos a la obra. 39 Surgió
tal desacuerdo entre ellos que se separaron el uno del otro. Bernabé tomó a
Marcos y navegó a Chipre; 40 y Pablo escogió a Silas y salió encomendado por
los hermanos a la gracia del Señor. 41 Luego recorría Siria y Cilicia,
fortaleciendo a las iglesias.
Capítulo 16
1 Llegó a Derbe y Listra, y he aquí había allí cierto discípulo llamado
Timoteo, hijo de una mujer judía creyente, pero de padre griego. 2 El era de
buen testimonio entre los hermanos en Listra y en Iconio. 3 Pablo quiso que éste
fuera con él, y tomándole lo circuncidó por causa de los judíos que estaban en
aquellos lugares, porque todos sabían que su padre era griego. 4 Cuando
pasaban por las ciudades, les entregaban las decisiones tomadas por los
apóstoles y los ancianos que estaban en Jerusalén, para que las observaran.
5 Así las iglesias eran fortalecidas en la fe, y su número aumentaba cada día.
6 Atravesaron la región de Frigia y de Galacia, porque les fue prohibido por
el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia. 7 Cuando llegaron a la frontera de
Misia, procuraban entrar en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió.
8 Entonces, después de pasar junto a Misia, descendieron a Troas. 9 Y por la
noche se le mostró a Pablo una visión en la que un hombre de Macedonia
estaba de pie rogándole y diciendo: “¡Pasa a Macedonia y ayúdanos!” 10 En
cuanto vio la visión, de inmediato procuramos salir para Macedonia, teniendo
por seguro que Dios nos había llamado para anunciarles el evangelio.
11 Zarpamos, pues, de Troas y fuimos con rumbo directo a Samotracia, y al día
siguiente a Neápolis; 12 y de allí a Filipos, que es una ciudad principal de la
provincia de Macedonia, y una colonia. Pasamos algunos días en aquella ciudad.
13 Y el día sábado salimos fuera de la puerta de la ciudad, junto al río, donde
pensábamos que habría un lugar de oración. Nos sentamos allí y hablábamos a
las mujeres que se habían reunido. 14 Entonces escuchaba cierta mujer llamada
Lidia, cuyo corazón abrió el Señor para que estuviese atenta a lo que Pablo
decía. Era vendedora de púrpura de la ciudad de Tiatira, y temerosa de Dios.
15 Como ella y su familia fueron bautizadas, nos rogó diciendo: “Ya que habéis
juzgado que soy fiel al Señor, entrad en mi casa y quedaos.” Y nos obligó a
hacerlo.
16 Aconteció que, mientras íbamos al lugar de oración, nos salió al encuentro
una joven esclava que tenía espíritu de adivinación, la cual producía gran
ganancia a sus amos, adivinando. 17 Esta, siguiendo a Pablo y a nosotros, gritaba
diciendo: — ¡Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, quienes os anuncian
el camino de salvación! 18 Hacía esto por muchos días. Y Pablo, ya fastidiado,
se dio vuelta y dijo al espíritu: — ¡Te mando en el nombre de Jesucristo que
salgas de ella! Y salió en el mismo momento. 19 Pero cuando sus amos vieron
que se les había esfumado su esperanza de ganancia, prendieron a Pablo y a
Silas y los arrastraron a la plaza, ante las autoridades. 20 Al presentarlos ante los
magistrados, dijeron: — ¡Estos hombres, siendo judíos, alborotan nuestra
ciudad! 21 ¡Predican costumbres que no nos es lícito recibir ni practicar, pues
somos romanos! 22 Entonces el pueblo se levantó a una contra ellos. Y los
magistrados les despojaron de sus ropas con violencia y mandaron azotarles con
varas. 23 Después de golpearles con muchos azotes, los echaron en la cárcel y
ordenaron al carcelero que los guardara con mucha seguridad. 24 Cuando éste
recibió semejante orden, los metió en el calabozo de más adentro y sujetó sus
pies en el cepo.
25 Como a la medianoche, Pablo y Silas estaban orando y cantando himnos
a Dios, y los presos les escuchaban. 26 Entonces, de repente sobrevino un fuerte
terremoto, de manera que los cimientos de la cárcel fueron sacudidos. Al
instante, todas las puertas se abrieron, y las cadenas de todos se soltaron.
27 Cuando el carcelero despertó y vio abiertas las puertas de la cárcel, sacó su
espada y estaba a punto de matarse, porque pensaba que los presos se habían
escapado. 28 Pero Pablo gritó a gran voz, diciendo: — ¡No te hagas ningún mal,
pues todos estamos aquí! 29 Entonces él pidió luz y se lanzó adentro, y se postró
temblando ante Pablo y Silas. 30 Sacándolos afuera, les dijo: — Señores, ¿qué
debo hacer para ser salvo? 31 Ellos dijeron: — Cree en el Señor Jesús y serás
salvo, tú y tu casa. 32 Y le hablaron la palabra del Señor a él, y a todos los que
estaban en su casa. 33 En aquella hora de la noche, los tomó consigo y les lavó
las heridas de los azotes. Y él fue bautizado en seguida, con todos los suyos.
34 Les hizo entrar en su casa, les puso la mesa y se regocijó de que con toda su
casa había creído en Dios.
35 Cuando se hizo de día, los magistrados enviaron a los oficiales a decirle:
— Suelta a esos hombres. 36 El carcelero comunicó a Pablo estas palabras: —
Los magistrados han enviado orden de que seáis puestos en libertad; ahora,
pues, salid e id en paz. 37 Pero Pablo les dijo: — Después de azotarnos
públicamente sin ser condenados, siendo nosotros ciudadanos romanos, nos
echaron en la cárcel; y ahora, ¿nos echan fuera a escondidas? ¡Pues no! ¡Que
vengan ellos mismos a sacarnos! 38 Los oficiales informaron de estas palabras a
los magistrados, quienes tuvieron miedo al oír que eran romanos. 39 Y fueron a
ellos y les pidieron disculpas. Después de sacarlos, les rogaron que se fueran de
la ciudad. 40 Entonces, después de salir de la cárcel, entraron en casa de Lidia; y
habiendo visto a los hermanos, les exhortaron y luego partieron.
Capítulo 17
1 Atravesaron por Anfípolis y Apolonia y llegaron a Tesalónica, donde había
una sinagoga de los judíos. 2 Y de acuerdo con su costumbre, Pablo entró a
reunirse con ellos, y por tres sábados discutió con ellos basándose en las
Escrituras, 3 explicando y demostrando que era necesario que el Cristo
padeciese y resucitase de entre los muertos. El decía: “Este Jesús, a quien yo os
anuncio, es el Cristo.” 4 Y algunos de ellos se convencieron y se juntaron con
Pablo y Silas: un gran número de los griegos piadosos y no pocas de las mujeres
principales. 5 Entonces los judíos se pusieron celosos y tomaron de la calle a
algunos hombres perversos, y formando una turba alborotaron la ciudad.
Asaltando la casa de Jasón, procuraban sacarlos al pueblo. 6 Como no los
encontraron, arrastraron a Jasón y a algunos hermanos ante los gobernadores de
la ciudad, gritando: “¡Estos que trastornan al mundo entero también han venido
acá! 7 Y Jasón les ha recibido. Todos éstos actúan en contra de los decretos del
César, diciendo que hay otro rey, Jesús.” 8 El pueblo y los gobernadores se
perturbaron al oír estas cosas; 9 pero después de obtener fianza de Jasón y de
los demás, los soltaron.
10 Entonces, sin demora, los hermanos enviaron a Pablo y Silas de noche a
Berea; y al llegar ellos allí, entraron a la sinagoga de los judíos. 11 Estos eran más
nobles que los de Tesalónica, pues recibieron la palabra ávidamente,
escudriñando cada día las Escrituras para verificar si estas cosas eran así. 12 En
consecuencia, creyeron muchos de ellos; y también de las mujeres griegas
distinguidas y de los hombres, no pocos. 13 Pero cuando supieron los judíos de
Tesalónica que la palabra de Dios era anunciada por Pablo también en Berea,
fueron allá para incitar y perturbar a las multitudes. 14 Entonces los hermanos
hicieron salir inmediatamente a Pablo para que se fuese hasta el mar, mientras
Silas y Timoteo se quedaron allí. 15 Los que conducían a Pablo le llevaron hasta
Atenas; y después de recibir órdenes para Silas y Timoteo de que fuesen a
reunirse con él lo más pronto posible, partieron de regreso.
16 Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se enardecía dentro de
él al ver que la ciudad estaba entregada a la idolatría. 17 Por lo tanto, discutía en
la sinagoga con los judíos y los piadosos, y todos los días en la plaza mayor, con
los que concurrían allí. 18 Y algunos de los filósofos epicúreos y estoicos
disputaban con él. Unos decían: — ¿Qué querrá decir este palabrero? Otros
decían: — Parece ser predicador de divinidades extranjeras. Pues les anunciaba
las buenas nuevas de Jesús y la resurrección. 19 Ellos le tomaron y le llevaron al
Areópago diciendo: — ¿Podemos saber qué es esta nueva doctrina de la cual
hablas? 20 Pues traes a nuestros oídos algunas cosas extrañas; por tanto,
queremos saber qué significa esto. 21 Todos los atenienses y los forasteros que
vivían allí no pasaban el tiempo en otra cosa que en decir o en oír la última
novedad.
22 Entonces Pablo se puso de pie en medio del Areópago y dijo: —
Hombres de Atenas: Observo que sois de lo más religiosos en todas las cosas.
23 Pues, mientras pasaba y miraba vuestros monumentos sagrados, hallé también
un altar en el cual estaba esta inscripción: AL DIOS NO CONOCIDO. A
aquel, pues, que vosotros honráis sin conocerle, a éste yo os anuncio. 24 Este es
el Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él. Y como es Señor del
cielo y de la tierra, él no habita en templos hechos de manos, 25 ni es servido por
manos humanas como si necesitase algo, porque él es quien da a todos vida y
aliento y todas las cosas. 26 De uno solo ha hecho toda raza de los hombres,
para que habiten sobre toda la faz de la tierra. El ha determinado de antemano el
orden de los tiempos y los límites de su habitación, 27 para que busquen a Dios,
si de alguna manera, aun a tientas, palpasen y le hallasen. Aunque, a la verdad, él
no está lejos de ninguno de nosotros; 28 porque “en él vivimos, nos movemos y
somos”. Como también han dicho algunos de vuestros poetas: “Porque también
somos linaje de él.” 29 Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la
Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte e imaginación
de hombres. 30 Por eso, aunque antes Dios pasó por alto los tiempos de la
ignorancia, en este tiempo manda a todos los hombres, en todos los lugares, que
se arrepientan; 31 por cuanto ha establecido un día en el que ha de juzgar al
mundo con justicia por medio del Hombre a quien ha designado, dando fe de
ello a todos, al resucitarle de entre los muertos.
32 Cuando le oyeron mencionar la resurrección de los muertos, unos se
burlaban, pero otros decían: — Te oiremos acerca de esto en otra ocasión.
33 Así fue que Pablo salió de en medio de ellos, 34 pero algunos hombres
se juntaron con él y creyeron. Entre ellos estaba Dionisio, quien era miembro del
Areópago, y una mujer llamada Dámaris, y otros con ellos.
Capítulo 18
1 Después de esto, Pablo partió de Atenas y fue a Corinto. 2 Y habiendo
hallado a un judío llamado Aquilas, natural de Ponto, recién llegado de Italia con
Priscila su mujer (porque Claudio había mandado que todos los judíos fueran
expulsados de Roma), Pablo acudió a ellos. 3 Como eran del mismo oficio,
permaneció con ellos y trabajaba, pues su oficio era hacer tiendas. 4 Y discutía
en la sinagoga todos los sábados y persuadía a judíos y a griegos. 5 Cuando
Silas y Timoteo llegaron de Macedonia, Pablo se dedicaba exclusivamente a la
exposición de la palabra, testificando a los judíos que Jesús era el Cristo. 6 Pero
como ellos le contradecían y blasfemaban, sacudió sus vestidos y les dijo:
“¡Vuestra sangre sea sobre vuestra cabeza! ¡Yo soy limpio! De aquí en adelante
iré a los gentiles.”
7 Se trasladó de allí y entró en la casa de un hombre llamado Tito Justo,
quien era temeroso de Dios, y cuya casa estaba junto a la sinagoga. 8 Crispo, el
principal de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su casa. Y muchos de los
corintios que oían, creían y eran bautizados. 9 Entonces el Señor dijo a Pablo de
noche, por medio de una visión: “No temas, sino habla y no calles; 10 porque yo
estoy contigo, y nadie pondrá la mano sobre ti para hacerte mal; porque yo
tengo mucho pueblo en esta ciudad.” 11 Pablo se quedó allí por un año y seis
meses, enseñándoles la palabra de Dios.
12 Siendo Galión procónsul de Acaya, los judíos de común acuerdo se
levantaron contra Pablo y le llevaron al tribunal, 13 diciendo: — ¡Este persuade a
los hombres a honrar a Dios contra la ley! 14 Cuando Pablo iba a abrir su boca,
Galión dijo a los judíos: — Si se tratara de algún agravio o de un crimen enorme,
oh judíos, conforme al derecho yo os toleraría. 15 Pero ya que se trata de
cuestiones de palabras, de nombres y de vuestra ley, vedlo vosotros mismos.
Yo no quiero ser juez de estas cosas. 16 Y los expulsó del tribunal. 17 Entonces
todos tomaron a Sóstenes, el principal de la sinagoga, y le golpeaban delante del
tribunal, y a Galión ninguna de estas cosas le importaba.
18 Pero Pablo, habiéndose detenido allí muchos días más, se despidió de los
hermanos, e iba navegando hacia Siria; y con él iban Priscila y Aquilas.
En Cencrea se rapó la cabeza, porque había hecho un voto. 19 Llegaron a
Efeso, y él los dejó allí. Y entró en la sinagoga y discutía con los judíos. 20 Pero
a pesar de que ellos le pedían que se quedase por más tiempo, no accedió,
21 sino que se despidió y dijo: “Otra vez volveré a vosotros, si Dios quiere.” Y
zarpó de Efeso. 22 Habiendo arribado a Cesarea, y después de subir y saludar a
la iglesia, descendió a Antioquía. 23 Y después de haber estado allí algún tiempo,
salió a recorrer en orden la región de Galacia y Frigia, fortaleciendo a todos los
discípulos.
24 Llegó entonces a Efeso cierto judío llamado Apolos, natural de
Alejandría, hombre elocuente y poderoso en las Escrituras. 25 Este había sido
instruido en el Camino del Señor; y siendo ferviente de espíritu, hablaba y
enseñaba con exactitud las cosas acerca de Jesús, aunque conocía solamente el
bautismo de Juan. 26 Comenzó a predicar con valentía en la sinagoga, y cuando
Priscila y Aquilas le oyeron, le tomaron aparte y le expusieron con mayor
exactitud el Camino de Dios. 27 Como él quería viajar a Acaya, los hermanos le
animaron y escribieron a los discípulos que le recibiesen. Cuando llegó allá, fue
de gran provecho a los que mediante la gracia habían creído; 28 pues refutaba
vigorosamente a los judíos en público, demostrando por medio de las Escrituras
que Jesús era el Cristo.
Capítulo 19
1 Mientras Apolos estaba en Corinto, aconteció que Pablo, después de
recorrer las regiones interiores, bajó a Efeso y encontró a ciertos discípulos.
2 Entonces les dijo: — ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Ellos le
contestaron: — Ni siquiera hemos oído que haya Espíritu Santo. 3 Entonces dijo:
— ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos respondieron: — En el bautismo de
Juan. 4 Y dijo Pablo: — Juan bautizó con el bautismo de arrepentimiento, diciendo
al pueblo que creyesen en el que había de venir después de él, es decir, en Jesús.
5 Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. 6 Y cuando
Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, y ellos hablaban en
lenguas y profetizaban. 7 Eran entre todos como doce hombres.
8 Durante unos tres meses, entrando en la sinagoga, Pablo predicaba con
valentía discutiendo y persuadiendo acerca de las cosas del reino de Dios.
9 Pero como algunos se endurecían y rehusaban creer, hablando mal del
Camino delante de la multitud, se separó de ellos y tomó a los discípulos aparte,
discutiendo cada día en la escuela de Tirano. 10 Esto continuó por dos años, de
manera que todos los que habitaban en Asia, tanto judíos como griegos, oyeron
la palabra del Señor. 11 Dios hacía milagros extraordinarios por medio de las
manos de Pablo; 12 de tal manera que hasta llevaban pañuelos o delantales que
habían tocado su cuerpo para ponerlos sobre los enfermos, y las enfermedades
se iban de ellos, y los espíritus malos salían de ellos.
13 Pero también algunos de los judíos, exorcistas ambulantes, se pusieron a
invocar el nombre del Señor Jesús sobre los que tenían espíritus malos, diciendo:
— ¡Os conjuro por el Jesús que Pablo predica! 14 Eran siete hijos de un tal
Esceva, un judío, principal de los sacerdotes, los que hacían esto. 15 Pero el
espíritu malo respondió y les dijo: — A Jesús conozco, y sé quién es Pablo;
pero vosotros, ¿quiénes sois? 16 Y el hombre en quien estaba el espíritu malo se
lanzó sobre ellos, los dominó a todos y prevaleció contra ellos, de tal manera
que huyeron de aquella casa desnudos y heridos. 17 Este acontecimiento fue
conocido por todos los que habitaban en Efeso, tanto judíos como griegos.
Cayó temor sobre todos ellos, y el nombre del Señor Jesús era magnificado.
18 Muchos de los que habían creído venían confesando y reconociendo sus
prácticas públicamente. 19 Asimismo, un buen número de los que habían
practicado la magia trajeron sus libros y los quemaron delante de todos.
Calcularon su valor y hallaron que era de 50.000 monedas de plata. 20 De esta
manera crecía la palabra del Señor y prevalecía poderosamente.
21 Cuando estas cosas se cumplieron, Pablo propuso en su espíritu ir a
Jerusalén después de recorrer Macedonia y Acaya, diciendo: “Después que
haya estado en Jerusalén, me será preciso ver también a Roma.” 22 Y después
de enviar a Macedonia a dos de los que le ayudaban, a Timoteo y a Erasto, él
mismo se detuvo por algún tiempo en Asia. 23 En aquel entonces se produjo un
alboroto no pequeño acerca del Camino. 24 Porque cierto platero, llamado
Demetrio, que elaboraba en plata templecillos de Diana, y daba no poca
ganancia a los artesanos, 25 reunió a éstos con los obreros de oficios semejantes
y les dijo: — Hombres, sabéis que nuestra prosperidad proviene de este oficio;
26 y veis y oís que no solamente en Efeso, sino también en casi toda Asia, este
Pablo ha persuadido y apartado a mucha gente, diciendo que no son dioses los
que se hacen con las manos. 27 No solamente hay el peligro de que este negocio
nuestro caiga en descrédito, sino también que el templo de la gran diosa Diana
sea estimado en nada, y que pronto sea despojada de su majestad aquella a
quien adoran toda el Asia y el mundo. 28 Al oír estas palabras se llenaron de ira
y gritaron diciendo: — ¡Grande es Diana de los efesios! 29 Y la ciudad se llenó
de confusión. Se lanzaron unánimes al teatro, arrebatando a Gayo y a Aristarco,
macedonios y compañeros de Pablo. 30 Aunque Pablo quería salir a la multitud,
los discípulos no se lo permitieron. 31 También algunas de las autoridades de
Asia, que eran sus amigos, enviaron a él y le rogaron que no se presentara en el
teatro. 32 Unos gritaban una cosa, y otros otra cosa; porque la concurrencia
estaba confusa, y la mayor parte ni sabía por qué se había reunido. 33 Entonces
algunos de entre la multitud dieron instrucciones a Alejandro, a quien los judíos
habían empujado hacia adelante. Y Alejandro, pidiendo silencio con la mano,
quería hacer una defensa ante el pueblo. 34 Pero reconociendo que era judío,
todos volvieron a gritar a una sola voz, por casi dos horas: — ¡Grande es Diana
de los efesios! 35 Por fin, cuando el magistrado había apaciguado la multitud,
dijo: — Hombres de Efeso, ¿qué hombre hay que no sepa que la ciudad de
Efeso es guardiana del templo de la majestuosa Diana y de su imagen caída del
cielo? 36 Ya que esto no puede ser contradicho, conviene que os apacigüéis y
que no hagáis nada precipitado. 37 Pues habéis traído a estos hombres que ni
han cometido sacrilegio ni han blasfemado a nuestra diosa. 38 Por tanto, si
Demetrio y los artesanos que están con él tienen pleito contra alguien, se
conceden audiencias y hay procónsules. ¡Que se acusen los unos a los otros!
39 Y si buscáis alguna otra cosa, será deliberado en legítima asamblea. 40 Pero
hay peligro de que seamos acusados de sedición por esto de hoy, sin que
tengamos ninguna causa por la cual podamos dar razón de este tumulto. 41 Y
habiendo dicho esto, disolvió la concurrencia.
Capítulo 20
1 Después de cesar el disturbio, Pablo mandó llamar a los discípulos, y
habiéndoles exhortado, se despidió y salió para ir a Macedonia. 2 Recorrió
aquellas regiones, exhortándoles con abundancia de palabras, y luego llegó a
Grecia. 3 Después de estar él allí tres meses, los judíos tramaron un complot
contra él cuando estaba por navegar rumbo a Siria, de modo que decidió
regresar por Macedonia. 4 Le acompañaron Sópater hijo de Pirro, de Berea, los
tesalonicenses Aristarco y Segundo, Gayo de Derbe, Timoteo, y Tíquico y
Trófimo de Asia. 5 Estos salieron antes y nos esperaron en Troas. 6 Pero
después de los días de los panes sin levadura, nosotros navegamos desde
Filipos y los alcanzamos después de cinco días en Troas, donde nos detuvimos
siete días.
7 El primer día de la semana, cuando estábamos reunidos para partir el pan,
Pablo comenzó a hablarles, porque había de partir al día siguiente, y alargó el
discurso hasta la medianoche. 8 Había muchas lámparas en el piso superior,
donde estábamos reunidos. 9 Y a cierto joven llamado Eutico, que estaba
sentado en la ventana, le iba dominando un profundo sueño. Como Pablo seguía
hablando por mucho tiempo, el joven, ya vencido por el sueño, cayó del tercer
piso abajo y fue levantado muerto. 10 Entonces Pablo descendió y se echó sobre
él, y al abrazarlo dijo: “¡No os alarméis, porque su vida está en él!” 11 Después
de subir, de partir el pan y de comer, habló largamente hasta el alba; y de esta
manera salió. 12 Ellos llevaron al joven vivo y fueron grandemente consolados.
13 Habiendo ido nosotros al barco con anticipación, navegamos hasta Asón
para recibir a Pablo allí, pues así lo había dispuesto, debiendo ir él por tierra.
14 Cuando se reunió con nosotros en Asón, le tomamos a bordo y fuimos a
Mitilene. 15 Navegamos de allí al día siguiente y llegamos frente a Quío. Al otro
día, atracamos en Samos, y llegamos a Mileto al próximo día, 16 pues Pablo
había decidido pasar de largo a Efeso para no detenerse en Asia; porque, de
serle posible, se apresuraba para pasar el día de Pentecostés en Jerusalén.
17 Desde Mileto, Pablo envió a Efeso e hizo llamar a los ancianos de la
iglesia. 18 Cuando ellos llegaron a él, les dijo: “Vosotros sabéis bien cómo me he
comportado con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que llegué a Asia,
19 sirviendo al Señor con toda humildad y con muchas lágrimas y pruebas que
me vinieron por las asechanzas de los judíos. 20 Y sabéis que no he rehuido el
anunciaros nada que os fuese útil, y el enseñaros públicamente y de casa en
casa, 21 testificando a los judíos y a los griegos acerca del arrepentimiento para
con Dios y la fe en nuestro Señor Jesús. 22 “Ahora, he aquí yo voy a Jerusalén
con el espíritu encadenado, sin saber lo que me ha de acontecer allí; 23 salvo que
el Espíritu Santo me da testimonio en una ciudad tras otra, diciendo que me
esperan prisiones y tribulaciones. 24 Sin embargo, no estimo que mi vida sea de
ningún valor ni preciosa para mí mismo, con tal que acabe mi carrera y el
ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la
gracia de Dios. 25 “Ahora, he aquí yo sé que ninguno de todos vosotros, entre
los cuales he pasado predicando el reino, volverá a ver mi cara. 26 Por tanto, yo
declaro ante vosotros en el día de hoy que soy limpio de la sangre de todos,
27 porque no he rehuido el anunciaros todo el consejo de Dios. 28 Tened
cuidado por vosotros mismos y por todo el rebaño sobre el cual el Espíritu
Santo os ha puesto como obispos, para pastorear la iglesia del Señor, la cual
adquirió para sí mediante su propia sangre. 29 Porque yo sé que después de mi
partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces que no perdonarán la vida
al rebaño; 30 y que de entre vosotros mismos se levantarán hombres que
hablarán cosas perversas para descarriar a los discípulos tras ellos. 31 Por tanto,
velad, acordándoos que por tres años, de noche y de día, no cesé de amonestar
con lágrimas a cada uno. 32 “Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios y a la
palabra de su gracia, a aquel que tiene poder para edificar y para dar herencia
entre todos los santificados. 33 “No he codiciado ni la plata ni el oro ni el vestido
de nadie. 34 Vosotros sabéis que estas manos proveyeron para mis necesidades
y para aquellos que estaban conmigo. 35 En todo os he demostrado que
trabajando así es necesario apoyar a los débiles, y tener presente las palabras
del Señor Jesús, que dijo: ‘Más bienaventurado es dar que recibir.’“
36 Cuando había dicho estas cosas, se puso de rodillas y oró con todos
ellos. 37 Entonces hubo gran llanto de todos. Se echaron sobre el cuello de
Pablo y le besaban, 38 lamentando sobre todo por la palabra que había dicho
que ya no volverían a ver su cara. Y le acompañaron al barco.
Capítulo 21
1 Habiéndonos despedido de ellos, zarpamos y navegamos con rumbo
directo a Cos, y al día siguiente a Rodas, y de allí a Pátara. 2 Hallando un barco
que hacía la travesía a Fenicia, nos embarcamos y zarpamos. 3 Después de
avistar Chipre y de dejarla a la izquierda, navegábamos a Siria y arribamos a
Tiro, porque el barco debía descargar allí. 4 Nos quedamos siete días allí, ya que
hallamos a los discípulos. Mediante el Espíritu ellos decían a Pablo que no
subiese a Jerusalén. 5 Cuando se nos pasaron los días, salimos acompañados
por todos con sus mujeres e hijos hasta fuera de la ciudad, y puestos de rodillas
en la playa, oramos. 6 Nos despedimos los unos de los otros y subimos al barco,
y ellos volvieron a sus casas. 7 Habiendo completado la travesía marítima desde
Tiro, arribamos a Tolemaida; y habiendo saludado a los hermanos, nos
quedamos con ellos un día.
8 Al día siguiente, partimos y llegamos a Cesarea. Entramos a la casa de
Felipe el evangelista, quien era uno de los siete, y nos alojamos con él. 9 Este
tenía cuatro hijas solteras que profetizaban. 10 Y mientras permanecíamos allí
por varios días, un profeta llamado Agabo descendió de Judea. 11 Al llegar a
nosotros, tomó el cinto de Pablo, se ató los pies y las manos, y dijo: — Esto
dice el Espíritu Santo: “Al hombre a quien pertenece este cinto, lo atarán así los
judíos en Jerusalén, y le entregarán en manos de los gentiles.” 12 Cuando oímos
esto, nosotros y también los de aquel lugar le rogamos que no subiese a
Jerusalén. 13 Entonces Pablo respondió: — ¿Qué hacéis llorando y
quebrantándome el corazón? Porque yo estoy listo no sólo a ser atado, sino
también a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús. 14 Como él no se
dejaba persuadir, desistimos diciendo: — Hágase la voluntad del Señor.
15 Después de estos días, habiendo hecho los preparativos, subimos a
Jerusalén. 16 También vinieron con nosotros unos discípulos de Cesarea,
trayendo consigo a un tal Mnasón de Chipre, discípulo antiguo, en cuya casa nos
hospedaríamos. 17 Cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron de
buena voluntad. 18 Al día siguiente, Pablo entró con nosotros para ver a Jacobo,
y todos los ancianos se reunieron. 19 Después de saludarlos, les contaba una por
una todas las cosas que Dios había hecho entre los gentiles por medio de su
ministerio. 20 Cuando lo oyeron, glorificaron a Dios. Y le dijeron: — Tú ves,
hermano, cuántos miles de judíos hay que han creído; y todos son celosos por la
ley. 21 Pero se les ha informado acerca de ti, que tú enseñas a apartarse de
Moisés a todos los judíos que están entre los gentiles, diciéndoles que no
circunciden a sus hijos ni anden según nuestras costumbres. 22 ¿Qué hay, pues,
de esto? Seguramente oirán que has venido. 23 Por tanto, haz esto que te
decimos. Entre nosotros hay cuatro hombres que han hecho votos. 24 Toma
contigo a estos hombres, purifícate con ellos, paga por ellos para que se rapen
sus cabezas, y todos sabrán que no hay nada de lo que se les ha informado
acerca de ti, sino que tú también sigues guardando la ley. 25 Pero en cuanto a los
gentiles que han creído, nosotros hemos escrito lo que habíamos decidido: que
se abstengan de lo que es ofrecido a los ídolos, de sangre, de lo estrangulado y
de fornicación. 26 Entonces Pablo tomó consigo a aquellos hombres. Al día
siguiente, después de purificarse con ellos, entró en el templo para dar aviso
del día en que se cumpliría la purificación, cuando se ofrecería el sacrificio por
cada uno de ellos.
27 Cuando iban a terminar los siete días, los judíos de Asia, al verle en el
templo, comenzaron a alborotar a todo el pueblo y le echaron mano, 28 gritando:
“¡Hombres de Israel! ¡Ayudad! ¡Este es el hombre que por todas partes anda
enseñando a todos contra nuestro pueblo, la ley y este lugar! Y además de esto,
ha metido griegos dentro del templo y ha profanado este lugar santo.” 29 Porque
antes habían visto con él en la ciudad a Trófimo, un efesio, y suponían que Pablo
lo había metido en el templo. 30 Así que toda la ciudad se agitó, y se hizo un
tumulto del pueblo. Se apoderaron de Pablo y le arrastraron fuera del templo, y
de inmediato las puertas fueron cerradas. 31 Mientras ellos procuraban matarle,
llegó aviso al tribuno de la compañía que toda Jerusalén estaba alborotada.
32 De inmediato, éste tomó soldados y centuriones, y bajó corriendo a ellos. Y
cuando vieron al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo.
33 Entonces llegó el tribuno y le apresó, y mandó que le atasen con dos cadenas.
Preguntó quién era y qué había hecho; 34 pero entre la multitud, unos gritaban
una cosa y otros, otra. Como él no podía entender nada de cierto a causa del
alboroto, mandó llevarlo a la fortaleza. 35 Y sucedió que cuando llegó a las
gradas, Pablo tuvo que ser llevado en peso por los soldados a causa de la
violencia de la multitud; 36 porque la muchedumbre del pueblo venía detrás
gritando: “¡Mátale!” 37 Cuando ya iba a ser metido en la fortaleza, Pablo dijo al
tribuno: — ¿Se me permite decirte algo? Y él dijo: — ¿Sabes griego?
38 Entonces, ¿no eres tú aquel egipcio que provocó una sedición antes de estos
días, y sacó al desierto a cuatro mil hombres de los asesinos? 39 Entonces dijo
Pablo: — A la verdad, yo soy judío, ciudadano de Tarso de Cilicia, una ciudad
no insignificante. Y te ruego, permíteme hablar al pueblo. 40 Como él se lo
permitió, Pablo, de pie en las gradas, hizo señal con la mano al pueblo. Hecho
un profundo silencio, comenzó a hablar en hebreo diciendo:
Capítulo 22
1 — Hermanos y padres, oíd ahora mi defensa ante vosotros. 2 Cuando
oyeron que Pablo les hablaba en lengua hebrea, guardaron aun mayor silencio.
Entonces dijo:
3 — Soy un hombre judío, nacido en Tarso de Cilicia pero criado en esta
ciudad, instruido a los pies de Gamaliel en la estricta observancia de la ley de
nuestros padres, siendo celoso de Dios como lo sois todos vosotros hoy. 4 Yo
perseguí este Camino hasta la muerte, tomando presos y entregando a las
cárceles a hombres y también a mujeres, 5 como aun el sumo sacerdote me es
testigo, y todos los ancianos de quienes también recibí cartas para los hermanos.
Y fui a Damasco para traer presos a Jerusalén a los que estaban allí, para que
fuesen castigados. 6 Pero me sucedió, cuando viajaba y llegaba cerca de
Damasco, como a mediodía, que de repente me rodeó de resplandor una gran
luz del cielo. 7 Yo caí al suelo y oí una voz que me decía: “Saulo, Saulo, ¿por
qué me persigues?” 8 Entonces yo respondí: “¿Quién eres, Señor?” Y me dijo:
“Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues.” 9 A la verdad, los que estaban
conmigo vieron la luz, pero no entendieron la voz del que hablaba conmigo.
10 Yo dije: “¿Qué haré, Señor?” Y el Señor me dijo: “Levántate y vé a
Damasco, y allí se te dirá todo lo que te está ordenado hacer.” 11 Como no
podía ver a causa del resplandor de aquella luz, fui guiado de la mano por los
que estaban conmigo, y entré en Damasco. 12 Entonces un tal Ananías, hombre
piadoso conforme a la ley, que tenía buen testimonio de todos los judíos que
moraban allí, 13 vino a mí y puesto de pie me dijo: “Hermano Saulo, recibe la
vista.” Y yo le vi en aquel instante. 14 Y él me dijo: “El Dios de nuestros padres
te ha designado de antemano para que conozcas su voluntad y veas al Justo, y
oigas la voz de su boca. 15 Porque serás testigo suyo ante todos los hombres de
lo que has visto y oído. 16 Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y
bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre.” 17 Entonces, cuando volví
a Jerusalén, mientras oraba en el templo, sucedió que caí en éxtasis 18 y vi al
Señor que me decía: “Date prisa y sal de inmediato de Jerusalén, porque no
recibirán tu testimonio acerca de mí.” 19 Y yo dije: “Señor, ellos saben bien que
yo andaba encarcelando y azotando a los que creían en ti en todas las sinagogas;
20 y cuando se derramaba la sangre de tu testigo Esteban, yo también estaba
presente, aprobaba su muerte y guardaba la ropa de los que le mataban.”
21 Pero él me dijo: “Anda, porque yo te enviaré lejos, a los gentiles.”
22 Le escucharon hasta esta palabra. Entonces alzaron la voz diciendo: —
¡Quita de la tierra a tal hombre, porque no conviene que viva! 23 Como ellos
daban voces, arrojaban sus ropas y echaban polvo al aire, 24 el tribuno mandó
que metieran a Pablo en la fortaleza y ordenó que le sometieran a interrogatorio
mediante azotes, para saber por qué causa daban voces así contra él. 25 Pero
apenas lo estiraron con las correas, Pablo dijo al centurión que estaba presente:
— ¿Os es lícito azotar a un ciudadano romano que no ha sido condenado?
26 Cuando el centurión oyó esto, fue e informó al tribuno diciendo: — ¿Qué vas
a hacer? Pues este hombre es romano. 27 Vino el tribuno y le dijo: — Dime,
¿eres tú romano? Y él dijo: — Sí. 28 El tribuno respondió: — Yo logré esta
ciudadanía con una gran suma. Entonces Pablo dijo: — Pero yo la tengo por
nacimiento. 29 Así que, en seguida se retiraron de él los que le iban a interrogar.
También el tribuno tuvo temor cuando supo que Pablo era ciudadano romano y
que le había tenido atado. 30 Al día siguiente, queriendo saber con certeza la
verdadera razón por la que era acusado por los judíos, le desató y mandó reunir
a todos los principales sacerdotes y a todo el Sanedrín de ellos. Y sacando a
Pablo, lo presentó delante de ellos.
Capítulo 23
1 Entonces Pablo, fijando la vista en el Sanedrín, dijo: — Hermanos, yo he
vivido delante de Dios con toda buena conciencia hasta el día de hoy. 2 Y el
sumo sacerdote Ananías mandó a los que estaban a su lado, que le golpeasen en
la boca. 3 Entonces Pablo dijo: — ¡Dios te ha de golpear a ti, pared blanqueada!
Tú estás sentado para juzgarme conforme a la ley; y quebrantando la ley, ¿mandas
que me golpeen? 4 Los que estaban presentes le dijeron: — ¿Insultas tú al sumo
sacerdote de Dios? 5 Y Pablo dijo: — No sabía, hermanos, que fuera el sumo
sacerdote; pues escrito está: No maldecirás al gobernante de tu pueblo.
6 Entonces Pablo, sabiendo que una parte del Sanedrín eran saduceos y la
otra parte fariseos, gritó en el Sanedrín: — Hermanos, yo soy fariseo, hijo de
fariseos. Es por la esperanza y la resurrección de los muertos que soy juzgado.
7 Cuando dijo esto, se produjo disensión entre los fariseos y los saduceos. La
asamblea se dividió, 8 porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni
ángeles, ni espíritus; pero los fariseos afirman todas estas cosas. 9 Se levantó un
gran vocerío, y algunos de los escribas del partido de los fariseos se levantaron y
contendían diciendo: — No hallamos ningún mal en este hombre. ¿Y qué hay si
un espíritu o un ángel le ha hablado? 10 Como hubo grande disensión, el tribuno,
temiendo que Pablo fuese despedazado, mandó a los soldados que bajaran para
arrebatarlo de en medio de ellos y llevarlo a la fortaleza. 11 A la noche siguiente
se le presentó el Señor y le dijo: “Sé valiente, Pablo, pues así como has
testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma.”
12 Cuando llegó el día, los judíos tramaron un complot y se juraron bajo
maldición, diciendo que no comerían ni beberían hasta que hubieran dado
muerte a Pablo. 13 Eran más de cuarenta los que habían hecho esta conjuración.
14 Ellos fueron a los principales sacerdotes y a los ancianos, y les dijeron: —
Nosotros hemos jurado bajo maldición, que no gustaremos nada hasta que
hayamos dado muerte a Pablo. 15 Ahora, pues, vosotros con el Sanedrín
solicitad al tribuno que le saque mañana a vosotros, como si tuvierais que
investigar su caso con más exactitud. Pero nosotros estaremos preparados para
matarle antes que él llegue. 16 Pero el hijo de la hermana de Pablo oyó hablar de
la emboscada. El fue, entró en la fortaleza y se lo informó a Pablo. 17 Pablo
llamó a uno de los centuriones y le dijo: — Lleva a este joven al tribuno, porque
tiene algo que comunicarle. 18 Entonces él le tomó, le llevó al tribuno y le dijo: —
El preso Pablo me llamó y me rogó que trajera este joven a ti, porque tiene algo
que decirte. 19 El tribuno le tomó de la mano, y llevándolo aparte le preguntó en
privado: — ¿Qué es lo que tienes que decirme? 20 Y él dijo: — Los judíos han
acordado rogarte que mañana saques a Pablo al Sanedrín, como si fueran a
indagar algo más exacto acerca de él. 21 Pues tú, no les creas, porque más de
cuarenta hombres de ellos le están preparando una emboscada. Se han jurado
bajo maldición que no comerán ni beberán hasta que le hayan asesinado. Ahora
están listos, esperando una promesa de parte tuya. 22 Luego el tribuno despidió
al joven encargándole: — No digas a nadie que me has informado de esto.
23 Entonces el tribuno llamó a dos de los centuriones y dijo: — Para la tercera
hora de la noche, preparad 200 soldados, más 70 de caballería y 200 lanceros
para que vayan a Cesarea. 24 A la vez, ordenó que proveyeran cabalgaduras
para que Pablo montara, y le llevasen a salvo al procurador Félix. 25 También
escribió una carta en estos términos: 26 Claudio Lisias, al excelentísimo
procurador Félix. Saludos. 27 Cuando este hombre fue prendido por los judíos y
estaba a punto de ser muerto por ellos, yo le rescaté acudiendo con la tropa,
habiendo entendido que era romano. 28 Queriendo saber el delito por el cual le
acusaban, le hice bajar al Sanedrín de ellos. 29 Hallé que era acusado de
cuestiones de la ley de ellos, pero sin ninguna acusación de crimen digno de
muerte o de prisión. 30 Pero como se me informó que habría un complot contra
el hombre, inmediatamente le envié a ti y he informado también a sus acusadores
que declaren delante de ti lo que tienen contra él. 31 Por tanto, de acuerdo
con las órdenes que habían recibido, los soldados tomaron a Pablo y le llevaron
de noche a Antípatris. 32 Y al día siguiente, dejando que la caballería siguiera
con él, regresaron a la fortaleza. 33 Después de llegar a Cesarea y entregar la
carta al procurador, presentaron también a Pablo delante de él. 34 El procurador
leyó la carta y le preguntó de qué provincia era. Informado que era de Cilicia,
dijo: 35 — Oiré tu causa cuando vengan tus acusadores. Y mandó que le
guardaran en el Pretorio de Herodes.
Capítulo 24
1 Cinco días después, descendió el sumo sacerdote Ananías con algunos de
los ancianos y un orador, un cierto Tértulo. Ellos comparecieron delante del
procurador contra Pablo. 2 Y al ser llamado éste, Tértulo comenzó a acusarle
diciendo: — Puesto que gozamos de mucha paz, gracias a ti, y se están
realizando reformas en beneficio de esta nación debido a tu prudencia, 3 oh
excelentísimo Félix, siempre y en todo lugar lo aceptamos con toda gratitud.
4 Pero para no molestarte más largamente, te ruego que nos escuches
brevemente, conforme a tu equidad. 5 Porque hemos hallado que este hombre es
una plaga, y es promotor de sediciones entre los judíos de todo el mundo y
cabecilla de la secta de los nazarenos. 6 Intentó también profanar el templo, pero
le prendimos. Nosotros quisimos juzgarle conforme a nuestra ley. 7 Pero
intervino el tribuno Lisias y con gran violencia le quitó de nuestras manos,
8 mandando a sus acusadores que se presenten delante de ti. Al examinarle, tú
mismo podrás saber todas estas cosas de las que le acusamos. 9 También los
judíos lo confirmaban, alegando que estas cosas eran así.
10 Entonces, cuando el procurador le dio señal para hablar, Pablo contestó:
— Sabiendo que por muchos años has sido juez de esta nación, con confianza
expondré mi defensa. 11 Tú puedes cerciorarte de que no hace más de doce días
que subí a Jerusalén para adorar. 12 No me hallaron disputando con nadie en el
templo, ni provocando tumultos del pueblo, ni en las sinagogas ni en la ciudad.
13 Tampoco pueden ellos comprobarte las cosas de las que ahora me acusan.
14 Sin embargo, te confieso esto: que sirvo al Dios de mis padres conforme al
Camino que ellos llaman secta, creyendo todo lo que está escrito en la Ley y en
los Profetas. 15 Tengo esperanza en Dios, la cual ellos mismos también abrigan,
de que ha de haber resurrección de los justos y de los injustos. 16 Y por esto
yo me esfuerzo siempre por tener una conciencia sin remordimiento delante de
Dios y los hombres. 17 Pasados muchos años, vine para presentar donativos y
ofrendas a mi nación. 18 Mientras hacía esto, unos judíos de Asia me hallaron
purificado en el templo (no en tumulto ni con alboroto). 19 Ellos deberían
comparecer delante de ti y traer acusaciones, si es que tienen algo contra mí.
20 O que digan éstos mismos qué delito hallaron cuando comparecí ante el
Sanedrín, 21 salvo que cuando estuve entre ellos lancé este grito: “¡Con respecto
a la resurrección de los muertos yo soy juzgado hoy por vosotros!”
22 Entonces Félix, estando bien informado acerca de este Camino, les
aplazó diciendo: — Cuando venga el tribuno Lisias, examinaré vuestro caso.
23 Dio órdenes al centurión de que Pablo fuese custodiado, pero que tuviera
algunos privilegios y que no se impidiese a ninguno de los suyos atenderle.
24 Algunos días después, vino Félix con Drusila su esposa, que era judía. Mandó
traer a Pablo, y le oyó acerca de la fe en Cristo Jesús. 25 Cuando Pablo
disertaba de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero, Félix se llenó de
miedo y respondió: — Por ahora, vete; pero cuando tenga oportunidad, te
llamaré. 26 A la vez, Félix esperaba también que se le diera algún dinero de parte
de Pablo. Por eso le hacía venir con frecuencia y hablaba con él. 27 Pero al cabo
de dos años, Félix recibió como sucesor a Porcio Festo, y queriéndose
congraciar con los judíos, Félix dejó preso a Pablo.
Capítulo 25
1 Tres días después de haber asumido el mando de la provincia, Festo subió
de Cesarea a Jerusalén. 2 Entonces los principales sacerdotes y los dirigentes de
los judíos se presentaron ante él contra Pablo, y le rogaban 3 pidiendo contra él,
el favor de que le hiciese traer a Jerusalén. Mientras tanto, ellos preparaban una
emboscada para asesinarle en el camino. 4 Pero Festo respondió que Pablo
estaba custodiado en Cesarea, y que en breve él mismo partiría para allá. 5 Dijo:
— Los que puedan de entre vosotros desciendan conmigo; y si hay alguna falta
en este hombre, acúsenle. 6 Después de detenerse entre ellos no más de ocho o
diez días, descendió a Cesarea; y al día siguiente, se sentó en el tribunal y mandó
que Pablo fuese traído. 7 Cuando llegó, le rodearon los judíos que habían
descendido de Jerusalén, haciendo muchas y graves acusaciones contra él, las
cuales no podían probar; 8 mientras que Pablo decía en su defensa: — En nada
he pecado, ni contra la ley de los judíos, ni contra el pueblo, ni contra el César.
9 Pero Festo, queriendo congraciarse con los judíos, respondió a Pablo y dijo:
— ¿Quieres subir a Jerusalén para ser juzgado allí delante de mí acerca de estas
cosas? 10 Pablo respondió: — Ante el tribunal del César estoy, donde me
corresponde ser juzgado. A los judíos no he hecho ninguna injusticia, como tú
muy bien lo sabes. 11 Si estoy haciendo alguna injusticia o si he hecho alguna
cosa digna de muerte, no rehúso morir; pero si no hay nada de cierto en las
cosas de las que éstos me acusan, nadie puede entregarme a ellos. Yo apelo al
César. 12 Entonces Festo, habiendo consultado con el consejo, respondió: — Al
César has apelado. ¡Al César irás!
13 Pasados algunos días, el rey Agripa y Berenice fueron a Cesarea para
saludar a Festo. 14 Como pasaban allí muchos días, Festo presentó al rey el
caso de Pablo, diciendo: — Hay cierto hombre que ha sido dejado preso por
Félix, 15 con respecto a quien se me presentaron los principales sacerdotes y los
ancianos de los judíos cuando subí a Jerusalén, pidiendo sentencia contra él.
16 A ellos les respondí que no es costumbre de los romanos entregar a ningún
hombre antes que el acusado tenga presentes a sus acusadores y tenga
oportunidad de hacer su defensa contra la acusación. 17 Así que, habiendo
venido ellos juntos acá, sin ninguna demora, al día siguiente, me senté en el
tribunal y mandé traer al hombre. 18 Pero cuando se presentaron los acusadores,
no trajeron ninguna acusación con respecto a él, de los crímenes que yo
sospechaba. 19 Solamente tenían contra él ciertas cuestiones acerca de su propia
religión y de un cierto Jesús, ya fallecido, de quien Pablo afirmaba que está vivo.
20 Yo, vacilante con semejante caso, le preguntaba si quería ir a Jerusalén y ser
juzgado por estas cosas allí. 21 Pero como Pablo apeló a quedar bajo custodia
para la decisión de Augusto, mandé que le guardasen hasta que yo le enviara al
César. 22 Entonces Agripa dijo a Festo: — Yo también quisiera oír al hombre. Y
él dijo: — Mañana le oirás. 23 Así que al día siguiente vinieron Agripa y Berenice
con mucha pompa, y después que entraron en la sala de audiencias con los
tribunos y los principales de la ciudad, fue traído Pablo por mandato de Festo.
24 Entonces Festo dijo: — Rey Agripa, y todos los hombres aquí presentes con
nosotros: Mirad a este hombre, respecto del cual toda la multitud de los judíos
ha recurrido a mí, tanto en Jerusalén como aquí, clamando a gritos que él no
debe vivir más. 25 Pero yo hallé que él no había hecho ninguna cosa digna de
muerte, y habiendo apelado él mismo a Augusto, he determinado enviarle.
26 Pero no tengo nada de cierto que escribir a mi señor acerca de él. Por esto le
he traído ante vosotros, y especialmente ante ti, oh rey Agripa, para que
después de examinarle, yo tenga algo que escribir. 27 Porque me parece cosa no
razonable enviar un preso sin indicar también las acusaciones contra él.
Capítulo 26
1 Luego Agripa dijo a Pablo: — Se te permite hablar por ti mismo. Entonces
Pablo extendió la mano y comenzó su defensa: 2 — Me tengo por dichoso que
haya de exponer hoy mi defensa delante de ti, oh rey Agripa, acerca de todas
las cosas de las que soy acusado por los judíos; 3 mayormente por ser tú
conocedor de todas las costumbres y cuestiones de los judíos. Por lo tanto, te
ruego que me escuches con paciencia. 4 Mi manera de vivir, desde mi juventud,
la cual pasé desde el comienzo entre los de mi nación en Jerusalén, la conocen
todos los judíos. 5 Ellos me conocen desde antes, si quisieran testificarlo, que
conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión viví como fariseo. 6 Y ahora
soy sometido a juicio por la esperanza de la promesa que Dios hizo a nuestros
padres, 7 promesa que esperan alcanzar nuestras doce tribus sirviendo
constantemente día y noche. ¡Por la misma esperanza soy acusado por los
judíos, oh rey! 8 ¿Por qué se juzga increíble entre vosotros que Dios resucite a
los muertos? 9 Pues yo, a la verdad, había pensado que debía hacer muchas
cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret; 10 y esto hice en Jerusalén.
Habiendo recibido autorización de los principales sacerdotes, yo encerré en
cárceles a muchos de los santos; y cuando les mataban, yo di mi voto contra
ellos. 11 Muchas veces, castigándoles en todas las sinagogas, procuraba
obligarles a blasfemar; y enfurecido en extremo contra ellos, los perseguía hasta
en las ciudades extranjeras.
12 En esto estaba ocupado cuando iba a Damasco con autorización y
comisión de los principales sacerdotes. 13 En el camino a mediodía, oh rey, vi
que desde el cielo una luz, más resplandeciente que el sol, alumbró alrededor de
mí y de los que viajaban conmigo. 14 Habiendo caído todos nosotros a tierra, oí
una voz que me decía en lengua hebrea: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
¡Dura cosa te es dar coces contra el aguijón!” 15 Entonces yo dije: “¿Quién eres,
Señor?” Y el Señor dijo: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. 16 Pero levántate
y ponte sobre tus pies, porque te he aparecido para esto: para constituirte en
ministro y testigo de las cosas que has visto de mí y de aquellas en que
apareceré a ti. 17 Yo te libraré del pueblo y de los gentiles, a los cuales ahora yo
te envío 18 para abrir sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz y
del poder de Satanás a Dios, para que reciban perdón de pecados y una
herencia entre los santificados por la fe en mí.” 19 Por lo cual, oh rey Agripa, no
fui desobediente a la visión celestial. 20 Más bien, primeramente a los que
estaban en Damasco, y en Jerusalén y por toda la tierra de Judea, y a los
gentiles, les he proclamado que se arrepientan y se conviertan a Dios, haciendo
obras dignas de arrepentimiento. 21 A causa de esto, los judíos me prendieron
en el templo e intentaron matarme. 22 Pero habiendo obtenido auxilio de Dios, me
he mantenido firme hasta el día de hoy, dando testimonio a pequeños y a grandes,
sin decir nada ajeno a las cosas que los profetas y Moisés dijeron que habían de
suceder: 23 que el Cristo había de padecer, y que por ser el primero de la
resurrección de los muertos, había de anunciar luz al pueblo y a los gentiles.
24 Mientras él decía estas cosas en su defensa, Festo le dijo a gran voz: —
¡Estás loco, Pablo! ¡Las muchas letras te vuelven loco! 25 Pero Pablo dijo: —
No estoy loco, oh excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de verdad y de
cordura. 26 Pues el rey, delante de quien también hablo confiadamente, entiende
de estas cosas. Porque estoy convencido de que nada de esto le es oculto, pues
esto no ha ocurrido en algún rincón. 27 ¿Crees, oh rey Agripa, a los profetas?
¡Yo sé que crees! 28 Entonces Agripa dijo a Pablo: — ¡Por poco me persuades
a ser cristiano! 29 Y Pablo dijo: — ¡Quisiera Dios que, por poco o por mucho,
no solamente tú sino también todos los que hoy me escuchan fueseis hechos
como yo, salvo estas cadenas! 30 Entonces se levantaron el rey, el procurador,
Berenice y los que se habían sentado con ellos. 31 Y después de retirarse aparte,
hablaban los unos con los otros diciendo: — Este hombre no hace ninguna cosa
digna de muerte ni de prisión. 32 Y Agripa dijo a Festo: — Este hombre podría
ser puesto en libertad, si no hubiera apelado al César.
Capítulo 27
1 Cuando se determinó que habíamos de navegar a Italia, entregaron a Pablo
y a algunos otros presos a un centurión llamado Julio, de la compañía Augusta.
2 Así que nos embarcamos en una nave adramiteña que salía para los puertos de
Asia, y zarpamos. Estaba con nosotros Aristarco, un macedonio de Tesalónica.
3 Al otro día, atracamos en Sidón; y Julio, tratando a Pablo con amabilidad, le
permitió ir a sus amigos y ser atendido por ellos. 4 Y habiendo zarpado de allí,
navegamos a sotavento de Chipre, porque los vientos nos eran contrarios.
5 Después de cruzar por alta mar frente a Cilicia y a Panfilia, arribamos a Mira,
ciudad de Licia. 6 El centurión encontró allí una nave alejandrina que navegaba a
Italia, y nos embarcó en ella. 7 Navegando muchos días despacio, y habiendo
llegado a duras penas frente a Gnido, porque el viento nos impedía, navegamos
a sotavento de Creta frente a Salmón. 8 Y costeándola con dificultad, llegamos a
un lugar llamado Buenos Puertos, cerca del cual estaba la ciudad de Lasea.
9 Puesto que había transcurrido mucho tiempo y se hacía peligrosa la navegación,
porque también el Ayuno ya había pasado, Pablo les amonestaba 10 diciendo: —
Hombres, veo que la navegación ha de realizarse con daño y mucha pérdida, no
sólo de la carga y de la nave, sino también de nuestras vidas. 11 Pero el centurión
fue persuadido más por el piloto y el capitán del barco, y no por lo que Pablo decía.
12 Ya que el puerto era incómodo para pasar el invierno, la mayoría acordó
zarpar de allí, por si de alguna manera pudiesen arribar a Fenice, un puerto de
Creta que mira al suroeste y al noroeste, para invernar allí. 13 Como sopló una
brisa del sur y les pareció que ya habían logrado lo que deseaban, izaron velas e
iban costeando a Creta muy de cerca. 14 Pero no mucho después dio contra la
nave un viento huracanado que se llama Euraquilón. 15 Como la nave era
arrebatada y no podía poner proa al viento, nos abandonamos a él y éramos
llevados a la deriva. 16 Navegamos a sotavento de una pequeña isla que se llama
Cauda, y apenas pudimos retener el esquife. 17 Y después de subirlo a bordo, se
valían de refuerzos para ceñir la nave. Pero temiendo encallar en la Sirte,
bajaron velas y se dejaban llevar así. 18 Al día siguiente, mientras éramos
sacudidos por una furiosa tempestad, comenzaron a aligerar la carga; 19 y al
tercer día, con sus propias manos arrojaron los aparejos del barco. 20 Como no
aparecían ni el sol ni las estrellas por muchos días y nos sobrevenía una
tempestad no pequeña, íbamos perdiendo ya toda esperanza de salvarnos.
21 Entonces, como hacía mucho que no comíamos, Pablo se puso de pie en
medio de ellos y dijo: — Oh hombres, debíais haberme escuchado y no haber
partido de Creta, para evitar este daño y pérdida. 22 Pero ahora os insto a tener
buen ánimo, pues no se perderá la vida de ninguno de vosotros, sino solamente
la nave. 23 Porque esta noche estuvo conmigo un ángel del Dios de quien soy y a
quien sirvo, 24 y me dijo: “No temas, Pablo. Es necesario que comparezcas ante
el César, y he aquí Dios te ha concedido todos los que navegan contigo.” 25 Por
tanto, oh hombres, tened buen ánimo, porque yo confío en Dios que será así
como me ha dicho. 26 Pero es necesario que demos en alguna isla. 27 Cuando
llegó la decimocuarta noche, y siendo nosotros llevados a la deriva a través del
mar Adriático, a la medianoche los marineros sospecharon que se acercaban a
alguna tierra. 28 Echaron la sonda y hallaron veinte brazas. Pasando un poco más
adelante, volvieron a echar la sonda y hallaron quince brazas. 29 Temiendo dar
en escollos, echaron las cuatro anclas de la popa y ansiaban el amanecer.
30 Como los marineros procuraban huir de la nave, y echaron el esquife al mar
simulando que iban a largar las anclas de la proa, 31 Pablo dijo al centurión y a
los soldados: — Si éstos no quedan en la nave, vosotros no podréis salvaros.
32 Entonces los soldados cortaron las amarras del esquife y dejaron que se
perdiera. 33 Cuando comenzó a amanecer, Pablo animaba a todos a comer algo,
diciendo: — Este es el decimocuarto día que veláis y seguís en ayunas sin comer
nada. 34 Por tanto, os ruego que comáis algo, pues esto es para vuestra salud;
porque no perecerá ni un cabello de la cabeza de ninguno de vosotros.
35 Habiendo dicho esto, tomó pan, dio gracias a Dios en presencia de todos y
partiéndolo comenzó a comer. 36 Y cuando todos recobraron mejor ánimo,
comieron ellos también. 37 Eramos en total 276 personas en la nave. 38 Luego,
satisfechos de la comida, aligeraban la nave echando el trigo al mar. 39 Cuando
se hizo de día, no reconocían la tierra; pero distinguían una bahía que tenía playa,
en la cual, de ser posible, se proponían varar la nave. 40 Cortaron las anclas y las
dejaron en el mar. A la vez, soltaron las amarras del timón, izaron al viento la
vela de proa e iban rumbo a la playa. 41 Pero al dar en un banco de arena entre
dos corrientes, hicieron encallar la nave. Al enclavarse la proa, quedó inmóvil,
mientras la popa se abría por la violencia de las olas. 42 Entonces los soldados
acordaron matar a los presos, para que ninguno se escapara nadando; 43 pero el
centurión, queriendo librar a Pablo, frustró su intento. Mandó a los que podían
nadar que fueran los primeros en echarse para salir a tierra; 44 y a los demás,
unos en tablas, y otros en objetos de la nave. Así sucedió que todos llegaron
salvos a tierra.
Capítulo 28
1 Una vez a salvo, supimos luego que la isla se llamaba Malta. 2 Los nativos
nos trataron con no poca amabilidad, pues nos recibieron a todos y encendieron
un fuego a causa de la lluvia que caía, y del frío. 3 Entonces, al recoger Pablo
una cantidad de ramas secas y echarlas al fuego, se le prendió en la mano una
víbora que huía del calor. 4 Cuando los nativos vieron la serpiente colgada de su
mano, se decían unos a otros: “¡Seguramente este hombre es homicida, a quien,
aunque se haya salvado del mar, la justicia no le deja vivir!” 5 Entonces él
sacudió la serpiente en el fuego, pero no padeció ningún mal. 6 Mientras tanto,
ellos esperaban que comenzara a hincharse o que cayera muerto de repente.
Pero al pasar mucho tiempo esperando y al ver que no le pasaba nada malo,
cambiaron de parecer y decían que era un dios. 7 En aquellos lugares estaban las
propiedades del hombre principal de la isla, que se llamaba Publio. Este nos
recibió y nos hospedó de manera amistosa por tres días. 8 Aconteció que el
padre de Publio estaba en cama, enfermo de fiebre y disentería. Pablo entró a
donde él estaba, y después de orar, le impuso las manos y le sanó. 9 Después
que sucedió esto, los demás de la isla que tenían enfermedades también venían a
él y eran sanados. 10 También ellos nos honraron con muchos obsequios, y antes
que zarpáramos, nos abastecieron de las cosas necesarias.
11 Así que, después de tres meses, zarpamos en una nave alejandrina que
había invernado en la isla y que tenía por insignia a Cástor y Pólux. 12 Habiendo
arribado a Siracusa, estuvimos allí tres días. 13 De allí, costeando alrededor,
fuimos a Regio; y un día después se levantó el viento del sur, y llegamos al
segundo día a Puteoli. 14 Allí hallamos hermanos y fuimos invitados a quedarnos
con ellos siete días. Y de esta manera llegamos a Roma. 15 Al oír de nosotros, los
hermanos vinieron hasta la plaza de Apio y las Tres Tabernas para recibirnos.
Pablo, al verlos, dio gracias a Dios y cobró ánimo. 16 Cuando llegamos a Roma, a
Pablo le fue permitido vivir aparte, con un soldado que le custodiaba.
17 Aconteció que, tres días después, Pablo convocó a los que eran los
principales de los judíos, y una vez reunidos les dijo: — Hermanos, sin que yo
haya hecho ninguna cosa contra el pueblo ni contra las costumbres de los
padres, desde Jerusalén he sido entregado preso en manos de los romanos.
18 Habiéndome examinado, ellos me querían soltar porque no había en mí
ninguna causa digna de muerte. 19 Pero como los judíos se oponían, yo me
vi forzado a apelar al César, no porque tenga de qué acusar a mi nación. 20 Así
que, por esta causa os he llamado para veros y hablaros, porque por la
esperanza de Israel estoy ceñido con esta cadena. 21 Entonces ellos dijeron: —
Nosotros no hemos recibido cartas de Judea tocante a ti, y ninguno de los
hermanos que ha venido ha denunciado o hablado algún mal acerca de ti.
22 Pero queremos oír de ti lo que piensas, porque nos es conocido acerca de
esta secta, que en todas partes se habla en contra de ella.
23 Habiéndole fijado un día, en gran número vinieron a él a donde se
alojaba. Desde la mañana hasta el atardecer, les exponía y les daba testimonio
del reino de Dios, persuadiéndoles acerca de Jesús, partiendo de la Ley de
Moisés y de los Profetas. 24 Algunos quedaban convencidos por lo que decía,
pero otros no creían. 25 Como ellos no estaban de acuerdo entre sí, se iban
cuando Pablo les dijo una última palabra: — Bien habló el Espíritu Santo por
medio del profeta Isaías a vuestros padres, diciendo: 26 Vé a este pueblo y diles:
“De oído oiréis y jamás entenderéis; y viendo veréis y nunca percibiréis.”
27 Porque el corazón de este pueblo se ha vuelto insensible y con los oídos
oyeron torpemente. Han cerrado sus ojos de manera que no vean con los ojos,
ni oigan con los oídos, ni entiendan con el corazón, ni se conviertan. Y yo los
sanaré. 28 Sabed, pues, que a los gentiles es anunciada esta salvación de Dios, y
ellos oirán. 29 Y cuando él dijo estas cosas, los judíos se fueron, porque tenían
una fuerte discusión entre sí.
30 Pablo permaneció dos años enteros en una casa que alquilaba. A todos
los que venían a él, les recibía allí, 31 predicando el reino de Dios y enseñando
acerca del Señor Jesucristo, con toda
libertad y sin impedimento.
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