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JOB

Capítulo 32

1 Estos tres hombres cesaron de responder a Job, porque él era justo ante sus

propios ojos. 2 Entonces se encendió contra Job la ira de Elihú hijo de Beraquel el

buzita, de la familia de Ram. Se encendió su ira contra Job, por cuanto se justificaba

más a sí mismo que a Dios. 3 Igualmente, se encendió su ira contra los tres amigos,

porque no hallaban qué responder, aunque habían condenado a Job. 4 Elihú había

esperado para hablar a Job, porque ellos eran mayores que él en edad. 5 Pero al ver

Elihú que no había respuesta en la boca de aquellos tres hombres, se encendió en ira.

6 Entonces intervino Elihú hijo de Beraquel el buzita y dijo: — Yo soy menor en

años, y vosotros sois ancianos; por eso tuve miedo y temí declararos mi opinión.

7 Pensé que hablarían los días, y los muchos años darían a conocer sabiduría. 8 No

obstante, es el espíritu en el hombre, el soplo del Todopoderoso, que le hace

entender. 9 No son los mayores los sabios, ni los viejos los que disciernen lo justo.

10 Por eso digo: Escuchadme, yo también expresaré mi parecer.

11 He aquí, he esperado vuestras palabras; he escuchado vuestras razones, mientras

rebuscabais qué decir. 12 Yo os he prestado atención, pero he aquí que ninguno de

vosotros ha logrado reprobar a Job o responder a sus dichos. 13 No sea que digáis:

“Hemos hallado la sabiduría; Dios lo refutará, no el hombre.” 14 El no dirigió sus

palabras a mí, ni yo le responderé con vuestros dichos.

15 Se desconcertaron; no volvieron a responder; se les fueron los razonamientos.

16 ¿He de esperar porque ellos no hablan, porque pararon y no respondieron más?

17 Yo también responderé mi parte; yo también expresaré mi parecer. 18 Porque

estoy lleno de palabras, y me impulsa mi espíritu dentro de mí. 19 He aquí que mi

interior es como vino sin respiradero, y como odres nuevos va a reventar.

20 Hablaré, pues, y hallaré desahogo; abriré mis labios y responderé. 21 Yo no haré

distinción de personas, a ningún hombre adularé. 22 Porque nunca he sabido adular;

mi Hacedor me llevaría en breve.

Capítulo 33

1 No obstante, oh Job, escucha, por favor, mis razones; atiende a todas mis

palabras. 2 He aquí, yo abro mi boca; mi lengua habla en mi paladar. 3 Mis dichos

declaran mi rectitud de corazón; lo que mis labios saben lo dicen con sinceridad. 4 El

Espíritu de Dios me hizo; el aliento del Todopoderoso me da vida. 5 Si acaso

puedes, respóndeme. Alístate y preséntate ante mí. 6 He aquí que yo estoy, como tú,

ante Dios; yo también fui formado de barro. 7 He aquí, mi terror no te ha de

espantar, ni mi mano pesará demasiado sobre ti.

8 En verdad, tú hablaste a oídos míos; yo oí el sonido de tus palabras: 9 Yo soy

limpio y sin transgresión; soy inocente, y no hay maldad en mí. 10 He aquí, Dios halla

pretextos contra mí y me considera su enemigo. 11 Puso mis pies en el cepo y vigila

todas mis sendas.” 12 He aquí yo te respondo que en esto no tienes razón, porque

Dios es más grande que el hombre. 13 ¿Por qué contiendes contra él, siendo que él

no da cuenta de ninguna de sus palabras?

14 Porque Dios habla de una manera, y de otra, pero nadie lo nota. 15 Habla por

sueños, en visión nocturna, cuando el sopor cae sobre los hombres, cuando uno se

adormece sobre la cama. 16 Entonces abre el oído de los hombres y sella la

instrucción para ellos, 17 para apartar al hombre de lo que hace, para destruir

a arrogancia del varón, 18 para librar su alma de la fosa y su vida de ser traspasada

por la lanza.

19 El es reprendido con dolor sobre su lecho, y con constante dolor en sus

huesos. 20 Hacen que su vida aborrezca el alimento; y su alma, su comida favorita.

21 Su carne se consume hasta dejar de ser vista, y aparecen sus huesos que no se

veían. 22 Su alma se acerca a la fosa, y su vida a los que causan la muerte. 23 Oh, si

hubiese a su lado un ángel, un intercesor, uno entre mil, para declarar al hombre lo

que le es recto, 24 y que al ser favorecido por la gracia, dijese: “Líbralo de

descender a la fosa, pues le he hallado rescate.” 25 Entonces su carne volvería a ser

más tierna que en su adolescencia, y volvería a los días de su juventud. 26 Oraría a

Dios, y le sería favorable. Vería su rostro con gritos de júbilo, y Dios restituiría al

hombre su justicia. 27 Cantaría entre los hombres diciendo: “Yo había pecado y

pervertido lo recto, y no me fue retribuido. 28 El libró mi alma de pasar a la fosa, y

mi vida verá la luz.”

29 He aquí, Dios hace todas estas cosas con el hombre, dos y tres veces, 30 para

restaurar su alma de la fosa y para iluminarlo con la luz de la vida. 31 Atiende, oh

Job; escúchame. Calla, y yo hablaré. 32 Si tienes palabras, respóndeme. Habla,

porque yo quiero justificarte. 33 Y si no, escúchame. Calla, y yo te enseñaré

sabiduría.

Capítulo 34

1 Elihú continuó diciendo: 2 — Oíd, oh sabios, mis palabras; vosotros, los que

sabéis, atendedme. 3 Porque el oído distingue las palabras, y el paladar prueba la

comida. 4 Escojamos lo que es correcto; conozcamos entre nosotros lo bueno.

5 Pues Job ha dicho: “Yo soy justo, pero Dios me ha quitado mi derecho. 6 ¿He de

mentir respecto a mi derecho? Mi herida es incurable a pesar de que no hubo

transgresión.” 7 ¿Qué hombre hay como Job, que bebe el escarnio como agua, 8 que

va en compañía con los que obran iniquidad, y anda con los hombres impíos? 9 Pues

ha dicho: “El hombre no sacará provecho de estar de acuerdo con Dios.”

10 Por tanto, oídme, hombres entendidos. ¡Lejos esté de Dios la impiedad, y del

Todopoderoso la iniquidad! 11 Porque él retribuye al hombre de acuerdo con sus

obras, y hace que cada uno halle lo que corresponde a sus caminos. 12 Realmente,

Dios no hará injusticia; el Todopoderoso no pervertirá el derecho. 13 ¿Quién le ha

puesto a cargo de su tierra? ¿Quién le ha encomendado el mundo entero? 14 Si él se

propusiera en su corazón y retirara su espíritu y su aliento, 15 toda carne perecería

juntamente, y el hombre volvería al polvo.

16 Si has entendido, oye esto; escucha la voz de mis palabras: 17 ¿Acaso

gobernará el que aborrece el derecho? ¿Condenarás al Justo y Poderoso? 18 El es el

que dice al rey: “¡Perverso!” o a los nobles: “¡Impíos!” 19 El no hace distinción de los

príncipes, ni favorece al rico ante el pobre, pues todos son obra de sus manos. 20 En

un momento morirán, a medianoche. La gente será sacudida y pasará; los poderosos

serán eliminados, y no por mano. 21 Porque los ojos de Dios están sobre los

caminos del hombre; él puede ver todos sus pasos. 22 No hay tinieblas ni oscuridad

para que allí se puedan esconder los que hacen iniquidad. 23 Pues Dios no impone

plazo al hombre para que vaya a juicio ante él. 24 El quebranta a los fuertes sin

consulta, y en lugar de ellos establece a otros. 25 Por cuanto conoce los hechos de

ellos; en una noche los trastorna, y son aplastados. 26 Por sus maldades los castiga

en un lugar donde lo vean. 27 Porque dejaron de seguirle, y no consideraron ninguno

de sus caminos, 28 haciendo que el clamor del pobre llegase ante él, y que él oyera el

clamor de los afligidos. 29 Si él calla, ¿quién le inculpará? Si esconde su rostro,

¿quién lo contemplará? El está igualmente sobre pueblos e individuos, 30 para evitar

que reine el hombre impío y que ponga trampas al pueblo.

31 Porque, ¿quién ha dicho a Dios: “Ya he llevado mi castigo; no volveré a

ofender. 32 Enséñame tú lo que yo no puedo ver; y si hice maldad, no lo volveré a

hacer”? 33 ¿Acaso ha de retribuir según tus condiciones, porque tú rechazas las

suyas? Pues tú eres quien escoge, y no yo; habla entonces lo que sabes. 34 Los

hombres entendidos y el varón sabio que me escucha me lo dirán: 35 Job no habla

sabiamente; sus palabras no son con entendimiento.” 36 ¡Oh, que Job fuera examinado

a fondo, pues responde como los hombres inicuos! 37 Porque a su pecado añade la

rebelión; aplaude en medio de nosotros y multiplica sus palabras contra Dios.

Capítulo 35

1 Elihú continuó diciendo: 2 — ¿Piensas que es correcto que digas: “Soy más

justo que Dios”? 3 Porque has dicho: “¿Qué te importa a ti la ventaja que yo saque

de mi pecado?” 4 Yo te responderé con argumentos, a ti y a tus amigos

contigo: 5 Mira los cielos y observa; contempla las nubes, las cuales están más altas

que tú. 6 Si pecas, ¿qué logras tú contra él? Si tus rebeliones se multiplican, ¿qué le

podrás hacer a él? 7 Si eres justo, ¿qué le darás a él? ¿O qué recibirá él de tu mano?

8 Tu impiedad es para un hombre como tú, y tu justicia para el ser humano.

9 Claman a causa de la mucha opresión; gritan a causa del poderío de los

grandes. 10 Sin embargo, nadie pregunta: “¿Dónde está Dios, mi Hacedor, que da

canciones en la noche, 11 que nos enseña por medio de los animales de la tierra, y

que nos hace sabios mediante las aves de los cielos?” 12 Allí claman, pero él no

responde, a causa de la soberbia de los malos. 13 Ciertamente Dios no escucha la

falsedad; el Todopoderoso ni la mira.

14 ¡Cuánto menos cuando dices que aunque no lo veas, tu causa está delante de

él, y que a él tú esperas! 15 Ahora bien, porque su ira no ha castigado, ni ha

considerado de veras la rebelión, 16 vanamente ha abierto Job su boca, y sin

conocimiento multiplica palabras.

Capítulo 36

1 Y Elihú siguió diciendo: 2 — Espérame un poco, y te informaré, pues aún tengo

palabras a favor de Dios. 3 Desde lejos traeré mi saber, y atribuiré justicia a mi

Hacedor. 4 Pues ciertamente mis palabras no son mentira; contigo está alguien que

es completo en conocimiento.

5 He aquí que Dios es poderoso, pero no desprecia a nadie. Es poderoso en la

fuerza del entendimiento. 6 No otorga vida al impío, pero a los afligidos concede

justicia. 7 No aparta sus ojos de los justos; los hace sentar en tronos junto con los

reyes para siempre, y los enaltece. 8 Aunque estén presos con grilletes y atrapados

con cuerdas de aflicción, 9 él les declara lo que han hecho, y sus transgresiones, pues

ellos mismos se enaltecieron. 10 El abre el oído de ellos a la corrección y manda que

se vuelvan de la iniquidad. 11 Si ellos escuchan y le sirven, acabarán sus días con

bienestar y sus años con prosperidad. 12 Pero si no escuchan, serán traspasados por

la lanza y perecerán en su ignorancia. 13 Pues los impíos de corazón acumulan ira; no

clamarán cuando él los ate. 14 Ellos mismos morirán en la juventud, y acabarán sus

vidas entre los pervertidos.

15 El libra al afligido en su aflicción; en medio de la opresión abre sus oídos.

16 También te induce a salir de las fauces de la tribulación a un lugar espacioso, libre

de restricciones, al solaz de tu mesa llena de abundancia. 17 Pero a ti, por estar lleno

del juicio que merece el impío, el juicio y la justicia te echarán mano. 18 Por lo cual

teme, no sea que te tiente la abundancia, ni el mucho soborno te desvíe. 19 En la

desgracia no te ayudará tu clamor, ni todos tus esfuerzos. 20 No anheles la noche,

cuando los pueblos se desvanecen en su lugar. 21 Cuídate de no volver a la

iniquidad, porque eso escogiste más que la aflicción. 22 He aquí que Dios es exaltado

en su poder. ¿Quién hay que enseñe como él? 23 ¿Quién le ha prescrito su camino?

¿Quién le dirá: “Has hecho maldad”?

24 Acuérdate de engrandecer su obra, de la cual cantan los hombres. 25 Todos

los hombres la han visto; el ser humano la mira de lejos. 26 He aquí que Dios es tan

sublime, que nosotros no le podemos conocer. Es inescrutable el número de sus

años. 27 El atrae las gotas del agua y a la lluvia convierte en vapor, 28 el cual destilan

las nubes y chorrean en abundancia sobre los hombres. 29 ¿Quién podrá

comprender de veras el despliegue de las nubes, y el tronar de su bóveda? 30 He

aquí que sobre ella despliega su luz, y cubre las profundidades del mar. 31 Pues por

medio de ellos gobierna a los pueblos y da comida en abundancia. 32 Con sus manos

cubre el rayo y le manda dar en su blanco. 33 Su trueno anuncia su presencia;

ciertamente tiene celo contra la iniquidad.

Capítulo 37

1 También por esto tiembla mi corazón y salta fuera de su lugar. 2 Oíd

atentamente el estruendo de su voz, el retumbo que sale de su boca. 3 Debajo de

todos los cielos lo desencadena y su relámpago cubre los confines de la tierra.

4 Después de él ruge el trueno; truena con su majestuosa voz. Cuando se oye su

sonido, él no lo detiene. 5 Dios truena maravillosamente con su voz; hace grandes

cosas que no las podemos comprender.

6 Pues a la nieve dice: “¡Desciende a la tierra!”; y a la lluvia y al aguacero: “¡Sed

impetuosos, oh lluvia y aguaceros!” 7 Pone su sello en la mano de todo hombre, para

que todos los hombres reconozcan la obra suya. 8 La fiera entra en su escondrijo y

permanece en su guarida. 9 El huracán viene de su cámara; y el frío, de los vientos

del norte. 10 Por el soplo de Dios se forma el hielo, y se solidifica la extensión de las

aguas. 11 El también recarga las nubes de humedad, y la nube dispersa sus

relámpagos. 12 Por su designio las hace girar alrededor, para que realicen todo lo

que les ordene sobre la faz de su mundo habitado. 13 Unas veces como azote, otras

veces por causa de su tierra y otras veces por misericordia él las hace aparecer.

14 Presta atención a esto, oh Job; detente y reflexiona en las obras maravillosas

de Dios. 15 ¿Sabes tú cómo las pone Dios y hace aparecer su nube luminosa?

16 ¿Sabes tú cómo flotan las nubes, las maravillas de aquel que es perfecto en

conocimiento? 17 Tú, cuyas ropas quedan calientes cuando la tierra es silenciada a

causa del viento del sur, 18 ¿has extendido con él la bóveda celeste, firme cual

espejo de metal laminado? 19 Muéstranos qué le hemos de decir, pues no podemos

organizar nuestras ideas a causa de las tinieblas. 20 ¿Habrá que informarle que yo he

de hablar? ¿Se le ha de referir lo que diga el hombre?

21 Y ahora, nadie puede mirar el sol que resplandece entre las nubes, cuando

pasa el viento y las despeja. 22 Del norte viene un dorado esplendor; alrededor de

Dios hay una temible majestad. 23 El Todopoderoso, a quien no podemos alcanzar,

es sublime en poder y en justicia. Es grande en rectitud; no oprime. 24 Por tanto, le

temen los hombres. El no mira a ninguno de los que se creen sabios.

Capítulo 38

1 Entonces Jehovah respondió a Job desde un torbellino y dijo: 2 — ¿Quién es

ese que oscurece el consejo con palabras sin conocimiento? 3 Cíñete, pues, los

lomos como un hombre; yo te preguntaré, y tú me lo harás saber:

4 ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes

entendimiento. 5 ¿Quién determinó sus medidas? Porque tú lo debes saber. ¿O quién

extendió sobre ella un cordel? 6 ¿Sobre qué están afirmados sus cimientos? ¿O quién

puso su piedra angular, 7 cuando aclamaban juntas las estrellas del alba, y gritaban

de júbilo todos los hijos de Dios? 8 ¿Quién contuvo mediante compuertas el mar,

cuando irrumpiendo salió del vientre; 9 cuando le puse las nubes por vestido y la

oscuridad como pañal? 10 Yo establecí sobre él un límite y le puse cerrojos y

puertas. 11 Le dije: “Hasta aquí llegarás y no seguirás adelante. Aquí cesará la

soberbia de tus olas.”

12 ¿Alguna vez en tu vida diste órdenes a la mañana? ¿Has mostrado a la aurora

su lugar, 13 para que al tomar por los extremos la tierra, sean sacudidos de ella los

impíos? 14 Ella se transforma cual la arcilla en el molde, y se presenta como una

vestidura. 15 Entonces la luz es quitada a los impíos, y es quebrantado el brazo

enaltecido. 16 ¿Has penetrado hasta las fuentes del mar? ¿Has andado escudriñando

el abismo? 17 ¿Te han sido reveladas las puertas de la muerte? ¿Has visto las puertas

de la densa oscuridad? 18 ¿Has reflexionado acerca de la amplitud de la tierra?

¡Decláralo, si sabes todo esto! 19 ¿Dónde está el camino hacia la morada de la luz?

¿Y dónde está el lugar de las tinieblas, 20 para que las repliegues a su territorio y

para que disciernas el camino a su morada? 21 Tú lo debes saber, porque entonces

ya habías nacido, y es muy grande el número de tus días. 22 ¿Has entrado en los

depósitos de la nieve, o has visto los depósitos del granizo 23 que tengo reservados

para el tiempo de la angustia, para el día de la batalla y de la guerra? 24 ¿Dónde está el

camino por el cual se distribuye la luz, y se desplaza sobre la tierra el viento oriental?

25 ¿Quién abre cauce al aluvión, y camino a relámpagos y truenos, 26 haciendo

llover sobre la tierra sin hombres, sobre el desierto donde no hay un ser humano;

27 para saciar la tierra arruinada y desolada, y para hacer brotar la hierba? 28 ¿Acaso

la lluvia tiene un padre? ¿O quién engendró las gotas del rocío? 29 ¿Del vientre de

quién salió el hielo? A la escarcha del cielo, ¿quién la dio a luz? 30 Las aguas se

congelan como piedra, y se endurece la superficie del océano. 31 ¿Podrás unir con

cadenas a las Pléyades o aflojar las cuerdas de Orión? 32 ¿Harás salir las

constelaciones en su respectivo tiempo? ¿Guiarás a la Osa Mayor junto con sus

hijos? 33 ¿Conoces las leyes de los cielos? ¿Podrás establecer su dominio en la

tierra? 34 ¿Alzarás a las nubes tu voz para que te cubra abundancia de aguas?

35 ¿Enviarás los relámpagos, de modo que vayan y te digan: “¡Aquí nos tienes!”?

36 ¿Quién puso sabiduría en el ibis? ¿Quién dio inteligencia al gallo? 37 ¿Quién puede

contar las nubes con sabiduría? ¿Quién puede hacer que se inclinen las tinajas de los

cielos, 38 cuando el polvo se endurece como sólido y los terrones se pegan unos con

otros? 39 ¿Cazarás presa para la leona? ¿Saciarás el apetito de sus cachorros

40 cuando se recuestan en sus guaridas y se quedan en la espesura, en sus

escondrijos? 41 ¿Quién prepara al cuervo su comida cuando sus polluelos claman a

Dios y andan errantes por falta de alimento?

Capítulo 39

1 ¿Conoces tú el tiempo en que paren las cabras monteses? ¿Has observado el

parto de las gacelas? 2 ¿Has contado los meses que cumplen? ¿Conoces el tiempo

cuando han de parir? 3 Se encorvan, expulsan sus crías y luego se libran de sus

dolores. 4 Sus hijos se fortalecen y crecen en campo abierto; luego se van y no

vuelven más a ellas. 5 ¿Quién dejó libre al asno montés? ¿Quién soltó las ataduras

del onagro? 6 Yo puse el Arabá como su casa, y las tierras saladas como su morada.

7 Se burla del bullicio de la ciudad; no escucha los gritos del arriero. 8 Explora los

montes tras su pasto, y busca todo lo que es verde. 9 ¿Consentirá en servirte el toro

salvaje y pasar la noche junto a tu pesebre? 10 ¿Atarás al toro salvaje con coyundas

para el surco? ¿Rastrillará los valles tras de ti? 11 ¿Confiarás en él, por ser grande su

fuerza, y descargarás sobre él el peso de tu labor? 12 ¿Crees que él ha de regresar

para recoger el grano de tu era?

13 Se agitan alegremente las alas del avestruz; ¿pero acaso sus alas y su plumaje

son los de la cigüeña? 14 Porque ella abandona sus huevos en la tierra, y sobre el

polvo los deja calentarse. 15 Y se olvida que un pie los puede aplastar o que los

animales del campo los pueden pisotear. 16 Trata con dureza a sus hijos, como si no

fueran suyos, sin temor de que su trabajo haya sido en vano. 17 Es que Dios le hizo

olvidar la sabiduría y no le repartió inteligencia. 18 Pero cuando levanta las alas para

correr, se ríe del caballo y del jinete.

19 ¿Diste bravura al caballo? ¿Engalanaste de crines su cuello? 20 ¿Lo harás

brincar como a una langosta? El resoplido de su nariz es temible. 21 Escarba en el

valle y se regocija con fuerza; sale al encuentro de las armas. 22 Se ríe del miedo y

no se espanta; no vuelve atrás ante la espada. 23 Sobre él resuenan la aljaba, la hoja

de la lanza y la jabalina. 24 Con estrépito y furor devora la distancia y no se detiene

aunque suene la corneta. 25 Relincha cada vez que suena la corneta, y desde lejos

olfatea la batalla, la voz tronadora de los oficiales y el grito de guerra.

26 ¿Es por tu inteligencia que el halcón emprende el vuelo y extiende sus alas

hacia el sur? 27 ¿Es por tu mandato que el águila se eleva y pone en lo alto su nido?

28 En las peñas habita y pernocta en la cumbre de la peña, en lugar inaccesible.

29 Desde allí acecha la presa; sus ojos la observan de muy lejos. 30 Luego sus

polluelos chupan la sangre. Donde haya cadáveres, allí estará ella.

Capítulo 40

1 Jehovah continuó y dijo a Job: 2 — ¿Desistirá el que contiende con el

Todopoderoso? El que argumenta con Dios, que responda a esto. 3 Entonces Job

respondió a Jehovah y dijo: 4 — He aquí que yo soy insignificante. ¿Qué te he de

responder? Pongo mi mano sobre mi boca. 5 Una vez hablé y no volveré a

responder; aun dos veces, pero no continuaré.

6 Entonces Jehovah respondió a Job desde el torbellino y dijo: 7 — Cíñete, pues,

los lomos como un hombre; yo te preguntaré, y tú me lo harás saber: 8 ¿Acaso

invalidarás mi juicio? ¿Me condenarás a mí para justificarte tú? 9 ¿Tienes tú un brazo

como el de Dios? ¿Y truenas con una voz como la de él? 10 Adórnate, pues, de

majestad y alteza; vístete de gloria y esplendor. 11 Difunde la indignación de tu furor;

mira a todo soberbio y humíllalo. 12 Mira a todo soberbio y somételo; pisotea a los

impíos en su sitio. 13 Entiérralos juntos en el polvo; encierra sus rostros en lugares

ocultos. 14 Entonces yo también reconoceré que tu mano derecha te dará la victoria.

15 He allí el Behemot, al cual yo hice junto contigo. Come hierba como el buey.

16 He aquí que su fuerza está en sus lomos y su vigor en los músculos de su vientre.

17 Pone su cola tensa como un cedro, y los nervios de sus muslos están entretejidos.

18 Sus huesos son como tubos de bronce, y su osamenta como barras de hierro.

19 Es una obra maestra de Dios. Sólo su Hacedor le puede acercar su espada.

20 Pues los montes producen hierba para él, donde retozan todos los animales del

campo. 21 Se recuesta debajo del loto en lo oculto del cañaveral y del pantano.

22 Las plantas de loto lo cubren con su sombra; lo rodean los sauces del arroyo.

23 He aquí que cuando el río se desborda, él no se apresura a escapar. Estará

confiado aunque todo el Jordán se arroje contra su boca. 24 ¿Lo atrapan cuando

está vigilando? ¿Le perforan la nariz con garfios?

Capítulo 41

1 ¿Sacarás tú al Leviatán con anzuelo? ¿Sujetarás con una cuerda su lengua?

2 ¿Pondrás soga de juncos en sus narices? ¿Horadarás con gancho su quijada?

3 ¿Acaso te colmará de ruegos? ¿Te hablará con palabras sumisas? 4 ¿Hará un trato

contigo, para que lo tomes por siervo perpetuo? 5 ¿Jugarás con él como con un

pájaro? ¿Lo atarás para tus niñas? 6 ¿Negociarán por él los grupos de pescadores?

¿Se lo repartirán entre sí los mercaderes? 7 ¿Podrás llenar de arpones su piel o su

cabeza con lanza de pescar? 8 Pon sobre él tu mano: Te acordarás de la batalla, ¡y

nunca volverás a hacerlo! 9 He aquí que toda esperanza del hombre se frustra,

porque ante su solo aspecto uno cae hacia atrás. 10 Nadie hay tan osado que lo

despierte. ¿Quién podrá presentarse delante de él?

11 ¿Quién me ha dado primero para que yo le restituya? ¡Todo lo que hay

debajo del cielo, mío es! 12 No guardaré silencio acerca de sus miembros, ni de sus

proezas, ni de su gallarda figura. 13 ¿Quién podrá levantar la superficie de su

vestidura? ¿Quién se acercará a él con su doble coraza? 14 ¿Quién abrirá sus

fauces? Hay terror alrededor de sus dientes. 15 Su espalda está recubierta de hileras

de escamas herméticamente unidas entre sí. 16 La una se junta con la otra, de modo

que ni el aire puede pasar entre ellas. 17 Pegadas están unas con otras; están

trabadas entre sí y no se podrán separar. 18 Sus estornudos lanzan destellos de luz;

sus ojos son como los párpados del alba. 19 De su boca salen llamaradas; escapan

chispas de fuego. 20 De sus narices sale humo, como de olla que hierve al fuego.

21 Su aliento enciende los carbones, y de su boca salen llamaradas. 22 Su poderío

reside en su cuello; ante su presencia surge el desaliento. 23 Los pliegues de su carne

son apretados; son sólidos e inamovibles. 24 Su corazón es sólido como una roca,

sólido como la piedra inferior de un molino. 25 Cuando él se levanta, los poderosos

sienten pavor y retroceden ante el quebrantamiento. 26 La espada que lo alcanza no

lo afecta; tampoco la lanza, ni el dardo, ni la jabalina. 27 Al hierro estima como paja,

y a la madera como a la corrosión del cobre. 28 Las flechas no le hacen huir; las

piedras de la honda le son como rastrojo. 29 Al garrote considera hojarasca; se ríe

del blandir de la jabalina. 30 Por debajo tiene escamas puntiagudas; deja huellas

como un trillo sobre el lodo. 31 Hace hervir el abismo como caldera y convierte el

mar en una olla de ungüentos. 32 Tras de sí hace resplandecer un sendero; como si el

océano tuviera blanca cabellera. 33 No existe sobre la tierra algo semejante;

está hecho exento de temor. 34 Menosprecia todo lo que es alto; es el rey de todas

las fieras arrogantes.

Capítulo 42

1 Entonces Job respondió a Jehovah y dijo: 2 — Reconozco que tú todo lo

puedes, y que no hay plan que te sea irrealizable. 3 ¿Quién es ese que encubre el

consejo, con palabras sin entendimiento?” Ciertamente dije cosas que no entendía,

cosas demasiado maravillosas para mí, las cuales jamás podré comprender.

4 Escucha, por favor, y hablaré: “Yo te preguntaré, y tú me lo harás saber.” 5 De

oídas había oído de ti, pero ahora mis ojos te ven. 6 Por tanto, me retracto, y me

arrepiento en polvo y ceniza.

7 Y aconteció, después que Jehovah habló estas palabras a Job, que Jehovah

dijo a Elifaz el temanita: — Mi ira se ha encendido contra ti y tus dos compañeros,

porque no habéis hablado lo recto acerca de mí, como mi siervo Job. 8 Ahora pues,

tomad para vosotros siete toros y siete carneros, id a mi siervo Job y ofreced

holocausto por vosotros. Entonces mi siervo Job orará por vosotros, porque a él

atenderé para no trataros con afrenta. Porque no habéis hablado lo recto acerca de

mí, como mi siervo Job. 9 Entonces fueron Elifaz el temanita, Bildad el sujita y Zofar

el namatita, e hicieron como Jehovah les había dicho. Y Jehovah atendió a Job.

10 Jehovah restauró a Job, cuando él oraba por sus amigos, y aumentó Jehovah

al doble todo lo que había pertenecido a Job. 11 Entonces vinieron a él todos sus

hermanos, todas sus hermanas y todos los que le habían conocido antes, y comieron

con él en su casa. Se compadecieron de él y lo consolaron por todo aquel mal que

Jehovah había traído sobre él. Cada uno de ellos le dio una pieza de dinero y un

pendiente de oro. 12 Jehovah bendijo los últimos días de Job más que los primeros, y

llegó a tener 14.000 ovejas, 6.000 camellos, 1.000 yuntas de bueyes y 1.000 asnos.

13 Tuvo también siete hijos y tres hijas. 14 A la primera le puso por nombre Jemima;

el nombre de la segunda era Quesia, y el nombre de la tercera, Queren-hapuj. 15 No

había en toda la tierra mujeres tan hermosas como las hijas de Job, y su padre les

dio herencia entre sus hermanos. 16 Después de esto, Job vivió 140 años y vio a sus

hijos y a los hijos de sus hijos, hasta cuatro generaciones. 17 Y murió Job anciano y

lleno de años.

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