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JUAN

Capítulo 1

1 En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.

2 El era en el principio con Dios. 3 Todas las cosas fueron hechas por medio de

él, y sin él no fue hecho nada de lo que ha sido hecho. 4 En él estaba la vida, y la

vida era la luz de los hombres.

5 La luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. 6 Hubo

un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. 7 El vino como testimonio, a

fin de dar testimonio de la luz, para que todos creyesen por medio de él. 8 No

era él la luz, sino que vino para dar testimonio de la luz. 9 Aquél era la luz

verdadera que alumbra a todo hombre que viene al mundo. 10 En el mundo

estaba, y el mundo fue hecho por medio de él, pero el mundo no le conoció.

11 A lo suyo vino, pero los suyos no le recibieron. 12 Pero a todos los que le

recibieron, a los que creen en su nombre, les dio derecho de ser hechos hijos de

Dios, 13 los cuales nacieron no de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la

voluntad de varón, sino de Dios. 14 Y el Verbo se hizo carne y habitó entre

nosotros, y contemplamos su gloria, como la gloria del unigénito del Padre, lleno

de gracia y de verdad.

15 Juan dio testimonio de él y proclamó diciendo: “Este es aquel de quien

dije: El que viene después de mí ha llegado a ser antes de mí, porque era

primero que yo.” 16 Porque de su plenitud todos nosotros recibimos, y gracia

sobre gracia. 17 La ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad

nos han llegado por medio de Jesucristo. 18 A Dios nadie le ha visto jamás; el

Dios único que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.

19 Este es el testimonio de Juan cuando los judíos le enviaron de Jerusalén

unos sacerdotes y levitas para preguntarle: — ¿Quién eres tú? 20 El confesó y no

negó, sino que confesó: — Yo no soy el Cristo. 21 Y le preguntaron: — ¿Qué,

pues? ¿Eres tú Elías? Y dijo: — No lo soy. — ¿Eres tú el profeta? Y respondió:

— No. 22 Le dijeron entonces: — ¿Quién eres?, para que demos respuesta a

los que nos han enviado. ¿Qué dices en cuanto a ti mismo? 23 Dijo: — Yo soy

la voz de uno que proclama en el desierto: “Enderezad el camino del Señor”

como dijo el profeta Isaías. 24 Y los que habían sido enviados eran de los

fariseos. 25 Le preguntaron y le dijeron: — ¿Entonces, por qué bautizas, si tú no

eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta? 26 Juan les respondió diciendo: — Yo

bautizo en agua, pero en medio de vosotros está uno a quien vosotros no

conocéis. 27 El es el que viene después de mí, de quien yo no soy digno de

desatar la correa del calzado. 28 Estas cosas acontecieron en Betania, al otro

lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

29 Al día siguiente, Juan vio a Jesús que venía hacia él y dijo: — ¡He aquí el

Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! 30 Este es aquel de quien dije:

“Después de mí viene un hombre que ha llegado a ser antes de mí, porque era

primero que yo.” 31 Yo no le conocía; pero para que él fuese manifestado a

Israel, por eso vine yo bautizando en agua. 32 Juan dio testimonio diciendo: —

He visto al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y posó sobre él.

33 Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: “Aquel

sobre quien veas descender el Espíritu y posar sobre él, éste es el que bautiza en

el Espíritu Santo.” 34 Yo le he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo

de Dios. 35 Al día siguiente, de nuevo estaba Juan con dos de sus discípulos.

36 Al ver a Jesús que andaba por allí, dijo: — ¡He aquí el Cordero de Dios!

37 Los dos discípulos le oyeron hablar y siguieron a Jesús. 38 Jesús, al dar

vuelta y ver que le seguían, les dijo: — ¿Qué buscáis? Y ellos le dijeron: — Rabí

— que significa maestro — , ¿dónde moras? 39 Les dijo: — Venid y ved. Por lo

tanto, fueron y vieron dónde moraba y se quedaron con él aquel día, porque era

como la hora décima. 40 Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los

dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. 41 Este encontró primero a

su hermano Simón y le dijo: — Hemos encontrado al Mesías — que significa

Cristo — . 42 El lo llevó a Jesús, y al verlo Jesús le dijo: — Tú eres Simón hijo

de Jonás. Tú serás llamado Cefas — que significa piedra — .

43 Al día siguiente, Jesús quiso salir para Galilea y encontró a Felipe. Y

Jesús le dijo: — Sígueme. 44 Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y de

Pedro. 45 Felipe encontró a Natanael y le dijo: — Hemos encontrado a aquel de

quien Moisés escribió en la Ley, y también los Profetas: a Jesús de Nazaret, el

hijo de José. 46 Y le dijo Natanael: — ¿De Nazaret puede haber algo de bueno?

Le dijo Felipe: — Ven y ve. 47 Jesús vio que Natanael venía hacia él y dijo de

él: — ¡He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño! 48 Le dijo

Natanael: — ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y le dijo: — Antes que

Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi. 49 Le respondió

Natanael: — Rabí, ¡tú eres el Hijo de Dios! ¡Tú eres el rey de Israel!

50 Respondió Jesús y le dijo: — ¿Crees porque te dije: “Te vi debajo de la

higuera”? ¡Cosas mayores que éstas verás! 51 Y les dijo: — De cierto, de cierto

os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios que suben y

descienden sobre el Hijo del Hombre.

Capítulo 2

1 Al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la

madre de Jesús. 2 Fue invitado también Jesús con sus discípulos a la boda. 3 Y

como faltó el vino, la madre de Jesús le dijo: — No tienen vino. 4 Jesús le dijo:

— ¿Qué tiene que ver eso conmigo y contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi

hora. 5 Su madre dijo a los que servían: — Haced todo lo que él os diga.

6 Había allí seis tinajas de piedra para agua, de acuerdo con los ritos de los

judíos para la purificación. En cada una de ellas cabían dos o tres medidas.

7 Jesús les dijo: — Llenad de agua las tinajas. Y las llenaron hasta el borde.

8 Luego les dijo: — Sacad ahora y llevadlo al encargado del banquete. Se lo

llevaron; 9 y cuando el encargado del banquete probó el agua ya hecha vino, y

no sabía de dónde venía (aunque los sirvientes que habían sacado el agua sí lo

sabían), llamó al novio 10 y le dijo: — Todo hombre sirve primero el buen vino; y

cuando ya han tomado bastante, entonces saca el inferior. Pero tú has guardado

el buen vino hasta ahora. 11 Este principio de señales hizo Jesús en Caná de

Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él.

12 Después de esto, él descendió a Capernaúm con su madre, sus hermanos

y sus discípulos; y se quedaron allí no muchos días. 13 Estaba próxima la Pascua

de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. 14 Halló en el templo a los que vendían

vacunos, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados. 15 Y después de hacer

un látigo de cuerdas, los echó a todos del templo, junto con las ovejas y los

vacunos. Desparramó el dinero de los cambistas y volcó las mesas. 16 A los que

vendían palomas les dijo: — ¡Quitad de aquí estas cosas y no hagáis más de la

casa de mi Padre casa de mercado! 17 Entonces se acordaron sus discípulos que

estaba escrito: El celo por tu casa me consumirá. 18 Los judíos respondieron

y le dijeron: — Ya que haces estas cosas, ¿qué señal nos muestras?

19 Respondió Jesús y les dijo: — Destruid este templo, y en tres días lo

levantaré. 20 Por tanto los judíos dijeron: — Durante cuarenta y seis años se

construyó este templo, ¿y tú lo levantarás en tres días? 21 Pero él hablaba del

templo de su cuerpo. 22 Por esto, cuando fue resucitado de entre los muertos,

sus discípulos se acordaron de que había dicho esto y creyeron la Escritura y las

palabras que Jesús había dicho.

23 Mientras él estaba en Jerusalén en la fiesta de la Pascua, muchos creyeron

en su nombre al observar las señales que hacía. 24 Pero Jesús mismo no confiaba

en ellos, porque los conocía a todos, 25 y porque no tenía necesidad de que

nadie le diese testimonio acerca de los hombres, pues él conocía lo que había en

el hombre.

Capítulo 3

1 Y había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un

gobernante de los judíos. 2 Este vino a Jesús de noche y le dijo: — Rabí,

sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer

estas señales que tú haces, a menos que Dios esté con él. 3 Respondió Jesús y le

dijo: — De cierto, de cierto te digo que a menos que uno nazca de nuevo no

puede ver el reino de Dios. 4 Nicodemo le dijo: — ¿Cómo puede nacer un

hombre si ya es viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su

madre y nacer? 5 Respondió Jesús: — De cierto, de cierto te digo que a menos

que uno nazca de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. 6 Lo

que ha nacido de la carne, carne es; y lo que ha nacido del Espíritu, espíritu es.

7 No te maravilles de que te dije: “Os es necesario nacer de nuevo.” 8 El viento

sopla de donde quiere, y oyes su sonido; pero no sabes ni de dónde viene ni a

dónde va. Así es todo aquel que ha nacido del Espíritu. 9 Respondió Nicodemo

y le dijo: — ¿Cómo puede suceder eso? 10 Respondió Jesús y le dijo: — Tú

eres el maestro de Israel, ¿y no sabes esto? 11 De cierto, de cierto te digo que

hablamos de lo que sabemos; y testificamos de lo que hemos visto. Pero no

recibís nuestro testimonio. 12 Si os hablé de cosas terrenales y no creéis, ¿cómo

creeréis si os hablo de las celestiales? 13 Nadie ha subido al cielo, sino el que

descendió del cielo, el Hijo del Hombre. 14 Y como Moisés levantó la serpiente

en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, 15 para

que todo aquel que cree en él tenga vida eterna. 16 Porque de tal manera amó

Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él

cree no se pierda, mas tenga vida eterna. 17 Porque Dios no envió a su Hijo al

mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. 18 El

que cree en él no es condenado; pero el que no cree ya ha sido condenado,

porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. 19 Y ésta es la

condenación: que la luz ha venido al mundo, y los hombres amaron más las

tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. 20 Porque todo aquel que

practica lo malo aborrece la luz, y no viene a la luz, para que sus obras no sean

censuradas. 21 Pero el que hace la verdad viene a la luz para que sus obras sean

manifiestas, que son hechas en Dios.

22 Después de esto, Jesús fue con sus discípulos a la tierra de Judea; y

pasaba allí un tiempo con ellos y bautizaba. 23 Juan también estaba bautizando

en Enón, junto a Salim, porque allí había mucha agua; y muchos venían y eran

bautizados, 24 ya que Juan todavía no había sido puesto en la cárcel. 25 Entonces

surgió una discusión entre los discípulos de Juan y un judío acerca de la

purificación. 26 Fueron a Juan y le dijeron: — Rabí, el que estaba contigo al otro

lado del Jordán, de quien tú has dado testimonio, ¡he aquí él está bautizando, y

todos van a él! 27 Respondió Juan y dijo: — Ningún hombre puede recibir nada

a menos que le haya sido dado del cielo. 28 Vosotros mismos me sois testigos de

que dije: “Yo no soy el Cristo”, sino que “he sido enviado delante de él”. 29 El

que tiene a la novia es el novio; pero el amigo del novio, que ha estado de pie y

le escucha, se alegra mucho a causa de la voz del novio. Así, pues, este mi gozo

ha sido cumplido. 30 A él le es preciso crecer, pero a mí menguar. 31 El que

viene de arriba está por encima de todos. El que procede de la tierra es terrenal,

y su habla procede de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos.

32 Testifica de lo que ha visto y oído, y nadie recibe su testimonio. 33 El que

recibe su testimonio atestigua que Dios es veraz. 34 Porque el que Dios envió

habla las palabras de Dios, pues Dios no da el Espíritu por medida. 35 El Padre

ama al Hijo y ha puesto todas las cosas en su mano. 36 El que cree en el Hijo

tiene vida eterna; pero el que desobedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira

de Dios permanece sobre él.

Capítulo 4

1 Cuando Jesús se enteró de que los fariseos habían oído que Jesús hacía y

bautizaba más discípulos que Juan 2 (aunque Jesús mismo no bautizaba, sino sus

discípulos), 3 dejó Judea y se fue otra vez a Galilea.

4 Le era necesario pasar por Samaria; 5 así que llegó a una ciudad de

Samaria llamada Sicar, cerca del campo que Jacob había dado a su hijo José.

6 Estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, estaba

sentado junto al pozo. Era como la hora sexta. 7 Vino una mujer de Samaria

para sacar agua, y Jesús le dijo: — Dame de beber. 8 Pues los discípulos habían

ido a la ciudad a comprar de comer. 9 Entonces la mujer samaritana le dijo: —

¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, siendo yo una mujer

samaritana? — porque los judíos no se tratan con los samaritanos — .

10 Respondió Jesús y le dijo: — Si conocieras el don de Dios, y quién es el que

te dice: “Dame de beber”, tú le hubieras pedido a él, y él te habría dado agua

viva. 11 La mujer le dijo: — Señor, no tienes con qué sacar, y el pozo es hondo.

¿De dónde, pues, tienes el agua viva? 12 ¿Acaso eres tú mayor que nuestro

padre Jacob quien nos dio este pozo y quien bebió de él, y también sus hijos y

su ganado? 13 Respondió Jesús y le dijo: — Todo el que bebe de esta agua

volverá a tener sed. 14 Pero cualquiera que beba del agua que yo le daré, nunca

más tendrá sed, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua

que salte para vida eterna. 15 La mujer le dijo: — Señor, dame esta agua, para

que no tenga sed, ni venga más acá a sacarla. 16 Jesús le dijo: — Vé, llama a tu

marido y ven acá. 17 Respondió la mujer y le dijo: — No tengo marido. Le dijo

Jesús: — Bien has dicho: “No tengo marido”; 18 porque cinco maridos has

tenido, y el que tienes ahora no es tu marido. Esto has dicho con verdad. 19 Le

dijo la mujer: — Señor, veo que tú eres profeta. 20 Nuestros padres adoraron en

este monte, y vosotros decís que en Jerusalén está el lugar donde se debe

adorar. 21 Jesús le dijo: — Créeme, mujer, que la hora viene cuando ni en este

monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. 22 Vosotros adoráis lo que no sabéis;

nosotros adoramos lo que sabemos, porque la salvación procede de los judíos.

23 Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al

Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre busca a tales que le

adoren. 24 Dios es espíritu; y es necesario que los que le adoran, le adoren en

espíritu y en verdad. 25 Le dijo la mujer: — Sé que viene el Mesías —

que es llamado el Cristo — . Cuando él venga, nos declarará todas las cosas.

26 Jesús le dijo: — Yo soy, el que habla contigo.

27 En este momento llegaron sus discípulos y se asombraban de que hablara

con una mujer; no obstante, ninguno dijo: “¿Qué buscas?” o “¿Qué hablas con

ella?” 28 Entonces la mujer dejó su cántaro, se fue a la ciudad y dijo a los

hombres: 29 — ¡Venid! Ved un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho.

¿Será posible que éste sea el Cristo? 30 Entonces salieron de la ciudad y fueron

hacia él. 31 Mientras tanto, los discípulos le rogaban diciendo: — Rabí, come.

32 Pero les dijo: — Yo tengo una comida para comer que vosotros no sabéis.

33 Entonces sus discípulos se decían el uno al otro: — ¿Acaso alguien le habrá

traído algo de comer? 34 Jesús les dijo: — Mi comida es que yo haga la voluntad

del que me envió y que acabe su obra. 35 ¿No decís vosotros: “Todavía faltan

cuatro meses para que llegue la siega”? He aquí os digo: ¡Alzad vuestros ojos y

mirad los campos, que ya están blancos para la siega! 36 El que siega recibe

salario y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra y el que siega se

gocen juntos. 37 Porque en esto es verdadero el dicho: “Uno es el que siembra,

y otro es el que siega.” 38 Yo os he enviado a segar lo que vosotros no habéis

labrado. Otros han labrado, y vosotros habéis entrado en sus labores.

39 Muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él a causa de la

palabra de la mujer que daba testimonio diciendo: “Me dijo todo lo que he

hecho.” 40 Entonces, cuando los samaritanos vinieron a él, rogándole que se

quedase con ellos, se quedó allí dos días. 41 Y muchos más creyeron a causa de

su palabra. 42 Ellos decían a la mujer: — Ya no creemos a causa de la palabra

tuya, porque nosotros mismos hemos oído y sabemos que verdaderamente éste

es el Salvador del mundo.

43 Pasados los dos días, salió de allí para Galilea, 44 porque Jesús mismo dio

testimonio de que un profeta no tiene honra en su propia tierra. 45 Luego,

cuando entró en Galilea, los galileos le recibieron, ya que habían visto cuántas

cosas había hecho en Jerusalén en la fiesta; porque ellos también habían ido a la

fiesta. 46 Vino, pues, Jesús otra vez a Caná de Galilea donde había convertido el

agua en vino. Había un oficial del rey cuyo hijo estaba enfermo en Capernaúm.

47 Cuando éste oyó que Jesús había salido de Judea y estaba presente en

Galilea, fue a él y le rogaba que descendiese y sanase a su hijo, porque estaba a

punto de morir. 48 Entonces Jesús le dijo: — A menos que veáis señales y

prodigios, jamás creeréis. 49 El oficial del rey le dijo: — Señor, desciende

antes que muera mi hijo. 50 Jesús le dijo: — Vé, tu hijo vive. El hombre creyó la

palabra que Jesús le dijo y se puso en camino. 51 Mientras todavía descendía,

sus siervos salieron a recibirle diciendo que su hijo vivía. 52 Entonces él les

preguntó la hora en que comenzó a mejorarse, y le dijeron: — Ayer, a la hora

séptima le dejó la fiebre. 53 El padre entonces entendió que era aquella hora

cuando Jesús le había dicho: “Tu hijo vive.” Y creyó él con toda su casa.

54 También hizo Jesús esta segunda señal cuando vino de Judea a Galilea.

Capítulo 5

1 Después de esto había una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.

2 En Jerusalén, junto a la puerta de las Ovejas, hay un estanque con cinco

pórticos que en hebreo se llama Betesda. 3 En ellos yacía una multitud de

enfermos, ciegos, cojos y paralíticos que esperaban el movimiento del agua.

4 Porque un ángel del Señor descendía en ciertos tiempos en el estanque y

agitaba el agua. Por tanto, el primero que entró después del movimiento del agua

fue sanado de cualquier enfermedad que tuviera. 5 Se encontraba allí cierto

hombre que había estado enfermo durante treinta y ocho años. 6 Cuando Jesús

lo vio tendido y supo que ya había pasado tanto tiempo así, le preguntó: —

¿Quieres ser sano? 7 Le respondió el enfermo: — Señor, no tengo a nadie que

me meta en el estanque cuando el agua es agitada; y mientras me muevo yo, otro

desciende antes que yo. 8 Jesús le dijo: — Levántate, toma tu cama y anda. 9 Y

en seguida el hombre fue sanado, tomó su cama y anduvo. Y aquel día era

sábado. 10 Entonces los judíos le decían a aquel que había sido sanado: — Es

sábado, y no te es lícito llevar tu cama. 11 Pero él les respondió: — El que me

sanó, él mismo me dijo: “Toma tu cama y anda.” 12 Entonces le preguntaron: —

¿Quién es el hombre que te dijo: “Toma tu cama y anda”? 13 Pero el que había

sido sanado no sabía quién había sido, porque Jesús se había apartado, pues

había mucha gente en el lugar. 14 Después Jesús le halló en el templo y le dijo: —

He aquí, has sido sanado; no peques más, para que no te ocurra algo peor. 15 El

hombre se fue y declaró a los judíos que Jesús era el que le había sanado. 16 Por

esta causa los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.

17 Pero Jesús les respondió: — Mi Padre hasta ahora trabaja; también yo

trabajo. 18 Por esta razón los judíos aún más procuraban matarle, porque no

sólo quebrantaba el sábado, sino que también llamaba a Dios su propio Padre,

haciéndose igual a Dios. 19 Por esto, respondió Jesús y les decía: — De cierto,

de cierto os digo que el Hijo no puede hacer nada de sí mismo, sino lo que ve

hacer al Padre. Porque todo lo que él hace, esto también lo hace el Hijo de igual

manera. 20 Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todas las cosas que él

mismo hace. Y mayores obras que éstas le mostrará, de modo que vosotros os

asombréis. 21 Porque así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así

también el Hijo da vida a los que quiere. 22 Porque el Padre no juzga a nadie,

sino que todo el juicio lo dio al Hijo, 23 para que todos honren al Hijo como

honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió. 24 De

cierto, de cierto os digo que el que oye mi palabra y cree al que me envió tiene

vida eterna. El tal no viene a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida.

25 De cierto, de cierto os digo que viene la hora y ahora es, cuando los muertos

oirán la voz del Hijo de Dios, y los que oyen vivirán. 26 Porque así como el

Padre tiene vida en sí mismo, así también dio al Hijo el tener vida en sí mismo.

27 Y también le dio autoridad para hacer juicio, porque él es el Hijo del

Hombre. 28 No os asombréis de esto, porque vendrá la hora cuando todos los

que están en los sepulcros oirán su voz 29 y saldrán, los que hicieron el bien para

la resurrección de vida, pero los que practicaron el mal para la resurrección de

condenación. 30 Yo no puedo hacer nada de mí mismo. Como oigo, juzgo; y mi

juicio es justo, porque no busco la voluntad mía, sino la voluntad del que me envió.

31 Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero. 32 El

que da testimonio de mí es otro, y sé que el testimonio que da de mí es

verdadero. 33 Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio de

la verdad. 34 Pero yo no recibo el testimonio de parte del hombre; más bien,

digo esto para que vosotros seáis salvos. 35 El era antorcha que ardía y

alumbraba, y vosotros quisisteis regocijaros por un poco en su luz. 36 Pero yo

tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha

dado para cumplirlas, las mismas obras que hago dan testimonio de mí, de que

el Padre me ha enviado. 37 Y el Padre que me envió ha dado testimonio de mí.

Pero nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su apariencia, 38 ni tenéis su

palabra permaneciendo en vosotros; porque vosotros no creéis a quien él envió.

39 Escudriñad las Escrituras, porque os parece que en ellas tenéis vida eterna, y

ellas son las que dan testimonio de mí. 40 Y vosotros no queréis venir a mí para

que tengáis vida. 41 No recibo gloria de parte de los hombres. 42 Al contrario,

yo os conozco que no tenéis el amor de Dios en vosotros. 43 Yo he venido

en nombre de mi Padre, y no me recibís. Si otro viene en su propio nombre, a

aquél recibiréis. 44 ¿Cómo podéis vosotros creer? Pues recibiendo la gloria los

unos de los otros, no buscáis la gloria que viene de parte del único Dios. 45 No

penséis que yo os acusaré delante del Padre. Hay quien os acusa: Moisés, en

quien habéis puesto la esperanza. 46 Porque si vosotros creyeseis a Moisés, me

creeríais a mí; pues él escribió de mí. 47 Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo

creeréis a mis palabras?

Capítulo 6

1 Después de esto fue Jesús a la otra orilla del mar de Galilea, o sea de

Tiberias, 2 y le seguía una gran multitud, porque veían las señales que hacía en

los enfermos. 3 Jesús subió a un monte y se sentó allí con sus discípulos. 4 Estaba

cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. 5 Cuando Jesús alzó los ojos y vio que se

le acercaba una gran multitud, dijo a Felipe: — ¿De dónde compraremos pan

para que coman éstos? 6 Pero decía esto para probarle, porque Jesús sabía lo

que iba a hacer. 7 Felipe le respondió: — Doscientos denarios de pan no bastan,

para que cada uno de ellos reciba un poco. 8 Uno de sus discípulos, Andrés, el

hermano de Simón Pedro, le dijo: 9 — Aquí hay un muchacho que tiene cinco

panes de cebada y dos pescaditos. Pero, ¿qué es esto para tantos? 10 Entonces

Jesús dijo: — Haced recostar a la gente. Había mucha hierba en aquel lugar. Se

recostaron, pues, como cinco mil hombres. 11 Entonces Jesús tomó los panes, y

habiendo dado gracias, los repartió entre los que estaban recostados. De igual

manera repartió de los pescados, cuanto querían. 12 Cuando fueron saciados,

dijo a sus discípulos: — Recoged los pedazos que han quedado, para que no se

pierda nada. 13 Recogieron, pues, y llenaron doce canastas de pedazos de los

cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. 14 Entonces,

cuando los hombres vieron la señal que Jesús había hecho, decían: —

¡Verdaderamente, éste es el profeta que ha de venir al mundo!

15 Como Jesús entendió que iban a venir para tomarle por la fuerza y hacerle

rey, se retiró de nuevo al monte, él solo. 16 Cuando anochecía, sus discípulos

descendieron al mar, 17 y entrando en una barca iban cruzando el mar hacia

Capernaúm. Ya había oscurecido, y Jesús todavía no había venido a ellos. 18 Y

se agitaba el mar porque soplaba un gran viento. 19 Entonces, cuando habían

remado como veinticinco o treinta estadios, vieron a Jesús caminando sobre el

mar y acercándose a la barca, y tuvieron miedo. 20 Pero él les dijo: — ¡Yo soy;

no temáis! 21 Entonces ellos quisieron recibirle en la barca, y de inmediato la

barca llegó a la tierra a donde iban.

22 Al día siguiente, la multitud que había estado al otro lado del mar se dio

cuenta de que no había habido allí sino una sola barca, y que Jesús no había

entrado en la barca con sus discípulos, sino que éstos se habían ido solos.

23 (Sin embargo, de Tiberias habían llegado otras barcas cerca del lugar donde

habían comido el pan después que el Señor había dado gracias.) 24 Entonces,

cuando la multitud vio que Jesús no estaba allí ni tampoco sus discípulos, ellos

entraron en las barcas y fueron a Capernaúm buscando a Jesús. 25 Cuando le

hallaron al otro lado del mar, le preguntaron: — Rabí, ¿cuándo llegaste acá?

26 Jesús les respondió diciendo: — De cierto, de cierto os digo que me buscáis,

no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis de los panes y os

saciasteis. 27 Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que

permanece para vida eterna, que el Hijo del Hombre os dará; porque en éste,

Dios el Padre ha puesto su sello.

28 Entonces le dijeron: — ¿Qué haremos para realizar las obras de Dios?

29 Respondió Jesús y les dijo: — Esta es la obra de Dios: que creáis en aquel

que él ha enviado. 30 Entonces le dijeron: — ¿Qué señal, pues, haces tú, para

que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra haces? 31 Nuestros padres comieron el

maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer. 32 Por

tanto Jesús les dijo: — De cierto, de cierto os digo que no os ha dado Moisés el

pan del cielo, sino mi Padre os da el verdadero pan del cielo. 33 Porque el pan

de Dios es aquel que desciende del cielo y da vida al mundo. 34 Le dijeron: —

Señor, danos siempre este pan. 35 Jesús les dijo: — Yo soy el pan de vida. El

que a mí viene nunca tendrá hambre, y el que en mí cree no tendrá sed jamás.

36 Pero os he dicho que me habéis visto, y no creéis. 37 Todo lo que el Padre

me da vendrá a mí; y al que a mí viene, jamás lo echaré fuera. 38 Porque yo he

descendido del cielo, no para hacer la voluntad mía, sino la voluntad del que me

envió. 39 Y ésta es la voluntad del que me envió: que yo no pierda nada de todo

lo que me ha dado, sino que lo resucite en el día final. 40 Esta es la voluntad de

mi Padre: que todo aquel que mira al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y que

yo lo resucite en el día final. 41 Entonces los judíos murmuraban de él porque

había dicho: “Yo soy el pan que descendió del cielo.” 42 Y decían: — ¿No es

éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo

es que ahora dice: “He descendido del cielo”? 43 Jesús respondió y les dijo: —

No murmuréis más entre vosotros. 44 Nadie puede venir a mí, a menos que el

Padre que me envió lo traiga; y yo lo resucitaré en el día final. 45 Está escrito en

los Profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oye y

aprende del Padre viene a mí. 46 No es que alguien haya visto al Padre, sino que

aquel que proviene de Dios, éste ha visto al Padre. 47 De cierto, de cierto os

digo: El que cree tiene vida eterna. 48 Yo soy el pan de vida. 49 Vuestros padres

comieron el maná en el desierto y murieron. 50 Este es el pan que desciende del

cielo, para que el que coma de él no muera. 51 Yo soy el pan vivo que

descendió del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre. El pan que

yo daré por la vida del mundo es mi carne. 52 Entonces los judíos contendían

entre sí, diciendo: — ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? 53 Y Jesús

les dijo: — De cierto, de cierto os digo que si no coméis la carne del Hijo del

Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 54 El que come mi carne

y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final. 55 Porque mi

carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. 56 El que come mi

carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. 57 Así como me envió el

Padre viviente, y yo vivo por el Padre, de la misma manera el que me come

también vivirá por mí. 58 Este es el pan que descendió del cielo. No como los

padres que comieron y murieron, el que come de este pan vivirá para siempre.

59 Estas cosas dijo en la sinagoga, cuando enseñaba en Capernaúm.

60 Entonces, al oírlo, muchos de sus discípulos dijeron: — Dura es esta

palabra; ¿quién la puede oír? 61 Sabiendo Jesús en sí mismo que sus discípulos

murmuraban de esto, les dijo: — ¿Esto os escandaliza? 62 ¿Y si vierais al Hijo

del Hombre subir a donde estaba primero? 63 El Espíritu es el que da vida; la

carne no aprovecha para nada. Las palabras que yo os he hablado son espíritu y

son vida. 64 Pero hay entre vosotros algunos que no creen. Pues desde el

principio Jesús sabía quiénes eran los que no creían y quién le había de entregar,

65 y decía: — Por esta razón os he dicho que nadie puede venir a mí, a menos

que le haya sido concedido por el Padre. 66 Desde entonces, muchos de sus

discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él. 67 Entonces Jesús dijo a los

doce: — ¿Queréis acaso iros vosotros también? 68 Le respondió Simón Pedro:

— Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. 69 Y nosotros

hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios. 70 Jesús les respondió:

— ¿No os escogí yo a vosotros doce, y uno de vosotros es diablo?

71 Hablaba de Judas hijo de Simón Iscariote; porque éste, siendo uno de los

doce, estaba por entregarlo.

Capítulo 7

1 Después de esto, andaba Jesús por Galilea. No quería andar por Judea,

porque los judíos le buscaban para matarlo. 2 Estaba próxima la fiesta de los

Tabernáculos de los judíos. 3 Por tanto, le dijeron sus hermanos: — Sal de aquí

y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces.

4 Porque nadie que procura darse a conocer hace algo en oculto. Puesto que

haces estas cosas, manifiéstate al mundo. 5 Pues ni aun sus hermanos creían en

él. 6 Entonces Jesús les dijo: — Mi tiempo no ha llegado todavía, pero vuestro

tiempo siempre está a la mano. 7 El mundo no puede aborreceros a vosotros;

pero a mí me aborrece porque yo doy testimonio de él, que sus obras son

malas. 8 Subid vosotros a la fiesta. Yo no subo todavía a esta fiesta, porque mi

tiempo aún no se ha cumplido. 9 Habiendo dicho esto, él se quedó en Galilea.

10 Pero cuando sus hermanos habían subido a la fiesta, entonces él también

subió, no abiertamente sino en secreto. 11 Los judíos le buscaban en la fiesta y

decían: — ¿Dónde está aquél? 12 Había una gran murmuración acerca de él

entre las multitudes. Unos decían: “Es bueno.” Pero otros decían: “No, sino que

engaña a la gente.” 13 Sin embargo, nadie hablaba abiertamente de él, por miedo

de los judíos.

14 Cuando ya había pasado la mitad de la fiesta, subió Jesús al templo y

enseñaba. 15 Entonces los judíos se asombraban diciendo: — ¿Cómo sabe éste

de letras, sin haber estudiado? 16 Por tanto, Jesús les respondió y dijo: — Mi

doctrina no es mía, sino de aquel que me envió. 17 Si alguien quiere hacer su

voluntad, conocerá si mi doctrina proviene de Dios o si yo hablo por mi propia

cuenta. 18 El que habla de sí mismo busca su propia gloria; pero el que busca la

gloria del que le envió, éste es verdadero, y en él no hay injusticia. 19 ¿No os dio

Moisés la Ley? Y ninguno de vosotros la cumple. ¿Por qué buscáis matarme?

20 La multitud respondió: — Demonio tienes. ¿Quién busca matarte? 21 Jesús

respondió y les dijo: — Una sola obra hice, y todos os asombráis. 22 Por esto

Moisés os dio la circuncisión (no porque sea de Moisés, sino de los padres), y

en sábado circuncidáis al hombre. 23 Si el hombre recibe la circuncisión en

sábado a fin de que la ley de Moisés no sea quebrantada, ¿os enojáis

conmigo porque en sábado sané a un hombre por completo? 24 No juzguéis

según las apariencias, sino juzgad con justo juicio. 25 Decían entonces algunos de

Jerusalén: — ¿No es éste a quien buscan para matarle? 26 ¡He aquí, habla

públicamente, y no le dicen nada! ¿Será que los principales realmente han

reconocido que él es el Cristo? 27 Pero éste, sabemos de dónde es; pero

cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde sea. 28 Entonces Jesús alzó la voz

en el templo, enseñando y diciendo: — A mí me conocéis y sabéis de dónde

soy. Y yo no he venido por mí mismo; más bien, el que me envió, a quien

vosotros no conocéis, es verdadero. 29 Yo le conozco, porque de él provengo,

y él me envió. 30 Entonces procuraban prenderle, pero nadie puso su mano

sobre él, porque todavía no había llegado su hora. 31 Muchos del pueblo

creyeron en él y decían: “Cuando venga el Cristo, ¿hará más señales que las que

hizo éste?” 32 Los fariseos oyeron que la multitud murmuraba estas cosas acerca

de él, y los principales sacerdotes y los fariseos enviaron guardias para tomarlo

preso. 33 Entonces dijo Jesús: — Todavía estaré con vosotros un poco de

tiempo; luego iré al que me envió. 34 Me buscaréis y no me hallaréis, y a donde

yo estaré vosotros no podréis ir. 35 Entonces los judíos se decían entre sí: — ¿A

dónde se ha de ir éste, que nosotros no le hallemos? ¿Acaso ha de ir a la

dispersión entre los griegos para enseñar a los griegos? 36 ¿Qué significa este

dicho que dijo: “Me buscaréis y no me hallaréis, y no podréis ir a donde yo

estaré”?

37 Pero en el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso de pie y alzó la voz

diciendo: — Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. 38 El que cree en mí, como

dice la Escritura, ríos de agua viva correrán de su interior. 39 Esto dijo acerca del

Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él, pues todavía no había sido

dado el Espíritu, porque Jesús aún no había sido glorificado. 40 Entonces,

cuando algunos de la multitud oyeron estas palabras, decían: “¡Verdaderamente,

éste es el profeta!” 41 Otros decían: “Este es el Cristo.” Pero otros decían: “¿De

Galilea habrá de venir el Cristo? 42 ¿No dice la Escritura que el Cristo vendrá de

la descendencia de David y de la aldea de Belén, de donde era David?” 43 Así

que había disensión entre la gente por causa de él. 44 Algunos de ellos querían

tomarlo preso, pero ninguno le echó mano.

45 Luego los guardias regresaron a los principales sacerdotes y a los

fariseos, y ellos les dijeron: — ¿Por qué no le trajisteis? 46 Los guardias

respondieron: — ¡Nunca habló hombre alguno así! 47 Entonces los fariseos

les respondieron: — ¿Será posible que vosotros también hayáis sido

engañados? 48 ¿Habrá creído en él alguno de los principales o de los fariseos?

49 Pero esta gente que no conoce la ley es maldita. 50 Nicodemo, el que fue a

Jesús al principio y que era uno de ellos, les dijo: 51 — ¿Juzga nuestra ley a un

hombre si primero no se le oye y se entiende qué hace? 52 Le respondieron y

dijeron: — ¿Eres tú también de Galilea? Escudriña y ve que de Galilea no se

levanta ningún profeta. 53 Y se fue cada uno a su casa.

Capítulo 8

1 Pero Jesús se fue al monte de los Olivos, 2 y muy de mañana volvió al

templo. Todo el pueblo venía a él, y sentado les enseñaba. 3 Entonces los

escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y

poniéndola en medio, 4 le dijeron: — Maestro, esta mujer ha sido sorprendida

en el mismo acto de adulterio. 5 Ahora bien, en la ley Moisés nos mandó

apedrear a las tales. Tú, pues, ¿qué dices? 6 Esto decían para probarle, para

tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en la tierra

con el dedo. 7 Pero como insistieron en preguntarle, se enderezó y les dijo: — El

de vosotros que esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella . 8 Al

inclinarse hacia abajo otra vez, escribía en tierra. 9 Pero cuando lo oyeron, salían

uno por uno, comenzando por los más viejos. Sólo quedaron Jesús y la mujer, que

estaba en medio. 10 Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: — Mujer, ¿dónde

están? ¿Ninguno te ha condenado? 11 Y ella dijo: — Ninguno, Señor. Entonces

Jesús le dijo: — Ni yo te condeno. Vete y desde ahora no peques más.

12 Jesús les habló otra vez a los fariseos diciendo: — Yo soy la luz del

mundo. El que me sigue nunca andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la

vida. 13 Entonces los fariseos le dijeron: — Tú das testimonio de ti mismo; tu

testimonio no es verdadero. 14 Jesús respondió y les dijo: — Aun si yo doy

testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde vine y

a dónde voy. Pero vosotros no sabéis de dónde vengo ni a dónde voy.

15 Vosotros juzgáis según la carne, pero yo no juzgo a nadie. 16 Y aun si yo

juzgo, mi juicio es verdadero; porque no soy yo solo, sino yo y el Padre que me

envió. 17 En vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es

verdadero. 18 Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me

envió también da testimonio de mí. 19 Entonces le decían: —

¿Dónde está tu Padre? Respondió Jesús: — Ni a mí me conocéis, ni a mi Padre.

Si a mí me hubierais conocido, a mi Padre también habríais conocido. 20 Estas

palabras habló Jesús enseñando en el templo en el lugar de las ofrendas; y nadie

le prendió, porque todavía no había llegado su hora.

21 Luego Jesús les dijo otra vez: — Yo me voy, y me buscaréis; pero en

vuestro pecado moriréis. A donde yo voy, vosotros no podéis ir. 22 Entonces los

judíos decían: — ¿Será posible que se habrá de matar a sí mismo? Pues dice:

“A donde yo voy, vosotros no podéis ir.” 23 El les decía: — Vosotros sois de

abajo; yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo; yo no soy de este

mundo. 24 Por esto os dije que moriréis en vuestros pecados; porque a menos

que creáis que yo soy, en vuestros pecados moriréis. 25 Así que le decían: —

Tú, ¿quién eres? Entonces Jesús les dijo: — Lo mismo que os vengo diciendo

desde el principio. 26 Muchas cosas tengo que decir y juzgar de vosotros. Pero

el que me envió es verdadero; y yo, lo que he oído de parte de él, esto hablo al

mundo. 27 Pero no entendieron que les hablaba del Padre. 28 Entonces Jesús les

dijo: — Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces entenderéis que

yo soy, y que nada hago de mí mismo; sino que estas cosas hablo, así como el

Padre me enseñó. 29 Porque el que me envió, conmigo está. El Padre no me ha

dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a él. 30 Mientras él decía

estas cosas, muchos creyeron en él.

31 Por tanto, Jesús decía a los judíos que habían creído en él: — Si vosotros

permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; 32 y

conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. 33 Le respondieron: — Somos

descendientes de Abraham y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices

tú: “Llegaréis a ser libres”? 34 Jesús les respondió: — De cierto, de cierto os

digo que todo aquel que practica el pecado es esclavo del pecado. 35 El esclavo

no permanece en la casa para siempre; el Hijo sí queda para siempre. 36 Así

que, si el Hijo os hace libres, seréis verdaderamente libres. 37 Sé que sois

descendientes de Abraham; no obstante, procuráis matarme, porque mi palabra

no tiene cabida en vosotros.

38 Yo hablo de lo que he visto estando con el Padre, y vosotros hacéis lo

que habéis oído de parte de vuestro padre. 39 Respondieron y le dijeron: —

Nuestro padre es Abraham. Jesús les dijo: — Puesto que sois hijos de

Abraham, haced las obras de Abraham. 40 Pero ahora procuráis matarme,

hombre que os he hablado la verdad que oí de parte de Dios. ¡Esto no

lo hizo Abraham! 41 Vosotros hacéis las obras de vuestro padre. Entonces le

dijeron: — Nosotros no hemos nacido de fornicación. Tenemos un solo padre,

Dios. 42 Entonces Jesús les dijo: — Si Dios fuera vuestro padre, me amaríais;

porque yo he salido y he venido de Dios. Yo no he venido por mí mismo, sino

que él me envió. 43 ¿Por qué no comprendéis lo que digo? Porque no podéis oír

mi palabra. 44 Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y queréis satisfacer los

deseos de vuestro padre. El era homicida desde el principio y no se basaba en la

verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de lo suyo propio

habla, porque es mentiroso y padre de mentira. 45 Pero a mí, porque os digo la

verdad, no me creéis.

46 ¿Quién de vosotros me halla culpable de pecado? Y si digo la verdad,

¿por qué vosotros no me creéis? 47 El que es de Dios escucha las palabras de

Dios. Por esta razón vosotros no las escucháis, porque no sois de Dios.

48 Respondieron los judíos y le dijeron: — ¿No decimos bien nosotros que tú

eres samaritano y que tienes demonio? 49 Respondió Jesús: — Yo no tengo

demonio. Más bien, honro a mi Padre, pero vosotros me deshonráis. 50 Yo no

busco mi gloria; hay quien la busca y juzga.

51 De cierto, de cierto os digo que si alguno guarda mi palabra, nunca verá

la muerte para siempre. 52 Entonces los judíos le dijeron: — ¡Ahora sabemos

que tienes demonio! Abraham murió, y también los profetas; y tú dices: “Si

alguno guarda mi palabra, nunca gustará muerte para siempre.” 53 ¿Eres tú acaso

mayor que nuestro padre Abraham quien murió, o los profetas quienes también

murieron? ¿Quién pretendes ser? 54 Respondió Jesús: — Si yo me glorifico a mí

mismo, mi gloria no es nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros

decís: “Es nuestro Dios.” 55 Y vosotros no le conocéis. Pero yo sí le conozco. Si

digo que no le conozco, seré mentiroso como vosotros. Pero le conozco y

guardo su palabra. 56 Abraham, vuestro padre, se regocijó de ver mi día. El lo

vio y se gozó. 57 Entonces le dijeron los judíos: — Aún no tienes ni cincuenta

años, ¿y has visto a Abraham? 58 Les dijo Jesús: — De cierto, de cierto os digo

que antes que Abraham existiera, Yo Soy. 59 Entonces tomaron piedras para

arrojárselas, pero Jesús se ocultó y salió del templo.

Capítulo 9

1 Mientras pasaba Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento, 2 y sus

discípulos le preguntaron diciendo: — Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres,

para que naciera ciego? 3 Respondió Jesús: — No es que éste pecó, ni tampoco

sus padres. Al contrario, fue para que las obras de Dios se manifestaran en él.

4 Me es preciso hacer las obras del que me envió, mientras dure el día. La

noche viene cuando nadie puede trabajar. 5 Mientras yo esté en el mundo, luz

soy del mundo. 6 Dicho esto, escupió en tierra, hizo lodo con la saliva y con el

lodo untó los ojos del ciego. 7 Y le dijo: — Vé, lávate en el estanque de Siloé —

que significa enviado — . Por tanto fue, se lavó y regresó viendo.

8 Entonces los vecinos y los que antes le habían visto que era mendigo decían:

— ¿No es éste el que se sentaba para mendigar? 9 Unos decían: — Este es. Y

otros: — No. Pero se parece a él. El decía: — Yo soy. 10 Entonces le decían: —

¿Cómo te fueron abiertos los ojos? 11 El respondió: — El hombre que se llama

Jesús hizo lodo, me untó los ojos y me dijo: “Vé a Siloé y lávate.” Entonces cuando

fui y me lavé, recibí la vista. 12 Y le dijeron: — ¿Dónde está él? El dijo: — No sé.

13 Llevaron ante los fariseos al que antes era ciego, 14 porque el día en que

Jesús hizo lodo y le abrió los ojos era sábado. 15 Entonces, los fariseos le

volvieron a preguntar de qué manera había recibido la vista, y les dijo: — El me

puso lodo sobre los ojos; me lavé y veo. 16 Entonces algunos de los fariseos

decían: — Este hombre no es de Dios, porque no guarda el sábado. Pero otros

decían: — ¿Cómo puede un hombre pecador hacer tales señales? Había una

división entre ellos. 17 Entonces volvieron a hablar al ciego: — Tú, ¿qué dices de

él, puesto que te abrió los ojos? Y él dijo: — Que es profeta. 18 Los judíos,

pues, no creían que él había sido ciego y que había recibido la vista, hasta que

llamaron a los padres del que había recibido la vista, 19 y les preguntaron

diciendo: — ¿Es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego?

¿Cómo, pues, ve ahora? 20 Respondieron sus padres y dijeron: — Sabemos que

éste es nuestro hijo y que nació ciego. 21 Pero cómo ve ahora, no sabemos; o

quién le haya abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Edad tiene;

preguntadle a él, y él hablará por su cuenta. 22 Sus padres dijeron esto porque

tenían miedo de los judíos, porque ya los judíos habían acordado que si alguno

confesara que Jesús era el Cristo, fuera expulsado de la sinagoga. 23 Por

esta razón dijeron sus padres: “Edad tiene; preguntadle a él.” 24 Así que por

segunda vez llamaron al hombre que había sido ciego y le dijeron: — ¡Da gloria

a Dios! Nosotros sabemos que este hombre es pecador. 25 Entonces él

respondió: — Si es pecador, no lo sé. Una cosa sé: que habiendo sido ciego,

ahora veo. 26 Luego le dijeron: — ¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?

27 Les contestó: — Ya os dije, y no escuchasteis. ¿Por qué lo queréis oír otra

vez? ¿Acaso queréis también vosotros haceros sus discípulos? 28 Entonces le

ultrajaron y dijeron: — ¡Tú eres discípulo de él! ¡Pero nosotros somos

discípulos de Moisés! 29 Nosotros sabemos que Dios ha hablado por Moisés,

pero éste, no sabemos de dónde sea. 30 Respondió el hombre y les dijo: —

¡Pues en esto sí tenemos una cosa maravillosa! Que vosotros no sepáis de

dónde es, y a mí me abrió los ojos. 31 Sabemos que Dios no oye a los

pecadores; pero si alguien es temeroso de Dios y hace su voluntad, a ése oye.

32 Desde la eternidad nunca se oyó que alguien abriese los ojos de uno que

había nacido ciego. 33 Si éste no procediera de Dios, no podría hacer nada.

34 Le contestaron diciendo: — Tú naciste sumido en pecado, ¿y tú quieres

enseñarnos a nosotros? Y lo echaron fuera.

35 Jesús oyó que lo habían echado fuera; y cuando lo halló, le dijo: —

¿Crees tú en el Hijo del Hombre? 36 El respondió y dijo: — Señor, ¿quién es,

para que yo crea en él? 37 Jesús le dijo: — Le has visto, y el que habla contigo,

él es. 38 Y dijo: — ¡Creo, Señor! Y le adoró.

39 Y dijo Jesús: — Para juicio yo he venido a este mundo; para que vean los

que no ven, y los que ven sean hechos ciegos. 40 Al oír esto, algunos de los

fariseos que estaban con él le dijeron: — ¿Acaso somos nosotros también

ciegos? 41 Les dijo Jesús: — Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero ahora

porque decís: “Vemos”, vuestro pecado permanece.

Capítulo 10

1 “De cierto, de cierto os digo que el que no entra al redil de las ovejas por

la puerta, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y asaltante. 2 Pero el que

entra por la puerta es el pastor de las ovejas. 3 A él le abre el portero, y las

ovejas oyen su voz. A sus ovejas las llama por nombre y las conduce afuera. 4 Y

cuando saca fuera a todas las suyas, va delante de ellas; y las ovejas le siguen,

porque conocen su voz. 5 Pero al extraño jamás seguirán; más bien, huirán

de él, porque no conocen la voz de los extraños.” 6 Jesús les dijo esta figura,

pero ellos no entendieron qué era lo que les decía. 7 Entonces Jesús les habló de

nuevo: “De cierto, de cierto os digo que yo soy la puerta de las ovejas. 8 Todos

los que vinieron antes de mí eran ladrones y asaltantes, pero las ovejas no les

oyeron. 9 Yo soy la puerta. Si alguien entra por mí, será salvo; entrará, saldrá y

hallará pastos. 10 El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Yo he

venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. 11 Yo soy el

buen pastor; el buen pastor pone su vida por las ovejas. 12 Pero el asalariado,

que no es el pastor, y a quien no le pertenecen las ovejas, ve que viene el lobo,

abandona las ovejas y huye; y el lobo arrebata y esparce las ovejas. 13 Huye

porque es asalariado, y a él no le importan las ovejas. 14 Yo soy el buen pastor y

conozco mis ovejas, y las mías me conocen. 15 Como el Padre me conoce, yo

también conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas. 16 “También tengo

otras ovejas que no son de este redil. A ellas también me es necesario traer, y

oirán mi voz. Así habrá un solo rebaño y un solo pastor. 17 Por esto me ama el

Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. 18 Nadie me la quita,

sino que yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder

para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre.”

19 Hubo división otra vez entre los judíos a causa de estas palabras, 20 y

muchos de ellos decían: — Demonio tiene y está fuera de sí. ¿Por qué le

escucháis? 21 Otros decían: — Estas palabras no son las de un endemoniado.

¿Podrá un demonio abrir los ojos de los ciegos?

22 Se celebraba entonces la fiesta de la Dedicación en Jerusalén. Era

invierno, 23 y Jesús andaba en el templo por el pórtico de Salomón. 24 Entonces

le rodearon los judíos y le dijeron: — ¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso?

Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente. 25 Jesús les contestó: — Os lo he

dicho, y no creéis. Las obras que yo hago en nombre de mi Padre, éstas dan

testimonio de mí. 26 Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas.

27 Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen. 28 Yo les doy vida

eterna, y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. 29 Mi Padre

que me las ha dado, es mayor que todos; y nadie las puede arrebatar de las

manos del Padre. 30 Yo y el Padre una cosa somos. 31 Los judíos volvieron a

tomar piedras para apedrearle. 32 Jesús les respondió: — Muchas buenas obras

os he mostrado de parte del Padre. ¿Por cuál de estas obras me apedreáis?

33 Los judíos le respondieron: — No te apedreamos por obra buena, sino por

blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces Dios. 34 Jesús les respondió: —

¿No está escrito en vuestra ley, “Yo dije: Sois dioses”? 35 Si dijo “dioses” a

aquellos a quienes fue dirigida la palabra de Dios (y la Escritura no puede ser

anulada), 36 ¿decís vosotros: “Tú blasfemas” a quien el Padre santificó y envió al

mundo, porque dije: “Soy Hijo de Dios”? 37 Si no hago las obras de mi Padre,

no me creáis. 38 Pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed a las obras;

para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.

39 Procuraban otra vez tomarle preso, pero él se salió de las manos de ellos.

40 Y volvió al otro lado del Jordán al lugar donde al principio Juan había estado

bautizando, y se quedó allí. 41 Y muchos fueron a él y decían: “Juan, a la verdad,

ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de éste era verdad.” 42 Y muchos

creyeron en él allí.