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LUCAS

Capítulo 13

1 En aquella misma ocasión, algunos estaban allí contándole de ciertos

galileos cuya sangre Pilato había mezclado con la sangre de sus sacrificios.

2 Respondiendo Jesús les dijo: “¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron

estas cosas, habrán sido más pecadores que todos los galileos? 3 Os digo que

no; más bien, si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. 4 O aquellos

dieciocho sobre los cuales cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que ellos

habrán sido más culpables que todos los hombres que viven en Jerusalén?

5 Os digo que no; más bien, si no os arrepentís, todos pereceréis de la misma

manera.”

6 Entonces dijo esta parábola: “Cierto hombre tenía una higuera plantada en

su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo halló. 7 Entonces dijo al viñador: ‘He

aquí, ya son tres años que vengo buscando fruto en esta higuera y no lo hallo.

Por tanto, córtala. ¿Por qué ha de inutilizar también la tierra?’ 8 Entonces él le

respondió diciendo: ‘Señor, déjala aún este año, hasta que yo cave alrededor de

ella y la abone. 9 Si da fruto en el futuro, bien; y si no, la cortarás.’“

10 Jesús enseñaba en una de las sinagogas en el sábado. 11 Y he aquí una

mujer que tenía espíritu de enfermedad desde hacía dieciocho años; andaba

encorvada y de ninguna manera se podía enderezar. 12 Cuando Jesús la vio, la

llamó y le dijo: — Mujer, quedas libre de tu enfermedad. 13 Puso las manos

sobre ella, y al instante se enderezó y glorificaba a Dios. 14 Y respondiendo el

principal de la sinagoga, enojado de que Jesús hubiese sanado en sábado, decía

a la gente: — Seis días hay en la semana en los cuales se debe trabajar. Venid,

pues, en estos días y sed sanados, y no en el día de sábado. 15 Entonces el

Señor le respondió diciendo: — ¡Hipócrita! ¿No desata cada uno de vosotros

en sábado su buey o su asno del pesebre y lo lleva a beber? 16 Y a ésta, siendo

hija de Abraham, a quien Satanás ha tenido atada por dieciocho años, ¿no debía

ser librada de esta atadura en el día de sábado? 17 Cuando él decía estas cosas,

todos sus adversarios se avergonzaban. Y todo el pueblo se regocijaba por

todas las cosas gloriosas que él hacia.

18 Por lo tanto, él decía: — ¿A qué es semejante el reino de Dios? ¿A qué

lo compararé? 19 Es semejante a un grano de mostaza que un hombre tomó y

sembró en su huerto; y creció y se convirtió en un árbol, y las aves del cielo

hicieron nidos en sus ramas. 20 Otra vez dijo: — ¿A qué compararé el reino de

Dios? 21 Es semejante a la levadura que una mujer tomó y escondió en tres

medidas de harina, hasta que todo quedó leudado. 22 Jesús pasaba por las

ciudades y aldeas, enseñando y caminando hacia Jerusalén.

23 Entonces alguien le dijo: — Señor, ¿son pocos los que se salvan? Y él les

dijo: 24 — Esforzaos a entrar por la puerta angosta, porque os digo que muchos

procurarán entrar, y no podrán. 25 Después que el dueño de casa se levante y

cierre la puerta, vosotros, afuera, comenzaréis a llamar a la puerta diciendo:

“¡Señor, ábrenos!” Pero respondiendo él os dirá: “No os conozco de dónde

sois.” 26 Entonces comenzaréis a decir: “Delante de ti hemos comido y bebido, y

en nuestras plazas enseñaste.” 27 Pero os hablará diciendo: “No os conozco de

dónde sois. ¡Apartaos de mí todos los que hacéis iniquidad!” 28 Allí habrá llanto

y crujir de dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los

profetas en el reino de Dios, y a vosotros echados fuera. 29 Vendrán del oriente

y del occidente, del norte y del sur; y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.

30 He aquí, hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos.

31 En la misma hora llegaron ciertos fariseos y le dijeron: — Sal y vete de

aquí, porque Herodes te quiere matar. 32 El les dijo: — Id y decid a ese zorro:

“He aquí echo fuera demonios y realizo sanidades hoy y mañana, y al tercer día

termino.” 33 Sin embargo, es necesario que yo siga mi camino hoy, mañana y

pasado mañana; porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén.

34 ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son

enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, así como la gallina junta sus

pollitos debajo de sus alas, y no quisiste! 35 He aquí vuestra casa os es dejada

desierta. Os digo que no me veréis más, hasta que venga el día cuando digáis:

“¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”

Capítulo 14

1 Aconteció un sábado, cuando él entró en casa de uno de los principales de

los fariseos para comer pan, que ellos le observaban cuidadosamente. 2 Y he

aquí un hombre hidrópico estaba delante de él. 3 Entonces respondiendo Jesús,

habló a los maestros de la ley y a los fariseos, diciendo: — ¿Es lícito sanar en

sábado, o no? 4 Pero ellos callaron. Entonces él le tomó, le sanó y le despidió.

5 Y dijo a ellos: — ¿Cuál de vosotros, si su hijo o su buey cae en un pozo, no lo

sacará de inmediato en el día de sábado? 6 Y no le podían responder a estas

cosas.

7 Observando a los invitados, cómo escogían los primeros asientos a la

mesa, refirió una parábola diciéndoles: 8 — Cuando seas invitado por alguien a

una fiesta de bodas, no te sientes en el primer lugar; no sea que otro más

distinguido que tú haya sido invitado por él, 9 y que viniendo el que os invitó a ti

y al otro, te diga: “Da lugar a éste”, y luego comiences con vergüenza a ocupar

el último lugar. 10 Más bien, cuando seas invitado, vé y siéntate en

el último lugar; para que cuando venga el que te invitó, diga: “Amigo, sube más

arriba.” Entonces tendrás gloria delante de los que se sientan contigo a la mesa.

11 Porque cualquiera que se enaltece será humillado, y el que se humilla será

enaltecido. 12 Dijo también al que le había invitado: — Cuando hagas comida o

cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus

vecinos ricos; no sea que ellos te vuelvan a invitar a ti, y te sea hecha

compensación. 13 Pero cuando hagas banquete, llama a los pobres, a los

mancos, a los cojos y a los ciegos. 14 Y serás bienaventurado, porque ellos no te

pueden retribuir, pero te será recompensado en la resurrección de los justos.

15 Al oír esto, uno de los que estaban sentados juntos a la mesa le dijo: —

¡Bienaventurado el que coma pan en el reino de Dios! 16 Pero él le dijo: — Un

hombre hizo un gran banquete e invitó a muchos. 17 A la hora del banquete envió

a su siervo para decir a los invitados: “Venid, porque ya está preparado.”

18 Pero todos a una comenzaron a disculparse. El primero dijo: “He comprado

un campo y necesito salir para verlo; te ruego que me disculpes.” 19 El otro dijo:

“He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos. Te ruego que me

disculpes.” 20 El otro dijo: “Acabo de casarme y por tanto no puedo ir.”

21 Cuando volvió el siervo, hizo saber estas cosas a su señor. Entonces se enojó

el dueño de casa y dijo a su siervo: “Vé pronto a las plazas y a las calles de la

ciudad y trae acá a los pobres, a los mancos, a los ciegos y a los cojos.”

22 Luego dijo el siervo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste, y aún queda

lugar.” 23 El señor dijo al siervo: “Vé por los caminos y por los callejones, y

exígeles a que entren para que mi casa se llene. 24 Pues os digo que ninguno de

aquellos hombres que fueron invitados gustará de mi banquete.”

25 Grandes multitudes iban con él, y él se volvió y les dijo: 26 “Si alguno

viene a mí y no aborrece a su padre, madre, mujer, hijos, hermanos, hermanas y

aun su propia vida, no puede ser mi discípulo. 27 Y cualquiera que no toma su

propia cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo. 28 Porque ¿cuál de

vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos,

a ver si tiene lo que necesita para acabarla? 29 No sea que después de haber

puesto los cimientos y al no poderla terminar, todos los que la vean comiencen a

burlarse de él, 30 diciendo: ‘Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar.’

31 ¿O qué rey, que sale a hacer guerra contra otro rey, no se sienta primero y

consulta si puede salir con diez mil al encuentro del que viene con veinte mil?

32 De otra manera, cuando el otro rey está todavía lejos, le envía una embajada

y pide condiciones de paz. 33 Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia

a todas las cosas que posee, no puede ser mi discípulo. 34 “Buena es la sal; pero

si la sal se vuelve insípida, ¿con qué será sazonada? 35 No es buena ni para la

tierra ni para abono; por eso la arrojan fuera. Quien tiene oídos para oír, oiga.”

Capítulo 15

1 Se acercaban a él todos los publicanos y pecadores para oírle, 2 y los

fariseos y los escribas murmuraban diciendo: — Este recibe a los pecadores y

come con ellos. 3 Entonces él les refirió esta parábola, diciendo: 4 — ¿Qué

hombre de vosotros, si tiene cien ovejas, y pierde una de ellas, no deja las

noventa y nueve en el desierto y va tras la que se ha perdido, hasta hallarla? 5 Y

al hallarla, la pone sobre sus hombros gozoso, 6 y cuando llega a casa reúne a

sus amigos y vecinos, y les dice: “Gozaos conmigo, porque he hallado mi oveja

que se había perdido.” 7 Os digo que del mismo modo habrá más gozo en el

cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no

necesitan de arrepentimiento. 8 ¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde

una dracma, no enciende una lámpara, barre la casa y busca con empeño hasta

hallarla? 9 Cuando la halla, reúne a sus amigas y vecinas, y les dice: “Gozaos

conmigo, porque he hallado la dracma que estaba perdida.” 10 Os digo que del

mismo modo hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se

arrepiente.

11 Dijo además: — Un hombre tenía dos hijos. 12 El menor de ellos dijo a su

padre: “Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde.” Y él les

repartió los bienes. 13 No muchos días después, habiendo juntado todo, el hijo

menor se fue a una región lejana, y allí desperdició sus bienes viviendo

perdidamente. 14 Cuando lo hubo malgastado todo, vino una gran hambre en

aquella región, y él comenzó a pasar necesidad. 15 Entonces fue y se allegó a

uno de los ciudadanos de aquella región, el cual le envió a su campo para

apacentar los cerdos. 16 Y él deseaba saciarse con las algarrobas que comían

los cerdos, y nadie se las daba. 17 Entonces volviendo en sí, dijo: “¡Cuántos

jornaleros en la casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco

de hambre! 18 Me levantaré, iré a mi padre y le diré: ‘Padre, he pecado contra el

cielo y ante ti. 19 Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de

tus jornaleros.’“ 20 Se levantó y fue a su padre. Cuando todavía estaba lejos

, su padre le vio y tuvo compasión. Corrió y se echó sobre su cuello, y le besó.

21 El hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y ante ti, y ya no soy digno

de ser llamado tu hijo.” 22 Pero su padre dijo a sus siervos: “Sacad de inmediato

el mejor vestido y vestidle, y poned un anillo en su mano y calzado en sus pies.

23 Traed el ternero engordado y matadlo. Comamos y regocijémonos, 24 porque

este mi hijo estaba muerto y ha vuelto a vivir; estaba perdido y ha sido hallado.”

Y comenzaron a regocijarse. 25 Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando vino,

se acercó a la casa y oyó la música y las danzas. 26 Después de llamar a uno de

los criados, le preguntó qué era aquello. 27 Este le dijo: “Tu hermano ha venido,

y tu padre ha mandado matar el ternero engordado, por haberle recibido sano y

salvo.” 28 Entonces él se enojó y no quería entrar. Salió, pues, su padre y le

rogaba que entrase. 29 Pero respondiendo él dijo a su padre: “He aquí, tantos

años te sirvo, y jamás he desobedecido tu mandamiento; y nunca me has dado

un cabrito para regocijarme con mis amigos. 30 Pero cuando vino éste tu hijo

que ha consumido tus bienes con prostitutas, has matado para él el ternero

engordado.” 31 Entonces su padre le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y

todas mis cosas son tuyas. 32 Pero era necesario alegrarnos y regocijarnos,

porque este tu hermano estaba muerto y ha vuelto a vivir; estaba perdido y ha

sido hallado.”

Capítulo 16

1 Dijo también a sus discípulos: “Había cierto hombre rico, el cual tenía un

mayordomo; y éste fue acusado delante de él como derrochador de sus bienes.

2 Su señor le llamó y le dijo: ‘¿Qué es esto que oigo de ti? Da cuenta de tu

mayordomía, porque ya no podrás ser mayordomo.’ 3 Entonces el mayordomo

se dijo a sí mismo: ‘¿Qué haré? Porque mi señor me quita la mayordomía.

Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza. 4 ¡Ya sé lo que haré para que

cuando sea destituido de la mayordomía, me reciban en sus casas!’ 5 “Entonces

llamó a cada uno de los deudores de su señor, y dijo al primero: ‘¿Cuánto debes

a mi señor?’ 6 El dijo: ‘Cien barriles de aceite.’ Y le dijo: ‘Toma tu recibo,

siéntate y de inmediato escribe: cincuenta.’ 7 Después dijo a otro: ‘Y tú, ¿cuánto

debes?’ Y él le dijo: ‘Cien medidas de trigo.’ El le dijo: ‘Toma tu recibo y

escribe: ochenta.’ 8 “Y el señor elogió al mayordomo injusto porque actuó

sagazmente, pues los hijos de este mundo son en su generación más sagaces que

los hijos de luz. 9 “Y yo os digo: Con las riquezas injustas ganaos amigos para

que cuando éstas lleguen a faltar, ellos os reciban en las moradas eternas. 10 “El

que es fiel en lo muy poco también es fiel en lo mucho, y el que en lo muy poco

es injusto también es injusto en lo mucho. 11 Así que, si con las riquezas injustas

no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero? 12 Y si en lo ajeno no fuisteis

fieles, ¿quién os dará lo que es vuestro? 13 Ningún siervo puede servir a dos

señores; porque aborrecerá al uno y amará al otro, o se dedicará al uno y

menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.” 14 Los fariseos,

que eran avaros, oían todas estas cosas y se burlaban de él. 15 Y él les dijo:

“Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres.

Pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que entre los hombres es sublime,

delante de Dios es abominación. 16 “La Ley y los Profetas fueron hasta Juan. A

partir de entonces son anunciadas las buenas nuevas del reino de Dios, y todos se

esfuerzan por entrar en él. 17 Pero más fácil es que pasen el cielo y la tierra, que

se caiga una tilde de la ley. 18 “Cualquiera que se divorcia de su mujer y se casa

con otra comete adulterio. Y el que se casa con la divorciada por su marido

comete adulterio.

19 “Cierto hombre era rico, se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada

día banquete con esplendidez. 20 Y cierto pobre, llamado Lázaro, estaba echado

a su puerta, lleno de llagas, 21 y deseaba saciarse con lo que caía de la mesa del

rico. Aun los perros venían y le lamían las llagas. 22 “Aconteció que murió el

pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico,

y fue sepultado. 23 Y en el Hades, estando en tormentos, alzó sus ojos y vio de

lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. 24 Entonces él, dando voces, dijo:

‘Padre Abraham, ten misericordia de mí y envía a Lázaro para que moje la

punta de su dedo en agua y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en

esta llama.’ 25 “Y Abraham dijo: ‘Hijo, acuérdate que durante tu vida recibiste

tus bienes; y de igual manera Lázaro, males. Pero ahora él es consolado aquí, y

tú eres atormentado. 26 Además de todo esto, un gran abismo existe entre

nosotros y vosotros, para que los que quieran pasar de aquí a vosotros no

puedan, ni de allá puedan cruzar para acá.’ 27 “Y él dijo: ‘Entonces te ruego,

padre, que le envíes a la casa de mi padre 28 (pues tengo cinco hermanos), de

manera que les advierta a ellos, para que no vengan también a este lugar de

tormento.’ 29 Pero Abraham dijo: ‘Tienen a Moisés y a los Profetas. Que les

escuchen a ellos.’ 30 Entonces él dijo: ‘No, padre Abraham. Más bien, si alguno

va a ellos de entre los muertos, se arrepentirán.’ 31 Pero Abraham le dijo:

‘Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se persuadirán si alguno se

levanta de entre los muertos.’“

Capítulo 17

1 Dijo a sus discípulos: — Es imposible que no vengan tropiezos; pero, ¡ay

de aquel que los ocasione! 2 Mejor le fuera que se le atase una piedra de molino

al cuello y que fuese lanzado al mar, que hacer tropezar a uno de estos

pequeñitos. 3 Mirad por vosotros mismos: Si tu hermano peca, repréndele; y si

se arrepiente, perdónale. 4 Si siete veces al día peca contra ti, y siete veces al día

vuelve a ti diciendo: “Me arrepiento”, perdónale. 5 Los apóstoles dijeron al

Señor: — Auméntanos la fe. 6 Entonces el Señor dijo: — Si tuvieseis fe como un

grano de mostaza, diríais a este sicómoro: “¡Desarráigate y plántate en el mar!”

Y el árbol os obedecería. 7 ¿Y quién de vosotros, teniendo un siervo que ara o

apacienta, al volver éste del campo, le dirá: “Pasa, siéntate a la mesa”? 8 Más

bien, le dirá: “Prepara para que yo cene. Cíñete y sírveme hasta que yo haya

comido y bebido. Después de eso, come y bebe tú.” 9 ¿Da gracias al siervo

porque hizo lo que le había sido mandado? 10 Así también vosotros, cuando

hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Siervos inútiles somos;

porque sólo hicimos lo que debíamos hacer.”

11 Aconteció que yendo a Jerusalén, pasaba por Samaria y Galilea.

12 Cuando entró en una aldea, salieron a su encuentro diez hombres leprosos,

los cuales se pararon de lejos 13 y alzaron la voz diciendo: — ¡Jesús, Maestro,

ten misericordia de nosotros! 14 Cuando él los vio, les dijo: — Id, mostraos a los

sacerdotes. Aconteció que mientras iban, fueron limpiados. 15 Entonces uno de

ellos, al ver que había sido sanado, volvió glorificando a Dios en alta voz. 16 Y

se postró sobre su rostro a los pies de Jesús, dándole gracias. Y éste era

samaritano. 17 Y respondiendo Jesús dijo: — ¿No eran diez los que fueron

limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? 18 ¿No hubo quién volviese y diese gloria a

Dios, sino este extranjero? 19 — Y le dijo — : Levántate, vete; tu fe te ha salvado.

20 Y cuando los fariseos le preguntaron acerca de cuándo había de venir el

reino de Dios, les respondió diciendo: — El reino de Dios no vendrá con

advertencia. 21 No dirán: “¡Mirad, aquí está!” o “¡Allí está!” Porque el reino de

Dios está en medio de vosotros. 22 Dijo a sus discípulos: — Vendrá el tiempo

cuando desearéis ver uno de los días del Hijo del Hombre y no lo veréis.

23 Os dirán: “¡Mirad, aquí está!” o “¡Mirad, allí está!” Pero no vayáis ni les

sigáis. 24 Porque como el relámpago que resplandece ilumina el cielo de un

extremo al otro, así también será el Hijo del Hombre en su día. 25 Pero primero

es necesario que él padezca mucho y sea rechazado por esta generación.

26 Como pasó en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del

Hombre: 27 Ellos comían y bebían; se casaban y se daban en casamiento, hasta

el día en que Noé entró en el arca, y vino el diluvio y los destruyó a todos.

28 Asimismo, también será como pasó en los días de Lot: Comían, bebían,

compraban, vendían, plantaban y edificaban; 29 pero el día en que Lot salió de

Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y los destruyó a todos. 30 Así será en el

día en que se manifieste el Hijo del Hombre. 31 En aquel día, el que esté en la

azotea y sus cosas estén en la casa, no descienda para tomarlas. Asimismo, el

que esté en el campo, no vuelva atrás. 32 Acordaos de la mujer de Lot.

33 Cualquiera que procure salvar su vida, la perderá; y cualquiera que la pierda,

la conservará. 34 Os digo que en aquella noche estarán dos en una cama; el uno

será tomado, y el otro será dejado. 35 Dos mujeres estarán moliendo juntas; la

una será tomada, y la otra dejada. 36 Estarán dos en el campo; el uno será

tomado, y el otro dejado. 37 Respondiendo le preguntaron: — ¿Dónde, Señor?

Y él dijo: — Donde esté el cadáver, allí se juntarán los buitres.

Capítulo 18

1 Les refirió también una parábola acerca de la necesidad de orar siempre y

no desmayar. 2 Les dijo: “En cierta ciudad había un juez que ni temía a Dios ni

respetaba al hombre. 3 Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía

a él diciendo: ‘Hazme justicia contra mi adversario.’ 4 El no quiso por algún

tiempo, pero después se dijo a sí mismo: ‘Aunque ni temo a Dios ni respeto al

hombre, 5 le haré justicia a esta viuda, porque no me deja de molestar; para que

no venga continuamente a cansarme.’“ 6 Entonces dijo el Señor: “Oíd lo que

dice el juez injusto. 7 ¿Y Dios no hará justicia a sus escogidos que claman a él de

día y de noche? ¿Les hará esperar? 8 Os digo que los defenderá pronto. Sin

embargo, cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?”

9 Dijo también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como que

eran justos y menospreciaban a los demás: 10 “Dos hombres subieron al templo

a orar. Uno era fariseo; y el otro, publicano. 11 El fariseo, de pie, oraba

consigo mismo de esta manera: ‘Dios, te doy gracias que no soy como los

demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano.

12 Ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que poseo.’ 13 Pero el

publicano, de pie a cierta distancia, no quería ni alzar los ojos al cielo, sino que

se golpeaba el pecho, diciendo: ‘Dios, sé propicio a mí, que soy pecador.’ 14 Os

digo que éste descendió a casa justificado en lugar del primero. Porque

cualquiera que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.”

15 También le presentaban los niños pequeños para que los tocase. Y los

discípulos, al ver esto, les reprendían. 16 Pero Jesús los llamó diciendo: “Dejad a

los niños venir a mí y no les impidáis, porque de los tales es el reino de Dios.

17 De cierto os digo que cualquiera que no reciba el reino de Dios como un niño,

jamás entrará en él.”

18 Le preguntó cierto hombre principal, diciendo: — Maestro bueno, ¿qué

haré para obtener la vida eterna? 19 Y Jesús le dijo: — ¿Por qué me llamas

“bueno”? Ninguno es bueno, sino sólo uno, Dios. 20 Tú conoces los

mandamientos: No cometas adulterio, no cometas homicidio, no robes, no digas

falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre. 21 Entonces él dijo: — Todo

esto lo he guardado desde mi juventud. 22 Jesús, al oírlo, le dijo: — Aún te falta

una cosa: Vende todo lo que tienes y repártelo a los pobres, y tendrás tesoro en

el cielo; y ven, sígueme. 23 Entonces él, al oír estas cosas, se entristeció mucho,

porque era muy rico. 24 Jesús, al ver que se había entristecido mucho, dijo: —

¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas! 25 Porque

más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en

el reino de Dios. 26 Los que oyeron esto dijeron: — ¿Y quién podrá ser salvo?

27 El les dijo: — Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios.

28 Entonces Pedro dijo: — He aquí, nosotros hemos dejado lo nuestro y te hemos

seguido. 29 Y él les dijo: — De cierto os digo que no hay nadie que haya dejado

casa, mujer, hermanos, padres o hijos por causa del reino de Dios, 30 que no haya

de recibir muchísimo más en este tiempo, y en la edad venidera, la vida eterna.

31 Jesús, tomando a los doce, les dijo: — He aquí subimos a Jerusalén, y se

cumplirán todas las cosas que fueron escritas por los profetas acerca del Hijo

del Hombre. 32 Porque será entregado a los gentiles, y será escarnecido,

injuriado y escupido. 33 Después que le hayan azotado, le matarán; pero al

tercer día resucitará. 34 Sin embargo, ellos no entendían nada de esto. Esta

palabra les estaba encubierta, y no entendían lo que se les decía.

35 Aconteció, al acercarse Jesús a Jericó, que un ciego estaba sentado junto

al camino, mendigando. 36 Este, como oyó pasar a la multitud, preguntó qué era

aquello. 37 Y le dijeron que pasaba Jesús de Nazaret. 38 Entonces él gritó

diciendo: — ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí! 39 Los que iban

delante le reprendían para que se callase, pero él clamaba con mayor insistencia:

— ¡Hijo de David, ten misericordia de mí! 40 Entonces Jesús se detuvo, mandó

que se lo trajesen; y cuando llegó, le preguntó 41 diciendo: — ¿Qué quieres que

te haga? Y él dijo: — Señor, que yo recobre la vista. 42 Jesús le dijo: —

Recobra la vista; tu fe te ha salvado. 43 Inmediatamente recobró la vista y le

seguía, glorificando a Dios. Y todo el pueblo al ver esto dio alabanza a Dios.

Capítulo 19

1 Habiendo entrado Jesús en Jericó, pasaba por la ciudad. 2 Y he aquí, un

hombre llamado Zaqueo, que era un principal de los publicanos y era rico,

3 procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, porque

era pequeño de estatura. 4 Entonces corrió delante y subió a un árbol sicómoro

para verle, pues había de pasar por allí. 5 Cuando Jesús llegó a aquel lugar,

alzando la vista le vio y le dijo: — Zaqueo, date prisa, desciende; porque hoy es

necesario que me quede en tu casa. 6 Entonces él descendió aprisa y le recibió

gozoso. 7 Al ver esto, todos murmuraban diciendo que había entrado a alojarse

en la casa de un hombre pecador. 8 Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al

Señor: — He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo

he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado. 9 Jesús le dijo: — Hoy ha

venido la salvación a esta casa, por cuanto él también es hijo de Abraham.

10 Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había

perdido.

11 Oyendo ellos estas cosas, prosiguió Jesús y dijo una parábola, por cuanto

estaba cerca de Jerusalén y porque ellos pensaban que inmediatamente habría

de ser manifestado el reino de Dios. 12 Dijo, pues: “Cierto hombre de noble

estirpe partió a un país lejano para recibir un reino y volver. 13 Entonces llamó a

diez siervos suyos y les dio diez minas, diciéndoles: ‘Negociad hasta que yo

venga.’ 14 “Pero sus ciudadanos le aborrecían, y enviaron tras él una embajada,

diciendo: ‘No queremos que éste reine sobre nosotros.’

15 “Aconteció que cuando él volvió después de haber tomado el reino, mandó

llamar ante sí a aquellos siervos a los cuales había dado el dinero, para saber lo

que habían negociado. 16 Vino el primero y dijo: ‘Señor, tu mina ha producido

diez minas.’ 17 Y él le dijo: ‘Muy bien, buen siervo; puesto que en lo poco has

sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades.’ 18 Vino el segundo y dijo:

‘Señor, tu mina ha hecho cinco minas.’ 19 También a éste le dijo: ‘Tú también

estarás sobre cinco ciudades.’ 20 Y vino otro y dijo: ‘Señor, he aquí tu mina, la

cual he guardado en un pañuelo. 21 Porque tuve miedo de ti, que eres hombre

severo, que tomas lo que no pusiste y cosechas lo que no sembraste.’

22 Entonces él le dijo: ‘¡Mal siervo, por tu boca te juzgo! Sabías que yo soy

hombre severo, que tomo lo que no puse y cosecho lo que no sembré. 23 ¿Por

qué, pues, no pusiste mi dinero en el banco, para que al venir yo lo cobrara

junto con los intereses?’ 24 Y dijo a los que estaban presentes: ‘Quitadle la mina

y dadla al que tiene diez minas.’ 25 Ellos le dijeron: ‘Señor, él ya tiene diez

minas.’ 26 El respondió: ‘Pues yo os digo que a todo el que tiene, le será dado;

pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. 27 Pero, en cuanto a

aquellos enemigos míos que no querían que yo reinara sobre ellos, traedlos acá y

degolladlos en mi presencia.’“

28 Después de decir esto, iba delante subiendo a Jerusalén. 29 Y aconteció

que llegando cerca de Betfagé y Betania, al monte que se llama de los Olivos,

envió a dos de sus discípulos, 30 diciendo: — Id a la aldea de enfrente, y cuando

entréis en ella, hallaréis atado un borriquillo, en el cual ningún hombre ha

montado jamás. Desatadlo y traedlo. 31 Si alguien os pregunta: “¿Por qué lo

desatáis?”, le responderéis así: “Porque el Señor lo necesita.” 32 Los que habían

sido enviados fueron y hallaron como había dicho. 33 Cuando desataban el

borriquillo, sus dueños les dijeron: — ¿Por qué desatáis el borriquillo? 34 Y ellos

dijeron: — Porque el Señor lo necesita. 35 Trajeron el borriquillo a Jesús, y

echando sobre él sus mantos, hicieron que Jesús montara encima. 36 Y mientras

él avanzaba, tendían sus mantos por el camino. 37 Cuando ya llegaba él cerca de

la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, gozándose,

comenzó a alabar a Dios a gran voz por todas las maravillas que habían visto.

38 Ellos decían: — ¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el

cielo, y gloria en las alturas! 39 Entonces, algunos de los fariseos de entre la

multitud le dijeron: — Maestro, reprende a tus discípulos. 40 El respondió

diciéndoles: — Os digo que si éstos callan, las piedras gritarán.

41 Cuando llegó cerca, al ver la ciudad, lloró por ella 42 diciendo: — ¡Oh, si

conocieses tú también, por lo menos en éste tu día, lo que conduce a tu paz!

Pero ahora está encubierto a tus ojos. 43 Porque vendrán sobre ti días en que tus

enemigos te rodearán con baluarte y te pondrán sitio, y por todos lados te

apretarán. 44 Te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti. No dejarán en ti

piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación.

45 Cuando entró en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían,

46 diciéndoles: — Escrito está: ¡Mi casa es casa de oración, pero vosotros la

habéis hecho cueva de ladrones! 47 Enseñaba cada día en el templo, pero los

principales sacerdotes y los escribas y los principales del pueblo procuraban

matarle. 48 Pero no hallaban manera de hacerle algo, porque el pueblo le

escuchaba con mucha atención.

Capítulo 20

1 Aconteció un día que estando Jesús enseñando al pueblo en el templo y

anunciando el evangelio, se le acercaron los principales sacerdotes y los escribas

con los ancianos, 2 y le hablaron diciendo: — Dinos, ¿con qué autoridad haces

estas cosas? ¿O quién es el que te dio esta autoridad? 3 Entonces respondió y

les dijo: — Yo os haré también una pregunta. Respondedme: 4 El bautismo de

Juan, ¿era del cielo o de los hombres? 5 Ellos razonaban entre sí diciendo: — Si

decimos “del cielo”, dirá: “¿Por qué, pues, no le creísteis?” 6 Y si decimos “de

los hombres”, todo el pueblo nos apedreará, porque están convencidos de que

Juan era profeta. 7 Respondieron, pues, que no sabían de dónde era. 8 Entonces

Jesús les dijo: — Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas.

9 Entonces comenzó a decir al pueblo esta parábola: — Cierto hombre

plantó una viña, la arrendó a unos labradores y se fue lejos por mucho tiempo.

10 A su debido tiempo envió un siervo a los labradores para que le diesen del

fruto de la viña. Pero los labradores le golpearon y le enviaron con las manos

vacías. 11 Y volvió a enviar otro siervo, pero también a éste, golpeándole y

afrentándole, le enviaron con las manos vacías. 12 Volvió a enviar un tercer

siervo, pero también a éste echaron, herido. 13 Entonces el señor de la viña dijo:

“¿Qué haré? Enviaré a mi hijo amado; quizás a éste le tendrán respeto.” 14 Pero

los labradores, al verle, razonaron entre sí diciendo: “Este es el heredero.

Matémosle, para que la heredad sea nuestra.” 15 Y echándole fuera de la viña, le

mataron. ¿Qué, pues, les hará el señor de la viña? 16 Vendrá y destruirá a estos

labradores y dará su viña a otros. Cuando ellos lo oyeron, dijeron: — ¡Nunca

suceda tal cosa! 17 Pero él, mirándolos, les dijo: — ¿Qué, pues, es esto que está

escrito: La piedra que desecharon los edificadores, ésta fue hecha cabeza del

ángulo? 18 Cualquiera que caiga sobre aquella piedra será quebrantado, y

desmenuzará a cualquiera sobre quien ella caiga. 19 En aquella hora los

principales sacerdotes y los escribas procuraban echarle mano, porque

entendieron que contra ellos había dicho esta parábola; pero temieron al pueblo.

20 Entonces acechándole, enviaron espías que simulasen ser justos, a fin de

sorprenderle en sus palabras, y así entregarle al poder y autoridad del

procurador. 21 Estos le preguntaron diciendo: — Maestro, sabemos que dices y

enseñas bien, y que no haces distinción entre personas, sino que enseñas el

camino de Dios con verdad. 22 ¿Nos es lícito dar tributo al César, o no? 23 Pero

él, entendiendo la astucia de ellos, les dijo: 24 — Mostradme un denario. ¿De

quién es la imagen y la inscripción que tiene? Y ellos dijeron: — Del César.

25 Entonces les dijo: — Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que

es de Dios. 26 Y no pudieron sorprenderle en ninguna palabra delante del

pueblo. Más bien callaron, maravillados de su respuesta.

27 Se acercaron algunos de los saduceos, que niegan que haya resurrección,

y le preguntaron 28 diciendo: — Maestro, Moisés nos escribió: Si el hermano de

alguno muere dejando mujer, y él no deja hijos, su hermano tome la mujer y

levante descendencia a su hermano. 29 Había, pues, siete hermanos. El primero

tomó mujer, y murió sin dejar hijos. 30 También el segundo. 31 Y la tomó el

tercero, y de la misma manera también todos los siete, y murieron sin tener hijos.

32 Por último, murió también la mujer. 33 En la resurrección, puesto que los siete

la tuvieron por mujer, ¿de cuál de ellos será mujer? 34 Entonces respondiendo

Jesús les dijo: — Los hijos de este mundo se casan y se dan en casamiento.

35 Pero los que son tenidos por dignos de alcanzar aquel mundo venidero y la

resurrección de los muertos no se casan, ni se dan en casamiento. 36 Porque ya

no pueden morir, pues son como los ángeles, y son también hijos de Dios,

siendo hijos de la resurrección. 37 Y con respecto a que los muertos han de

resucitar, también Moisés lo mostró en el relato de la zarza, cuando llama al

Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. 38 Pues Dios no es

Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos viven.

39 Le respondieron algunos de los escribas, diciendo: — Maestro, bien has

dicho. 40 Y no se atrevieron a preguntarle más. 41 El les dijo: — ¿Cómo dicen

que el Cristo es hijo de David? 42 Porque el mismo David dice en el libro de los

Salmos: Dijo el Señor a mi Señor: “Siéntate a mi diestra, 43 hasta que ponga a

tus enemigos por estrado de tus pies.” 44 Así que David le llama “Señor”; ¿cómo

es, pues, su hijo? 45 Cuando todo el pueblo le escuchaba, dijo a sus discípulos:

46 — Guardaos de los escribas, a quienes les gusta andar con ropas largas, que

aman las salutaciones en las plazas, las primeras sillas en las sinagogas y los

primeros asientos en los banquetes. 47 Estos, que devoran las casas de las

viudas y como pretexto hacen largas oraciones, recibirán mayor condenación.

Capítulo 21

1 Alzando la mirada, Jesús vio a los ricos que echaban sus ofrendas en el

arca del tesoro. 2 Vio también a una viuda pobre que echaba allí dos blancas.

3 Entonces dijo: — De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos.

4 Porque todos éstos de su abundancia echaron a las ofrendas; pero ésta, de su

pobreza, echó todo el sustento que tenía.

5 Hablando algunos acerca del templo decían que estaba adornado con

hermosas piedras y con ofrendas votivas, él dijo: 6 — En cuanto a estas cosas

que veis, vendrán días cuando no quedará piedra sobre piedra que no sea

derribada. 7 Entonces le preguntaron diciendo: — Maestro, ¿cuándo será esto?

¿Qué señal habrá cuando estas cosas estén por suceder? 8 Entonces él dijo: —

Mirad que no seáis engañados, porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo:

“Yo soy”, y “El tiempo está cerca.” No vayáis en pos de ellos. 9 Y cuando

oigáis de guerras y de revoluciones, no os atemoricéis. Porque es necesario que

estas cosas acontezcan primero, pero el fin no será de inmediato. 10

Entonces dijo — : Se levantará nación contra nación y reino contra reino.

11 Habrá grandes terremotos, hambres y pestilencias en varios lugares. Habrá

terror y grandes señales del cielo. 12 Pero antes de estas cosas os echarán mano

y os perseguirán. Os entregarán a las sinagogas y os meterán en las cárceles, y

seréis llevados delante de los reyes y gobernantes por causa de mi nombre.

13 Esto os servirá para dar testimonio. 14 Decidid, pues, en vuestros corazones

no pensar de antemano cómo habéis de responder. 15 Porque yo os daré boca y

sabiduría, a la cual no podrán resistir ni contradecir todos los que se os

opongan. 16 Y seréis entregados aun por vuestros padres, hermanos, parientes y

amigos; y harán morir a algunos de vosotros. 17 Seréis aborrecidos por todos a

causa de mi nombre, 18 pero ni un solo cabello de vuestra cabeza perecerá.

19 Por vuestra perseverancia ganaréis vuestras almas.

20 Cuando veáis a Jerusalén sitiada por ejércitos, sabed entonces que ha

llegado su destrucción. 21 Entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes;

los que estén en medio de la ciudad, salgan; y los que estén en los campos, no

entren en ella. 22 Porque éstos son días de venganza, para que se cumplan todas

las cosas que están escritas. 23 ¡Ay de las que estén encintas y de las que críen

en aquellos días! Porque habrá grande calamidad sobre la tierra e ira sobre este

pueblo. 24 Caerán a filo de espada y serán llevados cautivos a todas las

naciones. Jerusalén será pisoteada por los gentiles hasta que se cumplan los

tiempos de los gentiles. 25 Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las

estrellas. Y en la tierra habrá angustia de las naciones por la confusión ante el

rugido del mar y del oleaje. 26 Los hombres se desmayarán a causa del terror y

de la expectación de las cosas que sobrevendrán al mundo habitado, porque los

poderes de los cielos serán sacudidos. 27 Entonces verán al Hijo del Hombre

viniendo en una nube, con poder y gran gloria. 28 Cuando estas cosas comiencen

a suceder, mirad y levantad vuestras cabezas; porque vuestra redención está

cerca.

29 Y les dijo una parábola: — Mirad la higuera y todos los árboles.

30 Cuando veis que ya brotan, vosotros entendéis que el verano ya está cerca.

31 Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que el

reino de Dios está cerca. 32 De cierto os digo que no pasará esta generación

hasta que todo suceda. 33 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no

pasarán. 34 Mirad por vosotros, que vuestros corazones no estén cargados de

glotonería, de embriaguez y de las preocupaciones de esta vida, y que aquel día

venga sobre vosotros de repente como una trampa; 35 porque vendrá sobre

todos los que habitan sobre la superficie de toda la tierra. 36 Velad, pues, en

todo tiempo, orando que tengáis fuerzas para escapar de todas estas cosas que

han de suceder, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre.

37 Pasaba los diás enseñando en el templo, y saliendo al anochecer permanecía

en el monte que se llama de los Olivos. 38 Y todo el pueblo venía a él desde

temprano para oírle en el templo.

Capítulo 22

1 Estaba próximo el día de la fiesta de los panes sin levadura, que se llama la

Pascua. 2 Los principales sacerdotes y los escribas estaban buscando cómo

eliminarle, pues temían al pueblo. 3 Entonces Satanás entró en Judas, llamado

Iscariote, el cual era uno del número de los doce. 4 El fue y habló con los

principales sacerdotes y con los magistrados acerca de cómo entregarle. 5 Estos

se alegraron y acordaron darle dinero. 6 El estuvo de acuerdo y buscaba la

oportunidad para entregarle sin que la gente lo advirtiera.

7 Llegó el día de los panes sin levadura, en el cual era necesario sacrificar la

víctima pascual. 8 Jesús envió a Pedro y a Juan, diciendo: — Id, preparadnos la

Pascua para que comamos. 9 Ellos le preguntaron: — ¿Dónde quieres que la

preparemos? 10 El les dijo: — He aquí, cuando entréis en la ciudad, os saldrá al

encuentro un hombre llevando un cántaro de agua. Seguidle hasta la casa a

donde entre. 11 Decidle al dueño de la casa: “El Maestro te dice: ‘¿Dónde está

la habitación en la que he de comer la Pascua con mis discípulos?’“ 12 Y él os

mostrará un gran aposento alto, ya dispuesto. Preparad allí. 13 Fueron, pues, y

hallaron como les había dicho; y prepararon la Pascua. 14 Cuando llegó la hora,

se sentó a la mesa, y con él los apóstoles. 15 Y les dijo: — ¡Cuánto he deseado

comer con vosotros esta Pascua antes de padecer! 16 Porque os digo que no

comeré más de ella hasta que se cumpla en el reino de Dios. 17 Luego tomó una

copa, y habiendo dado gracias, dijo: — Tomad esto y repartidlo entre vosotros,

18 porque os digo que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que

venga el reino de Dios. 19 Entonces tomó pan, y habiendo dado gracias, lo

partió y les dio diciendo: — Esto es mi cuerpo que por vosotros es dado.

Haced esto en memoria de mí. 20 Asimismo, después de haber cenado, tomó

también la copa y dijo: — Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por

vosotros se derrama.

21 No obstante, he aquí la mano del que me entrega está conmigo en la

mesa. 22 A la verdad, el Hijo del Hombre va según lo que está determinado,

pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado! 23 Entonces ellos comenzaron

a preguntarse entre sí cuál de ellos sería el que habría de hacer esto. 24 Hubo

entre ellos una disputa acerca de quién de ellos parecía ser el más importante.

25 Entonces él les dijo: — Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y

los que tienen autoridad sobre ellas son llamados bienhechores. 26 Pero entre

vosotros no será así. Más bien, el que entre vosotros sea el importante, sea

como el más nuevo; y el que es dirigente, como el que sirve. 27 Porque, ¿cuál es

el más importante: el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se

sienta a la mesa? Sin embargo, yo estoy en medio de vosotros como el que

sirve. 28 Y vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas.

29 Yo, pues, dispongo para vosotros un reino, como mi Padre lo dispuso para

mí; 30 para que comáis y bebáis en mi mesa en mi reino, y os sentéis sobre

tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. 31 Simón, Simón, he aquí Satanás

os ha pedido para zarandearos como a trigo. 32 Pero yo he rogado por ti, que tu

fe no falle. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos. 33 El le dijo: —

Señor, estoy listo para ir contigo aun a la cárcel y a la muerte. 34 Pero él dijo: —

Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que tú hayas negado tres veces

que me conoces. 35 Y les dijo a ellos: — Cuando os envié sin bolsa, sin alforja y

sin calzado, ¿os faltó algo? Ellos dijeron: — Nada. 36 Entonces les dijo: — Pues

ahora, el que tiene bolsa, tómela; y también la alforja. Y el que no tiene espada,

venda su manto y compre una. 37 Porque os digo que es necesario que se

cumpla en mí aquello que está escrito: Y fue contado con los malhechores.

Porque lo que está escrito de mí tiene cumplimiento. 38 Entonces ellos dijeron:

— Señor, he aquí dos espadas. Y él dijo: — Basta.

39 Después de salir, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus

discípulos también le siguieron. 40 Cuando llegó al lugar, les dijo: — Orad que

no entréis en tentación. 41 Y él se apartó de ellos a una distancia como de un tiro

de piedra, y puesto de rodillas oraba 42 diciendo: — Padre, si quieres, aparta de

mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. 43 Entonces le apareció

un ángel del cielo para fortalecerle. 44 Y angustiado, oraba con mayor

intensidad, de modo que su sudor era como grandes gotas de sangre que caían

hasta la tierra. 45 Cuando se levantó de orar y volvió a sus discípulos, los halló

dormidos por causa de la tristeza. 46 Y les dijo: — ¿Por qué dormís? Levantaos

y orad, para que no entréis en tentación.

47 Mientras él aún hablaba, he aquí vino una multitud. El que se llamaba

Judas, uno de los doce, venía delante de ellos y se acercó a Jesús para besarle.

48 Entonces Jesús le dijo: — Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?

49 Al ver los que estaban con él lo que había de ocurrir, le dijeron: — Señor,

¿heriremos a espada? 50 Y uno de ellos hirió a un siervo del sumo sacerdote y le

cortó la oreja derecha. 51 Entonces respondiendo Jesús dijo: — ¡Basta de esto!

Y tocando su oreja, le sanó. 52 Entonces Jesús dijo a los principales sacerdotes,

los magistrados del templo y los ancianos que habían venido contra él: —

¿Como a ladrón habéis salido con espadas y palos? 53 Habiendo estado con

vosotros cada día en el templo, no extendisteis la mano contra mí. Pero ésta es

vuestra hora y la del poder de las tinieblas.

54 Le prendieron, le llevaron y le hicieron entrar en la casa del sumo

sacerdote. Y Pedro le seguía de lejos. 55 Cuando encendieron fuego en medio

del patio y se sentaron alrededor, Pedro también se sentó entre ellos.

56 Entonces una criada, al verle sentado junto a la lumbre, le miró fijamente y

dijo: — ¡Este estaba con él! 57 Pero él negó diciendo: — Mujer, no le conozco.

58 Un poco después, al verle otro, le dijo: — ¡Tú también eres de ellos! Y

Pedro dijo: — Hombre, no lo soy. 59 Como una hora después, otro insistía

diciendo: — Verdaderamente, también éste estaba con él, porque es galileo.

60 Y Pedro dijo: — ¡Hombre, no sé lo que dices! Y de inmediato, estando él

aún hablando, el gallo cantó. 61 Entonces el Señor se volvió y miró a Pedro, y

Pedro se acordó de la palabra del Señor como le había dicho: “Antes que el

gallo cante hoy, me negarás tres veces.” 62 Y saliendo fuera, Pedro lloró

amargamente.

63 Los hombres que tenían bajo custodia a Jesús se burlaban de él y le

golpeaban. 64 Y cubriéndole le preguntaban diciendo: — ¡Profetiza! ¿Quién es el

que te golpeó? 65 Y le decían otras muchas cosas, injuriándole. 66 Cuando

amaneció, se juntaron los ancianos del pueblo, los principales sacerdotes y los

escribas, y le llevaron al Sanedrín de ellos. 67 Y le dijeron: — Si tú eres el

Cristo, ¡dínoslo! Pero él les dijo: — Si os lo dijera, no lo creeríais. 68 Además, si

yo os preguntara, no me responderíais. 69 Pero de ahora en adelante, el Hijo del

Hombre estará sentado a la diestra del poder de Dios. 70 Le dijeron todos: —

Entonces, ¿eres tú Hijo de Dios? Y él les dijo: — Vosotros decís que yo soy.

71 Entonces ellos dijeron: — ¿Qué más necesidad tenemos de testimonio?

Porque nosotros mismos lo hemos oído de su boca.

Capítulo 23

1 Entonces, levantándose toda la multitud de ellos, le llevaron a Pilato. 2 Y

comenzaron a acusarle diciendo: — Hemos hallado a éste que agita a nuestra

nación, prohíbe dar tributo al César y dice que él es el Cristo, un rey. 3 Entonces

Pilato le preguntó diciendo: — ¿Eres tú el rey de los judíos? Respondiendo le

dijo: — Tú lo dices. 4 Pilato dijo a los principales sacerdotes y a la multitud: —

No hallo ningún delito en este hombre. 5 Pero ellos insistían diciendo: —

Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea,

hasta aquí. 6 Entonces Pilato, al oírlo, preguntó si el hombre era galileo. 7 Y al

saber que era de la jurisdicción de Herodes, lo remitió a Herodes, quien también

estaba en Jerusalén en aquellos días. 8 Herodes, viendo a Jesús, se alegró

mucho; porque hacía mucho tiempo que deseaba verle, pues había oído muchas

cosas de él y tenía esperanzas de que le vería hacer algún milagro. 9 Herodes le

preguntaba con muchas palabras, pero Jesús no le respondió nada. 10 Estaban

allí los principales sacerdotes y los escribas, acusándole con vehemencia.

11 Pero Herodes y su corte, después de menospreciarle y burlarse de él, le

vistieron con ropa espléndida. Y volvió a enviarle a Pilato. 12 Aquel mismo día

se hicieron amigos Pilato y Herodes, porque antes habían estado enemistados.

13 Entonces Pilato convocó a los principales sacerdotes, a los magistrados y

al pueblo, 14 y les dijo: — Me habéis presentado a éste como persona que

desvía al pueblo. He aquí, yo le he interrogado delante de vosotros, y no he

hallado ningún delito en este hombre, de todo aquello que le acusáis.

15 Tampoco Herodes, porque él nos lo remitió; y he aquí no ha hecho ninguna

cosa digna de muerte. 16 Así que, le soltaré después de castigarle. 17 Pues tenía

necesidad de soltarles uno en cada fiesta. 18 Pero toda la multitud dio voces a

una, diciendo: — ¡Fuera con éste! ¡Suéltanos a Barrabás! 19 Este había sido

echado en la cárcel por sedición en la ciudad y por un homicidio. 20 Entonces

Pilato les habló otra vez, queriendo soltar a Jesús. 21 Pero ellos volvieron a dar

voces, diciendo: — ¡Crucifícale! ¡Crucifícale! 22 El les dijo por tercera vez: —

¿Pues qué mal ha hecho éste? Ningún delito de muerte he hallado en él. Le

castigaré entonces, y le soltaré. 23 Pero ellos insistían a grandes voces, pidiendo

que fuese crucificado. Y sus voces prevalecieron. 24 Entonces Pilato juzgó que

se hiciese lo que ellos pedían. 25 Les soltó a aquel que había sido echado en

la cárcel por sedición y homicidio, a quien ellos habían pedido, y entregó a

Jesús a la voluntad de ellos.

26 Y ellos, al llevarle, tomaron a un tal Simón de Cirene, que venía del

campo, y le pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús. 27 Le seguía

una gran multitud del pueblo y de mujeres, las cuales lloraban y se lamentaban

por él. 28 Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: — Hijas de Jerusalén, no

lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos. 29 Porque he

aquí vendrán días en que dirán: “Bienaventuradas las estériles, los vientres que

no concibieron y los pechos que no criaron.” 30 Entonces comenzarán a decir a

las montañas: “¡Caed sobre nosotros!” y a las colinas: “¡Cubridnos!” 31 Porque

si con el árbol verde hacen estas cosas, ¿qué se hará con el seco?

32 Llevaban también a otros dos, que eran malhechores, para ser ejecutados

con él. 33 Cuando llegaron al lugar que se llama de la Calavera, le crucificaron

allí, y a los malhechores: el uno a la derecha y el otro a la izquierda. 34 Y Jesús

decía: — Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y partiendo sus

vestidos, echaron suertes. 35 El pueblo estaba de pie mirando, y aun los

gobernantes se burlaban de él, diciendo: — A otros salvó. Sálvese a sí mismo, si

es el Cristo, el escogido de Dios. 36 También los soldados le escarnecían,

acercándose, ofreciéndole vinagre 37 y diciéndole: — Si tú eres el rey de los

judíos, sálvate a ti mismo. 38 Había también sobre él un título escrito que decía:

ESTE ES EL REY DE LOS JUDIOS. 39 Uno de los malhechores que estaban

colgados le injuriaba diciendo: — ¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a

nosotros! 40 Respondiendo el otro, le reprendió diciendo: — ¿Ni siquiera temes

tú a Dios, estando en la misma condenación? 41 Nosotros, a la verdad,

padecemos con razón, porque estamos recibiendo lo que merecieron nuestros

hechos; pero éste no hizo ningún mal. 42 Y le dijo: — Jesús, acuérdate de mí

cuando vengas en tu reino. 43 Entonces Jesús le dijo: — De cierto te digo que

hoy estarás conmigo en el paraíso.

44 Cuando era como la hora sexta, descendió oscuridad sobre la tierra hasta

la hora novena. 45 El sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por en

medio. 46 Entonces Jesús, gritando a gran voz, dijo: — ¡Padre, en tus manos

encomiendo mi espíritu! Y habiendo dicho esto, expiró. 47 Y cuando el centurión

vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios, diciendo: — ¡Verdaderamente,

este hombre era justo! 48 Y toda la multitud que estaba presente en este

espectáculo, al ver lo que había acontecido, volvía golpeándose el pecho.

49 Pero todos sus conocidos, y las mujeres que le habían seguido desde Galilea,

se quedaron lejos, mirando estas cosas.

50 He aquí, había un hombre llamado José, el cual era miembro del concilio,

y un hombre bueno y justo. 51 Este no había consentido con el consejo ni con los

hechos de ellos. El era de Arimatea, ciudad de los judíos, y también esperaba el

reino de Dios. 52 Este se acercó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús.

53 Después de bajarle de la cruz, le envolvió en una sábana de lino y le puso en

un sepulcro cavado en una peña, en el cual nadie había sido puesto todavía.

54 Era el día de la Preparación, y estaba por comenzar el sábado. 55 Las

mujeres que habían venido con él de Galilea, también le siguieron y vieron el

sepulcro y cómo fue puesto el cuerpo. 56 Entonces regresaron y prepararon

especias aromáticas y perfumes, y reposaron el sábado, conforme al

mandamiento.

Capítulo 24

1 Y el primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando

las especias aromáticas que habían preparado. 2 Y hallaron removida la piedra

del sepulcro; 3 pero al entrar, no hallaron el cuerpo de Jesús. 4 Aconteció que

estando perplejas por esto, he aquí se pusieron de pie junto a ellas dos hombres

con vestiduras resplandecientes. 5 Como ellas les tuvieron temor y bajaron la

cara a tierra, ellos les dijeron: — ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

6 No está aquí; más bien, ha resucitado. Acordaos de lo que os habló cuando

estaba aún en Galilea, 7 como dijo: “Es necesario que el Hijo del Hombre sea

entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado y resucite al

tercer día.” 8 Entonces ellas se acordaron de sus palabras, 9 y volviendo del

sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los once y a todos los demás. 10 Las

que dijeron estas cosas a los apóstoles eran María Magdalena, Juana, María

madre de Jacobo, y las demás mujeres que estaban con ellas. 11 Pero sus

palabras les parecían a ellos locura, y no las creyeron. 12 Sin embargo, Pedro se

levantó y corrió al sepulcro. Cuando miró adentro, vio los lienzos solos y se fue

a casa, asombrado de lo que había sucedido.

13 He aquí, el mismo día dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús, que

estaba a sesenta estadios de Jerusalén. 14 Iban hablando entre sí de todas

aquellas cosas que habían acontecido. 15 Sucedió que, mientras iban

conversando y discutiendo el uno con el otro, el mismo Jesús se acercó e iba

con ellos. 16 Pero sus ojos estaban velados, de manera que no le reconocieron.

17 Entonces les dijo: — ¿Qué son estas cosas de que estáis conversando entre

vosotros mientras camináis? Se detuvieron con semblante triste. 18 Y

respondiendo uno de ellos, que se llamaba Cleofas, le dijo: — ¿Eres tú el único

forastero en Jerusalén que no sabes las cosas que han acontecido en estos días?

19 Entonces él dijo: — ¿Qué cosas? Y ellos dijeron: — De Jesús de Nazaret,

que era un hombre profeta, poderoso en obras y en palabra delante de Dios y

de todo el pueblo; 20 y de cómo le entregaron los principales sacerdotes y

nuestros dirigentes para ser condenado a muerte, y de cómo le crucificaron.

21 Nosotros esperábamos que él era el que habría de redimir a Israel. Ahora, a

todo esto se añade el hecho de que hoy es el tercer día desde que esto

aconteció. 22 Además, unas mujeres de los nuestros nos han asombrado: Fueron

muy temprano al sepulcro, 23 y al no hallar su cuerpo, regresaron diciendo que

habían visto visión de ángeles, los cuales les dijeron que él está vivo. 24 Algunos

de los nuestros fueron al sepulcro y hallaron como las mujeres habían dicho,

pero a él no le vieron. 25 Entonces él les dijo: — ¡Oh insensatos y tardos de

corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! 26 ¿No era necesario que

el Cristo padeciese estas cosas y que entrara en su gloria? 27 Y comenzando

desde Moisés y todos los Profetas, les interpretaba en todas las Escrituras lo

que decían de él. 28 Así llegaron a la aldea a donde iban, y él hizo como que iba

más adelante. 29 Pero ellos le insistieron diciendo: — Quédate con nosotros,

porque es tarde, y el día ya ha declinado. Entró, pues, para quedarse con ellos.

30 Y aconteció que estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo y

les dio. 31 Entonces fueron abiertos los ojos de ellos, y le reconocieron. Pero él

desapareció de su vista. 32 Y se decían el uno al otro: — ¿No ardía nuestro

corazón en nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos abría las Escrituras?

33 En la misma hora se levantaron y se volvieron a Jerusalén. Hallaron reunidos a

los once y a los que estaban con ellos, 34 quienes decían: — ¡Verdaderamente el

Señor ha resucitado y ha aparecido a Simón! 35 Entonces ellos contaron las cosas

que les habían acontecido en el camino, y cómo se había dado a conocer a ellos al

partir el pan.

36 Mientras hablaban estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos y les dijo:

— Paz a vosotros. 37 Entonces ellos, aterrorizados y asombrados, pensaban que

veían un espíritu. 38 Pero él les dijo: — ¿Por qué estáis turbados, y por qué

suben tales pensamientos a vuestros corazones? 39 Mirad mis manos y mis pies,

que yo mismo soy. Palpad y ved, pues un espíritu no tiene carne ni huesos como

veis que yo tengo. 40 Al decir esto, les mostró las manos y los pies. 41 Y como

ellos aún no lo creían por el gozo que tenían y porque estaban asombrados, les

dijo: — ¿Tenéis aquí algo de comer? 42 Entonces le dieron un pedazo de

pescado asado. 43 Lo tomó y comió delante de ellos. 44 Y les dijo: — Estas son

las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se

cumpliesen todas estas cosas que están escritas de mí en la Ley de Moisés, en

los Profetas y en los Salmos. 45 Entonces les abrió el entendimiento para que

comprendiesen las Escrituras, 46 y les dijo: — Así está escrito, y así fue

necesario que el Cristo padeciese y resucitase de los muertos al tercer día; 47 y

que en su nombre se predicase el arrepentimiento y la remisión de pecados en

todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. 48 Y vosotros sois testigos de

estas cosas. 49 He aquí yo enviaré el cumplimiento de la promesa de mi Padre

sobre vosotros. Pero quedaos vosotros en la ciudad hasta que seáis investidos

del poder de lo alto.

50 Entonces él los llevó fuera hasta Betania, y alzando sus manos les bendijo.

51 Aconteció que al bendecirlos, se fue de ellos, y era llevado arriba al cielo.

52 Después de haberle adorado, ellos regresaron a Jerusalén con gran gozo; 53 y

se hallaban continuamente en el templo, bendiciendo a Dios.