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MARCOS

Capítulo 1

1 El principio del evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios. 2 Como está

escrito en el profeta Isaías: He aquí envío mi mensajero delante de ti, quien

preparará tu camino. 3 Voz del que proclama en el desierto: “Preparad el camino

del Señor; enderezad sus sendas.” 4 Así Juan el Bautista apareció en el desierto

predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados. 5 Y salía a

él toda la provincia de Judea y todos los de Jerusalén; y eran bautizados por él

en el río Jordán, confesando sus pecados. 6 Juan estaba vestido de pelo de

camello y con un cinto de cuero a la cintura, y comía langostas y miel silvestre.

7 Y predicaba diciendo: “Viene tras mí el que es más poderoso que yo, a quien

no soy digno de desatar, agachado, la correa de su calzado. 8 Yo os he

bautizado en agua, pero él os bautizará en el Espíritu Santo.”

9 Aconteció en aquellos días que Jesús vino de Nazaret de Galilea y fue

bautizado por Juan en el Jordán. 10 Y en seguida, mientras subía del agua, vio

que los cielos se abrían y que el Espíritu descendía sobre él como paloma. 11 Y

vino una voz desde el cielo: “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.”

12 En seguida, el Espíritu le impulsó al desierto, 13 y estuvo en el desierto

cuarenta días, siendo tentado por Satanás. Estaba con las fieras, y los ángeles le

servían.

14 Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el

evangelio de Dios, 15 y diciendo: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios

se ha acercado. ¡Arrepentíos y creed en el evangelio!” 16 Y pasando junto al

mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés hermano de Simón, echando la red en el

mar; porque eran pescadores. 17 Jesús les dijo: “Venid en pos de mí, y os haré

pescadores de hombres.” 18 De inmediato dejaron sus redes y le siguieron. 19 Al

ir un poco más adelante, vio a Jacobo hijo de Zebedeo y a su hermano Juan.

Ellos estaban en su barca arreglando las redes. 20 En seguida les llamó; y ellos,

dejando a su padre Zebedeo en la barca junto con los jornaleros, se fueron en

pos de él. 21 Entraron en Capernaúm. Y en seguida, entrando él en la

sinagoga los sábados, enseñaba. 22 Y se asombraban de su enseñanza, porque

les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

23 Y en ese momento un hombre con espíritu inmundo estaba en la sinagoga

de ellos, y exclamó 24 diciendo: — ¿Qué tienes con nosotros, Jesús de Nazaret?

¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres: ¡el Santo de Dios! 25 Jesús le

reprendió diciendo: — ¡Cállate y sal de él! 26 Y el espíritu inmundo lo sacudió

con violencia, clamó a gran voz y salió de él. 27 Todos se maravillaron, de modo

que discutían entre sí diciendo: — ¿Qué es esto? ¡Una nueva doctrina con

autoridad! Aun a los espíritus inmundos él manda, y le obedecen. 28 Y pronto se

extendió su fama por todas partes, en toda la región alrededor de Galilea.

29 En seguida, cuando salieron de la sinagoga, fueron con Jacobo y Juan a la

casa de Simón y Andrés. 30 La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y de

inmediato le hablaron de ella. 31 El se acercó a ella, la tomó de la mano y la

levantó. Y le dejó la fiebre, y ella comenzó a servirles. 32 Al atardecer, cuando

se puso el sol, le traían todos los enfermos y los endemoniados. 33 Toda la

ciudad estaba reunida a la puerta. 34 Y él sanó a muchos que padecían de

diversas enfermedades y echó fuera muchos demonios. Y no permitía a los

demonios hablar, porque le conocían. 35 Habiéndose levantado muy de

madrugada, todavía de noche, Jesús salió y se fue a un lugar desierto y allí

oraba. 36 Simón y sus compañeros fueron en busca de él. 37 Le encontraron y le

dijeron: — Todos te buscan. 38 El les respondió: — Vamos a otra parte, a los

pueblos vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido.

39 Y fue predicando en las sinagogas de ellos en toda Galilea, y echando fuera

los demonios.

40 Y vino a él un leproso implorándole, y de rodillas le dijo: — Si quieres,

puedes limpiarme. 41 Jesús, movido a compasión, extendió la mano, le tocó y le

dijo: — Quiero; sé limpio. 42 Y al instante desapareció la lepra de él, y quedó

limpio. 43 En seguida, le despidió después de amonestarle 44 y le dijo: — Mira,

no digas nada a nadie. Más bien vé, muéstrate al sacerdote y ofrece lo que

mandó Moisés en cuanto a tu purificación, para testimonio a ellos. 45 Pero

cuando salió, él comenzó a proclamar y a difundir mucho el hecho, de modo que

Jesús ya no podía entrar abiertamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba

afuera en lugares despoblados. Y venían a él de todas partes.

Capítulo 2

1 Cuando él entró otra vez en Capernaúm después de algunos días, se oyó

que estaba en casa. 2 Muchos acudieron a él, de manera que ya no cabían ni

ante la puerta; y él les hablaba la palabra. 3 Entonces vinieron a él trayendo a un

paralítico cargado por cuatro. 4 Y como no podían acercarlo a él debido al

gentío, destaparon el techo donde Jesús estaba, y después de hacer una

abertura bajaron la camilla en que el paralítico estaba recostado. 5 Y viendo

Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: — Hijo, tus pecados te son perdonados.

6 Algunos de los escribas estaban sentados allí y razonaban en sus corazones: 7

— ¿Por qué habla éste así? ¡Blasfema! ¿Quién puede perdonar pecados, sino

uno solo, Dios? 8 De inmediato Jesús, dándose cuenta en su espíritu de que

razonaban así dentro de sí mismos, les dijo: — ¿Por qué razonáis así en vuestros

corazones? 9 ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son

perdonados”; o decirle: “Levántate, toma tu camilla y anda”? 10 Pero para que

sepáis que el Hijo del Hombre tiene autoridad para perdonar pecados en la

tierra — dijo al paralítico — : 11 A ti te digo, ¡levántate, toma tu camilla y vete a

tu casa! 12 Y se levantó, y en seguida tomó su camilla y salió en presencia de

todos, de modo que todos se asombraron y glorificaron a Dios, diciendo: —

¡Jamás hemos visto cosa semejante!

13 Jesús salió otra vez junto al mar, y toda la gente venía a él, y él les

enseñaba. 14 Y pasando, vio a Leví hijo de Alfeo, sentado en el lugar de los

tributos públicos, y le dijo: “Sígueme.” Y levantándose, le siguió. 15 Sucedió que,

estando Jesús sentado a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y

pecadores estaban también sentados a la mesa con Jesús y sus discípulos,

porque eran muchos y le habían seguido. 16 Y cuando los escribas de los

fariseos le vieron comer con los pecadores y publicanos, decían a sus discípulos:

— ¿Por qué come con los publicanos y pecadores? 17 Al oírlo, Jesús les dijo:

— Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos. No

he venido para llamar a justos, sino a pecadores.

18 Los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando. Fueron a Jesús y

le dijeron: — ¿Por qué ayunan los discípulos de Juan y los discípulos de los

fariseos, pero tus discípulos no ayunan? 19 Jesús les dijo: — ¿Acaso pueden

ayunar los que están de bodas mientras el novio está con ellos? Entretanto que

tienen al novio con ellos, no pueden ayunar. 20 Pero vendrán días cuando

el novio les será quitado. Entonces, en aquel día ayunarán. 21 Nadie pone parche

de tela nueva en vestido viejo. De otra manera, el parche nuevo tira del viejo, y

la rotura se hace peor. 22 Ni nadie echa vino nuevo en odres viejos. De otra

manera, el vino rompe los odres, y se pierde el vino, y también los odres. Más

bien, el vino nuevo se echa en odres nuevos. 23 Aconteció que Jesús pasaba por

los sembrados en sábado, y sus discípulos se pusieron a caminar arrancando

espigas. 24 Los fariseos le decían: — Mira, ¿por qué hacen en los sábados lo

que no es lícito? 25 Y él les dijo: — ¿Nunca habéis leído qué hizo David cuando

tuvo necesidad y pasó hambre él y los que estaban con él; 26 cómo entró en la

casa de Dios, siendo Abiatar sumo sacerdote, y comió los panes de la

Presencia, y aun dio a los que estaban con él; cosa que no es lícito comer, salvo

a los sacerdotes? 27 — También les dijo — : El sábado fue hecho para el

hombre, y no el hombre para el sábado. 28 Así que el Hijo del Hombre es Señor

también del sábado.

Capítulo 3

1 Entró otra vez en la sinagoga, y estaba allí un hombre que tenía la mano

paralizada. 2 Y estaban al acecho a ver si le sanaría en sábado, a fin de acusarle.

3 Entonces dijo al hombre que tenía la mano paralizada: — ¡Ponte de pie en

medio! 4 Y a ellos les dijo: — ¿Es lícito en sábado hacer bien o hacer mal?

¿Salvar la vida o matar? Pero ellos callaban. 5 Y mirándolos en derredor con

enojo, dolorido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: — Extiende tu

mano. Y la extendió, y su mano le fue restaurada. 6 Los fariseos salieron en

seguida, junto con los herodianos, y tomaron consejo contra él, cómo destruirlo.

7 Jesús se apartó con sus discípulos al mar, y le siguió una gran multitud de gente

procedente de Galilea. Y de Judea, 8 de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del

Jordán, y de los alrededores de Tiro y Sidón una gran multitud vino a él, porque

habían oído de las grandes cosas que hacía. 9 Y Jesús dijo a sus discípulos que

siempre tuviesen lista una barca a causa del gentío, para que no lo apretujaran;

10 porque había sanado a muchos, de modo que le caían encima todos cuantos

tenían plagas, para tocarlo. 11 Y los espíritus inmundos, siempre que le veían, se

postraban delante de él y gritaban diciendo: “¡Tú eres el Hijo de Dios!” 12 Pero

él les reprendía mucho para que no le dieran a conocer.

13 Entonces subió al monte y llamó a sí a los que él quiso, y fueron a él.

14 Constituyó a doce, a quienes nombró apóstoles, para que estuvieran con él, y

para enviarlos a predicar 15 y tener autoridad para echar fuera los demonios.

16 Y constituyó a los doce: a Simón (a quien le puso por nombre Pedro), 17 a

Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan el hermano de Jacobo (a ellos les puso por

nombre Boanerges, es decir, hijos del trueno), 18 a Andrés, a Felipe, a

Bartolomé, a Mateo, a Tomás, a Jacobo hijo de Alfeo, a Tadeo, a Simón el

cananita 19 y a Judas Iscariote (el que le entregó). El volvió a casa, 20 y otra vez

se reunió la multitud, de modo que ellos no podían ni siquiera comer pan.

21 Cuando los suyos lo oyeron, fueron para prenderle, porque decían que estaba

fuera de sí.

22 Los escribas que habían descendido de Jerusalén decían que estaba

poseído por Beelzebul y que mediante el príncipe de los demonios echaba fuera

los demonios. 23 Y habiéndolos llamado a su lado, les hablaba en parábolas:

“¿Cómo puede Satanás echar fuera a Satanás? 24 Si un reino se divide contra sí,

ese reino no puede permanecer. 25 Si una casa se divide contra sí, esa casa no

podrá permanecer. 26 Y si Satanás se levanta contra sí mismo y está dividido, no

puede permanecer, sino que su fin ha llegado. 27 Al contrario, nadie puede entrar

en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes a menos que primero ate al

hombre fuerte. Y entonces saqueará su casa. 28 De cierto os digo que a los hijos

de los hombres les serán perdonados todos los pecados y blasfemias,

cualesquiera que sean. 29 Pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo

no tendrá perdón jamás, sino que es culpable de pecado eterno.” 30 Dijo esto

porque decían: “Tiene espíritu inmundo.”

31 Entonces fueron su madre y sus hermanos, y quedándose fuera enviaron a

llamarle. 32 Mucha gente estaba sentada alrededor de él, y le dijeron: — Mira, tu

madre, tus hermanos y tus hermanas te buscan afuera. 33 El respondiendo les

dijo: — ¿Quién es mi madre y mis hermanos? 34 Y mirando a los que estaban

sentados alrededor de él, dijo: — He aquí mi madre y mis hermanos. 35 Porque

cualquiera que hace la voluntad de Dios, éste es mi hermano, mi hermana y mi

madre.

Capítulo 4

1 Otra vez comenzó a enseñar junto al mar, y se reunió ante él una multitud

muy grande; de manera que él entró en una barca mar adentro y se sentó allí, y

toda la multitud estaba en la playa, frente al mar. 2 Y les enseñaba muchas cosas

en parábolas. Les decía en su enseñanza: 3 “¡Oíd! He aquí un sembrador salió a

sembrar. 4 Y mientras sembraba, aconteció que parte de la semilla cayó junto al

camino; y vinieron las aves y la devoraron. 5 Otra parte cayó en pedregales,

donde no había mucha tierra, y en seguida brotó; porque la tierra no era

profunda. 6 Y cuando salió el sol se quemó, y porque no tenía raíces se secó.

7 Otra parte cayó entre los espinos. Y los espinos crecieron y la ahogaron, y no

dio fruto. 8 Y otras semillas cayeron en buena tierra y creciendo y aumentando

dieron fruto. Y llevaban fruto a treinta, sesenta y ciento por uno.” 9 Y decía: “El

que tiene oído para oír, oiga.” 10 Cuando estuvo solo, los que estaban alrededor

de él junto con los doce le preguntaban en cuanto a las parábolas. 11 Y él les

decía: “A vosotros se os ha dado el misterio del reino de Dios; pero para los

que están fuera, todas las cosas están en parábolas, 12 para que viendo vean y

no perciban, y oyendo oigan y no entiendan; de modo que no se conviertan y les

sea perdonado.” 13 Luego les dijo: “¿No comprendéis esta parábola? ¿Cómo,

pues, entenderéis todas las parábolas? 14 El sembrador siembra la palabra.

15 Primero están estos que caen junto al camino donde se siembra la palabra. Y

cuando la oyen, en seguida viene Satanás y quita la palabra que había sido

sembrada en ellos. 16 También los que son sembrados en pedregales son

aquellos que, cuando oyen la palabra, en seguida la reciben con gozo; 17 pero no

tienen raíz en sí, sino que son de poca duración. Entonces, cuando viene la

tribulación o la persecución por causa de la palabra, en seguida tropiezan. 18 Y

otros son los que son sembrados entre espinos. Ellos son los que oyen la

palabra, 19 pero las preocupaciones de este mundo, el engaño de las riquezas y

la codicia de otras cosas se entrometen y ahogan la palabra, y queda sin fruto.

20 Y aquellos que fueron sembrados en buena tierra son los que oyen la palabra,

la reciben y producen fruto a treinta, a sesenta y a ciento por uno.”

21 También les dijo: “¿Acaso se trae una lámpara para que sea puesta

debajo de un cajón o debajo de la cama? ¿No es para que sea puesta sobre el

candelero? 22 Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni

nada escondido, sino para que salga en claro. 23 Si alguno tiene oídos

para oír, oiga.” 24 Les dijo también: “Considerad lo que oís: Con la medida con

que medís, será medido para vosotros y os será añadido. 25 Porque al que tiene

le será dado, y al que no tiene aun lo que tiene le será quitado.” 26 También

decía: “Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la

tierra. 27 El duerme de noche y se levanta de día, y la semilla brota y crece sin

que él sepa cómo. 28 Porque de por sí la tierra da fruto: primero el tallito, luego

las espigas y después el grano lleno en la espiga. 29 Y cuando el fruto se ha

producido, en seguida él mete la hoz, porque la siega ha llegado.” 30 También

decía: “¿A qué haremos semejante el reino de Dios? ¿Con qué parábola lo

compararemos? 31 Es como un grano de mostaza que, cuando es sembrado en

la tierra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra. 32 Pero una vez

sembrado, crece y se convierte en la más grande de todas las hortalizas, y echa

ramas muy grandes, de modo que las aves del cielo pueden anidar bajo su

sombra.” 33 Con muchas parábolas semejantes les hablaba la palabra, conforme

a lo que podían oír. 34 No les hablaba sin parábolas, pero en privado les

explicaba todo a sus discípulos.

35 Aquel día, al anochecer, les dijo: — Pasemos al otro lado. 36 Y después

de despedir a la multitud, le recibieron en la barca, tal como estaba. Y había

otras barcas con él. 37 Entonces se levantó una gran tempestad de viento que

arrojaba las olas a la barca, de modo que la barca ya se anegaba. 38 Y él estaba

en la popa, durmiendo sobre el cabezal; pero le despertaron diciendo: —

¡Maestro! ¿No te importa que perecemos? 39 Y despertándose, reprendió al

viento y dijo al mar: — ¡Calla! ¡Enmudece! Y el viento cesó y se hizo grande

bonanza. 40 Y les dijo: — ¿Por qué estáis miedosos? ¿Todavía no tenéis fe?

41 Ellos temieron con gran temor y se decían el uno al otro: — Entonces, ¿quién

es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?

Capítulo 5

1 Fueron a la otra orilla del mar a la región de los gadarenos. 2 Apenas salido

él de la barca, de repente le salió al encuentro, de entre los sepulcros, un

hombre con espíritu inmundo. 3 Este tenía su morada entre los sepulcros. Y

nadie podía atarle ni siquiera con cadenas, 4 ya que muchas veces había sido

atado con grillos y cadenas, pero él había hecho pedazos las cadenas y

desmenuzado los grillos. Y nadie lo podía dominar.

5 Continuamente, de día y de noche, andaba entre los sepulcros y por las

montañas, gritando e hiriéndose con piedras. 6 Cuando vio a Jesús desde lejos,

corrió y le adoró. 7 Y clamando a gran voz dijo: — ¿Qué tienes conmigo, Jesús,

Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes. 8 Pues

Jesús le decía: — Sal de este hombre, espíritu inmundo. 9 Y le preguntó: —

¿Cómo te llamas? Y le dijo: — Me llamo Legión, porque somos muchos. 10 Y le

rogaba mucho que no los enviase fuera de aquella región. 11 Allí cerca de la

montaña estaba paciendo un gran hato de cerdos. 12 Y le rogaron diciendo: —

Envíanos a los cerdos, para que entremos en ellos. 13 Jesús les dio permiso. Y

los espíritus inmundos salieron y entraron en los cerdos, y el hato se lanzó al mar

por un despeñadero, como dos mil cerdos, y se ahogaron en el mar. 14 Los que

apacentaban los cerdos huyeron y dieron aviso en la ciudad y por los campos. Y

fueron para ver qué era lo que había acontecido. 15 Llegaron a Jesús y vieron al

endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio cabal; y

tuvieron miedo. 16 Los que lo habían visto les contaron qué había acontecido al

endemoniado y lo de los cerdos, 17 y ellos comenzaron a implorar a Jesús que

saliera de sus territorios. 18 Y mientras él entraba en la barca, el que había sido

poseído por el demonio le rogaba que le dejase estar con él. 19 Pero Jesús no se

lo permitió, sino que le dijo: — Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán

grandes cosas ha hecho el Señor por ti, y cómo tuvo misericordia de ti. 20 El se

fue y comenzó a proclamar en Decápolis cuán grandes cosas Jesús había hecho

por él, y todos se maravillaban.

21 Cuando Jesús había cruzado de nuevo en la barca a la otra orilla, se

congregó alrededor de él una gran multitud. Y él estaba junto al mar. 22 Y vino

uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo. Cuando le vio, se postró a

sus pies 23 y le imploró mucho diciendo: — Mi hijita está agonizando. ¡Ven! Pon

las manos sobre ella para que sea salva, y viva. 24 Jesús fue con él. Y le seguía

una gran multitud, y le apretujaban. 25 Había una mujer que sufría de hemorragia

desde hacía doce años. 26 Había sufrido mucho de muchos médicos y había

gastado todo lo que tenía, y de nada le había aprovechado; más bien, iba de mal

en peor. 27 Cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás de él entre la multitud y

tocó su manto, 28 porque ella pensaba: “Si sólo toco su manto, seré sanada.”

29 Al instante, se secó la fuente de su sangre y sintió en su cuerpo que ya estaba

sana de aquel azote. 30 De pronto Jesús, reconociendo dentro de sí que había

salido poder de él, volviéndose a la multitud dijo: — ¿Quién me ha tocado

el manto? 31 Sus discípulos le dijeron: — Ves la multitud que te apretuja, y

preguntas: “¿Quién me tocó?” 32 El miraba alrededor para ver a la que había

hecho esto. 33 Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella

había sido hecho, fue y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad. 34 El le

dijo: — Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda sanada de tu azote.

35 Mientras él aún hablaba, vinieron de la casa del principal de la sinagoga,

diciendo: — Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestas más al Maestro? 36 Pero

Jesús, sin hacer caso a esta palabra que se decía, dijo al principal de la sinagoga:

— No temas; sólo cree. 37 Y no permitió que nadie le acompañara, sino Pedro,

Jacobo y Juan, el hermano de Jacobo. 38 Llegaron a la casa del principal de la

sinagoga, y él vio el alboroto y los que lloraban y lamentaban mucho. 39 Y al

entrar, les dijo: — ¿Por qué hacéis alboroto y lloráis? La niña no ha muerto, sino

que duerme. 40 Ellos se burlaban de él. Pero él los sacó a todos y tomó al padre

y a la madre de la niña y a los que estaban con él, y entró a donde estaba la

niña. 41 Tomó la mano de la niña y le dijo: — Talita, cumi — que traducido es:

Niña, a ti te digo, levántate — . 42 Y en seguida la niña se levantó y andaba,

pues tenía doce años. Y quedaron atónitos. 43 El les mandó estrictamente que

nadie lo supiese y ordenó que le diesen a ella de comer.

Capítulo 6

1 Salió de allí y fue a su tierra, y sus discípulos le siguieron. 2 Y cuando llegó

el sábado, él comenzó a enseñar en la sinagoga; y muchos quedaban atónitos

cuando le oían, y decían: — ¿De dónde le vienen a éste estas cosas? ¿Qué

sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¡Cuántas obras poderosas son hechas por

sus manos! 3 ¿No es éste el carpintero, hijo de María y hermano de Jacobo, de

José, de Judas y de Simón? ¿No están también sus hermanas aquí con

nosotros? Y se escandalizaban de él. 4 Pero Jesús les decía: — No hay profeta

sin honra sino en su propia tierra, entre sus familiares y en su casa. 5 Y no pudo

hacer allí ningún hecho poderoso, sino que sanó a unos pocos enfermos,

poniendo sobre ellos las manos. 6 Estaba asombrado a causa de la incredulidad

de ellos. Y recorría las aldeas de alrededor, enseñando.

7 Entonces llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos. Les daba

autoridad sobre los espíritus inmundos. 8 Les mandó que no llevasen nada para

el camino: ni pan, ni bolsa, ni dinero en el cinto, sino solamente un bastón; 9 pero

que calzasen sandalias y que no vistiesen dos túnicas. 10 Y les decía:

“Dondequiera que entréis en una casa, posad en ella hasta que salgáis de aquel

lugar. 11 Cualquier lugar que no os reciba ni os oiga, saliendo de allí, sacudid el

polvo que está debajo de vuestros pies, para testimonio contra ellos.”

12 Entonces ellos salieron y predicaron que la gente se arrepintiese. 13 Echaban

fuera muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban.

14 El rey Herodes oyó de Jesús, porque su nombre había llegado a ser muy

conocido. Unos decían: “Juan el Bautista ha resucitado de los muertos, y por

esta razón operan estos poderes en él.” 15 Otros decían: “Es Elías.” Mientras

otros decían: “Es profeta como uno de los profetas.” 16 Pero cuando Herodes

oyó esto, dijo: “¡Juan, a quien yo decapité, ha resucitado!” 17 Porque Herodes

mismo había mandado prender a Juan y lo había encadenado en la cárcel por

causa de Herodía, la mujer de su hermano Felipe; porque se había casado con

ella. 18 Pues Juan le decía a Herodes: “No te es lícito tener la mujer de tu

hermano.” 19 Pero Herodía le acechaba y deseaba matarle, aunque no podía;

20 porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le

protegía. Y al escucharle quedaba muy perplejo, pero le oía de buena gana.

21 Llegó un día oportuno cuando Herodes, en la fiesta de su cumpleaños, dio

una cena para sus altos oficiales, los tribunos y las personas principales de

Galilea. 22 Entonces la hija de Herodía entró y danzó, y agradó a Herodes y a

los que estaban con él a la mesa; y el rey le dijo a la muchacha: — Pídeme lo

que quieras, y yo te lo daré. 23 Y le juró mucho: — Todo lo que me pidas te

daré, hasta la mitad de mi reino. 24 Ella salió y dijo a su madre: — ¿Qué pediré?

Y ésta dijo: — La cabeza de Juan el Bautista. 25 En seguida ella entró con prisa

al rey y le pidió diciendo: — Quiero que ahora mismo me des en un plato la

cabeza de Juan el Bautista. 26 El rey se entristeció mucho, pero a causa del

juramento y de los que estaban a la mesa, no quiso rechazarla.

27 Inmediatamente el rey envió a uno de la guardia y mandó que fuese traída su

cabeza. Este fue, le decapitó en la cárcel 28 y llevó su cabeza en un plato; la dio

a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. 29 Cuando sus discípulos

oyeron esto, fueron y tomaron su cuerpo, y lo pusieron en un sepulcro.

30 Los apóstoles se reunieron con Jesús, y le contaron todo lo que habían

hecho y lo que habían enseñado. 31 El les dijo: — Venid vosotros aparte a un

lugar desierto, y descansad un poco. Porque eran muchos los que iban y venían,

y ni siquiera tenían oportunidad para comer. 32 Y se fueron solos en la barca a

un lugar desierto. 33 Pero muchos les vieron ir y les reconocieron. Y corrieron

allá a pie de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. 34 Cuando Jesús salió,

vio una gran multitud y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que

no tenían pastor. Entonces comenzó a enseñarles muchas cosas. 35 Como la

hora era ya muy avanzada, sus discípulos se acercaron a él y le dijeron: — El

lugar es desierto, y la hora avanzada. 36 Despídelos para que vayan a los

campos y aldeas de alrededor y compren para sí algo que comer. 37 El les

respondió y dijo: — Dadles vosotros de comer. Le dijeron: — ¿Que vayamos y

compremos pan por doscientos denarios, y les demos de comer? 38 El les dijo:

— ¿Cuántos panes tenéis? Id y vedlo. Al enterarse, le dijeron: — Cinco, y dos

pescados. 39 El les mandó que hiciesen recostar a todos por grupos sobre la

hierba verde. 40 Se recostaron por grupos, de cien en cien y de cincuenta en

cincuenta. 41 Y él tomó los cinco panes y los dos pescados, y alzando los ojos al

cielo, bendijo y partió los panes. Luego iba dando a sus discípulos para que los

pusiesen delante de los hombres, y también repartió los dos pescados entre

todos. 42 Todos comieron y se saciaron, 43 y recogieron doce canastas llenas de

los pedazos de pan y de los pescados. 44 Y los que comieron los panes eran

como cinco mil hombres.

45 En seguida obligó a sus discípulos a subir en la barca para ir delante de él

a Betsaida, en la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. 46 Y habiéndose

despedido de ellos, se fue al monte a orar. 47 Al caer la noche, la barca estaba

en medio del mar, y él solo en tierra. 48 Viendo que ellos se fatigaban remando,

porque el viento les era contrario, a eso de la cuarta vigilia de la noche, él fue a

ellos caminando sobre el mar, y quería pasarlos de largo. 49 Pero cuando ellos

vieron que él caminaba sobre el mar, pensaron que era un fantasma y clamaron a

gritos; 50 porque todos le vieron y se turbaron. Pero en seguida habló con ellos y

les dijo: “¡Tened ánimo! ¡Yo soy! ¡No temáis!” 51 Y subió a ellos en la barca, y

se calmó el viento. Ellos estaban sumamente perplejos, 52 pues aún no habían

comprendido lo de los panes; más bien, sus corazones estaban endurecidos.

53 Y cuando cruzaron a la otra orilla, llegaron a la tierra de Genesaret y

amarraron la barca. 54 Pero cuando ellos salieron de la barca, en seguida le

reconocieron. 55 Recorrieron toda aquella región, y comenzaron a traer en

camillas a los que estaban enfermos a donde oían que él estaba. 56 Dondequiera

que entraba, ya sea en aldeas o ciudades o campos, ponían en las plazas a los

que estaban enfermos, y le rogaban que sólo pudiesen tocar el borde de su

manto. Y todos los que le tocaban quedaban sanos.

Capítulo 7

1 Se juntaron a Jesús los fariseos y algunos de los escribas que habían

venido de Jerusalén. 2 Ellos vieron que algunos discípulos de él estaban

comiendo pan con las manos impuras, es decir, sin lavar. 3 Pues los fariseos y

todos los judíos, si no se lavan las manos hasta la muñeca, no comen, porque se

aferran a la tradición de los ancianos. 4 Cuando vuelven del mercado, si no se

lavan, no comen. Y hay muchas otras cosas que aceptaron para guardar, como

los lavamientos de las copas, de los jarros y de los utensilios de bronce y de los

divanes. 5 Le preguntaron los fariseos y los escribas: — ¿Por qué no andan tus

discípulos de acuerdo con la tradición de los ancianos, sino que comen pan con

las manos impuras? 6 Y les respondió diciendo: — Bien profetizó Isaías acerca

de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra de labios, pero

su corazón está lejos de mí. 7 Y en vano me rinden culto, enseñando como

doctrina los mandamientos de hombres. 8 Porque dejando los mandamientos de

Dios, os aferráis a la tradición de los hombres. 9 Les decía también: — ¡Bien

desecháis el mandamiento de Dios para establecer vuestra tradición! 10 Porque

Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre, y: El que maldice a su padre o a su

madre muera irremisiblemente. 11 Pero vosotros decís que si alguien dice a su

padre o madre: “Aquello con que hubieras sido beneficiado de parte mía es

Corbán” — es decir, una ofrenda a Dios — , 12 ya no le permitís hacer nada por

su padre o su madre. 13 Así invalidáis la palabra de Dios mediante vuestra

tradición que habéis trasmitido, y hacéis muchas cosas semejantes a éstas.

14 Llamando a sí otra vez a toda la multitud, les decía: — Oídme todos y

entended. 15 No hay nada fuera del hombre que por entrar en él le pueda

contaminar. Pero lo que sale del hombre es lo que contamina al hombre. 16 Si

alguno tiene oídos para oír, oiga. 17 Cuando entró en casa, aparte de la multitud,

sus discípulos le preguntaron acerca de la parábola. 18 Y les dijo: — ¿Así que

también vosotros carecéis de entendimiento? ¿No comprendéis que nada de lo

que entra en el hombre desde fuera le puede contaminar? 19 Porque no entra

en su corazón sino en su estómago, y sale a la letrina. Así declaró limpias todas

las comidas. 20 Y decía: — Lo que del hombre sale, eso contamina al hombre.

21 Porque desde adentro, del corazón del hombre, salen los malos

pensamientos, las inmoralidades sexuales, los robos, los homicidios, 22 los

adulterios, las avaricias, las maldades, el engaño, la sensualidad, la envidia, la

blasfemia, la insolencia y la insensatez. 23 Todas estas maldades salen de adentro

y contaminan al hombre.

24 Y levantándose, partió de allí para los territorios de Tiro y de Sidón. Y

entró en una casa y no quería que nadie lo supiese, pero no pudo esconderse.

25 Más bien, en seguida oyó de él una mujer cuya hija tenía un espíritu inmundo,

y vino y cayó a sus pies. 26 La mujer era griega, de nacionalidad sirofenicia, y le

rogaba que echase el demonio fuera de su hija. 27 Pero Jesús le dijo: — Deja

primero que se sacien los hijos, porque no es bueno tomar el pan de los hijos y

echarlo a los perritos. 28 Ella respondió y le dijo: — Sí, Señor; también los

perritos debajo de la mesa comen de las migajas de los hijos. 29 Entonces él le

dijo: — Por causa de lo que has dicho, vé; el demonio ha salido de tu hija. 30 Y

cuando ella se fue a su casa, halló a su hija acostada en la cama y que el

demonio había salido.

31 Al salir de nuevo de los territorios de Tiro, fue por Sidón al mar de

Galilea, atravesando el territorio de Decápolis. 32 Entonces le trajeron un sordo

y tartamudo, y le rogaron que le pusiera la mano encima. 33 Y tomándole aparte

de la multitud, metió los dedos en sus orejas, escupió y tocó su lengua. 34 Luego

mirando al cielo, suspiró y le dijo: — ¡Efata! — que quiere decir: Sé abierto — .

35 Y de inmediato fueron abiertos sus oídos y desatada la ligadura de su lengua,

y hablaba bien. 36 El les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más les

mandaba, tanto más lo proclamaban. 37 Se maravillaban sin medida, diciendo:

— ¡Todo lo ha hecho bien! Aun a los sordos hace oír, y a los mudos hablar.

Capítulo 8

1 En aquellos días, ya que otra vez había una gran multitud y no tenían qué

comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: 2 — Tengo compasión de la

multitud, porque ya hace tres días que permanecen conmigo y no tienen qué

comer. 3 Si les despido a sus casas en ayunas, se desmayarán en el camino; y

algunos de ellos han venido de lejos. 4 Sus discípulos le respondieron: —

¿De dónde podrá alguien saciar a éstos de pan, aquí en el desierto? 5 Y les

preguntó: — ¿Cuántos panes tenéis? Ellos dijeron: — Siete. 6 Entonces él

mandó a la multitud recostarse en tierra. Tomó los siete panes, y habiendo dado

gracias, los partió y daba a sus discípulos para que ellos los sirviesen. Y ellos los

sirvieron a la multitud. 7 También tenían unos pocos pescaditos. Y después de

bendecirlos, él mandó que también los sirviesen. 8 Comieron y se saciaron, y

recogieron siete cestas de los pedazos que habían sobrado. 9 Y eran como

cuatro mil. El los despidió;

10 y luego, entrando en la barca con sus discípulos, se fue a la región de

Dalmanuta. 11 Salieron los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole

una señal del cielo, para probarle. 12 El suspiró profundamente en su espíritu y

dijo: “¿Por qué pide esta generación una señal? De cierto os digo que a esta

generación no se le dará ninguna señal.” 13 Y dejándolos, volvió a entrar en la

barca y cruzó a la otra orilla. 14 Se habían olvidado de llevar pan, y no tenían

consigo en la barca sino un solo pan. 15 Y él les mandó, diciendo: — Mirad;

guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes. 16 Ellos

discutían los unos con los otros, porque no tenían pan. 17 Como Jesús lo

entendió, les dijo: — ¿Por qué discutís? ¿Porque no tenéis pan? ¿Todavía no

entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis endurecido vuestro corazón? 18 Teniendo

ojos, ¿no veis? Teniendo oídos, ¿no oís? ¿No os acordáis? 19 Cuando partí los

cinco panes entre cinco mil, ¿cuántas canastas llenas de pedazos recogisteis?

Ellos dijeron: — Doce. 20 — Y cuando repartí los siete panes entre los cuatro

mil, ¿cuántas cestas llenas de pedazos recogisteis? Ellos dijeron: — Siete. 21 El

les preguntó: — ¿Todavía no comprendéis?

22 Jesús fue a Betsaida, y le trajeron un ciego y le rogaban que lo tocase.

23 Entonces tomando al ciego de la mano, le sacó fuera de la aldea. Después de

mojarle los ojos con saliva e imponerle las manos, le preguntó: — ¿Ves algo?

24 Al mirar, él decía: — Veo a los hombres, pero los veo como árboles que

andan. 25 Luego puso otra vez las manos sobre sus ojos, y miró intensamente. Y

fue restaurada su vista, y veía todo de lejos y claramente. 26 Entonces Jesús le

envió a su casa, diciéndole: — No entres en la aldea.

27 Salieron Jesús y sus discípulos por las aldeas de Cesarea de Filipo, y en

el camino les preguntó a sus discípulos diciendo: — ¿Quién dice la gente que

soy yo? 28 Ellos respondieron: — Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; otros,

uno de los profetas. 29 Entonces él les preguntó: — Pero vosotros, ¿quién decís

que soy yo? Respondiendo Pedro le dijo: — ¡Tú eres el Cristo! 30 El les mandó

enérgicamente que no hablasen a nadie acerca de él. 31 Luego comenzó a

enseñarles que era necesario que el Hijo del Hombre padeciese mucho, que

fuese desechado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, y

que fuese muerto y resucitado después de tres días. 32 Les decía esto

claramente. Entonces Pedro le tomó aparte y comenzó a reprenderle. 33 Pero él

se dio vuelta, y mirando a sus discípulos reprendió a Pedro diciéndole: —

¡Quítate de delante de mí, Satanás! Porque no piensas en las cosas de Dios,

sino en las de los hombres. 34 Y llamó a sí a la gente, juntamente con sus

discípulos, y les dijo: — Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí

mismo, tome su cruz y sígame. 35 Porque el que quiera salvar su vida, la perderá;

pero el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará. 36 Pues,

¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero y perder su alma? 37 Porque,

¿qué dará el hombre en rescate por su alma? 38 Pues el que se avergüence de mí

y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se

avergonzará también de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos

ángeles.

Capítulo 9

1 También les dijo: — De cierto os digo que hay algunos de los que están

aquí presentes que no gustarán la muerte hasta que hayan visto que el reino de

Dios ha venido con poder. 2 Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a

Jacobo y a Juan, y les hizo subir aparte, a solas, a un monte alto, y fue

transfigurado delante de ellos. 3 Sus vestiduras se hicieron resplandecientes, muy

blancas, tanto que ningún lavandero en la tierra las puede dejar tan blancas. 4 Y

les apareció Elías con Moisés, y estaban hablando con Jesús. 5 Entonces

intervino Pedro y dijo a Jesús: — Rabí, es bueno que nosotros estemos aquí.

Levantemos, pues, tres enramadas: una para ti, otra para Moisés y otra para

Elías. 6 Pues él no sabía qué decir, porque tuvieron miedo. 7 Vino una nube

haciéndoles sombra, y desde la nube una voz decía: “Este es mi hijo amado; a él

oíd.” 8 Y de inmediato, mirando alrededor, ya no vieron a nadie más con ellos,

sino sólo a Jesús. 9 Mientras descendían ellos del monte, Jesús les ordenó que

no contaran a nadie lo que habían visto, sino cuando el Hijo del Hombre

resucitara de entre los muertos. 10 Y ellos guardaron la palabra entre sí,

discutiendo qué significaría aquello de resucitar de entre los muertos. 11 Le

preguntaron diciendo: — ¿Por qué dicen los escribas que es necesario que Elías

venga primero? 12 El les dijo: — A la verdad, Elías viene primero y restaura

todas las cosas. Y, ¿cómo está escrito acerca del Hijo del Hombre, que

padezca mucho y sea menospreciado? 13 Sin embargo, os digo que Elías ya ha

venido; e hicieron con él todo lo que quisieron, tal como está escrito de él.

14 Cuando llegaron a los discípulos, vieron una gran multitud alrededor de

ellos, y a unos escribas que disputaban con ellos. 15 En seguida, cuando toda la

gente le vio, se sorprendió, y corriendo hacia él le saludaron. 16 Y les preguntó:

— ¿Qué disputáis con ellos? 17 Le respondió uno de la multitud: — Maestro,

traje a ti mi hijo porque tiene un espíritu mudo, 18 y dondequiera que se apodera

de él, lo derriba. Echa espumarajos y cruje los dientes, y se va desgastando.

Dije a tus discípulos que lo echasen fuera, pero no pudieron. 19 Y respondiendo

les dijo: — ¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros?

¿Hasta cuándo os soportaré? ¡Traédmelo! 20 Se lo trajeron; y cuando el espíritu

le vio, de inmediato sacudió al muchacho, quien cayó en tierra y se revolcaba,

echando espumarajos. 21 Jesús preguntó a su padre: — ¿Cuánto tiempo hace

que le sucede esto? El dijo: — Desde niño. 22 Muchas veces le echa en el fuego

o en el agua para matarlo; pero si puedes hacer algo, ¡ten misericordia de

nosotros y ayúdanos! 23 Jesús le dijo: — ¿”Si puedes...”? ¡Al que cree todo le

es posible! 24 Inmediatamente el padre del muchacho clamó diciendo: — ¡Creo!

¡Ayuda mi incredulidad! 25 Pero cuando Jesús vio que la multitud se agolpaba,

reprendió al espíritu inmundo diciéndole: — Espíritu mudo y sordo, yo te

mando, ¡sal de él y nunca más entres en él! 26 Entonces, clamando y

desgarrándole con violencia, el espíritu salió; y el muchacho quedó como

muerto, de modo que muchos decían: — ¡Está muerto! 27 Pero Jesús le tomó de

la mano y le enderezó, y él se levantó. 28 Cuando él entró en casa, sus discípulos

le preguntaron en privado: — ¿Por qué no pudimos echarlo fuera nosotros?

29 El les dijo: — Este género con nada puede salir, sino con oración.

30 Habiendo salido de allí, caminaban por Galilea. El no quería que nadie lo

supiese, 31 porque iba enseñando a sus discípulos, y les decía: “El Hijo del

Hombre ha de ser entregado en manos de hombres, y le matarán. Y una vez

muerto, resucitará después de tres días.” 32 Pero ellos no entendían esta palabra

y tenían miedo de preguntarle. 33 Llegó a Capernaúm. Y cuando estuvo en casa,

Jesús les preguntó: — ¿Qué disputabais entre vosotros en el camino?

34 Pero ellos callaron, porque lo que habían disputado los unos con los otros en

el camino era sobre quién era el más importante. 35 Entonces se sentó, llamó a

los doce y les dijo: — Si alguno quiere ser el primero, deberá ser el último de

todos y el siervo de todos. 36 Y tomó a un niño y lo puso en medio de ellos; y

tomándole en sus brazos, les dijo: 37 — El que en mi nombre recibe a alguien

como este niño, a mí me recibe; y el que a mí me recibe no me recibe a mí, sino

al que me envió. 38 Juan le dijo: — Maestro, vimos a alguien que echaba fuera

demonios en tu nombre, y se lo prohibimos, porque no nos seguía. 39 Pero Jesús

dijo: — No se lo prohibáis, porque nadie que haga milagros en mi nombre

podrá después hablar mal de mí. 40 Porque el que no es contra nosotros, por

nosotros es.

41 Cualquiera que os dé un vaso de agua en mi nombre, porque sois de

Cristo, de cierto os digo que jamás perderá su recompensa. 42 Y a cualquiera

que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que

se le atase una gran piedra de molino al cuello y que fuese echado al mar. 43 Si

tu mano te hace tropezar, córtala. Mejor te es entrar manco a la vida que

teniendo dos manos, ir al infierno, al fuego inextinguible, 44 donde su gusano no

muere, y el fuego nunca se apaga. 45 Si tu pie te hace tropezar, córtalo. Mejor te

es entrar cojo a la vida que teniendo dos pies, ser echado al infierno, 46 donde

su gusano no muere, y el fuego nunca se apaga. 47 Y si tu ojo te hace tropezar,

sácalo. Mejor te es entrar con un solo ojo al reino de Dios que, teniendo dos

ojos, ser echado al infierno, 48 donde su gusano no muere, y el fuego nunca se

apaga. 49 Porque todo será salado con fuego. 50 Buena es la sal; pero si la sal se

vuelve insípida, ¿con qué será salada? Tened sal en vosotros y vivid en paz los

unos con los otros.

Capítulo 10

1 Y levantándose de allí, fue a las regiones de Judea y de más allá del

Jordán. Las multitudes volvieron a acudir a él, y de nuevo les enseñaba como él

acostumbraba. 2 Entonces se acercaron unos fariseos para probarle, y le

preguntaron si era lícito al marido divorciarse de su mujer. 3 Pero él respondió y

les dijo: — ¿Qué os mandó Moisés? 4 Ellos dijeron: — Moisés permitió escribir

carta de divorcio y despedirla. 5 Pero Jesús les dijo: — Ante vuestra dureza de

corazón, os escribió este mandamiento. 6 Pero desde el principio de la

creación, Dios los hizo varón y mujer. 7 Por esta causa el hombre dejará a su

padre y a su madre, y se unirá a su mujer; 8 y serán los dos una sola carne. Así

que, ya no son más dos, sino una sola carne. 9 Por tanto, lo que Dios ha unido,

no lo separe el hombre. 10 En casa sus discípulos volvieron a preguntarle acerca

de esto. 11 El les dijo: — Cualquiera que se divorcia de su mujer y se casa con

otra, comete adulterio contra ella. 12 Y si la mujer se divorcia de su marido y se

casa con otro, comete adulterio.

13 Y le presentaban niños para que los tocase, pero los discípulos los

reprendieron. 14 Al verlo, Jesús se indignó y les dijo: “Dejad a los niños venir a

mí, y no les impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. 15 De cierto os

digo que cualquiera que no reciba el reino de Dios como un niño, jamás entrará

en él.” 16 Entonces tomándolos en los brazos, puso las manos sobre ellos y los

bendijo.

17 Cuando salía para continuar su camino, un hombre vino corriendo, se

puso de rodillas delante de él y le preguntó: — Maestro bueno, ¿qué haré para

obtener la vida eterna? 18 Pero Jesús le dijo: — ¿Por qué me llamas “bueno”?

Ninguno es bueno, sino sólo uno, Dios. 19 Tú conoces los mandamientos: No

cometas homicidio, no cometas adulterio, no robes, no des falso testimonio, no

defraudes, honra a tu padre y a tu madre. 20 Pero él le dijo: — Maestro, todo

esto he guardado desde mi juventud. 21 Entonces al mirarlo Jesús, le amó y le

dijo: — Una cosa te falta: Anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres; y

tendrás tesoro en el cielo. Y ven; sígueme. 22 Pero él, abatido por esta palabra,

se fue triste, porque tenía muchas posesiones. 23 Entonces Jesús, mirando

alrededor, dijo a sus discípulos: — ¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de

Dios los que tienen riquezas! 24 Los discípulos se asombraron por sus palabras;

pero Jesús, respondiendo de nuevo, les dijo: — Hijitos, ¡cuán difícil es entrar en

el reino de Dios! 25 Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja,

que a un rico entrar en el reino de Dios. 26 Pero ellos quedaron aun más atónitos

diciendo entre sí: — ¿Y quién podrá ser salvo? 27 Entonces Jesús, mirándolos,

les dijo: — Para los hombres es imposible; pero no para Dios. Porque para

Dios todas las cosas son posibles. 28 Pedro comenzó a decirle: — He aquí,

nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido. 29 Jesús le dijo: — De cierto

os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o

madre, o padre, o hijos, o campos, por causa de mí y del evangelio, 30 que no

reciba cien veces más ahora en este tiempo: casas, hermanos, hermanas,

madres, hijos y campos, con persecuciones; y en la edad venidera, la vida

eterna. 31 Pero muchos primeros serán los últimos, y los últimos, primeros.

32 Iban por el camino subiendo a Jerusalén, y Jesús iba delante de ellos.

Estaban asombrados, y los que le seguían tenían miedo. Entonces, volviendo a

tomar a los doce aparte, les comenzó a declarar las cosas que le estaban por

acontecer: 33 — He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será

entregado a los principales sacerdotes y a los escribas. Le condenarán a muerte

y le entregarán a los gentiles. 34 Se burlarán de él, le escupirán, le azotarán y le

matarán; y después de tres días resucitará. 35 Entonces Jacobo y Juan, hijos de

Zebedeo, se acercaron a él y le dijeron: — Maestro, queremos que nos

concedas lo que pidamos. 36 El les dijo: — ¿Qué queréis que haga por

vosotros? 37 Ellos dijeron: — Concédenos que en tu gloria nos sentemos el uno

a tu derecha y el otro a tu izquierda. 38 Entonces Jesús les dijo: — No sabéis lo

que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo bebo, o ser bautizados con el bautismo

con que yo soy bautizado? 39 Ellos dijeron: — Podemos. Y Jesús les dijo: —

Beberéis la copa que yo bebo, y seréis bautizados con el bautismo con que yo

soy bautizado. 40 Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es mío

concederlo, sino que es para quienes está preparado. 41 Cuando lo oyeron los

diez, comenzaron a enojarse con Jacobo y Juan. 42 Pero Jesús los llamó y les

dijo: — Sabéis que los que son tenidos por príncipes de los gentiles se

enseñorean de ellos, y sus grandes ejercen autoridad sobre ellos. 43 Pero no es

así entre vosotros. Más bien, cualquiera que anhele hacerse grande entre

vosotros será vuestro servidor, 44 y cualquiera que anhele ser el primero entre

vosotros será siervo de todos. 45 Porque el Hijo del Hombre tampoco vino para

ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.

46 Entonces llegaron a Jericó. Y cuando él iba saliendo de Jericó junto con

sus discípulos y una gran multitud, el ciego Bartimeo, hijo de Timeo, estaba

sentado junto al camino mendigando. 47 Y cuando oyó que era Jesús de

Nazaret, comenzó a gritar diciendo: — ¡Jesús, hijo de David, ten misericordia

de mí! 48 Muchos le regañaban para que se callara, pero él gritaba aun más

fuerte: — ¡Hijo de David, ten misericordia de mí! 49 Entonces Jesús se detuvo y

mandó llamarle. Llamaron al ciego diciéndole: — Ten confianza. Levántate. El te

llama. 50 Entonces él, tirando su manto, se levantó y fue a Jesús. 51 Y Jesús le

respondió diciendo: — ¿Qué quieres que te haga? El ciego le dijo: — Rabí,

que yo recobre la vista. 52 Jesús le dijo: — Vete. Tu fe te ha salvado. Al instante

recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino.

Capítulo 11

1 Cuando llegaron cerca de Jerusalén, junto a Betfagé y Betania, frente al

monte de los Olivos, Jesús envió a dos de sus discípulos 2 y les dijo: — Id a la

aldea que está frente a vosotros, y cuando hayáis entrado allí, en seguida

hallaréis atado un borriquillo sobre el cual ningún hombre ha montado. Desatadlo

y traedlo. 3 Y si alguien os dice: “¿Por qué hacéis eso?”, decidle: “El Señor lo

necesita, y luego lo enviará aquí otra vez.” 4 Ellos fueron y hallaron el borriquillo

atado a la puerta, afuera, en la esquina de dos calles; y lo desataron. 5 Algunos

de los que estaban allí les dijeron: — ¿Qué hacéis desatando al borriquillo?

6 Ellos les dijeron tal como Jesús les había dicho, y les dejaron ir. 7 Trajeron el

borriquillo a Jesús y echaron sobre él sus mantos, y se sentó sobre él. 8 Muchos

tendieron sus mantos por el camino, y otros cortaban ramas de los árboles.

9 Los que iban delante y los que le seguían aclamaban: — ¡Hosanna! ¡Bendito el

que viene en el nombre del Señor! 10 ¡Bendito el reino venidero de nuestro

padre David! ¡Hosanna en las alturas! 11 Entró Jesús en Jerusalén, en el templo,

y habiendo mirado todo en derredor, como la hora ya era tarde, salió para

Betania con los doce.

12 Al día siguiente, cuando salieron de Betania, tuvo hambre. 13 Y viendo

desde lejos una higuera que tenía hojas, se acercó para ver si hallara en ella algo.

Cuando vino a ella, no encontró nada sino hojas, porque no era tiempo de higos.

14 Entonces Jesús dijo a la higuera: “¡Nunca jamás coma nadie de tu fruto!” Y lo

oyeron sus discípulos. 15 Llegaron a Jerusalén, y Jesús entró en el templo. Y

comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en el templo.

Volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas, 16 y no

consentía que nadie cruzase por el templo llevando utensilio alguno. 17 Y

enseñaba diciendo: “¿No está escrito que mi casa será llamada casa de oración

para todas las naciones? Pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.”

18 Lo oyeron los principales sacerdotes y los escribas, y buscaban cómo

matarle; porque le tenían miedo, pues todo el pueblo estaba maravillado de su

doctrina. 19 Y al llegar la noche, Jesús y los suyos salieron de la ciudad. 20 Por la

mañana, pasando por allí vieron que la higuera se había secado desde las raíces.

21 Entonces Pedro, acordándose, le dijo: — Rabí, he aquí la higuera que

maldijiste se ha secado. 22 Respondiendo Jesús les dijo: — Tened fe en Dios.

23 De cierto os digo que cualquiera que diga a este monte: “Quítate y arrójate al

mar”, y que no dude en su corazón, sino que crea que será hecho lo que dice, le

será hecho. 24 Por esta razón os digo que todo por lo cual oráis y pedís, creed

que lo habéis recibido, y os será hecho. 25 Y cuando os pongáis de pie para

orar, si tenéis algo contra alguien, perdonadle, para que vuestro Padre que está

en los cielos también os perdone a vosotros vuestras ofensas. 26 Porque si

vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os

perdonará vuestras ofensas.

27 Volvieron a Jerusalén. Luego, mientras él andaba por el templo, vinieron a

él los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos, 28 y le decían: — ¿Con

qué autoridad haces estas cosas? ¿O quién te dio la autoridad para hacer estas

cosas? 29 Entonces Jesús les dijo: — Yo os haré una pregunta. Respondedme, y

yo os diré con qué autoridad hago estas cosas: 30 El bautismo de Juan, ¿era del

cielo o de los hombres? Respondedme. 31 Entonces ellos razonaban entre sí

diciendo: — Si decimos “del cielo”, dirá: “¿Por qué, pues, no le creísteis?”

32 Pero si decimos “de los hombres...” Temían al pueblo, porque todos

consideraban que verdaderamente Juan era profeta. 33 Entonces respondiendo a

Jesús dijeron: — No sabemos. Y Jesús les dijo: — Tampoco yo os digo con

qué autoridad hago estas cosas.

Capítulo 12

1 Entonces comenzó a hablarles en parábolas: — Un hombre plantó una

viña. La rodeó con una cerca, cavó un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos

labradores y se fue lejos. 2 A su debido tiempo envió un siervo a los labradores,

para recibir de los labradores una parte del fruto de la viña. 3 Pero ellos lo

tomaron, lo hirieron y le enviaron con las manos vacías. 4 Volvió a enviarles otro

siervo, pero a ése le hirieron en la cabeza y le afrentaron. 5 Y envió otro, y a éste

lo mataron. Envió a muchos otros, pero ellos herían a unos y mataban a otros.

6 Teniendo todavía un hijo suyo amado, por último, también lo envió a ellos

diciendo: “Tendrán respeto a mi hijo.” 7 Pero aquellos labradores dijeron entre

sí: “Este es el heredero. Venid, matémosle, y la heredad será nuestra.” 8 Y le

prendieron, lo mataron y le echaron fuera de la viña. 9 ¿Qué, pues, hará el señor

de la viña? Vendrá, destruirá a los labradores y dará la viña a otros. 10 ¿No

habéis leído esta Escritura: La piedra que desecharon los edificadores, ésta fue

hecha cabeza del ángulo; 11 de parte del Señor sucedió esto, y es maravilloso en

nuestros ojos? 12 Ellos procuraban prenderle, pero temían a la multitud, porque

sabían que en aquella parábola se había referido a ellos. Y dejándole, se fueron.

13 Entonces enviaron a él algunos de los fariseos y de los herodianos para

que le sorprendiesen en alguna palabra. 14 Y viniendo le dijeron: — Maestro,

sabemos que eres hombre de verdad y que no te cuidas de nadie; porque no

miras la apariencia de los hombres, sino que con verdad enseñas el camino de

Dios. ¿Es lícito dar tributo al César, o no? ¿Daremos o no daremos?

15 Entonces él, como entendió la hipocresía de ellos, les dijo: — ¿Por qué me

probáis? Traedme un denario para que lo vea. 16 Se lo trajeron, y él les dijo: —

¿De quién es esta imagen y esta inscripción? Le dijeron: — Del César.

17 Entonces Jesús les dijo: — Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que

es de Dios. Y se maravillaban de él.

18 Entonces vinieron a él unos saduceos, quienes dicen que no hay

resurrección, y le preguntaron diciendo: 19 — Maestro, Moisés nos escribió que

si el hermano de alguno muere y deja mujer y no deja hijos, su hermano tome la

mujer y levante descendencia a su hermano. 20 Había siete hermanos. El primero

tomó mujer, y murió sin dejar descendencia. 21 La tomó el segundo y murió sin

dejar descendencia. El tercero, de la misma manera. 22 Así los siete no dejaron

descendencia. Después de todos, murió también la mujer. 23 En la resurrección,

cuando resuciten, puesto que los siete la tuvieron por mujer, ¿de cuál de ellos

será mujer? 24 Entonces Jesús les dijo: — ¿No es por esto que erráis, porque no

conocéis las Escrituras ni tampoco el poder de Dios? 25 Porque cuando

resuciten de entre los muertos, no se casarán ni se darán en casamiento, sino que

son como los ángeles que están en los cielos. 26 Y con respecto a si resucitan los

muertos, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, cómo le habló Dios desde la

zarza diciendo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de

Jacob? 27 Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Vosotros erráis mucho.

28 Se le acercó uno de los escribas al oírles discutir; y dándose cuenta de

que Jesús había respondido bien, le preguntó: — ¿Cuál es el primer

mandamiento de todos? 29 Jesús le respondió: — El primero es: Escucha, Israel:

El Señor nuestro Dios, el Señor uno es. 30 Y amarás al Señor tu Dios con

todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.

31 El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro

mandamiento mayor que estos dos. 32 Entonces el escriba le dijo: — Bien,

Maestro. Has dicho la verdad: Dios es uno, y no hay otro aparte de él; 33 y

amarle con todo el corazón, con todo el entendimiento, y con todas las fuerzas,

y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y

sacrificios. 34 Y viendo Jesús que había respondido sabiamente, le dijo: — No

estás lejos del reino de Dios. Ya nadie se atrevía a hacerle más preguntas.

35 Mientras estaba enseñando en el templo, Jesús respondiendo decía: —

¿Cómo es que dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? 36 David

mismo dijo mediante el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi Señor: “Siéntate a mi

diestra, hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies.” 37 David mismo le

llama “Señor”; ¿cómo es, pues, su hijo? Y la gran multitud le escuchaba con

gusto. 38 Y en su enseñanza decía: — Guardaos de los escribas, a quienes les

gusta pasearse con ropas largas y aman las salutaciones en las plazas, 39 las

primeras sillas en las sinagogas y los primeros asientos en los banquetes.

40 Estos, que devoran las casas de las viudas y como pretexto hacen largas

oraciones, recibirán mayor condenación.

41 Estando Jesús sentado frente al arca del tesoro, observaba cómo el

pueblo echaba dinero en el arca. Muchos ricos echaban mucho, 42 y una viuda

pobre vino y echó dos blancas, que equivalen a un cuadrante. 43 El llamó a sus

discípulos y les dijo: — De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que

todos los que echaron en el arca. 44 Porque todos han echado de su abundancia;

pero ésta, de su pobreza, echó todo lo que tenía, todo su sustento.

Capítulo 13

1 Cuando él salía del templo, uno de sus discípulos dijo: — Maestro, ¡mira

qué piedras y qué edificios! 2 Y Jesús le dijo: — ¿Veis estos grandes edificios?

Aquí no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada. 3 Estando él sentado

en el monte de los Olivos frente al templo, Pedro, Jacobo, Juan y Andrés le

preguntaban aparte: 4 — Dinos, ¿cuándo sucederán estas cosas? ¿Y qué señal

habrá cuando todas estas cosas estén por cumplirse?

5 Jesús comenzó a decirles: — Mirad que nadie os engañe. 6 Muchos

vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, y engañarán a muchos. 7 Pero

cuando oigáis de guerras y de rumores de guerras, no os turbéis. Es necesario

que así suceda, pero todavía no es el fin. 8 Porque se levantará nación contra

nación y reino contra reino. Habrá terremotos por todas partes. Habrá hambres.

Estos son principio de dolores. 9 Pero vosotros, mirad por vosotros mismos.

Porque os entregarán en los concilios, y seréis azotados en las sinagogas. Por mi

causa seréis llevados delante de gobernadores y de reyes, para testimonio a

ellos. 10 Es necesario que primero el evangelio sea predicado a todas las

naciones. 11 Cuando os lleven para entregaros, no os preocupéis por lo que

hayáis de decir. Más bien, hablad lo que os sea dado en aquella hora; porque no

sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo. 12 El hermano entregará a

muerte a su hermano, y el padre a su hijo. Se levantarán los hijos contra sus

padres y los harán morir. 13 Y seréis aborrecidos de todos, por causa de mi

nombre. Pero el que persevere hasta el fin, éste será salvo.

14 Pero cuando veáis que la abominación desoladora se ha establecido

donde no debe estar (el que lee, entienda), entonces los que estén en Judea

huyan a los montes. 15 El que esté en la azotea no descienda ni entre para sacar

algo de su casa, 16 y el que esté en el campo no vuelva atrás para tomar su

manto. 17 ¡Ay de las que estén encintas y de las que críen en aquellos días!

18 Orad, pues, que no acontezca en invierno. 19 Porque aquellos días serán de

tribulación como nunca ha habido desde el principio de la creación que Dios

creó, hasta ahora, ni habrá jamás. 20 Si el Señor no hubiese acortado aquellos

días, no se salvaría nadie; pero por causa de los escogidos que él eligió, él ha

acortado aquellos días. 21 Entonces, si alguien os dice: “He aquí, aquí está el

Cristo”, o “He allí, allí está”, no le creáis. 22 Porque se levantarán falsos cristos y

falsos profetas, y harán señales y maravillas para engañar, de ser posible, a los

escogidos. 23 Pero vosotros, ¡mirad! Os lo he dicho todo de antemano.

24 Entonces en aquellos días, después de aquella tribulación, el sol se

oscurecerá, y la luna no dará su resplandor. 25 Las estrellas caerán del cielo, y

los poderes que están en los cielos serán sacudidos. 26 Entonces verán al Hijo

del Hombre viniendo en las nubes con gran poder y gloria. 27 Después enviará a

sus ángeles y reunirá a sus escogidos de los cuatro vientos, desde el extremo de

la tierra hasta el extremo del cielo.

28 De la higuera aprended la parábola: Cuando su rama ya está tierna y

brotan sus hojas, sabéis que el verano está cerca. 29 Así también vosotros,

cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca, a las puertas.

30 De cierto os digo que no pasará esta generación hasta que todas estas cosas

sucedan. 31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 32 Pero

acerca de aquel día o de la hora, nadie sabe; ni siquiera los ángeles en el cielo, ni

aun el Hijo, sino sólo el Padre. 33 Mirad y velad, porque no sabéis cuándo será

el tiempo. 34 Será como el hombre que al salir de viaje dejó su casa y dio

autoridad a sus siervos, a cada uno su obra, y al portero mandó que velase.

35 Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el Señor de la casa, sea a la

tarde, a la medianoche, al canto del gallo o a la mañana; 36 no sea que cuando

vuelva de repente os halle durmiendo. 37 Lo que a vosotros digo, a todos digo:

¡Velad!

Capítulo 14

1 Dos días después era la Pascua y la fiesta de los panes sin levadura. Y los

principales sacerdotes y los escribas estaban buscando cómo prenderle por

engaño y matarle, 2 pues decían: “No en la fiesta, de modo que no se haga

alboroto en el pueblo.” 3 Estando él en Betania sentado a la mesa en casa de

Simón el leproso, vino una mujer que tenía un frasco de alabastro con perfume

de nardo puro de gran precio. Y quebrando el frasco de alabastro, lo derramó

sobre la cabeza de Jesús. 4 Pero había allí algunos que se indignaron entre sí y

dijeron: — ¿Para qué se ha hecho este desperdicio de perfume? 5 Porque

podría haberse vendido este perfume por más de trescientos denarios y haberse

dado a los pobres. Y murmuraban contra ella, 6 pero Jesús dijo: — Dejadla.

¿Por qué la molestáis? Ella ha hecho una buena obra conmigo. 7 Porque siempre

tenéis a los pobres con vosotros, y cuando queréis les podéis hacer bien; pero a

mí no siempre me tenéis. 8 Ella ha hecho lo que podía, porque se ha anticipado a

ungir mi cuerpo para la sepultura. 9 De cierto os digo que dondequiera que sea

predicado este evangelio en todo el mundo, también lo que ésta ha hecho será

contado para memoria de ella. 10 Entonces Judas Iscariote, uno de los doce, fue

a los principales sacerdotes para entregárselo. 11 Ellos, al oírlo, se alegraron y

prometieron darle dinero. Y él buscaba cómo entregarle en un momento

oportuno.

12 El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, cuando sacrificaban el

cordero de la Pascua, sus discípulos le dijeron: — ¿Dónde quieres que vayamos

y hagamos los preparativos para que comas la Pascua? 13 El envió a dos de sus

discípulos y les dijo: — Id a la ciudad, y os saldrá al encuentro un hombre

llevando un cántaro de agua. Seguidle; 14 y donde entre, decid al dueño de casa:

“El Maestro dice: ‘¿Dónde está mi habitación donde he de comer la Pascua con

mis discípulos?’“ 15 Y él os mostrará un gran aposento alto ya dispuesto y

preparado. Preparad allí para nosotros. 16 Salieron sus discípulos, entraron en la

ciudad, hallaron como les había dicho y prepararon la Pascua. 17 Al atardecer

fue con los doce; 18 y cuando estaban sentados a la mesa comiendo, Jesús dijo:

— De cierto os digo que uno de vosotros, el que come conmigo, me va a

entregar. 19 Entonces comenzaron a entristecerse y a decirle uno tras otro: —

¿Acaso seré yo? 20 El les dijo: — Es uno de los doce, el que moja el pan

conmigo en el plato. 21 A la verdad, el Hijo del Hombre va, tal como está escrito

de él. Pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado el Hijo del Hombre!

Bueno le fuera a aquel hombre no haber nacido. 22 Mientras ellos comían, Jesús

tomó pan y lo bendijo; lo partió, les dio y dijo: — Tomad; esto es mi cuerpo.

23 Tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio; y bebieron todos de ella.

24 Y él les dijo: — Esto es mi sangre del pacto, la cual es derramada a favor de

muchos. 25 De cierto os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta aquel

día cuando lo beba nuevo en el reino de Dios. 26 Y después de cantar un himno,

salieron al monte de los Olivos. 27 Entonces Jesús les dijo: — Todos os

escandalizaréis de mí; porque escrito está: Heriré al pastor, y serán dispersadas

las ovejas. 28 Pero después de haber resucitado, iré delante de vosotros a

Galilea. 29 Entonces Pedro le dijo: — Aunque todos sean escandalizados, yo no.

30 Jesús le dijo: — De cierto te digo que hoy, en esta noche, antes que el gallo

haya cantado dos veces, tú me negarás tres veces. 31 Pero él decía con mayor

insistencia: — Aunque me sea necesario morir contigo, jamás te negaré.

También todos decían lo mismo.

32 Llegaron al lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: —

Sentaos aquí, mientras yo oro. 33 Tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y

comenzó a entristecerse y a angustiarse. 34 Y les dijo: — Mi alma está muy

triste, hasta la muerte. Quedaos aquí y velad. 35 Pasando un poco adelante, se

postraba en tierra y oraba que de ser posible, pasase de él aquella hora.

36 Decía: — ¡Abba, Padre, todo es posible para ti! ¡Aparta de mí esta

copa! Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres. 37 Volvió y los halló

durmiendo, y le dijo a Pedro: — Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar una

sola hora? 38 Velad y orad, para que no entréis en tentación. El espíritu a la

verdad está dispuesto, pero la carne es débil. 39 De nuevo se apartó y oró

diciendo las mismas palabras. 40 Cuando volvió otra vez, los halló durmiendo,

porque sus ojos estaban cargados de sueño. Y no sabían qué responderle.

41 Volvió por tercera vez y les dijo: — ¿Todavía estáis durmiendo y

descansando? Basta ya. La hora ha venido. He aquí, el Hijo del Hombre es

entregado en manos de los pecadores. 42 ¡Levantaos, vamos! He aquí, está

cerca el que me entrega.

43 En seguida, mientras él aún hablaba, llegó Judas, uno de los doce, y con

él una multitud con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes, de

los escribas y de los ancianos. 44 El que le entregaba les había dado señal

diciendo: “Al que yo bese, ése es. Prendedle y llevadle con seguridad.”

45 Cuando llegó, de inmediato se acercó a él y dijo: — ¡Rabí! Y le besó.

46 Entonces ellos le echaron mano y le prendieron; 47 pero uno de los que

estaban allí, sacando su espada, hirió al siervo del sumo sacerdote y le cortó la

oreja. 48 Jesús respondió y les dijo: — ¿Como contra un asaltante habéis salido

con espadas y palos para prenderme? 49 Cada día yo estaba delante de

vosotros enseñando en el templo, y no me prendisteis. Pero así es, para que se

cumplan las Escrituras. 50 Entonces todos los suyos le abandonaron y huyeron.

51 Pero cierto joven, habiendo cubierto su cuerpo desnudo con una sábana, le

seguía; y le prendieron. 52 Pero él, dejando la sábana, huyó desnudo.

53 Llevaron a Jesús ante el sumo sacerdote; y se reunieron con él todos los

principales sacerdotes, los ancianos y los escribas. 54 Y Pedro le siguió de lejos

hasta dentro del patio del sumo sacerdote, y estaba sentado con los guardias y

se calentaba ante el fuego. 55 Los principales sacerdotes y todo el Sanedrín

buscaban testimonio contra Jesús, para entregarle a muerte; pero no lo hallaban.

56 Porque muchos daban falso testimonio contra Jesús, pero sus testimonios no

concordaban. 57 Entonces se levantaron unos, y dieron falso testimonio contra él

diciendo: 58 — Nosotros le oímos decir: “Yo derribaré este templo que ha sido

hecho con manos, y en tres días edificaré otro hecho sin manos.” 59 Pero ni aun

así concordaba el testimonio de ellos. 60 Entonces el sumo sacerdote se levantó

en medio y preguntó a Jesús diciendo: — ¿No respondes nada? ¿Qué testifican

éstos contra ti? 61 Pero él callaba y no respondió nada. Otra vez el sumo

sacerdote le preguntó y le dijo: — ¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?

62 Jesús le dijo: — Yo soy. Y además, veréis al Hijo del Hombre sentado a la

diestra del Poder y viniendo con las nubes del cielo. 63 Entonces el sumo

sacerdote rasgó su vestidura y dijo: — ¿Qué más necesidad tenemos de

testigos? 64 Vosotros habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece? Y todos ellos le

condenaron como reo de muerte. 65 Algunos comenzaron a escupirle, a cubrirle

la cara y a darle de bofetadas, diciendo: — ¡Profetiza! También los guardias le

recibieron a bofetadas.

66 Estando Pedro abajo en el patio, vino una de las criadas del sumo

sacerdote. 67 Cuando vio a Pedro calentándose, se fijó en él y le dijo: — Tú

también estabas con Jesús de Nazaret. 68 Pero él negó diciendo: — No lo

conozco, ni sé lo que dices. Y salió afuera a la entrada, y el gallo cantó.

69 Cuando la criada le vio, comenzó otra vez a decir a los que estaban allí: —

Este es uno de ellos. 70 Pero él negó otra vez. Poco después, los que estaban allí

decían otra vez a Pedro: — Verdaderamente tú eres uno de ellos, porque eres

galileo. 71 Pero él comenzó a maldecir y a jurar: — ¡No conozco a este hombre

de quien habláis! 72 Y en seguida cantó el gallo por segunda vez, y Pedro se

acordó de la palabra, como Jesús le había dicho: “Antes que cante el gallo dos

veces, tú me negarás tres veces.” Y pensando en esto, lloraba.

Capítulo 15

1 Y luego, muy de mañana, cuando los principales sacerdotes ya habían

consultado con los ancianos, con los escribas y con todo el Sanedrín, después

de atar a Jesús, le llevaron y le entregaron a Pilato. 2 Y Pilato le preguntó: —

¿Eres tú el rey de los judíos? Y respondiendo le dijo: — Tú lo dices. 3 Los

principales sacerdotes le acusaban de muchas cosas. 4 Pero Pilato le preguntaba

de nuevo diciendo: — ¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan.

5 Pero Jesús aun con eso no respondió nada, de modo que Pilato se

maravillaba. 6 En la fiesta Pilato solía soltarles un preso, el que pidiesen. 7 Y

había uno que se llamaba Barrabás, preso con los rebeldes que habían cometido

homicidio en la insurrección. 8 La multitud se levantó y comenzó a pedir que les

hiciese como acostumbraba. 9 Entonces Pilato les respondió diciendo: —

¿Queréis que yo os suelte al rey de los judíos? 10 Porque sabía que por envidia

le habían entregado los principales sacerdotes. 11 Pero los principales

sacerdotes incitaron a la multitud para que les soltase más bien a Barrabás.

12 De nuevo intervino Pilato y les decía: — ¿Qué, pues, queréis que haga con el

que llamáis “el rey de los judíos”? 13 De nuevo gritaron: — ¡Crucifícale!

14 Entonces Pilato les dijo: — ¿Pues, qué mal ha hecho? Pero lanzaron gritos aun

más fuertes: — ¡Crucifícale !

15 Entonces Pilato, queriendo satisfacer al pueblo, les soltó a Barrabás y

entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuese crucificado. 16 Entonces los

soldados le llevaron dentro del atrio, que es el Pretorio, y convocaron a toda la

compañía. 17 Le vistieron de púrpura; y habiendo entretejido una corona de

espinas, se la pusieron 18 y comenzaron a aclamarle: — ¡Viva, rey de los judíos!

19 También le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y puestos de

rodillas le rendían homenaje. 20 Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron el

manto de púrpura y le pusieron su propia ropa. Entonces le sacaron para

crucificarle. 21 Obligaron a uno que pasaba viniendo del campo, a un cierto

Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, a que cargara la cruz de Jesús.

22 Y le llevaron al lugar llamado Gólgota, que traducido es lugar de la

Calavera. 23 Le dieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó. 24 Y le

crucificaron, y repartieron sus vestiduras, echando suertes sobre ellas para ver

qué se llevaría cada uno. 25 Era la hora tercera cuando le crucificaron. 26 El título

de su acusación estaba escrito: EL REY DE LOS JUDIOS. 27 Y con él

crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y otro a su izquierda. 28 Y se

cumplió la Escritura que dice: Y fue contado con los inicuos. 29 Y los que

pasaban le insultaban, meneando sus cabezas y diciendo: — ¡Ah! Tú que

derribas el templo y lo edificas en tres días, 30 ¡sálvate a ti mismo y desciende de

la cruz! 31 De igual manera, burlándose de él entre ellos mismos, los principales

sacerdotes junto con los escribas decían: — A otros salvó; a sí mismo no se puede

salvar. 32 ¡Que el Cristo, el rey de Israel, descienda ahora de la cruz para que

veamos y creamos! También los que estaban crucificados con él le injuriaban.

33 Cuando llegó la hora sexta, descendió oscuridad sobre toda la tierra,

hasta la hora novena. 34 Y en la hora novena Jesús exclamó a gran voz, diciendo:

— ¡Eloi, Eloi! ¿Lama sabactani? — que traducido quiere decir: Dios mío, Dios

mío, ¿por qué me has desamparado? — . 35 Al oírle, algunos de los que estaban

allí decían: — He aquí, llama a Elías. 36 Corrió uno y empapó una esponja en

vinagre, la puso en una caña y le dio a beber, diciendo: — Dejad, veamos si

viene Elías a bajarle. 37 Pero Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

38 Y el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. 39 El centurión que

estaba de pie delante de él, cuando vio que había muerto de esta manera, dijo:

— ¡Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios! 40 También estaban allí

algunas mujeres, mirando desde lejos. Entre ellas se encontraban María

Magdalena, María la madre de Jacobo el Menor y de José, y Salomé.

41 Cuando Jesús estaba en Galilea, éstas le seguían y le servían. También había

muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.

42 Cuando ya atardecía, siendo el día de la Preparación, es decir, la víspera

del sábado, 43 llegó José de Arimatea, miembro ilustre del concilio, quien

también esperaba el reino de Dios, y entró osadamente a Pilato y le pidió el

cuerpo de Jesús. 44 Pilato se sorprendió de que ya hubiese muerto. Y llamando

al centurión, le preguntó si ya había muerto. 45 Una vez informado por el

centurión, concedió el cuerpo a José. 46 Comprando una sábana y bajándole de

la cruz, José lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro que había sido

cavado en una peña. Luego hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro.

47 María Magdalena y María la madre de José miraban dónde le ponían.

Capítulo 16

1 Cuando pasó el sábado, María Magdalena, María madre de Jacobo, y

Salomé compraron especias aromáticas para ir a ungirle. 2 Muy de mañana, el

primer día de la semana, fueron al sepulcro apenas salido el sol, 3 y decían una a

otra: — ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro? 4 Pero

cuando miraron, vieron que la piedra ya había sido removida, a pesar de que era

muy grande. 5 Y cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven sentado al

lado derecho, vestido de una larga ropa blanca, y se asustaron. 6 Pero él les dijo:

— No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, quien fue crucificado. ¡Ha

resucitado! No está aquí. He aquí el lugar donde le pusieron. 7 Pero id, decid a

sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea. Allí le veréis,

como os dijo. 8 Ellas salieron y huyeron del sepulcro, porque temblaban y

estaban presas de espanto. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo.

9 Una vez resucitado Jesús, muy de mañana en el primer día de la semana,

apareció primeramente a María Magdalena, de la cual había echado siete

demonios. 10 Ella fue y lo anunció a los que habían estado con él, que

estaban tristes y lloraban. 11 Pero cuando ellos oyeron que estaba vivo y que

había sido visto por ella, no lo creyeron. 12 Después apareció en otra forma a

dos de ellos que iban caminando hacia el campo. 13 Ellos fueron y lo anunciaron

a los demás, pero tampoco a ellos les creyeron.

14 Luego, apareció a los once cuando estaban sentados a la mesa, y les

reprendió por su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a

los que le habían visto resucitado. 15 Y les dijo: “Id por todo el mundo y

predicad el evangelio a toda criatura. 16 El que cree y es bautizado será salvo;

pero el que no cree será condenado. 17 Estas señales seguirán a los que creen:

En mi nombre echarán fuera demonios, hablarán nuevas lenguas, 18 tomarán

serpientes en las manos, y si llegan a beber cosa venenosa, no les dañará. Sobre

los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.”

19 Después que les habló, el Señor Jesús fue recibido arriba en el cielo y se

sentó a la diestra de Dios. 20 Y ellos salieron y predicaron en todas partes,

actuando con ellos el Señor y confirmando la palabra con las señales que

seguían.