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JUAN
Capítulo 11
1 Estaba entonces enfermo un hombre llamado Lázaro, de Betania, la aldea
de María y de su hermana Marta. 2 María era la que ungió al Señor con perfume
y secó sus pies con sus cabellos. Y Lázaro, que estaba enfermo, era su
hermano. 3 Entonces sus hermanas enviaron para decir a Jesús: “Señor, he aquí
el que amas está enfermo.” 4 Al oírlo, Jesús dijo: — Esta enfermedad no es para
muerte, sino para la gloria de Dios; para que el Hijo de Dios sea glorificado por
ella. 5 Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. 6 Cuando oyó, pues, que
estaba enfermo, se quedó aún dos días más en el lugar donde estaba; 7 y luego,
después de esto, dijo a sus discípulos: — Vamos a Judea otra vez. 8 Le dijeron
sus discípulos: — Rabí, hace poco los judíos procuraban apedrearte, ¿y otra vez
vas allá? 9 Respondió Jesús: — ¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de
día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo. 10 Pero si uno camina de
noche, tropieza porque no hay luz en él. 11 Habiendo dicho estas cosas después
les dijo: — Nuestro amigo Lázaro duerme, pero voy para despertarlo.
12 Entonces dijeron sus discípulos: — Señor, si duerme, se sanará. 13 Sin
embargo, Jesús había dicho esto de la muerte de Lázaro, pero ellos pensaron
que hablaba del reposo del sueño. 14 Así que, luego Jesús les dijo claramente:
— Lázaro ha muerto; 15 y a causa de vosotros me alegro de que yo no haya
estado allá, para que creáis. Pero vayamos a él. 16 Entonces Tomás, que se
llamaba Dídimo, dijo a sus condiscípulos: — Vamos también nosotros, para que
muramos con él.
17 Cuando llegó Jesús, halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en
el sepulcro. 18 Betania estaba cerca de Jerusalén, como a quince estadios, 19 y
muchos de los judíos habían venido a Marta y a María para consolarlas por su
hermano. 20 Entonces cuando oyó que Jesús venía, Marta salió a encontrarle,
pero María se quedó sentada en casa. 21 Marta dijo a Jesús: — Señor, si
hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. 22 Pero ahora también sé
que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará. 23 Jesús le dijo: — Tu hermano
resucitará. 24 Marta le dijo: — Yo sé que resucitará en la resurrección en el día
final. 25 Jesús le dijo: — Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí,
aunque muera, vivirá. 26 Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá para
siempre. ¿Crees esto? 27 Le dijo: — Sí, Señor; yo he creído que tú eres el
Cristo, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo. 28 Y cuando hubo dicho
esto, fue y llamó en secreto a su hermana María, diciendo: — El Maestro está
aquí y te llama. 29 Ella, cuando lo oyó, se levantó de prisa y fue a donde él
estaba; 30 pues Jesús todavía no había llegado a la aldea, sino que estaba en el
lugar donde Marta le había encontrado. 31 Entonces, los judíos que estaban en la
casa con ella y la consolaban, cuando vieron que María se levantó de prisa y
salió, la siguieron, porque pensaban que iba al sepulcro a llorar allí. 32 Luego,
cuando María llegó al lugar donde estaba Jesús y le vio, se postró a sus pies
diciéndole: — Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.
33 Entonces Jesús, al verla llorando y al ver a los judíos que habían venido
junto con ella también llorando, se conmovió en espíritu y se turbó. 34 Y dijo: —
¿Dónde le habéis puesto? Le dijeron: — Señor, ven y ve. 35 Jesús lloró.
36 Entonces dijeron los judíos: — Mirad cómo le amaba. 37 Pero algunos de
ellos dijeron: — ¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego, hacer también que
Lázaro no muriese? 38 Jesús, conmovido otra vez dentro de sí, fue al sepulcro.
Era una cueva y tenía puesta una piedra contra la entrada. 39 Jesús dijo: —
Quitad la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: — Señor,
hiede ya, porque tiene cuatro días. 40 Jesús le dijo: — ¿No te dije que si crees
verás la gloria de Dios? 41 Luego quitaron la piedra, y Jesús alzó los ojos
arriba y dijo: — Padre, te doy gracias porque me oíste. 42 Yo sabía que siempre
me oyes; pero lo dije por causa de la gente que está alrededor, para que crean que
tú me has enviado. 43 Habiendo dicho esto, llamó a gran voz: — ¡Lázaro, ven
fuera! 44 Y el que había estado muerto salió, atados los pies y las manos con
vendas y su cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: — Desatadle y dejadle ir.
45 Muchos de los judíos que habían venido a María y habían visto lo que
había hecho Jesús, creyeron en él. 46 Pero algunos de ellos fueron a los fariseos
y les dijeron lo que Jesús había hecho. 47 Entonces los principales sacerdotes y
los fariseos reunieron al Sanedrín y decían: — ¿Qué hacemos? Pues este
hombre hace muchas señales. 48 Si le dejamos seguir así, todos creerán en él; y
vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar y nuestra nación. 49 Entonces uno
de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote en aquel año, les dijo: — Vosotros no
sabéis nada; 50 ni consideráis que os conviene que un solo hombre muera por el
pueblo, y no que perezca toda la nación. 51 Pero esto no lo dijo de sí mismo;
sino que, como era el sumo sacerdote de aquel año, profetizó que Jesús había
de morir por la nación; 52 y no solamente por la nación, sino también para reunir
en uno a los hijos de Dios que estaban esparcidos. 53 Así que, desde aquel día
resolvieron matarle. 54 Por lo tanto, Jesús ya no andaba abiertamente entre los
judíos, sino que se fue de allí a la región que está junto al desierto, a una ciudad
que se llama Efraín; y estaba allí con sus discípulos. 55 Ya estaba próxima la
Pascua de los judíos, y muchos subieron de esa región a Jerusalén antes de la
Pascua para purificarse. 56 Buscaban a Jesús y se decían unos a otros, estando en
el templo: — ¿Qué os parece? ¿Que tal vez ni venga a la fiesta? 57 Los principales
sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que si alguno supiese dónde
estaba, lo informara para que le tomaran preso.
Capítulo 12
1 Seis días antes de la Pascua, llegó Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, a
quien Jesús resucitó de entre los muertos. 2 Le hicieron allí una cena. Marta
servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él.
3 Entonces María, habiendo traído una libra de perfume de nardo puro de
mucho valor, ungió los pies de Jesús y los limpió con sus cabellos. Y la casa se
llenó con el olor del perfume. 4 Pero uno de sus discípulos, Judas Iscariote, el
que estaba por entregarle, dijo: 5 — ¿Por qué no fue vendido este perfume por
trescientos denarios y dado a los pobres? 6 Pero dijo esto, no porque le
importaban los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa a su cargo
sustraía de lo que se echaba en ella. 7 Entonces Jesús dijo: — Déjala. Para el día
de mi sepultura ha guardado esto. 8 Porque a los pobres siempre los tenéis con
vosotros, pero a mí, no siempre me tendréis. 9 Entonces mucha gente de los
judíos se enteró de que él estaba allí; y fueron, no sólo por causa de Jesús, sino
también para ver a Lázaro, a quien él había resucitado de entre los muertos.
10 Pero los principales sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro, 11 porque
por causa de él muchos de los judíos se apartaban y creían en Jesús.
12 Al día siguiente, cuando oyeron que Jesús venía a Jerusalén, la gran
multitud que había venido a la fiesta 13 tomó ramas de palmera y salió a recibirle,
y le aclamaban a gritos: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del
Señor, el Rey de Israel!” 14 Habiendo encontrado Jesús un borriquillo, montó
sobre él, como está escrito: 15 No temas, hija de Sion. ¡He aquí tu Rey viene,
sentado sobre una cría de asna! 16 Sus discípulos no entendieron estas cosas al
principio. Pero cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que estas
cosas estaban escritas acerca de él, y que estas cosas le hicieron a él. 17 La
gente que estaba con él daba testimonio de cuando llamó a Lázaro del sepulcro
y le resucitó de entre los muertos. 18 Por esto también la multitud salió a
recibirle, porque oyeron que él había hecho esta señal. 19 Entonces los fariseos
dijeron entre sí: — Ved que nada ganáis. ¡He aquí, el mundo se va tras él!
20 Había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta.
21 Ellos se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaban
diciendo: — Señor, quisiéramos ver a Jesús. 22 Felipe fue y se lo dijo a Andrés.
Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús. 23 Y Jesús les respondió diciendo: — Ha
llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. 24 De cierto, de
cierto os digo que a menos que el grano de trigo caiga en la tierra y muera,
queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. 25 El que ama su vida, la pierde;
pero el que odia su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. 26 Si
alguno me sirve, sígame; y donde yo estoy, allí también estará mi servidor. Si
alguno me sirve, el Padre le honrará.
27 Ahora está turbada mi alma. ¿Qué diré: “Padre, sálvame de esta hora”?
¡Al contrario, para esto he llegado a esta hora! 28 Padre, glorifica tu nombre.
Entonces vino una voz del cielo: “¡Ya lo he glorificado y lo glorificaré otra vez!”
29 La multitud que estaba presente y escuchó, decía que había sido un
trueno. Otros decían: — ¡Un ángel le ha hablado! 30 Jesús respondió y dijo: —
No ha venido esta voz por causa mía, sino por causa vuestra. 31 Ahora es el
juicio de este mundo. Ahora será echado fuera el príncipe de este mundo. 32 Y
yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo. 33 Esto decía
dando a entender de qué muerte había de morir. 34 Entonces la gente le
respondió: — Nosotros hemos oído que, según la ley, el Cristo permanece para
siempre. ¿Y cómo es que tú dices: “Es necesario que el Hijo del Hombre sea
levantado”? ¿Quién es este Hijo del Hombre? 35 Entonces Jesús les dijo: — Aún
por un poco de tiempo está la luz entre vosotros. Andad mientras tenéis la luz,
para que no os sorprendan las tinieblas. Porque el que anda en tinieblas no sabe
a dónde va. 36 Mientras tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz.
Estas cosas habló Jesús, y al apartarse, se escondió de ellos.
37 Pero a pesar de haber hecho tantas señales delante de ellos, no creían en
él; 38 para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías que dijo: Señor, ¿quién
ha creído a nuestro mensaje? ¿A quién se ha revelado el brazo del Señor?
39 Por eso no podían creer, porque Isaías dijo en otra ocasión: 40 El ha cegado
los ojos de ellos y endureció su corazón, para que no vean con los ojos ni
entiendan con el corazón, ni se conviertan, y yo los sane. 41 Estas cosas dijo
Isaías porque vio su gloria y habló acerca de él.
42 No obstante, aun de entre los dirigentes, muchos creyeron en él, pero por
causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga.
43 Porque amaron la gloria de los hombres más que la gloria de Dios.
44 Pero Jesús alzó la voz y dijo: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en el
que me envió; 45 y el que me ve a mí, ve al que me envió. 46 Yo he venido al
mundo como luz, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en las
tinieblas. 47 Si alguien oye mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo; porque
yo no vine para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. 48 El que me
desecha y no recibe mis palabras tiene quien le juzgue: La palabra que he
hablado le juzgará en el día final. 49 Porque yo no hablé por mí mismo; sino que
el Padre que me envió, él me ha dado mandamiento de qué he de decir y de qué
he de hablar. 50 Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así que, lo que yo
hablo, lo hablo tal y como el Padre me ha hablado.”
Capítulo 13
1 Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora
para pasar de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban
en el mundo, los amó hasta el fin. 2 Durante la cena, como el diablo ya había
puesto en el corazón de Judas hijo de Simón Iscariote que le entregase, 3 y
sabiendo Jesús que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos y que él
había salido de Dios y a Dios iba, 4 se levantó de la cena; se quitó el manto, y
tomando una toalla, se ciñó con ella. 5 Luego echó agua en una vasija y comenzó
a lavar los pies de los discípulos y a secarlos con la toalla con que estaba
ceñido. 6 Entonces llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: — Señor, ¿tú me lavas
los pies a mí? 7 Respondió Jesús y le dijo: — Lo que yo hago, tú no lo entiendes
ahora, pero lo comprenderás después. 8 Pedro le dijo: — ¡Jamás me lavarás los
pies! Jesús le respondió: — Si no te lavo, no tienes parte conmigo. 9 Le dijo
Simón Pedro: — Señor, entonces, no sólo mis pies, sino también las manos y la
cabeza. 10 Le dijo Jesús: — El que se ha lavado no tiene necesidad de lavarse
más que los pies, pues está todo limpio. Ya vosotros estáis limpios, aunque no
todos. 11 Porque sabía quién le entregaba, por eso dijo: “No todos estáis
limpios.” 12 Así que, después de haberles lavado los pies, tomó su manto, se
volvió a sentar a la mesa y les dijo: — ¿Entendéis lo que os he hecho?
13 Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y decís bien, porque lo soy. 14 Pues
bien, si yo, el Señor y el Maestro, lavé vuestros pies, también vosotros debéis
lavaros los pies los unos a los otros. 15 Porque ejemplo os he dado, para que así
como yo os hice, vosotros también hagáis. 16 De cierto, de cierto os digo que el
siervo no es mayor que su señor, ni tampoco el apóstol es mayor que el que le
envió. 17 Si sabéis estas cosas, bienaventurados sois si las hacéis.
18 No hablo así de todos vosotros. Yo sé a quiénes he elegido; pero para
que se cumpla la Escritura: El que come pan conmigo levantó contra mí su talón.
19 Desde ahora os lo digo, antes de que suceda, para que cuando suceda, creáis
que Yo Soy. 20 De cierto, de cierto os digo que el que recibe al que yo envío, a
mí me recibe; y el que a mí me recibe, recibe al que me envió. 21 Después de
haber dicho esto, Jesús se conmovió en espíritu y testificó diciendo: — De
cierto, de cierto os digo que uno de vosotros me ha de entregar. 22 Entonces los
discípulos se miraban unos a otros, dudando de quién hablaba. 23 Uno de sus
discípulos, a quien Jesús amaba, estaba a la mesa recostado junto a Jesús. 24 A
él Simón Pedro le hizo señas para que preguntase quién era aquel de quien
hablaba. 25 Entonces él, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dijo: —
Señor, ¿quién es? 26 Jesús contestó: — Es aquel para quien yo mojo el bocado
y se lo doy. Y mojando el bocado, lo tomó y se lo dio a Judas hijo de Simón
Iscariote. 27 Después del bocado, Satanás entró en él. Entonces le dijo Jesús: —
Lo que estás haciendo, hazlo pronto. 28 Ninguno de los que estaban a la mesa
entendió para qué le dijo esto; 29 porque algunos pensaban, puesto que Judas
tenía la bolsa, que Jesús le decía: “Compra lo que necesitamos para la fiesta”, o
que diese algo a los pobres. 30 Cuando tomó el bocado, él salió en seguida; y ya
era de noche.
31 Cuando Judas había salido, dijo Jesús: — Ahora es glorificado el Hijo del
Hombre, y Dios es glorificado en él. 32 Si Dios es glorificado en él, también Dios
le glorificará en sí mismo. Y pronto le glorificará. 33 Hijitos, todavía sigo un poco
con vosotros. Me buscaréis, pero como dije a los judíos: “A donde yo voy
vosotros no podéis ir”, así os digo a vosotros ahora. 34 Un mandamiento nuevo
os doy: que os améis los unos a los otros. Como os he amado, amaos también
vosotros los unos a los otros. 35 En esto conocerán todos que sois mis
discípulos, si tenéis amor los unos por los otros.
36 Simón Pedro le dijo: — Señor, ¿a dónde vas? Le respondió Jesús: — A
donde yo voy, no me puedes seguir ahora; pero me seguirás más tarde. 37 Le
dijo Pedro: — Señor, ¿por qué no te puedo seguir ahora? ¡Mi vida pondré por
ti! 38 Jesús le respondió: — ¿Tu vida pondrás por mí? De cierto, de cierto te
digo que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces.
Capítulo 14
1 No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios; creed también en mí. 2 En la
casa de mi Padre muchas moradas hay. De otra manera, os lo hubiera dicho.
Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. 3 Y si voy y os preparo lugar, vendré
otra vez y os tomaré conmigo; para que donde yo esté, vosotros también estéis.
4 Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino. 5 Le dijo Tomás: — Señor, no
sabemos a dónde vas; ¿cómo podemos saber el camino? 6 Jesús le dijo: — Yo
soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.
7 Si me habéis conocido a mí, también conoceréis a mi Padre; y desde ahora le
conocéis y le habéis visto. 8 Le dijo Felipe: — Señor, muéstranos el Padre, y
nos basta. 9 Jesús le dijo: — Tanto tiempo he estado con vosotros, Felipe, ¿y no
me has conocido? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo, pues, dices tú:
“Muéstranos el Padre”? 10 ¿No crees que yo soy en el Padre y el Padre en mí?
Las palabras que yo os hablo, no las hablo de mí mismo; sino que el Padre que
mora en mí hace sus obras. 11 Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en
mí; de otra manera, creed por las mismas obras.
12 De cierto, de cierto os digo que el que cree en mí, él también hará las
obras que yo hago. Y mayores que éstas hará, porque yo voy al Padre. 13 Y
todo lo que pidáis en mi nombre, eso haré, para que el Padre sea glorificado en
el Hijo. 14 Si me pedís alguna cosa en mi nombre, yo la haré.
15 Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. 16 Y yo rogaré al Padre y os
dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre. 17 Este es el
Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo
conoce. Vosotros lo conocéis, porque permanece con vosotros y está en
vosotros.
18 No os dejaré huérfanos; volveré a vosotros. 19 Todavía un poquito, y el
mundo no me verá más; pero vosotros me veréis. Porque yo vivo, también
vosotros viviréis. 20 En aquel día vosotros conoceréis que yo soy en mi Padre, y
vosotros en mí, y yo en vosotros. 21 El que tiene mis mandamientos y los guarda,
él es quien me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y
me manifestaré a él. 22 Le dijo Judas, no el Iscariote: — Señor, ¿cómo es que te
has de manifestar a nosotros y no al mundo? 23 Respondió Jesús y le dijo: — Si
alguno me ama, mi palabra guardará. Y mi Padre lo amará, y vendremos a él y
haremos nuestra morada con él. 24 El que no me ama no guarda mis palabras. Y
la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me envió.
25 Estas cosas os he hablado mientras todavía estoy con vosotros. 26 Pero el
Consolador, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, él os
enseñará todas las cosas y os hará recordar todo lo que yo os he dicho. 27 La
paz os dejo, mi paz os doy. No como el mundo la da, yo os la doy. No se turbe
vuestro corazón, ni tenga miedo.
28 Oísteis que yo os dije: “Voy y vuelvo a vosotros.” Si me amarais, os
gozaríais de que voy al Padre, porque el Padre es mayor que yo. 29 Ahora os lo
he dicho antes que suceda, para que cuando suceda, creáis. 30 Ya no hablaré
mucho con vosotros, porque viene el príncipe de este mundo y él no tiene nada
en mí. 31 Pero para que el mundo conozca que yo amo al Padre y como el
Padre me mandó, así hago. Levantaos. ¡Vamos de aquí!
Capítulo 15
1 “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. 2 Toda rama que en
mí no está llevando fruto, la quita; y toda rama que está llevando fruto, la limpia
para que lleve más fruto. 3 Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he
hablado. 4 “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como la rama no puede llevar
fruto por sí sola, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no
permanecéis en mí. 5 Yo soy la vid, vosotros las ramas. El que permanece en mí
y yo en él, éste lleva mucho fruto. Pero separados de mí, nada podéis hacer. 6 Si
alguien no permanece en mí, es echado fuera como rama, y se seca. Y las
recogen y las echan en el fuego, y son quemadas. 7 “Si permanecéis en mí, y mis
palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis, y os será hecho. 8 En
esto es glorificado mi Padre: en que llevéis mucho fruto y seáis mis discípulos.
9 Como el Padre me amó, también yo os he amado; permaneced en mi
amor. 10 Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; como yo
también he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
11 “Estas cosas os he hablado para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo
sea completo. 12 Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros,
como yo os he amado. 13 Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su
vida por sus amigos. 14 Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.
15 Ya no os llamo más siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor.
Pero os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todas las cosas que oí
de mi Padre. 16 “Vosotros no me elegisteis a mí; más bien, yo os elegí a
vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y para que vuestro fruto
permanezca; a fin de que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre él os lo dé.
17 Esto os mando: que os améis unos a otros.
18 “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a
vosotros. 19 Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo. Pero ya no sois del
mundo, sino que yo os elegí del mundo; por eso el mundo os aborrece.
20 Acordaos de la palabra que yo os he dicho: ‘El siervo no es mayor que su
señor.’ Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán. Si han
guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. 21 Pero todo esto os harán
por causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió. 22 Si yo no
hubiera venido ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen
excusa por su pecado. 23 El que me aborrece, también aborrece a mi Padre.
24 Si yo no hubiese hecho entre ellos obras como ningún otro ha hecho, no
tendrían pecado. Y ahora las han visto, y también han aborrecido tanto a mí
como a mi Padre. 25 Pero esto sucedió para cumplir la palabra que está escrita
en la ley de ellos: Sin causa me aborrecieron.
26 “Pero cuando venga el Consolador, el Espíritu de verdad que yo os enviaré
de parte del Padre, el cual procede del Padre, él dará testimonio de mí. 27 Además,
vosotros también testificaréis, porque habéis estado conmigo desde el principio.
Capítulo 16
1 “Os he dicho esto para que no os escandalicéis. 2 Os expulsarán de las
sinagogas, y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate pensará que rinde
servicio a Dios. 3 Esto harán, porque no conocen ni al Padre ni a mí. 4 Sin
embargo, os he dicho estas cosas, para que cuando venga su hora, os acordéis
de ellas, que yo os las dije. “Sin embargo, no os dije esto al principio, porque yo
estaba con vosotros. 5 Pero ahora voy al que me envió, y ninguno de vosotros
me pregunta: ‘¿A dónde vas?’ 6 Más bien, porque os he dicho esto, vuestro
corazón se ha llenado de tristeza.
7 Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me
voy, el Consolador no vendrá a vosotros. Y si yo voy, os lo enviaré. 8 “Cuando
él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. 9 En cuanto a
pecado, porque no creen en mí; 10 en cuanto a justicia, porque me voy al Padre,
y no me veréis más; 11 y en cuanto a juicio, porque el príncipe de este mundo
ha sido juzgado. 12 “Todavía tengo que deciros muchas cosas, pero ahora no las
podéis sobrellevar. 13 Y cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda
la verdad; pues no hablará por sí solo, sino que hablará todo lo que oiga y os
hará saber las cosas que han de venir. 14 El me glorificará, porque recibirá de lo
mío y os lo hará saber. 15 Todo lo que tiene el Padre es mío. Por esta razón dije
que recibirá de lo mío y os lo hará saber.
16 “Un poquito, y no me veréis; de nuevo un poquito, y me veréis.”
17 Entonces algunos de sus discípulos se dijeron unos a otros: — ¿Qué significa
esto que nos dice: “Un poquito, y no me veréis; de nuevo un poquito, y me
veréis” y “porque voy al Padre”? 18 — Decían, pues — : ¿Qué significa esto
que dice: “un poquito”? No entendemos lo que está diciendo. 19 Jesús
comprendió que le querían preguntar y les dijo: — ¿Preguntáis entre vosotros de
esto que dije: “Un poquito, y no me veréis; y de nuevo un poquito, y me veréis”?
20 De cierto, de cierto os digo que vosotros lloraréis y lamentaréis; pero el
mundo se alegrará. Vosotros tendréis angustia, pero vuestra angustia se
convertirá en gozo. 21 La mujer, cuando da a luz, tiene angustia, porque ha
llegado su hora. Pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda del
dolor, por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. 22 También
vosotros, por cierto, tenéis angustia ahora; pero yo os veré otra vez. Se gozará
mucho vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo.
23 En aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo que
todo cuanto pidáis al Padre en mi nombre, él os lo dará. 24 Hasta ahora no
habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea
completo. 25 Os he hablado de estas cosas en figuras; pero viene la hora cuando
ya no os hablaré más en figuras, sino claramente os anunciaré acerca del Padre.
26 En aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por
vosotros, 27 pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado y
habéis creído que yo he salido de la presencia de Dios.
28 Yo salí de la presencia del Padre y he venido al mundo; otra vez dejo el
mundo y voy al Padre. 29 Le dijeron sus discípulos: — He aquí, ahora hablas
claramente y no hablas en ninguna figura. 30 Ahora entendemos que sabes todas
las cosas, y no necesitas que nadie te pregunte. En esto creemos que has salido
de Dios. 31 Jesús les respondió: — ¿Ahora creéis? 32 He aquí la hora viene, y ha
llegado ya, en que seréis esparcidos cada uno por su lado y me dejaréis solo.
Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. 33 Os he hablado de estas
cosas para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción, pero ¡tened
valor; yo he vencido al mundo!
Capítulo 17
1 Jesús habló de estas cosas, y levantando los ojos al cielo, dijo: “Padre, la
hora ha llegado. Glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti, 2 así como
le diste autoridad sobre todo hombre, para que dé vida eterna a todos los que le
has dado. 3 Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios
verdadero, y a Jesucristo a quien tú has enviado. 4 Yo te he glorificado en la
tierra, habiendo acabado la obra que me has dado que hiciera. 5 Ahora pues,
Padre, glorifícame tú en tu misma presencia, con la gloria que yo tenía en tu
presencia antes que existiera el mundo.
6 “He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste. Tuyos
eran, y me los diste; y han guardado tu palabra. 7 Ahora han conocido que todo
lo que me has dado procede de ti; 8 porque les he dado las palabras que me
diste, y ellos las recibieron; y conocieron verdaderamente que provengo de ti, y
creyeron que tú me enviaste. 9 “Yo ruego por ellos. No ruego por el mundo,
sino por los que me has dado; porque tuyos son. 10 Todo lo mío es tuyo, y todo
lo tuyo es mío; y he sido glorificado en ellos.
11 Ya no estoy más en el mundo; pero ellos están en el mundo, y yo voy a ti.
Padre santo, guárdalos en tu nombre que me has dado, para que sean una cosa,
así como nosotros lo somos. 12 Cuando yo estaba con ellos, yo los guardaba en
tu nombre que me has dado. Y los cuidé, y ninguno de ellos se perdió excepto el
hijo de perdición, para que se cumpliese la Escritura. 13 Pero ahora voy a ti y
hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo completo en sí mismos. 14 “Yo les
he dado tu palabra, y el mundo los aborreció; porque no son del mundo, como
tampoco yo soy del mundo. 15 No ruego que los quites del mundo, sino que los
guardes del maligno. 16 No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
17 Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad. 18 Así como tú me
enviaste al mundo, también yo los he enviado al mundo. 19 Por ellos yo me
santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad.
20 “Pero no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de
creer en mí por medio de la palabra de ellos; 21 para que todos sean una cosa,
así como tú, oh Padre, en mí y yo en ti, que también ellos lo sean en nosotros;
para que el mundo crea que tú me enviaste. 22 Yo les he dado la gloria
que tú me has dado, para que sean una cosa, así como también nosotros somos
una cosa. 23 Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente unidos; para
que el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado, como
también a mí me has amado.
24 “Padre, quiero que donde yo esté, también estén conmigo aquellos que
me has dado, para que vean mi gloria que me has dado, porque me has amado
desde antes de la fundación del mundo. 25 Padre justo, el mundo no te ha
conocido, pero yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste.
26 Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo daré a conocer todavía, para que
el amor con que me has amado esté en ellos, y yo en ellos.”
Capítulo 18
1 Habiendo dicho estas cosas, Jesús salió con sus discípulos para el otro
lado del arroyo de Quedron, donde había un huerto en el cual entró Jesús con
sus discípulos. 2 También Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar, porque
Jesús solía reunirse allí con sus discípulos. 3 Entonces Judas, tomando una
compañía de soldados romanos y guardias de los principales sacerdotes y de los
fariseos, fue allí con antorchas, lámparas y armas. 4 Pero Jesús, sabiendo todas
las cosas que le habían de acontecer, se adelantó y les dijo: — ¿A quién
buscáis? 5 Le contestaron: — A Jesús de Nazaret. Les dijo Jesús: — Yo soy.
Estaba también con ellos Judas, el que le entregaba. 6 Cuando les dijo, “Yo
soy”, volvieron atrás y cayeron a tierra. 7 Les preguntó, pues, de nuevo: — ¿A
quién buscáis? Ellos dijeron: — A Jesús de Nazaret. 8 Jesús respondió: — Os
dije que yo soy. Pues si a mí me buscáis, dejad ir a éstos. 9 Esto hizo para que
se cumpliese la palabra que él dijo: “De los que me diste, ninguno de ellos
perdí.” 10 Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la sacó, hirió al siervo
del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Malco.
11 Entonces Jesús dijo a Pedro: — Mete tu espada en la vaina. ¿No he de beber
la copa que el Padre me ha dado? 12 Entonces la compañía de soldados, el
comandante y los guardias de los judíos prendieron a Jesús y le ataron.
13 Luego le llevaron primero ante Anás, porque era el suegro de Caifás, el
sumo sacerdote de aquel año. 14 Caifás era el que había dado consejo a los
judíos de que convenía que un hombre muriese por el pueblo. 15 Simón Pedro y
otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y
entró con Jesús al patio del sumo sacerdote; 16 pero Pedro se quedó fuera, a la
puerta. Y salió el otro discípulo que era conocido del sumo sacerdote, habló a la
portera y llevó a Pedro adentro. 17 Entonces la criada portera dijo a Pedro: —
¿Tú no serás también de los discípulos de ese hombre? El dijo: — No lo soy.
18 Y los siervos y los guardias estaban de pie, pues habían encendido unas
brasas porque hacía frío; y se calentaban. Pedro también estaba de pie con
ellos, calentándose. 19 El sumo sacerdote preguntó a Jesús acerca de sus
discípulos y de su doctrina. 20 Jesús le respondió: — Yo he hablado
abiertamente al mundo. Siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo,
donde se reúnen todos los judíos. Nada he hablado en secreto. 21 ¿Por qué me
preguntas a mí? Pregúntales a los que han oído lo que yo les he hablado. He
aquí, ellos saben lo que yo dije. 22 Cuando dijo esto, uno de los guardias que
estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciéndole: — ¿Así respondes al sumo
sacerdote? 23 Jesús le contestó: — Si he hablado mal, da testimonio del mal;
pero si bien, ¿por qué me golpeas? 24 Entonces Anás le envió atado a Caifás, el
sumo sacerdote. 25 Estaba, pues, Pedro de pie calentándose, y le dijeron: — ¿Tú
no serás también de sus discípulos? El negó y dijo: — No lo soy. 26 Uno de los
siervos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le había cortado la
oreja, le dijo: — ¿No te vi yo en el huerto con él? 27 Pedro negó otra vez, y en
seguida cantó el gallo.
28 Llevaron a Jesús de Caifás al Pretorio. Era al amanecer. Pero ellos no
entraron al Pretorio para no contaminarse y para así poder comer la Pascua.
29 Por tanto, Pilato salió fuera a ellos y dijo: — ¿Qué acusación traéis contra
este hombre? 30 Le respondieron y dijeron: — Si éste no fuera malhechor, no te
lo habríamos entregado. 31 Entonces Pilato les dijo: — Tomadle vosotros y
juzgadle según vuestra ley. Los judíos le dijeron: — A nosotros no nos es lícito
dar muerte a nadie. 32 Así sucedió para que se cumpliera la palabra de Jesús,
que dijo señalando con qué clase de muerte había de morir. 33 Entonces Pilato
entró otra vez al Pretorio, llamó a Jesús y le dijo: — ¿Eres tú el rey de los
judíos? 34 Jesús le respondió: — ¿Preguntas tú esto de ti mismo, o porque otros
te lo han dicho de mí? 35 Pilato respondió: — ¿Acaso soy yo judío? Tu propia
nación y los principales sacerdotes te entregaron a mí. ¿Qué has hecho?
36 Contestó Jesús: — Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este
mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos.
Ahora, pues, mi reino no es de aquí. 37 Entonces Pilato le dijo: — ¿Así
que tú eres rey? Jesús respondió: — Tú dices que soy rey. Para esto yo he
nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio a la verdad. Todo
aquel que es de la verdad oye mi voz. 38 Le dijo Pilato: — ¿Qué es la verdad?
Habiendo dicho esto, salió de nuevo a los judíos y les dijo: — Yo no hallo
ningún delito en él. 39 Pero vosotros tenéis la costumbre de que os suelte un
preso en la Pascua. ¿Queréis, pues, que os suelte al rey de los judíos?
40 Entonces todos gritaron de nuevo diciendo: — ¡No a éste, sino a Barrabás!
Y Barrabás era un asaltante.
Capítulo 19
1 Entonces Pilato tomó a Jesús y le azotó. 2 Los soldados entretejieron una
corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza. Le vistieron con un manto
de púrpura, 3 y venían hacia él y le decían: — ¡Viva el rey de los judíos! Y le
daban de bofetadas. 4 Pilato salió otra vez y les dijo: — He aquí, os lo traigo
fuera, para que sepáis que no hallo ningún delito en él. 5 Entonces Jesús salió
llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: — ¡He
aquí el hombre! 6 Cuando le vieron los principales sacerdotes y los guardias,
gritaron diciendo: — ¡Crucifícale! ¡Crucifícale! Les dijo Pilato: — Tomadlo
vosotros y crucificadle, porque yo no hallo ningún delito en él. 7 Los judíos le
respondieron: — Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley él debe morir,
porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios. 8 Cuando Pilato oyó esta palabra, tuvo
aun más miedo. 9 Entró en el Pretorio otra vez y dijo a Jesús: — ¿De dónde eres
tú? Pero Jesús no le dio respuesta. 10 Entonces le dijo Pilato: — ¿A mí no me
hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y tengo autoridad para
crucificarte? 11 Respondió Jesús: — No tendrías ninguna autoridad contra mí, si
no te fuera dada de arriba. Por esto, el que me entregó a ti tiene mayor pecado.
12 Desde entonces Pilato procuraba soltarle. Pero los judíos gritaron diciendo:
— Si sueltas a éste, no eres amigo del César. Todo aquel que se hace rey se
opone al César. 13 Cuando Pilato oyó estas palabras, llevó a Jesús afuera y se
sentó en el tribunal, en el lugar llamado El Enlosado, y en hebreo Gabata. 14 Era
el día de la Preparación de la Pascua, y como la hora sexta. Entonces dijo a los
judíos: — He aquí vuestro rey. 15 Pero ellos gritaron diciendo: — ¡Fuera!
¡Fuera! ¡Crucifícale! Pilato les dijo: — ¿He de crucificar a vuestro rey?
Respondieron los principales sacerdotes: — ¡No tenemos más rey que el César!
16 Y con esto entonces lo entregó a ellos para que fuese crucificado.
Tomaron pues a Jesús, 17 y él salió llevando su cruz hacia el lugar que se llama
de la Calavera, y en hebreo Gólgota. 18 Allí le crucificaron, y con él a otros dos,
uno a cada lado, y Jesús estaba en medio.
19 Pilato escribió y puso sobre la cruz un letrero en el cual fue escrito:
JESUS DE NAZARET, REY DE LOS JUDIOS. 20 Entonces muchos de los
judíos leyeron este letrero, porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba
cerca de la ciudad, y el letrero estaba escrito en hebreo, en latín y en griego.
21 Los principales sacerdotes de los judíos le decían a Pilato: — No escribas:
“Rey de los judíos”, sino: “Este dijo: ‘Soy rey de los judíos.’“ 22 Pilato
respondió: — Lo que he escrito, he escrito. 23 Cuando los soldados crucificaron
a Jesús, tomaron los vestidos de él e hicieron cuatro partes, una para cada
soldado. Además, tomaron la túnica, pero la túnica no tenía costura; era tejida
entera de arriba abajo. 24 Por esto dijeron uno a otro: — No la partamos; más
bien echemos suertes sobre ella, para ver de quién será. Esto sucedió para que
se cumpliera la Escritura que dice: Partieron entre sí mis vestidos y sobre mis
vestiduras echaron suertes. Y así lo hicieron los soldados. 25 Junto a la cruz de
Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María esposa de Cleofas y
María Magdalena. 26 Cuando Jesús vio a su madre y al discípulo a quien amaba,
de pie junto a ella, dijo a su madre: — Mujer, he ahí tu hijo. 27 Después dijo al
discípulo: — He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su
casa. 28 Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo se había consumado, para
que se cumpliera la Escritura, dijo: — Tengo sed. 29 Había allí una vasija llena de
vinagre. Entonces pusieron en un hisopo una esponja empapada en vinagre y se
la acercaron a la boca. 30 Cuando Jesús recibió el vinagre, dijo: — ¡Consumado
es! Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.
31 Entonces los judíos, por cuanto era el día de la Preparación, y para que
los cuerpos no quedasen en la cruz en el sábado (pues era el Gran Sábado),
rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas y fuesen quitados. 32 Luego los
soldados fueron y quebraron las piernas al primero, y después al otro que había
sido crucificado con él. 33 Pero cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya
muerto, no le quebraron las piernas; 34 pero uno de los soldados le abrió el
costado con una lanza, y salió al instante sangre y agua. 35 El que lo ha visto ha
dado testimonio, y su testimonio es verdadero. El sabe que dice la verdad, para
que vosotros también creáis. 36 Porque estas cosas sucedieron así para que
se cumpliese la Escritura que dice: Ninguno de sus huesos será quebrado.
37 También otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.
38 Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque
en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le permitiese quitar el
cuerpo de Jesús. Pilato se lo permitió. Por tanto, él fue y llevó su cuerpo.
39 También Nicodemo, que al principio había venido a Jesús de noche, fue
llevando un compuesto de mirra y áloes, como cien libras. 40 Tomaron, pues, el
cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con las especias, de acuerdo con la
costumbre judía de sepultar. 41 En el lugar donde había sido crucificado había un
huerto, y en el huerto había un sepulcro nuevo, en el cual todavía no se había
puesto a nadie. 42 Allí, pues, por causa del día de la Preparación de los judíos y
porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.
Capítulo 20
1 El primer día de la semana, muy de madrugada, siendo aún oscuro, María
Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido quitada del sepulcro.
2 Entonces corrió y fue a Simón Pedro y al otro discípulo a quien amaba Jesús, y
les dijo: — Han sacado al Señor del sepulcro, y no sabemos dónde le han
puesto. 3 Salieron, pues, Pedro y el otro discípulo e iban al sepulcro. 4 Y los dos
corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó
primero al sepulcro. 5 Y cuando se inclinó, vio que los lienzos habían quedado
allí; sin embargo, no entró. 6 Entonces llegó Simón Pedro siguiéndole, y entró en
el sepulcro. Y vio los lienzos que habían quedado, 7 y el sudario que había
estado sobre su cabeza, no puesto con los lienzos, sino doblado en un lugar
aparte. 8 Entonces entró también el otro discípulo que había llegado primero al
sepulcro, y vio y creyó. 9 Pues aún no entendían la Escritura, que le era
necesario resucitar de entre los muertos. 10 Entonces los discípulos volvieron a
los suyos.
11 Pero María Magdalena estaba llorando fuera del sepulcro. Mientras
lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro 12 y vio a dos ángeles con
vestiduras blancas que estaban sentados, el uno a la cabecera y el otro a los
pies, donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. 13 Y ellos le dijeron: —
Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: — Porque se han llevado a mi Señor, y no sé
dónde le han puesto. 14 Habiendo dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a
Jesús de pie; pero no se daba cuenta de que era Jesús. 15 Jesús le dijo: —
Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que él era el jardinero,
le dijo: — Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré.
16 Jesús le dijo: — María... Volviéndose ella, le dijo en hebreo: — ¡Raboni! —
que quiere decir Maestro — . 17 Jesús le dijo: — Suéltame, porque aún no he
subido al Padre. Pero vé a mis hermanos y diles: “Yo subo a mi Padre y a
vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.” 18 María Magdalena fue a dar las
nuevas a los discípulos: — ¡He visto al Señor! También les contó que él le había
dicho estas cosas.
19 Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, y estando las puertas
cerradas en el lugar donde los discípulos se reunían por miedo a los judíos, Jesús
entró, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡Paz a vosotros!” 20 Habiendo dicho
esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se regocijaron cuando
vieron al Señor. 21 Entonces Jesús les dijo otra vez: “¡Paz a vosotros! Como me
ha enviado el Padre, así también yo os envío a vosotros.” 22 Habiendo dicho
esto, sopló y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. 23 A los que remitáis los
pecados, les han sido remitidos; y a quienes se los retengáis, les han sido
retenidos.” 24 Pero Tomás, llamado Dídimo, uno de los doce, no estaba con
ellos cuando vino Jesús. 25 Entonces los otros discípulos le decían: — ¡Hemos
visto al Señor! Pero él les dijo: — Si yo no veo en sus manos la marca de los
clavos, y si no meto mi dedo en la marca de los clavos y si no meto mi mano en
su costado, no creeré jamás.
26 Ocho días después sus discípulos estaban adentro otra vez, y Tomás
estaba con ellos. Y aunque las puertas estaban cerradas, Jesús entró, se puso en
medio y dijo: — ¡Paz a vosotros! 27 Luego dijo a Tomás: — Pon tu dedo aquí y
mira mis manos; pon acá tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo
sino creyente. 28 Entonces Tomás respondió y le dijo: — ¡Señor mío, y Dios
mío! 29 Jesús le dijo: — ¿Porque me has visto, has creído? ¡Bienaventurados los
que no ven y creen! 30 Por cierto Jesús hizo muchas otras señales en presencia
de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. 31 Pero estas cosas
han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para
que creyendo tengáis vida en su nombre.
Capítulo 21
1 Después de esto, Jesús se manifestó otra vez a sus discípulos en el mar de
Tiberias. Se manifestó de esta manera: 2 Estaban juntos Simón Pedro, Tomás
llamado Dídimo, Natanael que era de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y
otros dos de sus discípulos. 3 Simón Pedro les dijo: — Voy a pescar. Le
dijeron: — Vamos nosotros también contigo. Salieron y entraron en la barca,
pero aquella noche no consiguieron nada. 4 Al amanecer, Jesús se presentó en la
playa, aunque los discípulos no se daban cuenta de que era Jesús. 5 Entonces
Jesús les dijo: — Hijitos, ¿no tenéis nada de comer? Le contestaron: — No. 6 El
les dijo: — Echad la red al lado derecho de la barca, y hallaréis. La echaron,
pues, y ya no podían sacarla por la gran cantidad de peces. 7 Entonces aquel
discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: — ¡Es el Señor! Cuando Simón
Pedro oyó que era el Señor, se ciñó el manto, pues se lo había quitado, y se tiró
al mar. 8 Los otros discípulos llegaron con la barca, arrastrando la red con los
peces; porque no estaban lejos de tierra, sino como a doscientos codos. 9 Cuando
bajaron a tierra, vieron brasas puestas, con pescado encima, y pan. 10 Jesús les
dijo: — Traed de los pescados que ahora habéis pescado. 11 Entonces Simón
Pedro subió y sacó a tierra la red llena de grandes pescados, 153 de ellos; y
aunque eran tantos, la red no se rompió. 12 Jesús les dijo: — Venid, comed.
Ninguno de los discípulos osaba preguntarle: “Tú, ¿quién eres?”, pues sabían
que era el Señor. 13 Vino, entonces, Jesús y tomó el pan y les dio; y también
hizo lo mismo con el pescado. 14 Esta era ya la tercera vez que Jesús se
manifestaba a sus discípulos después de haber resucitado de entre los muertos.
15 Cuando habían comido, Jesús dijo a Simón Pedro: — Simón hijo de
Jonás, ¿me amas tú más que éstos? Le dijo: — Sí, Señor; tú sabes que te amo.
Jesús le dijo: — Apacienta mis corderos. 16 Le volvió a decir por segunda vez:
— Simón hijo de Jonás, ¿me amas? Le contestó: — Sí, Señor; tú sabes que te
amo. Jesús le dijo: — Pastorea mis ovejas. 17 Le dijo por tercera vez: — Simón
hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijera por tercera vez:
“¿Me amas?” Y le dijo: — Señor, tú conoces todas las cosas. Tú sabes que te
amo. Jesús le dijo: — Apacienta mis ovejas. 18 De cierto, de cierto te digo que
cuando eras más joven, tú te ceñías e ibas a donde querías; pero cuando seas
viejo, extenderás las manos, y te ceñirá otro y te llevará a donde no quieras.
19 Esto dijo señalando con qué muerte Pedro había de glorificar a Dios.
Después de haber dicho esto le dijo: — Sígueme.
20 Pedro dio vuelta y vio que les seguía el discípulo a quien Jesús amaba.
Fue el mismo que se recostó sobre su pecho en la cena y le dijo: “Señor, ¿quién
es el que te ha de entregar?” 21 Así que al verlo, Pedro le dijo a Jesús: — Señor,
¿y qué de éste? 22 Jesús le dijo: — Si yo quiero que él quede hasta que yo
venga, ¿qué tiene esto que ver contigo? Tú, sígueme. 23 Así que el dicho se
difundió entre los hermanos de que aquel discípulo no habría de morir. Pero
Jesús no le dijo que no moriría, sino: “Si yo quiero que él quede hasta que yo
venga, ¿qué tiene que ver eso contigo?” 24 Este es el discípulo que da testimonio
de estas cosas y las escribió. Y sabemos que su testimonio es verdadero. 25 Hay
también muchas otras cosas que hizo Jesús que, si se escribieran una por una,
pienso que no cabrían ni aun en el mundo los libros que se habrían de escribir.