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LUCAS

Capítulo 1

1 Puesto que muchos han intentado poner en orden un relato acerca de las

cosas que han sido ciertísimas entre nosotros, 2 así como nos las transmitieron

los que desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, 3 me

ha parecido bien también a mí, después de haberlo investigado todo con

diligencia desde el comienzo, escribírtelas en orden, oh excelentísimo Teófilo,

4 para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido.

5 En los días de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado

Zacarías, de la clase de Abías. Su esposa era de las hijas de Aarón y se llamaba

Elisabet. 6 Ambos eran justos delante de Dios y vivían irreprensiblemente en

todos los mandamientos y ordenanzas del Señor. 7 No tenían hijo, porque

Elisabet era estéril, y ambos eran de edad avanzada. 8 Aconteció que, cuando

Zacarías ejercía el sacerdocio delante de Dios, en el turno de su clase,

9 conforme a la costumbre del sacerdocio, le tocó por sorteo entrar en el templo

del Señor para quemar el incienso. 10 Toda la multitud del pueblo estaba fuera,

orando a la hora del incienso. 11 Entonces el ángel del Señor se le apareció,

puesto de pie a la derecha del altar del incienso. 12 Zacarías se turbó cuando le

vio, y el temor se apoderó de él. 13 Pero el ángel le dijo: — ¡No temas,

Zacarías! Porque tu oración ha sido atendida. Tu esposa Elisabet te dará a luz

un hijo, y llamarás su nombre Juan. 14 Tendrás gozo y alegría, y muchos se

gozarán de su nacimiento, 15 porque él será grande delante del Señor. Nunca

beberá vino ni licor, y será lleno del Espíritu Santo aun desde el vientre de su

madre. 16 Y hará que muchos de los hijos de Israel vuelvan al Señor su Dios.

17 El mismo irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías, para hacer

volver los corazones de los padres a los hijos y los desobedientes a la prudencia

de los justos, para preparar al Señor un pueblo apercibido. 18 Y Zacarías dijo al

ángel: — ¿Cómo podré estar seguro de esto? Pues yo soy viejo, y mi esposa es

de edad avanzada. 19 Respondió el ángel y le dijo: — Yo soy Gabriel, que estoy

delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte estas buenas

nuevas. 20 He aquí, quedarás mudo e incapaz de hablar hasta el día en que

se realice esto, por cuanto no has creído a mis palabras, las cuales se cumplirán

a su debido tiempo. 21 El pueblo estaba esperando a Zacarías, y se extrañaba de

que él pasara tanto tiempo en el templo. 22 Cuando salió, no les podía hablar; y

se dieron cuenta de que había visto una visión en el templo. El se comunicaba

con ellos por señas y quedaba mudo. 23 Sucedió que, cuando se cumplieron los

días de este ministerio, él se fue a su casa. 24 Y después de aquellos días su

mujer Elisabet concibió y se recluyó por cinco meses, diciendo: 25 — Así ha

hecho conmigo el Señor en los días en que se dignó mirarme para quitar mi

afrenta entre los hombres.

26 En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de

Galilea llamada Nazaret, 27 a una virgen desposada con un hombre llamado

José, de la casa de David. El nombre de la virgen era María. 28 Cuando entró a

donde ella estaba, dijo: — ¡Te saludo, muy favorecida! El Señor está contigo.

29 Pero ella se turbó por sus palabras y se preguntaba qué clase de salutación

sería ésta. 30 Entonces el ángel le dijo: — ¡No temas, María! Porque has hallado

gracia ante Dios. 31 He aquí concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y

llamarás su nombre Jesús. 32 Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo;

y el Señor Dios le dará el trono de su padre David. 33 Reinará sobre la casa de

Jacob para siempre, y de su reino no habrá fin. 34 Entonces María dijo al ángel:

— ¿Cómo será esto? Porque yo no conozco varón. 35 Respondió el ángel y le

dijo: — El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con

su sombra, por lo cual también el santo Ser que nacerá será llamado Hijo de

Dios. 36 He aquí, también tu parienta Elisabet ha concebido un hijo en su vejez.

Este es el sexto mes para ella que era llamada estéril. 37 Porque ninguna cosa

será imposible para Dios. 38 Entonces María dijo: — He aquí la sierva del

Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de ella.

39 En esos días se levantó María y fue de prisa a una ciudad en la región

montañosa de Judá. 40 Entró en casa de Zacarías y saludó a Elisabet.

41 Aconteció que, cuando Elisabet oyó la salutación de María, la criatura saltó

en su vientre. Y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, 42 y exclamó a gran voz y

dijo: — ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! 43 ¿De

dónde se me concede esto, que la madre de mi Señor venga a mí? 44 Porque he

aquí, cuando llegó a mis oídos la voz de tu salutación, la criatura saltó de alegría

en mi vientre. 45 Bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le ha

sido dicho de parte del Señor. 46 Y María dijo: — Engrandece mi alma al

Señor; 47 y mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador, 48 porque ha mirado la

bajeza de su sierva. He aquí, pues, desde ahora me tendrán por bienaventurada

todas las generaciones, 49 porque el Poderoso ha hecho grandes cosas conmigo.

Su nombre es santo, 50 y su misericordia es de generación en generación, para

con los que le temen. 51 Hizo proezas con su brazo; esparció a los soberbios en

el pensamiento de sus corazones. 52 Quitó a los poderosos de sus tronos y

levantó a los humildes. 53 A los hambrientos sació de bienes y a los ricos los

despidió vacíos. 54 Ayudó a Israel su siervo, para acordarse de la misericordia,

55 tal como habló a nuestros padres; a Abraham y a su descendencia para

siempre. 56 Y María se quedó con ella como tres meses, y regresó a su casa.

57 Se cumplió para Elisabet el tiempo de su alumbramiento, y dio a luz un

hijo. 58 Los vecinos y los parientes oyeron que Dios había engrandecido su

misericordia hacia ella y se regocijaron con ella. 59 Aconteció que al octavo día

vinieron para circuncidar al niño, y le llamaban con el nombre de su padre,

Zacarías. 60 Y su madre respondiendo dijo: — ¡No! Más bien será llamado

Juan. 61 Y le dijeron: — No hay nadie en tu familia que se llame con este

nombre. 62 Preguntaban por señas a su padre, cómo quería llamarle. 63 Y

pidiendo una tablilla escribió diciendo: “Juan es su nombre.” Y todos se

maravillaron. 64 Al instante su boca fue abierta, y se le soltó la lengua, y comenzó

a hablar bendiciendo a Dios. 65 Cayó temor sobre todos sus vecinos, y por toda

la región montañosa de Judá se divulgaban todas estas cosas. 66 Y todos los que

las oían las guardaban en sus corazones, diciendo: — Pues, ¿quién será este

niño? Porque ciertamente la mano del Señor estaba con él.

67 Zacarías, su padre, fue lleno del Espíritu Santo y profetizó diciendo: 68

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo.

69 Ha levantado para nosotros un cuerno de salvación en la casa de su siervo

David, 70 tal como habló por boca de sus santos profetas que fueron desde

antiguo: 71 Salvación de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos

aborrecen, 72 para hacer misericordia con nuestros padres y para acordarse de

su santo pacto. 73 Este es el juramento que juró a Abraham nuestro padre, para

concedernos que, 74 una vez rescatados de las manos de los enemigos, le

sirvamos sin temor, 75 en santidad y en justicia delante de él todos nuestros días.

76 Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo; porque irás delante del Señor

para preparar sus caminos; 77 para dar a su pueblo conocimiento de salvación

en el perdón de sus pecados; 78 a causa de la entrañable misericordia de nuestro

Dios, con que la luz de la aurora nos visitará de lo alto; 79 para alumbrar a los

que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar nuestros pies

por caminos de paz. 80 Y el niño crecía y se fortalecía en espíritu, y estaba en el

desierto hasta el día de su manifestación a Israel.

Capítulo 2

1 Aconteció en aquellos días que salió un edicto de parte de César Augusto,

para levantar un censo de todo el mundo habitado. 2 Este primer censo se

realizó mientras Cirenio era gobernador de Siria. 3 Todos iban para inscribirse

en el censo, cada uno a su ciudad. 4 Entonces José también subió desde Galilea,

de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén,

porque él era de la casa y de la familia de David, 5 para inscribirse con María, su

esposa, quien estaba encinta. 6 Aconteció que, mientras ellos estaban allí, se

cumplieron los días de su alumbramiento, 7 y dio a luz a su hijo primogénito. Le

envolvió en pañales, y le acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos

en el mesón.

8 Había pastores en aquella región, que velaban y guardaban las vigilias de la

noche sobre su rebaño. 9 Y un ángel del Señor se presentó ante ellos, y la gloria

del Señor los rodeó de resplandor; y temieron con gran temor. 10 Pero el ángel

les dijo: — No temáis, porque he aquí os doy buenas nuevas de gran gozo, que

será para todo el pueblo: 11 que hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un

Salvador, que es Cristo el Señor. 12 Y esto os servirá de señal: Hallaréis al niño

envuelto en pañales y acostado en un pesebre. 13 De repente apareció con el

ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios y decían: 14

¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres de buena

voluntad! 15 Aconteció que, cuando los ángeles se fueron de ellos al cielo, los

pastores se decían unos a otros: — Pasemos ahora mismo hasta Belén y veamos

esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha dado a conocer. 16 Fueron de prisa

y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. 17 Al verle, dieron

a conocer lo que les había sido dicho acerca de este niño. 18 Todos los que

oyeron se maravillaron de lo que los pastores les dijeron; 19 pero María

guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. 20 Los pastores se

volvieron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal

como les había sido dicho.

21 Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, llamaron su

nombre Jesús, nombre que le fue puesto por el ángel antes que él fuese

concebido en el vientre. 22 Cuando se cumplieron los días de la purificación de

ellos conforme a la ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén para presentarle al

Señor 23 (así como está escrito en la ley del Señor: Todo varón que abre la

matriz será llamado santo al Señor) 24 y para dar la ofrenda conforme a lo dicho

en la ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones de paloma.

25 He aquí, había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre

era justo y piadoso; esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba

sobre él. 26 A él le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte

antes que viera al Cristo del Señor. 27 Movido por el Espíritu, entró en el templo; y

cuando los padres trajeron al niño Jesús para hacer con él conforme a la

costumbre de la ley, 28 Simeón le tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo: 29

— Ahora, Soberano Señor, despide a tu siervo en paz conforme a tu palabra;

30 porque mis ojos han visto tu salvación 31 que has preparado en presencia de

todos los pueblos: 32 luz para revelación de las naciones y gloria de tu pueblo

Israel. 33 Su padre y su madre se maravillaban de las cosas que se decían de él.

34 Y Simeón los bendijo y dijo a María su madre: — He aquí, éste es puesto

para caída y para levantamiento de muchos en Israel y para señal que será

contradicha, 35 para que sean descubiertos los pensamientos de muchos

corazones. Y una espada traspasará tu misma alma. 36 También estaba allí la

profetisa Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Ella era de edad avanzada,

pues había vivido con su marido siete años desde su matrimonio; 37 y había

quedado como viuda hasta ochenta y cuatro años. No se apartaba del templo,

sirviendo con ayunos y oraciones de noche y de día. 38 En la misma hora acudió

al templo y daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la

redención en Jerusalén. 39 Cuando cumplieron con todos los requisitos de la ley

del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. 40 El niño crecía y se

fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él.

41 Iban sus padres todos los años a Jerusalén, para la fiesta de la Pascua.

42 Cuando cumplió doce años, subieron ellos a Jerusalén conforme a la

costumbre de la fiesta. 43 Una vez acabados los días de la fiesta, mientras

ellos volvían, el niño Jesús se quedó en Jerusalén; y sus padres no lo supieron.

44 Suponiendo que él estaba en la caravana, fueron un día de camino y le

buscaban entre los parientes y los conocidos. 45 Como no le encontraron,

volvieron a Jerusalén buscándole. 46 Aconteció que después de tres días, le

encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándoles y

haciéndoles preguntas. 47 Todos los que le oían se asombraban de su

entendimiento y de sus respuestas. 48 Cuando le vieron, se maravillaron, y su

madre le dijo: — Hijo, ¿por qué has hecho así con nosotros? He aquí, tu padre y yo

te buscábamos con angustia. 49 Entonces él les dijo: — ¿Por qué me buscabais?

¿No sabíais que en los asuntos de mi Padre me es necesario estar? 50 Pero ellos

no entendieron el dicho que les habló. 51 Descendió con ellos y fue a Nazaret, y

estaba sujeto a ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. 52 Y

Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios y los hombres.

Capítulo 3

1 En el año quince del gobierno de Tiberio César, siendo Poncio Pilato

procurador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca

de las regiones de Iturea y de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia; 2 en

tiempo de los sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan hijo

de Zacarías, en el desierto. 3 Entonces él anduvo por toda la región alrededor

del Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de

pecados, 4 como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías, que

dice: Voz del que proclama en el desierto: “Preparad el camino del Señor;

enderezad sus sendas. 5 Todo valle será rellenado, y toda montaña y colina

serán rebajadas. Los senderos torcidos serán enderezados; y los caminos

ásperos, allanados; 6 y toda carne verá la salvación de Dios.” 7 Juan, pues, decía

a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: — ¡Generación de

víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? 8 Producid, pues, fruto

digno de arrepentimiento y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: “A

Abraham tenemos por padre.” Porque os digo que aun de estas piedras Dios

puede levantar hijos a Abraham. 9 También el hacha ya está puesta a la raíz de

los árboles. Por lo tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al

fuego. 10 Las multitudes le preguntaban diciendo: — Pues, ¿qué haremos?

11 Respondiendo les decía: — El que tiene dos túnicas dé al que no tiene, y el

que tiene comida haga lo mismo. 12 También fueron unos publicanos

para ser bautizados y le preguntaron: — Maestro, ¿qué haremos? 13 El les

decía: — No cobréis más de lo que os está ordenado. 14 También unos

soldados le preguntaban diciendo: — Y nosotros, ¿qué haremos? El les dijo: —

No hagáis extorsión ni denunciéis falsamente a nadie, y contentaos con vuestros

salarios.

15 Como el pueblo estaba a la expectativa, y todos especulaban en sus

corazones si acaso Juan sería el Cristo, 16 Juan respondió a todos, diciendo: —

Yo, a la verdad, os bautizo en agua. Pero viene el que es más poderoso que yo,

de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado. El os bautizará en el

Espíritu Santo y fuego. 17 Su aventador está en su mano para limpiar su era y

juntar el trigo en su granero, pero quemará la paja en el fuego que nunca se

apagará. 18 Así que, exhortando con estas y otras muchas cosas, anunciaba las

buenas nuevas al pueblo. 19 Pero el tetrarca Herodes, cuando fue reprendido

por Juan respecto de Herodía, la mujer de su hermano, y de todas las maldades

que Herodes había hecho, 20 añadió a todo también esto: Encerró a Juan en la

cárcel.

21 Aconteció que, en el tiempo en que todo el pueblo era bautizado, también

Jesús fue bautizado. Y mientras oraba, el cielo fue abierto, 22 y el Espíritu Santo

descendió sobre él en forma corporal, como paloma. Luego vino una voz del

cielo: “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.” 23 Al comenzar su

ministerio, Jesús tenía como treinta años. El era (según se creía) hijo de José,

24 hijo de Elí, hijo de Matat, hijo de Leví, hijo de Melqui, hijo de Jana, hijo de

José, 25 hijo de Matatías, hijo de Amós, hijo de Nahum, hijo de Esli, 26 hijo de

Nagai, hijo de Maat, hijo de Matatías, hijo de Semei, hijo de José, hijo de Judá,

27 hijo de Joanán, hijo de Resa, hijo de Zorobabel, hijo de Salatiel, 28 hijo de

Neri, hijo de Melqui, hijo de Adi, hijo de Cosam, hijo de Elmodam, hijo de Er,

29 hijo de Josué, hijo de Eliezer, hijo de Jorim, hijo de Matat, 30 hijo de Leví,

hijo de Simeón, hijo de Judá, hijo de José, hijo de Jonán, hijo de Eliaquim,

31 hijo de Melea, hijo de Mainán, hijo de Matata, hijo de Natán, 32 hijo de

David, hijo de Isaí, hijo de Obed, hijo de Boaz, hijo de Salá, hijo de Najsón,

33 hijo de Aminadab, hijo de Admín, hijo de Arní, hijo de Hesrón, hijo de Fares,

hijo de Judá, 34 hijo de Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abraham, hijo de Taré,

35 hijo de Nacor, hijo de Serug, hijo de Ragau, hijo de Peleg, hijo de Heber,

hijo de Sélaj, 36 hijo de Cainán, hijo de Arfaxad, hijo de Sem, hijo de Noé,

37 hijo de Lamec, hijo de Matusalén, hijo de Enoc, hijo de Jared, hijo de

Mahalaleel, hijo de Cainán, 38 hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adán, hijo de

Dios.

Capítulo 4

1 Entonces Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y fue llevado

por el Espíritu al desierto, 2 por cuarenta días, y era tentado por el diablo. No

comió nada en aquellos días; y cuando fueron cumplidos, tuvo hambre.

3 Entonces el diablo le dijo: — Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se haga

pan. 4 Jesús le respondió: — Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre. 5 Al

llevarle a una altura, le mostró todos los reinos de la tierra en un momento. 6 Y el

diablo le dijo: — A ti te daré toda autoridad, y la gloria de ellos; porque a mí me

ha sido entregada, y la doy a quien yo quiero. 7 Por esto, si tú me adoras, todo

será tuyo. 8 Respondiendo Jesús, le dijo: — Escrito está: Al Señor tu Dios

adorarás, y a él solo servirás. 9 Y le llevó a Jerusalén y le puso de pie sobre el

pináculo del templo, y le dijo: — Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo.

10 Porque escrito está: A sus ángeles dará órdenes acerca de ti para que te

guarden, 11 y en sus manos te llevarán, de modo que nunca tropieces con tu pie

en piedra. 12 Respondiendo Jesús le dijo: — Dicho está: No pondrás a prueba al

Señor tu Dios. 13 Cuando el diablo acabó toda tentación, se apartó de él por

algún tiempo.

14 Entonces Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y su fama se

difundió por toda la tierra de alrededor. 15 El enseñaba en las sinagogas de ellos,

y era glorificado por todos. 16 Fue a Nazaret, donde se había criado, y

conforme a su costumbre, el día sábado entró en la sinagoga, y se levantó para

leer. 17 Se le entregó el rollo del profeta Isaías; y cuando abrió el rollo, encontró

el lugar donde estaba escrito: 18 El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me

ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado para

proclamar libertad a los cautivos y vista a los ciegos, para poner en libertad a los

oprimidos 19 y para proclamar el año agradable del Señor. 20 Después de

enrollar el libro y devolverlo al ayudante, se sentó. Y los ojos de todos en la

sinagoga estaban fijos en él. 21 Entonces comenzó a decirles: — Hoy se ha

cumplido esta Escritura en vuestros oídos. 22 Todos daban testimonio de él y

estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían:

— ¿No es éste el hijo de José? 23 Entonces él les dijo: — Sin duda, me

diréis este refrán: “Médico, sánate a ti mismo. Hemos oído que sucedieron

tantas cosas en Capernaúm; haz lo mismo también aquí en tu tierra.” 24 — Y

añadió — : De cierto os digo, que ningún profeta es aceptado en su tierra.

25 Pero en verdad os digo que había muchas viudas en Israel en los días de

Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran

hambre en toda la tierra; 26 pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una

mujer viuda en Sarepta de Sidón. 27 También había muchos leprosos en Israel

en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue sanado, sino el sirio

Naamán. 28 Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira, 29 y se

levantaron y le echaron fuera de la ciudad. Luego le llevaron hasta un precipicio

del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. 30 Pero él

pasó por en medio de ellos y se fue.

31 Entonces descendió a Capernaúm, ciudad de Galilea, y les enseñaba los

sábados. 32 Y se asombraban de su enseñanza, porque su palabra era con

autoridad. 33 Estaba en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu de demonio

inmundo, y él exclamó a gran voz: 34 — ¡Ah! ¿Qué tienes con nosotros, Jesús

de Nazaret? ¿Has venido para destruirnos? Yo sé quién eres: ¡el Santo de Dios!

35 Jesús le reprendió, diciendo: — ¡Cállate y sal de él! Entonces el demonio

salió de él, derribándole allí en medio de todos, pero sin hacerle ningún daño.

36 Todos quedaron asombrados y hablaban entre sí diciendo: — ¿Qué palabra

es ésta, que con autoridad y poder manda a los espíritus inmundos, y salen? 37 Y

su fama se divulgaba por todos los lugares de la región. 38 Levantándose Jesús,

se apartó de la sinagoga y entró en casa de Simón. Y la suegra de Simón estaba

postrada con una fuerte fiebre, y le rogaron por ella. 39 El se inclinó hacia ella y

reprendió a la fiebre, y la fiebre la dejó; y en seguida ella se levantó y comenzó a

servirles. 40 Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos de diversas

dolencias los trajeron a él. Y él, al poner las manos sobre cada uno de ellos, los

sanaba. 41 Y también de muchos salían demonios, dando gritos y diciendo: “¡Tú

eres el Hijo de Dios!” Pero él los reprendía y no les dejaba hablar, porque ellos

sabían que él era el Cristo. 42 Siendo ya de día, salió y se fue a un lugar desierto,

y las multitudes le buscaban. Acudieron a él y le detenían para que no se

apartara de ellos. 43 Pero él les dijo: “Me es necesario anunciar el evangelio del

reino de Dios a otras ciudades también, porque para esto he sido enviado.” 44 E

iba predicando por las sinagogas de Galilea.

Capítulo 5

1 Aconteció que, mientras las multitudes se agolpaban sobre él y escuchaban

la palabra de Dios, Jesús estaba de pie junto al lago de Genesaret, 2 y vio dos

barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían salido de ellas y

estaban lavando sus redes. 3 Al entrar él en una de las barcas, la cual pertenecía

a Simón, pidió a éste que la apartase de tierra un poco. Luego se sentó y

enseñaba a las multitudes desde la barca. 4 Cuando acabó de hablarles, dijo a

Simón: — Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. 5 Simón le

respondió y dijo: — Maestro, toda la noche hemos trabajado duro y no hemos

pescado nada. Pero por tu palabra echaré la red. 6 Cuando lo hicieron,

atraparon una gran cantidad de peces, y sus redes se rompían. 7 Hicieron señas

a sus compañeros que estaban en la otra barca, para que viniesen a ayudarles.

Ellos vinieron y llenaron ambas barcas, de manera que se hundían. 8 Y Simón

Pedro, al verlo, cayó de rodillas ante Jesús exclamando: — ¡Apártate de mí,

Señor, porque soy hombre pecador! 9 Por la pesca que habían logrado, el temor

se apoderó de Pedro y de todos los que estaban con él, 10 y de igual manera de

Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran socios de Simón. Entonces Jesús

dijo a Simón: — No temas; de aquí en adelante estarás pescando hombres.

11 Después de sacar las barcas a tierra, lo dejaron todo y le siguieron.

12 Aconteció que, estando Jesús en una de las ciudades, he aquí había un

hombre lleno de lepra. El vio a Jesús, y postrándose sobre su rostro, le rogó

diciendo: — Señor, si quieres, puedes limpiarme. 13 Entonces extendió la mano

y le tocó diciendo: — Quiero. ¡Sé limpio! Al instante la lepra desapareció de él.

14 Y Jesús le mandó que no se lo dijera a nadie; más bien, le dijo: — Vé y

muéstrate al sacerdote y da por tu purificación la ofrenda que mandó Moisés,

para testimonio a ellos. 15 Sin embargo, su fama se extendía cada vez más, y se

juntaban a él muchas multitudes para oírle y para ser sanadas de sus

enfermedades. 16 Pero él se apartaba a los lugares desiertos y oraba.

17 Y aconteció en uno de esos días que Jesús estaba enseñando, y estaban

sentados allí unos fariseos y maestros de la ley que habían venido de todas las

aldeas de Galilea, de Judea y Jerusalén. El poder del Señor estaba con él para

sanar. 18 Y he aquí, unos hombres traían sobre una camilla a un hombre que era

paralítico, y procuraban llevarlo adentro y ponerlo delante de Jesús.

19 Al no encontrar cómo hacerlo a causa de la multitud, subieron encima de la

casa y juntamente con la camilla, le bajaron por el tejado en medio, delante de

Jesús. 20 Al ver la fe de ellos, Jesús le dijo: — Hombre, tus pecados te son

perdonados. 21 Entonces los escribas y los fariseos comenzaron a razonar

diciendo: — ¿Quién es éste, que habla blasfemias? ¿Quién puede perdonar

pecados, sino sólo Dios? 22 Pero Jesús, dándose cuenta de los razonamientos

de ellos, respondió y les dijo: — ¿Qué razonáis en vuestros corazones? 23 ¿Qué

es más fácil? ¿Decir: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate y

anda”? 24 Pero para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la

tierra para perdonar pecados, — dijo al paralítico — : A ti te digo: ¡Levántate,

toma tu camilla y vete a tu casa! 25 De inmediato se levantó en presencia de

ellos, tomó la camilla en que estaba recostado y se fue a su casa glorificando a

Dios. 26 El asombro se apoderó de todos, y glorificaban a Dios. Fueron llenos

de temor y decían: — ¡Hoy hemos visto maravillas!

27 Después de esto, Jesús salió y vio a un publicano llamado Leví, sentado

en el lugar de los tributos públicos. Y le dijo: — ¡Sígueme! 28 El, dejándolo

todo, se levantó y le siguió. 29 Entonces Leví le hizo un gran banquete en su

casa, y había un gran número de publicanos y otros que estaban a la mesa con

ellos. 30 Los fariseos y sus escribas murmuraban contra los discípulos de él,

diciendo: — ¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?

31 Respondiendo Jesús les dijo: — Los sanos no tienen necesidad de médico,

sino los que están enfermos. 32 No he venido a llamar a justos, sino a pecadores

al arrepentimiento. 33 Entonces ellos le dijeron: — Los discípulos de Juan ayunan

muchas veces y hacen oraciones, igual que los de los fariseos, pero los tuyos

comen y beben. 34 Jesús les dijo: — ¿Acaso podéis hacer que los que están de

bodas ayunen mientras el novio está con ellos? 35 Pero vendrán días cuando el

novio les será quitado. Entonces, en aquellos días ayunarán. 36 Les decía

también una parábola: — Nadie corta un parche de un vestido nuevo para

remendar un vestido viejo. De otra manera, el vestido nuevo se rompe, y el

parche tomado del nuevo no armoniza con lo viejo. 37 Ni nadie echa vino nuevo

en odres viejos. De otra manera, el vino nuevo romperá los odres; el vino se

derramará, y los odres se perderán. 38 Pero el vino nuevo debe ser echado en

odres nuevos. 39 Y ninguno que bebe lo añejo quiere el nuevo, porque dice: “Lo

añejo es lo mejor.”

Capítulo 6

1 Aconteció que Jesús pasaba por los sembrados en sábado, y sus

discípulos arrancaban espigas y las comían, restregándolas con las manos. 2 Y

algunos de los fariseos dijeron: — ¿Por qué hacéis lo que no es lícito hacer en

los sábados? 3 Respondiéndoles, Jesús dijo: — ¿No habéis leído qué hizo David

cuando tuvo hambre él y también los que estaban con él? 4 Entró en la casa de

Dios, tomó los panes de la Presencia, que no es lícito comer, sino sólo a los

sacerdotes, y comió y dio también a los que estaban con él. 5 — También les

decía — : El Hijo del Hombre es Señor del sábado. 6 Aconteció en otro sábado

que él entró en la sinagoga y enseñaba. Y estaba allí un hombre cuya mano

derecha estaba paralizada. 7 Los escribas y los fariseos le acechaban para ver si

le sanaría en sábado, para hallar de qué acusarle. 8 Pero él, conociendo los

razonamientos de ellos, dijo al hombre que tenía la mano paralizada: —

Levántate y ponte en medio. El se levantó y se puso en medio. 9 Entonces Jesús

les dijo: — Yo os pregunto: ¿Es lícito en el sábado hacer bien o hacer mal?

¿Salvar la vida o quitarla? 10 Y mirándolos a todos en derredor, dijo al hombre:

— Extiende tu mano. El lo hizo, y su mano le fue restaurada. 11 Entonces ellos se

llenaron de enojo y discutían los unos con los otros qué podrían hacer con Jesús.

12 Aconteció en aquellos días que Jesús salió al monte para orar, y pasó

toda la noche en oración a Dios. 13 Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos

y de ellos escogió a doce, a quienes también llamó apóstoles: 14 a Simón al cual

también llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Jacobo y a Juan; a Felipe y a

Bartolomé; 15 a Mateo y a Tomás; a Jacobo hijo de Alfeo, y a Simón llamado el

Zelote; 16 a Judas hijo de Jacobo, y a Judas Iscariote, que también llegó a ser el

traidor. 17 Descendió con ellos y se detuvo en una llanura, junto con una multitud

de sus discípulos y un gran número de personas de toda Judea, de Jerusalén, y

de las costas de Tiro y de Sidón, que habían venido para oírle y para ser

sanados de sus enfermedades. 18 Los que eran atormentados por espíritus

inmundos eran sanados, 19 y toda la gente procuraba tocarle; porque salía poder

de él, y sanaba a todos.

20 Y alzando él los ojos hacia sus discípulos, decía: “Bienaventurados

vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. 21 “Bienaventurados los

que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. “Bienaventurados los que

ahora lloráis, porque reiréis. 22 “Bienaventurados sois cuando los hombres os

aborrecen, cuando os apartan de sí y os vituperan, y desechan vuestro nombre

como si fuera malo, por causa del Hijo del Hombre. 23 Gozaos en aquel día y

saltad de alegría, porque he aquí vuestro galardón es grande en el cielo; pues así

hacían sus padres a los profetas. 24 “Pero ¡ay de vosotros los ricos! Porque

estáis recibiendo vuestro consuelo. 25 “¡Ay de vosotros, los que ahora estáis

saciados! Porque tendréis hambre. “¡Ay de vosotros, los que ahora os reís!

Porque lamentaréis y lloraréis. 26 “¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres

hablan bien de vosotros! Porque así hacían sus padres con los falsos profetas.

27 “Pero a vosotros los que oís, os digo: Amad a vuestros enemigos y haced

bien a los que os aborrecen; 28 bendecid a los que os maldicen y orad por los

que os maltratan. 29 Al que te hiera en la mejilla, preséntale también la otra; y al

que te quite el manto, no le niegues la túnica. 30 A cualquiera que te pida, dale; y

al que tome lo que es tuyo, no se lo vuelvas a pedir. 31 “Y como queréis que

hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos.

32 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los

pecadores aman a los que los aman. 33 Y si hacéis bien a los que os hacen bien,

¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. 34 Y si dais

prestado a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? Pues

también los pecadores dan prestado a los pecadores para recibir otro tanto.

35 “Más bien, amad a vuestros enemigos y haced bien y dad prestado sin

esperar ningún provecho. Entonces vuestra recompensa será grande, y seréis

hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y los perversos.

36 Sed misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.

37 “No juzguéis, y no seréis juzgados. No condenéis, y no seréis

condenados. Perdonad, y seréis perdonados. 38 Dad, y se os dará; medida

buena, apretada, sacudida y rebosante se os dará en vuestro regazo. Porque

con la medida con que medís, se os volverá a medir.” 39 Entonces les dijo una

parábola: “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el

hoyo? 40 El discípulo no es superior a su maestro, pero cualquiera que es

plenamente instruido será como su maestro. 41 ¿Por qué miras la brizna de paja

que está en el ojo de tu hermano pero dejas de ver la viga que está en tu propio

ojo? 42 ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que yo saque la

brizna de tu ojo’, sin que mires la viga que está en tu ojo? ¡Hipócrita! Saca

primero la viga de tu ojo, y entonces verás bien para sacar la brizna que está en

el ojo de tu hermano. 43 “No es buen árbol el que da malos frutos, ni es árbol

malo el que da buen fruto. 44 Porque cada árbol es conocido por su fruto; pues

no se recogen higos de los espinos, ni tampoco se vendimian uvas de una zarza.

45 El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón, presenta lo bueno; y el

hombre malo, del mal tesoro de su corazón, presenta lo malo. Porque de la

abundancia del corazón habla la boca. 46 “¿Por qué me llamáis: ‘Señor, Señor’, y

no hacéis lo que digo? 47 Yo os mostraré a qué es semejante todo aquel que viene

a mí y oye mis palabras, y las hace. 48 Es semejante a un hombre que al edificar

una casa cavó profundo y puso los cimientos sobre la roca. Y cuando vino una

inundación, el torrente golpeó con ímpetu contra aquella casa, y no la pudo mover,

porque había sido bien construida. 49 Pero el que oye y no hace es semejante a un

hombre que edificó su casa sobre tierra, sin cimientos. El torrente golpeó con

ímpetu contra ella; en seguida cayó, y fue grande la ruina de aquella casa.”

Capítulo 7

1 Una vez concluidas todas sus palabras al pueblo que le escuchaba, Jesús

entró en Capernaúm. 2 Y el siervo de cierto centurión, a quien él tenía en mucha

estima, estaba enfermo y a punto de morir. 3 Cuando oyó hablar de Jesús, le

envió ancianos de los judíos para rogarle que fuera y sanara a su siervo. 4 Ellos

fueron a Jesús y le rogaban con insistencia, diciéndole: — El es digno de que le

concedas esto; 5 porque ama a nuestra nación y él mismo nos edificó la

sinagoga. 6 Jesús fue con ellos. Y cuando ya no estaban muy lejos de su casa, el

centurión le envió unos amigos para decirle: — Señor, no te molestes, porque no

soy digno de que entres bajo mi techo. 7 Por eso, no me tuve por digno de ir a

ti. Más bien, di la palabra, y mi criado será sanado. 8 Porque yo también soy

hombre puesto bajo autoridad y tengo soldados bajo mi mando. Y digo a éste:

“Vé”, y él va; digo al otro: “Ven”, y él viene; y digo a mi siervo: “Haz esto”, y él

lo hace. 9 Cuando Jesús oyó esto, se maravilló de él; y dándose vuelta, dijo a la

gente que le seguía: — ¡Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe!

10 Cuando volvieron a casa los que habían sido enviados, hallaron sano al

siervo.

11 Aconteció que poco después él fue a la ciudad que se llama Naín. Sus

discípulos y una gran multitud le acompañaban. 12 Cuando llegó cerca de la

puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar un muerto, el único hijo de

su madre, la cual era viuda. Bastante gente de la ciudad la acompañaba. 13 Y

cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: — No llores. 14 Luego

se acercó y tocó el féretro, y los que lo llevaban se detuvieron. Entonces le dijo:

— Joven, a ti te digo: ¡Levántate! 15 Entonces el que había muerto se sentó y

comenzó a hablar. Y Jesús lo entregó a su madre. 16 El temor se apoderó de

todos, y glorificaban a Dios diciendo: — ¡Un gran profeta se ha levantado entre

nosotros! ¡Dios ha visitado a su pueblo! 17 Y esto que se decía de él se difundió

por toda Judea y por toda la tierra de alrededor. 18 A Juan le informaron sus

discípulos acerca de todas estas cosas. Entonces Juan llamó a dos de sus

discípulos

19 y los envió al Señor, para preguntarle: “¿Eres tú aquel que ha de venir, o

esperaremos a otro?” 20 Cuando los hombres vinieron a Jesús, le dijeron: —

Juan el Bautista nos ha enviado a ti, diciendo: “¿Eres tú aquel que ha de venir, o

esperaremos a otro?” 21 En aquella hora Jesús sanó a muchos de enfermedades,

de plagas y de espíritus malos; y a muchos ciegos les dio la vista. 22 Y

respondiendo les dijo: — Id y haced saber a Juan lo que habéis visto y oído:

Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son hechos limpios, los sordos

oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres se les anuncia el evangelio.

23 Bienaventurado es el que no toma ofensa en mí. 24 Cuando se fueron los

mensajeros de Juan, Jesús comenzó a hablar de Juan a las multitudes: — ¿Qué

salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? 25 Entonces,

¿qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido de ropa delicada? He aquí, los que

llevan ropas lujosas y viven en placeres están en los palacios reales. 26 Entonces,

¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? ¡Sí, os digo, y más que profeta! 27 El es aquel

de quien está escrito: He aquí envío mi mensajero delante de tu rostro, quien

preparará tu camino delante de ti. 28 Os digo que entre los nacidos de mujer, no

hay ninguno mayor que Juan. Sin embargo, el más pequeño en el reino de Dios

es mayor que él. 29 Al oírle, todo el pueblo y los publicanos justificaron a Dios,

siendo bautizados con el bautismo de Juan. 30 Pero los fariseos y los intérpretes

de la ley rechazaron el propósito de Dios para ellos, no siendo bautizados por

él. 31 — ¿A qué, pues, compararé a los hombres de esta generación? ¿A qué

son semejantes? 32 Son semejantes a los muchachos que se sientan en la plaza, y

gritan los unos a los otros, diciendo: “Os tocamos la flauta, y no bailasteis;

entonamos canciones de duelo, y no llorasteis.” 33 Porque ha venido Juan el

Bautista, que no come pan ni bebe vino, y decís: “¡Demonio tiene!” 34 Ha venido

el Hijo del Hombre que come y bebe, y decís: “¡He allí un hombre comilón y

bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores!” 35 Pero la sabiduría es

justificada por todos sus hijos.

36 Uno de los fariseos le pidió que comiera con él; y cuando entró en la casa

del fariseo, se sentó a la mesa. 37 Y he aquí, cuando supo que Jesús estaba a la

mesa en casa del fariseo, una mujer que era pecadora en la ciudad llevó un

frasco de alabastro con perfume. 38 Y estando detrás de Jesús, a sus pies,

llorando, comenzó a mojar los pies de él con sus lágrimas; y los secaba con los

cabellos de su cabeza. Y le besaba los pies y los ungía con el perfume. 39 Al ver

esto el fariseo que le había invitado a comer, se dijo a sí mismo: — Si éste fuera

profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, porque

es una pecadora. 40 Entonces, respondiendo Jesús le dijo: — Simón, tengo algo

que decirte. El dijo: — Di, Maestro. 41 — Cierto acreedor tenía dos deudores:

Uno le debía quinientos denarios, y el otro, cincuenta. 42 Como ellos no tenían

con qué pagar, perdonó a ambos. Entonces, ¿cuál de éstos le amará más?

43 Respondiendo Simón dijo: — Supongo que aquel a quien perdonó más. Y él

le dijo: — Has juzgado correctamente. 44 Y vuelto hacia la mujer, dijo a Simón:

— ¿Ves esta mujer? Yo entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; pero

ésta ha mojado mis pies con lágrimas y los ha secado con sus cabellos. 45 Tú no

me diste un beso, pero desde que entré, ésta no ha cesado de besar mis pies.

46 Tú no ungiste mi cabeza con aceite, pero ésta ha ungido mis pies con

perfume. 47 Por lo cual, te digo que sus muchos pecados son perdonados,

puesto que amó mucho. Pero al que se le perdona poco, poco ama. 48 — Y a

ella le dijo — : Tus pecados te son perdonados. 49 Los que estaban con él a la

mesa comenzaron a decir entre sí: — ¿Quién es éste, que hasta perdona

pecados? 50 Entonces Jesús dijo a la mujer: — Tu fe te ha salvado; vete en paz.

Capítulo 8

1 Aconteció después, que él andaba de ciudad en ciudad y de aldea en

aldea, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios. Los doce iban

con él, 2 y también algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus

malignos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la cual habían salido

siete demonios; 3 Juana, la mujer de Cuza, administrador de Herodes; Susana, y

muchas otras. Ellas les servían con sus bienes.

4 Juntándose una gran multitud y los que de cada ciudad acudían a él, les

habló por medio de una parábola: 5 “Un sembrador salió a sembrar su semilla.

Mientras sembraba, una parte cayó junto al camino y fue pisoteada; y las aves

del cielo la comieron. 6 Otra parte cayó sobre la roca, y cuando creció, se secó,

porque no tenía humedad. 7 Otra parte cayó entre los espinos, y los espinos

crecieron al mismo tiempo y la ahogaron. 8 Y otra parte cayó en buena tierra, y

cuando creció, llevó fruto a ciento por uno.” Hablando de estas cosas, exclamó:

“El que tiene oídos para oír, oiga.” 9 Sus discípulos le preguntaron qué

significaba esta parábola. 10 Y él dijo: “A vosotros se os ha concedido conocer

los misterios del reino de Dios; pero a los demás, en parábolas, para que viendo

no vean, y oyendo no entiendan. 11 “Esta es, pues, la parábola: La semilla es la

palabra de Dios. 12 Los de junto al camino son los que oyen, pero luego viene el

diablo y quita la palabra de sus corazones, para que no crean y sean salvos.

13 Los de sobre la roca son los que, cuando oyen, reciben la palabra con gozo.

Pero éstos no tienen raíz; por un tiempo creen y en el tiempo de la prueba se

apartan. 14 En cuanto a la parte que cayó entre los espinos, éstos son los que

oyeron; pero mientras siguen su camino, son ahogados por las preocupaciones,

las riquezas y los placeres de la vida, y no llegan a la madurez. 15 Pero en cuanto

a la parte que cayó en buena tierra, éstos son los que, al oír con corazón bueno

y recto, retienen la palabra oída; y llevan fruto con perseverancia. 16 “Ninguno

que enciende una lámpara la cubre con una vasija, o la pone debajo de la cama,

sino que la pone sobre un candelero, para que los que entren vean la luz.

17 Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado, ni nada

escondido que no haya de ser conocido y salir en claro. 18 “Mirad, pues, cómo

oís; porque a cualquiera que tenga, le será dado, y a cualquiera que no tenga,

aun lo que piense tener le será quitado.” 19 Vinieron hacia él su madre y sus

hermanos, pero no podían llegar a él a causa de la multitud. 20 Entonces se le

avisó: — Tu madre y tus hermanos están fuera, deseando verte. 21 Pero él

respondiendo les dijo: — Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la

palabra de Dios y la hacen.

22 Aconteció en uno de aquellos días, que él entró en una barca, y también

sus discípulos. Y les dijo: — Pasemos a la otra orilla del lago. Y zarparon.

23 Pero mientras ellos navegaban, él se durmió. Entonces se desencadenó una

tempestad de viento en el lago, y ellos se anegaban y peligraban.

24 Acercándose a él, le despertaron diciendo: — ¡Maestro, Maestro!

¡Perecemos! Y despertándose, reprendió al viento y al oleaje del agua; y

cesaron, y se hizo bonanza. 25 Entonces les dijo: — ¿Dónde está vuestra fe?

Atemorizados, se maravillaron diciéndose los unos a los otros: — ¿Quién es

éste, que manda aun a los vientos y al agua, y le obedecen? 26 Navegaron a la

tierra de los gadarenos, que está frente a Galilea. 27 Al bajarse él a tierra, le salió

al encuentro un hombre de la ciudad, el cual tenía demonios. Desde hacía mucho

tiempo no había llevado ropa, ni vivía en una casa, sino entre los sepulcros.

28 Pero cuando vio a Jesús, exclamó, se postró delante de él y dijo a gran voz:

— ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Te ruego que no me

atormentes! 29 Porque Jesús había mandado al espíritu inmundo que saliera del

hombre, pues se había apoderado de él desde hacía mucho tiempo. Para

guardarlo, lo ataban con cadenas y con grillos, pero rompiendo las ataduras era

impelido por el demonio a los desiertos. 30 Jesús le preguntó, diciendo: —

¿Cómo te llamas? Y él dijo: — Legión. Porque muchos demonios habían

entrado en él; 31 y le rogaban que no los mandase al abismo. 32 Había allí un

hato de muchos cerdos que pacía en la montaña; y le rogaron que les dejase

entrar en aquéllos, y él les dio permiso. 33 Cuando los demonios salieron del

hombre, entraron en los cerdos; y el hato se precipitó por un despeñadero al

lago, y se ahogó. 34 Los que apacentaban los cerdos, al ver lo que había

acontecido, huyeron y dieron aviso en la ciudad y por los campos. 35 Y salieron

a ver lo que había acontecido. Fueron a Jesús y hallaron al hombre de quien

habían salido los demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido y en su juicio

cabal; y tuvieron miedo. 36 Los que lo habían visto les contaron cómo había sido

salvado aquel endemoniado. 37 Entonces toda la multitud de la región de los

gadarenos le rogó que se apartara de ellos, porque tenían mucho temor. Jesús

subió a la barca y regresó. 38 El hombre de quien habían salido los demonios le

rogaba que le dejase estar con él. Pero Jesús le respondió diciendo: 39

Vuelve a tu casa y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios por ti. Y él se fue,

proclamando por toda la ciudad cuán grandes cosas Jesús había hecho por él.

40 Al regresar Jesús, toda la gente le recibió gozosa, porque todos le

esperaban. 41 Y he aquí vino un hombre llamado Jairo, que era principal de la

sinagoga. Se postró a los pies de Jesús y le imploró que fuese a su casa,

42 porque tenía una hija única, de unos doce años, que se estaba muriendo.

Mientras él iba, las multitudes le apretujaban. 43 Y una mujer, que padecía de

hemorragia desde hacía doce años (la cual, aunque había gastado todo su

patrimonio en médicos, no pudo ser sanada por nadie), 44 se le acercó por

detrás y tocó el borde del manto de Jesús. De inmediato se detuvo su

hemorragia. 45 Entonces dijo Jesús: — ¿Quién es el que me ha tocado? Y como

todos negaban, Pedro le dijo: — Maestro, las multitudes te aprietan y presionan.

46 Jesús dijo: — Alguien me ha tocado, porque yo sé que ha salido poder de mí.

47 Entonces, cuando la mujer vio que no había pasado inadvertida, fue

temblando; y postrándose delante de él, declaró ante todo el pueblo por qué

causa le había tocado, y cómo había sido sanada al instante. 48 El le dijo: —

Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz. 49 Mientras él aún hablaba, vino uno de la

casa del principal de la sinagoga para decirle: — Tu hija ha muerto. No molestes

más al Maestro. 50 Al oír esto, Jesús le respondió: — No temas; sólo cree, y ella

será salva. 51 Cuando llegó a la casa, no dejó entrar consigo a nadie, sino sólo a

Pedro, a Juan, a Jacobo, y al padre y a la madre de la niña. 52 Todos lloraban y

lamentaban por ella. Pero él dijo: — No lloréis. Ella no ha muerto, sino que

duerme. 53 Ellos se burlaban de él, sabiendo que ella había muerto. 54 Pero él la

tomó de la mano, y habló a gran voz diciendo: — Niña, levántate. 55 Entonces

su espíritu volvió a ella, y al instante se levantó. Y él ordenó que le diesen de

comer. 56 Sus padres quedaron atónitos, y él les mandó que a nadie dijesen lo

que había sucedido.

Capítulo 9

1 Reuniendo a los doce, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios

y para sanar enfermedades. 2 Los envió a predicar el reino de Dios y a sanar a

los enfermos. 3 Y les dijo: — No toméis nada para el camino, ni bastón, ni

bolsa, ni pan, ni dinero; ni tengáis dos túnicas. 4 En cualquier casa en que entréis,

permaneced allí, y de allí salid. 5 Y dondequiera que no os reciban, al salir de

aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies como testimonio contra ellos.

6 Y saliendo, pasaban de aldea en aldea, anunciando el evangelio y sanando por

todas partes. 7 El tetrarca Herodes oyó de todo lo que estaba pasando; y estaba

perplejo, porque algunos decían que Juan había resucitado de los muertos.

8 Otros decían que Elías había aparecido, y otros que alguno de los antiguos

profetas había resucitado. 9 Pero Herodes dijo: “A Juan yo lo decapité. ¿Quién,

pues, es éste de quien escucho tales cosas?” Y procuraba verle.

10 Cuando los apóstoles regresaron, contaron a Jesús todo lo que habían

hecho. Y él los tomó consigo y se retiró aparte a la ciudad llamada Betsaida.

11 Pero al saberlo las multitudes, le siguieron; y él los recibió y les hablaba del

reino de Dios y sanaba a los que tenían necesidad de ser sanados. 12 El día

comenzó a declinar, y los doce se acercaron a él y le dijeron: — Despide a la

gente para que vayan a las aldeas y a los campos de alrededor, y se alojen y

hallen comida, porque aquí estamos en un lugar desierto. 13 El les dijo: —

Dadles vosotros de comer. Pero ellos dijeron: — No tenemos más que cinco

panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros y compremos comida

para todo este pueblo. 14 Porque eran como cinco mil hombres. Entonces dijo a

sus discípulos: — Haced que se sienten en grupos de unos cincuenta cada uno.

15 Y así lo hicieron, haciendo que todos se sentaran. 16 Entonces Jesús tomó los

cinco panes y los dos pescados, y alzando los ojos al cielo, los bendijo. Luego

los partió e iba dando a sus discípulos para que los pusiesen delante de la gente.

17 Todos comieron y se saciaron, y de lo que sobró recogieron doce canastas

de pedazos.

18 Aconteció que, mientras él estaba orando aparte, sus discípulos estaban

con él, y les preguntó diciendo: — ¿Quién dice la gente que soy yo?

19 Respondiendo ellos dijeron: — Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; y

otros, que alguno de los antiguos profetas ha resucitado. 20 Y les dijo: — Y

vosotros, ¿quién decís que soy yo? Entonces Pedro respondiendo dijo: — El

Cristo de Dios. 21 Pero él les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie.

22 Y les dijo: — Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y

que sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los

escribas, y que sea muerto y que resucite al tercer día. 23 Decía entonces a

todos: — Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz

cada día y sígame. 24 Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que

pierda su vida por causa de mí, la salvará. 25 Pues, ¿de qué le sirve al hombre si

gana el mundo entero y se destruye o se pierde a sí mismo? 26 Pues el que se

avergüence de mí y de mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo del Hombre

cuando venga en su gloria y la del Padre y la de los santos ángeles. 27 Y os digo,

en verdad, que hay algunos de los que están aquí presentes que no gustarán la

muerte hasta que hayan visto el reino de Dios.

28 Aconteció, como ocho días después de estas palabras, que tomó consigo

a Pedro, a Juan y a Jacobo, y subió al monte a orar. 29 Y mientras oraba, la

apariencia de su rostro se hizo otra, y sus vestiduras se hicieron blancas y

resplandecientes. 30 Y he aquí, dos hombres hablaban con él. Eran Moisés y

Elías, 31 quienes aparecieron en gloria y hablaban de su partida, que él

iba a cumplir en Jerusalén. 32 Pedro y los otros con él estaban cargados de

sueño; pero se mantuvieron vigilando y vieron su gloria y a dos hombres que

estaban con él. 33 Aconteció que, mientras aquéllos se apartaban de él, Pedro

dijo a Jesús, sin saber lo que decía: — Maestro, nos es bueno estar aquí.

Levantemos, pues, tres enramadas: una para ti, otra para Moisés y otra para

Elías. 34 Mientras él estaba diciendo esto, vino una nube y les hizo sombra. Y

ellos tuvieron temor cuando entraron en la nube. 35 Entonces de la nube salió una

voz que decía: “Este es mi Hijo, el Escogido. A él oíd.” 36 Cuando cesó la voz,

Jesús fue hallado solo. Y ellos callaron, y en aquellos días no dijeron a nadie

nada de lo que habían visto.

37 Aconteció al día siguiente, cuando habían bajado del monte, que una gran

multitud le salió al encuentro. 38 Y he aquí, un hombre de la multitud clamó

diciendo: — Maestro, te ruego que veas a mi hijo, que es el único que tengo.

39 He aquí un espíritu le toma, y de repente grita y le convulsiona con

espumarajos; le hace pedazos y difícilmente se aparta de él. 40 Yo rogué a tus

discípulos que le echasen fuera, pero no pudieron. 41 Respondiendo Jesús, dijo:

— ¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros y

os soportaré? Trae a tu hijo acá. 42 Y mientras aún se acercaba, el demonio le

derribó y le convulsionó. Pero Jesús reprendió al espíritu inmundo y sanó al

muchacho, y se lo entregó a su padre.

43 Y todos se maravillaban de la grandeza de Dios. Como todos se

maravillaban de todas las cosas que hacía, dijo a sus discípulos: 44 — Poned en

vuestros oídos estas palabras, porque el Hijo del Hombre ha de ser entregado

en manos de hombres. 45 Pero ellos no entendían este dicho, pues les estaba

encubierto para que no lo percibieran. Y temían preguntarle acerca de este

dicho. 46 Entonces hubo una discusión entre los discípulos: cuál de ellos sería el

más importante. 47 Pero Jesús, percibiendo los razonamientos de sus corazones,

tomó a un niño y lo puso a su lado, 48 y les dijo: — Cualquiera que reciba a este

niño en mi nombre me recibe a mí; y cualquiera que me reciba a mí recibe al que

me envió. Porque el que es más pequeño entre todos vosotros, éste es el más

importante. 49 Entonces respondiendo Juan dijo: — Maestro, vimos a cierto

hombre echando fuera demonios en tu nombre, y se lo prohibimos, porque no

sigue con nosotros. 50 Jesús le dijo: — No se lo prohibáis. Porque el que no es

contra vosotros, por vosotros es.

51 Aconteció que, cuando se cumplía el tiempo en que había de ser recibido

arriba, él afirmó su rostro para ir a Jerusalén. 52 Envió mensajeros delante de sí,

los cuales fueron y entraron en una aldea de los samaritanos para hacerle

preparativos, 53 pero no le recibieron porque vieron en su cara que iba a

Jerusalén. 54 Al ver esto sus discípulos Jacobo y Juan, le dijeron: — Señor,

¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo y los consuma? 55 El se

dio vuelta y los reprendió, 56 y fueron a otra aldea.

57 Mientras ellos iban por el camino, cierto hombre le dijo: — ¡Te seguiré a

dondequiera que vayas! 58 Jesús le dijo: — Las zorras tienen cuevas, y las aves

del cielo tienen nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la

cabeza. 59 Dijo a otro: — Sígueme. Pero él dijo: — Señor, permíteme ir primero

a enterrar a mi padre. 60 Y Jesús le dijo: — Deja que los muertos entierren a sus

muertos; pero tú, ¡vé y anuncia el reino de Dios! 61 Entonces también dijo otro:

— Te seguiré, Señor, pero primero permite que me despida de los que están en

mi casa. 62 Pero Jesús le dijo: — Ninguno que ha puesto su mano en el arado y

sigue mirando atrás, es apto para el reino de Dios.

Capítulo 10

1 Después de estas cosas, el Señor designó a otros setenta, a los cuales

envió delante de sí de dos en dos, a toda ciudad y lugar a donde él había de ir.

2 Y les decía: “A la verdad, la mies es mucha, pero los obreros son pocos.

Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies. 3 ¡Id! He aquí yo

os envío como corderos en medio de lobos. 4 No llevéis bolsa, ni alforjas, ni

calzado; ni saludéis a nadie por el camino. 5 “En cualquier casa donde entréis,

primeramente decid: ‘Paz sea a esta casa.’ 6 Si hay allí un hijo de paz, vuestra

paz reposará sobre él; pero si no, volverá a vosotros. 7 Posad en aquella misma

casa, comiendo y bebiendo lo que os den; porque el obrero es digno de su

salario. No andéis de casa en casa. 8 En cualquier ciudad donde entréis y os

reciban, comed lo que os pongan delante. 9 Sanad a los enfermos que haya allí y

decidles: ‘El reino de Dios se ha acercado a vosotros.’ 10 “Pero en cualquier

ciudad donde entréis y no os reciban, salid a sus calles y decid: 11 ’Aun el polvo

de vuestra ciudad que se ha pegado a nuestros pies, lo sacudimos contra

vosotros. Pero sabed esto: que el reino de Dios se ha acercado.’ 12 Os digo que

en aquel día será más tolerable para Sodoma que para aquella ciudad. 13 “¡Ay

de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si se hubieran realizado en Tiro y en

Sidón los hechos poderosos que han sido realizados en vosotras, desde hace

tiempo se habrían arrepentido sentados en saco y ceniza. 14 Por lo tanto, en el

juicio será más tolerable para Tiro y Sidón que para vosotras. 15 Y tú,

Capernaúm, ¿serás exaltada hasta el cielo? ¡Hasta el Hades serás hundida!

16 “El que os escucha me escucha a mí; el que os rechaza me rechaza a mí; y el

que me rechaza, rechaza al que me envió.”

17 Los setenta volvieron con gozo, diciendo: — Señor, ¡aun los demonios se

nos sujetan en tu nombre! 18 El les dijo: — Yo veía a Satanás caer del cielo

como un rayo. 19 He aquí, os doy autoridad de pisar serpientes, escorpiones, y

sobre todo el poder del enemigo; y nada os dañará. 20 Sin embargo, no os

regocijéis de esto, de que los espíritus se os sujeten; sino regocijaos de que

vuestros nombres están inscritos en los cielos. 21 En aquella misma hora Jesús se

regocijó en el Espíritu Santo y dijo: “Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de

la tierra, porque has escondido estas cosas de los sabios y entendidos y las has

revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó. 22 “Todas las cosas me

han sido entregadas por mi Padre. Nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre;

ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.”

23 Volviéndose a los discípulos les dijo aparte: — Bienaventurados los ojos que

ven lo que vosotros veis. 24 Porque os digo que muchos profetas y reyes

desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo

oyeron.

25 Y he aquí, cierto maestro de la ley se levantó para probarle, diciendo: —

Maestro, ¿haciendo qué cosa poseeré la vida eterna? 26 Y él le dijo: — ¿Qué

está escrito en la ley? ¿Cómo lees? 27 El le respondió diciendo: — Amarás al

Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y

con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. 28 Le dijo: — Has

respondido bien. Haz esto y vivirás. 29 Pero él, queriendo justificarse, preguntó a

Jesús: — ¿Y quién es mi prójimo? 30 Respondiendo Jesús dijo: — Cierto

hombre descendía de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de ladrones, quienes le

despojaron de su ropa, le hirieron y se fueron, dejándole medio muerto. 31 Por

casualidad, descendía cierto sacerdote por aquel camino; y al verle, pasó de

largo. 32 De igual manera, un levita también llegó al lugar; y al ir y verle, pasó de

largo. 33 Pero cierto samaritano, que iba de viaje, llegó cerca de él; y al verle,

fue movido a misericordia. 34 Acercándose a él, vendó sus heridas, echándoles

aceite y vino. Y poniéndole sobre su propia cabalgadura, le llevó a un mesón y

cuidó de él. 35 Al día siguiente, sacó dos denarios y los dio al mesonero

diciéndole: “Cuídamelo, y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando

vuelva.” 36 ¿Cuál de estos tres te parece haber sido el prójimo de aquel que

cayó en manos de ladrones? 37 El dijo: — El que hizo misericordia con él.

Entonces Jesús le dijo: — Vé y haz tú lo mismo.

38 Prosiguiendo ellos su camino, él entró en una aldea; y una mujer llamada

Marta le recibió en su casa. 39 Esta tenía una hermana que se llamaba María, la

cual se sentó a los pies del Señor y escuchaba su palabra. 40 Pero Marta estaba

preocupada con muchos quehaceres, y acercándose dijo: — Señor, ¿no te

importa que mi hermana me haya dejado servir sola? Dile, pues, que me ayude.

41 Pero respondiendo el Señor le dijo: — Marta, Marta, te afanas y te

preocupas por muchas cosas. 42 Pero una sola cosa es necesaria. Pues María ha

escogido la buena parte, la cual no le será quitada.

Capítulo 11

1 Aconteció que, estando Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno

de sus discípulos le dijo: — Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó

a sus discípulos. 2 El les dijo: — Cuando oréis, decid: “Padre nuestro que estás

en los cielos: Santificado sea tu nombre; venga tu reino; sea hecha tu voluntad,

como en el cielo, así también en la tierra. 3 el pan nuestro de cada día, dánoslo

hoy; 4 y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a

todos los que nos deben. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal.”

5 Les dijo también: — Supongamos que uno de vosotros tiene un amigo y va a

él a la medianoche y le dice: “Amigo, préstame tres panes, 6 porque ha llegado a

mí un amigo de viaje, y no tengo nada que poner delante de él.” 7 ¿Le

responderá aquél desde adentro: “No me molestes; ya está cerrada la puerta, y

mis niños están conmigo en la cama; no puedo levantarme para dártelos”? 8 Os

digo que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, ciertamente por la

insistencia de aquél se levantará y le dará todo lo que necesite. 9 Y yo os digo:

Pedid, y se os dará; buscad y hallaréis; llamad, y se os abrirá. 10 Porque todo

aquel que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abrirá. 11 ¿Qué

padre de entre vosotros, si su hijo le pide pescado, en lugar de pescado le dará

una serpiente? 12 O si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? 13 Pues si

vosotros, siendo malos, sabéis dar buenos regalos a vuestros hijos, ¿cuánto más

vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que le pidan?

14 Jesús estaba echando fuera un demonio que era mudo. Y aconteció que,

cuando salió el demonio, el mudo habló. Las muchedumbres se asombraron,

15 pero algunos de ellos dijeron: — Por Beelzebul, el príncipe de los demonios,

echa fuera a los demonios. 16 Otros, para probarle, pedían de él una señal del

cielo. 17 Pero como conocía los razonamientos de ellos, les dijo: — Todo reino

dividido contra sí mismo está arruinado, y cae casa sobre casa. 18 Y si Satanás

está dividido contra sí mismo, ¿cómo permanecerá en pie su reino? Pues decís

que por Beelzebul yo echo fuera los demonios. 19 Y si yo echo fuera los

demonios por Beelzebul, ¿por quién los echan fuera vuestros hijos? Por tanto,

ellos serán vuestros jueces. 20 Pero si por el dedo de Dios yo echo fuera los

demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios. 21 Cuando el

hombre fuerte y armado guarda su propia casa, sus posesiones están en paz.

22 Pero si viene uno más fuerte que él y le vence, le toma todas sus armas en que

confiaba y reparte sus despojos. 23 El que no está conmigo, contra mí está; y el

que conmigo no recoge, desparrama. 24 Cuando el espíritu inmundo ha salido de

un hombre, anda por lugares secos buscando reposo, y al no hallarlo, dice:

“Volveré a mi casa de donde salí.” 25 Y cuando regresa, la halla barrida y

adornada. 26 Entonces va y trae otros siete espíritus peores que él. Y después

de entrar, habitan allí; y el estado final de aquel hombre llega a ser peor que el

primero.

27 Mientras él decía estas cosas, aconteció que una mujer de entre la

multitud levantó la voz y le dijo: — ¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los

pechos que mamaste! 28 Y él dijo: — Más bien, bienaventurados son los que

oyen la palabra de Dios y la guardan.

29 Y apiñándose las multitudes, él comenzó a decir: “Esta generación es una

generación malvada. Pide señal, y no le será dada ninguna señal, sino la señal de

Jonás. 30 Porque como Jonás fue señal para los habitantes de Nínive, así

también lo será el Hijo del Hombre para esta generación. 31 La reina del Sur se

levantará en el juicio contra los hombres de esta generación y los condenará,

porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón. ¡Y he

aquí uno mayor que Salomón está en este lugar! 32 Los hombres de Nínive se

levantarán en el juicio contra esta generación y la condenarán, porque ellos se

arrepintieron ante la predicación de Jonás. ¡Y he aquí uno mayor que Jonás

está en este lugar! 33 “Al encender una lámpara nadie la pone en oculto, ni

debajo de un cajón, sino sobre un candelero para que todos los que entren vean

la luz. 34 La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Cuando tu ojo está sano, también

todo tu cuerpo está lleno de luz. Pero cuando es malo, también tu cuerpo está en

tinieblas. 35 Mira, pues, no sea que la luz que hay en ti sea tinieblas. 36 Así que,

si todo tu cuerpo está lleno de luz y no tiene ninguna parte oscura, estará todo

lleno de luz como cuando una lámpara te alumbra con su resplandor.”

37 Cuando Jesús acabó de hablar, un fariseo le rogó que comiese con él; y

habiendo entrado Jesús en su casa, se sentó a la mesa. 38 Y el fariseo se

asombró al ver que no se lavó antes de comer. 39 Entonces el Señor le dijo: —

Vosotros los fariseos limpiáis el exterior de la copa o del plato, pero vuestro

interior está lleno de rapiña y de maldad. 40 Necios, ¿el que hizo lo de fuera no

hizo también lo de dentro? 41 Pero dad con misericordia de las cosas que están

dentro, y he aquí, todas las cosas os serán limpias. 42 ¡Ay de vosotros, fariseos!

Porque diezmáis la menta, la ruda y toda hortaliza, pero pasáis por alto el juicio

y el amor de Dios. Es necesario hacer estas cosas, sin pasar por alto aquéllas.

43 ¡Ay de vosotros, fariseos! Porque amáis los primeros asientos en las

sinagogas y las salutaciones en las plazas. 44 ¡Ay de vosotros! Porque sois como

sepulcros ocultos, y los hombres que andan por encima no lo saben.

45 Respondió uno de los maestros de la ley y le dijo: — Maestro, cuando dices

esto, también nos afrentas a nosotros. 46 Y él le dijo: — ¡Ay de vosotros

también, maestros de la ley! Porque imponéis a los hombres cargas que no

pueden llevar, pero vosotros mismos no las tocáis ni aun con uno de vuestros

dedos. 47 ¡Ay de vosotros! Porque edificáis los sepulcros de los profetas, pero

vuestros padres los mataron. 48 Con eso, sois testigos y consentís en los hechos

de vuestros padres; porque a la verdad ellos los mataron, pero vosotros edificáis

sus sepulcros. 49 Por esto, la sabiduría de Dios también dijo: “Les enviaré

profetas y apóstoles; y de ellos, a unos matarán y a otros perseguirán;” 50 para

que de esta generación sea demandada la sangre de todos los profetas que ha

sido derramada desde la fundación del mundo; 51 desde la sangre de Abel hasta

la sangre de Zacarías, quien pereció entre el altar y el santuario. Así os digo, la

sangre de ellos será demandada de esta generación. 52 ¡Ay de vosotros,

maestros de la ley! Porque habéis quitado la llave del conocimiento. Vosotros

mismos no entrasteis, y a los que entraban se lo habéis impedido. 53 Cuando

salió de allí, los escribas y los fariseos comenzaron a presionarle mucho y a

provocarle a que hablase de muchas cosas, 54 acechándole para cazar algo de

su boca.

Capítulo 12

1 En esto, habiéndose juntado una multitud de miles y miles, tanto que se

pisoteaban unos a otros, él comenzó a decir primeramente a sus discípulos:

“Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. 2 Porque no hay

nada encubierto que no haya de ser revelado, ni oculto que no haya de ser

conocido. 3 Más bien, las cosas que habéis dicho en las tinieblas serán oídas en

la luz, y lo que habéis hablado al oído en las habitaciones será pregonado en las

azoteas. 4 “Y os digo a vosotros mis amigos: No temáis a los que matan el

cuerpo, y después no tienen nada peor que hacer. 5 Pero yo os enseñaré a quién

debéis temer: Temed a aquel que, después de haber dado muerte, tiene poder

de echar en el infierno. Sí, os digo: A éste temed. 6 ¿No se venden cinco

pajaritos por dos cuartos? Pues ni uno de ellos está olvidado delante de Dios.

7 Pero aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis; más

valéis vosotros que muchos pajaritos. 8 “Os digo que todo aquel que me

confiese delante de los hombres, también el Hijo del Hombre le confesará

delante de los ángeles de Dios; 9 pero el que me niegue delante de los hombres

será negado delante de los ángeles de Dios. 10 A todo aquel que diga palabra en

contra del Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que blasfeme contra el

Espíritu Santo, no le será perdonado. 11 “Cuando os lleven a las sinagogas y a

los magistrados y autoridades, no estéis preocupados de cómo o qué

responderéis, o qué habréis de decir. 12 Porque el Espíritu Santo os enseñará en

aquella hora lo que se debe decir.”

13 Le dijo uno de la multitud: — Maestro, dile a mi hermano que reparta

conmigo la herencia. 14 Y él le dijo: — Hombre, ¿quién me ha puesto como juez

o repartidor sobre vosotros? 15 Y les dijo: — Mirad, guardaos de toda codicia,

porque la vida de uno no consiste en la abundancia de los bienes que posee.

16 Entonces les refirió una parábola, diciendo: — Las tierras de un hombre rico

habían producido mucho. 17 Y él razonaba dentro de sí, diciendo: “¿Qué haré?

Porque ya no tengo dónde juntar mis productos.” 18 Entonces dijo: “¡Esto haré!

Derribaré mis graneros y edificaré otros más grandes. Allí juntaré todo mi grano

y mis bienes, 19 y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes almacenados

para muchos años. Descansa, come, bebe, alégrate.” 20 Pero Dios le dijo:

“¡Necio! Esta noche vienen a pedir tu alma; y lo que has provisto, ¿para quién

será?” 21 Así es el que hace tesoro para sí y no es rico para con Dios.

22 Dijo a sus discípulos: — Por tanto, os digo: No os afanéis por vuestra

vida, qué habéis de comer; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. 23 La

vida es más que el alimento, y el cuerpo es más que el vestido. 24 Considerad los

cuervos, que ni siembran, ni siegan, ni tienen almacenes ni graneros; y Dios los

alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros que las aves! 25 ¿Quién de vosotros

podrá, con afanarse, añadir un codo a su estatura? 26 Pues si no podéis lo que

es menos, ¿por qué estáis afanosos de lo demás? 27 Considerad los lirios, cómo

crecen. No trabajan, ni hilan; y os digo que ni aun Salomón, con toda su gloria,

fue vestido como uno de ellos. 28 Si Dios viste así la hierba, que hoy está en el

campo y mañana es echada en el horno, ¡cuánto más hará por vosotros,

hombres de poca fe! 29 Vosotros, pues, no busquéis qué habéis de comer o qué

habéis de beber, ni estéis ansiosos. 30 Porque todas estas cosas busca la gente

del mundo; pero vuestro Padre sabe que necesitáis estas cosas. 31 Más bien,

buscad su reino, y estas cosas os serán añadidas. 32 No temáis, manada

pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino. 33 Vended

vuestros bienes y dad ofrendas de misericordia. Haceos bolsas que no se

envejecen, un tesoro inagotable en los cielos, donde no se acerca el ladrón, ni la

polilla destruye. 34 Porque donde esté vuestro tesoro, allí también estará vuestro

corazón. 35 Estén ceñidos vuestros lomos y encendidas vuestras lámparas. 36 Y

sed vosotros semejantes a los siervos que esperan a su señor cuando ha de

volver de las bodas, para que le abran al instante en que llegue y llame.

37 Bienaventurados aquellos siervos a quienes el señor les encuentre velando

cuando llegue. De cierto os digo que se ceñirá y hará que se sienten a la mesa, y

viniendo les servirá. 38 Aunque venga a la segunda vigilia, y aunque venga a la

tercera vigilia, si los halla así, ¡bienaventurados aquellos siervos! 39 Sabed que si

el dueño de casa hubiera sabido a qué hora habría de venir el ladrón, no habría

permitido que forzara la entrada a su casa. 40 Vosotros también estad

preparados, porque a la hora que no penséis, vendrá el Hijo del Hombre.

41 Entonces Pedro le dijo: — Señor, ¿dices esta parábola para nosotros, o

también para todos? 42 Y dijo el Señor: — ¿Quién es, pues, el mayordomo fiel y

prudente, a quien el señor pondrá sobre los de su casa para que les dé sus

raciones a su debido tiempo? 43 Bienaventurado será aquel siervo

a quien, cuando su señor venga, le encuentre haciéndolo así. 44 En verdad os

digo que le pondrá sobre todos sus bienes. 45 Pero si aquel siervo dice en su

corazón: “Mi señor tarda en venir” y comienza a golpear a los siervos y a las

siervas, y a comer y a beber y a embriagarse, 46 vendrá el señor de aquel siervo

en el día que no espera y a la hora que no sabe, y le castigará duramente y

pondrá su parte con los incrédulos. 47 Porque aquel siervo que entendió la

voluntad de su señor y no se preparó ni hizo conforme a su voluntad, recibirá

muchos azotes. 48 Pero el que no entendió, aunque hizo cosas dignas de azotes,

recibirá pocos azotes. Porque de todo aquel a quien le ha sido dado mucho,

mucho se demandará de él; y de aquel a quien confiaron mucho, se le pedirá

más. 49 He venido a echar fuego en la tierra. ¡Y cómo quisiera que ya estuviese

encendido! 50 Tengo un bautismo con que ser bautizado, ¡y cómo me angustio

hasta que se cumpla! 51 ¿Pensáis que he venido a dar paz en la tierra? ¡Os digo

que no, sino a causar división! 52 Porque de aquí en adelante cinco en una casa

estarán divididos: tres contra dos y dos contra tres. 53 El padre estará dividido

contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la

madre; la suegra contra su nuera, y la nuera contra su suegra.

54 Decía también a las multitudes: — Cuando veis la nube que sale del

poniente, luego decís: “Va a llover.” Y así sucede. 55 Cuando sopla el viento del

sur, decís: “Hará calor.” Y lo hace. 56 ¡Hipócritas! Sabéis interpretar el aspecto

del cielo y de la tierra, ¿y cómo no sabéis interpretar este tiempo? 57 ¿Por qué

no juzgáis vosotros mismos lo que es justo? 58 Pues cuando vayas al magistrado

con tu adversario, procura con diligencia arreglarte con él en el camino, no sea

que te arrastre al juez y el juez te entregue al policía, y el policía te meta en la

cárcel. 59 Te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado la última blanca.