© 2003 NUEVO TESTAMENTO

VERSIÓN REINA-VALERA ACTUALIZADA

Basada en la Reina-Valera de 1909 y cotejada con diversas

traducciones y con los mejores textos en los idiomas

originales hebreo, arameo y griego

 
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MATEO

Capítulo 1

1 Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.

2 Abraham engendró a Isaac; Isaac engendró a Jacob; Jacob engendró a Judá y

a sus hermanos; 3 Judá engendró de Tamar a Fares y a Zéraj; Fares engendró a

Hesrón; Hesrón engendró a Aram; 4 Aram engendró a Aminadab; Aminadab

engendró a Najsón; Najsón engendró a Salmón; 5 Salmón engendró de Rajab a

Boaz; Boaz engendró de Rut a Obed; Obed engendró a Isaí; 6 Isaí engendró al

rey David. David engendró a Salomón, de la que fue mujer de Urías; 7 Salomón

engendró a Roboam; Roboam engendró a Abías; Abías engendró a Asa; 8 Asa

engendró a Josafat; Josafat engendró a Joram; Joram engendró a Uzías; 9 Uzías

engendró a Jotam; Jotam engendró a Acaz; Acaz engendró a Ezequías;

10 Ezequías engendró a Manasés; Manasés engendró a Amón; Amón engendró

a Josías; 11 Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos en el tiempo de la

deportación a Babilonia. 12 Después de la deportación a Babilonia, Jeconías

engendró a Salatiel; Salatiel engendró a Zorobabel; 13 Zorobabel engendró a

Abiud; Abiud engendró a Eliaquim; Eliaquim engendró a Azor; 14 Azor engendró

a Sadoc; Sadoc engendró a Aquim; Aquim engendró a Eliud; 15 Eliud engendró

a Eleazar; Eleazar engendró a Matán; Matán engendró a Jacob. 16 Jacob

engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo.

17 De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son

catorce generaciones, y desde David hasta la deportación a Babilonia son

catorce generaciones, y desde la deportación a Babilonia hasta el Cristo son

catorce generaciones.

18 El nacimiento de Jesucristo fue así: Su madre María estaba desposada

con José; y antes de que se unieran, se halló que ella había concebido del

Espíritu Santo. 19 José, su marido, como era justo y no quería difamarla, se

propuso dejarla secretamente. 20 Mientras él pensaba en esto, he aquí un ángel

del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas

recibir a María tu mujer, porque lo que ha sido engendrado en ella es del

Espíritu Santo. 21 Ella dará a luz un hijo; y llamarás su nombre Jesús, porque

él salvará a su pueblo de sus pecados.” 22 Todo esto aconteció para que se

cumpliese lo que habló el Señor por medio del profeta, diciendo: 23 He aquí, la

virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarán su nombre Emanuel, que

traducido quiere decir: Dios con nosotros. 24 Cuando José despertó del sueño,

hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. 25 Pero no

la conoció hasta que ella dio a luz un hijo, y llamó su nombre Jesús.

Capítulo 2

1 Jesús nació en Belén de Judea, en días del rey Herodes. Y he aquí unos

magos vinieron del oriente a Jerusalén, 2 preguntando: — ¿Dónde está el rey de

los judíos, que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en el oriente y hemos

venido para adorarle. 3 Cuando el rey Herodes oyó esto, se turbó, y toda

Jerusalén con él. 4 Y habiendo convocado a todos los principales sacerdotes y a

los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. 5 Ellos le

dijeron: — En Belén de Judea, porque así está escrito por el profeta: 6 Y tú,

Belén, en la tierra de Judá, de ninguna manera eres la más pequeña entre los

gobernadores de Judá; porque de ti saldrá un gobernante que pastoreará a mi

pueblo Israel. 7 Entonces Herodes llamó en secreto a los magos e indagó de

ellos el tiempo de la aparición de la estrella. 8 Y enviándolos a Belén, les dijo: —

Id y averiguad con cuidado acerca del niño. Tan pronto le halléis, hacédmelo

saber, para que yo también vaya y le adore.

9 Ellos, después de oír al rey, se fueron. Y he aquí la estrella que habían

visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo sobre donde

estaba el niño. 10 Al ver la estrella, se regocijaron con gran alegría. 11 Cuando

entraron en la casa, vieron al niño con María su madre, y postrándose le

adoraron. Entonces abrieron sus tesoros y le ofrecieron presentes de oro,

incienso y mirra. 12 Pero advertidos por revelación en sueños que no volviesen a

Herodes, regresaron a su país por otro camino.

13 Después que ellos partieron, he aquí un ángel del Señor apareció en

sueños a José, diciendo: “Levántate; toma al niño y a su madre, y huye a Egipto.

Quédate allá hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para

matarlo.” 14 Entonces José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se

fue a Egipto. 15 Y estuvo allí hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliese

lo que habló el Señor por medio del profeta, diciendo: De Egipto llamé a mi hijo.

16 Entonces Herodes, al verse burlado por los magos, se enojó sobremanera

y mandó matar a todos los niños varones en Belén y en todos sus alrededores,

de dos años de edad para abajo, conforme al tiempo que había averiguado de

los magos. 17 Entonces se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías,

diciendo: 18 Voz fue oída en Ramá; grande llanto y lamentación. Raquel lloraba

por sus hijos, y no quería ser consolada, porque perecieron.

19 Cuando había muerto Herodes, he aquí un ángel del Señor apareció en

sueños a José en Egipto, 20 diciendo: “Levántate, toma al niño y a su madre, y vé

a la tierra de Israel, porque han muerto los que procuraban quitar la vida al

niño.” 21 Entonces él se levantó, tomó al niño y a su madre, y entró en la tierra

de Israel. 22 Pero, al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre

Herodes, tuvo miedo de ir allá; y advertido por revelación en sueños, fue a las

regiones de Galilea. 23 Habiendo llegado, habitó en la ciudad que se llama

Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que había de ser

llamado nazareno.

Capítulo 3

1 En aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de

Judea 2 y diciendo: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.”

3 Pues éste es aquel de quien fue dicho por medio del profeta Isaías: Voz del

que proclama en el desierto: “Preparad el camino del Señor; enderezad sus

sendas.” 4 Juan mismo estaba vestido de pelo de camello y con un cinto de

cuero a la cintura. Su comida era langostas y miel silvestre. 5 Entonces salían a él

Jerusalén y toda Judea y toda la región del Jordán, 6 y confesando sus pecados

eran bautizados por él en el río Jordán.

7 Pero cuando Juan vio que muchos de los fariseos y de los saduceos venían

a su bautismo, les decía: “¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la

ira venidera? 8 Producid, pues, frutos dignos de arrepentimiento; 9 y no penséis

decir dentro de vosotros: ‘A Abraham tenemos por padre.’ Porque yo os digo

que aun de estas piedras Dios puede levantar hijos a Abraham. 10 El hacha ya

está puesta a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no da buen fruto

es cortado y echado al fuego. 11 Yo, a la verdad, os bautizo en agua para

arrepentimiento; pero el que viene después de mí, cuyo calzado no soy digno de

llevar, es más poderoso que yo. El os bautizará en el Espíritu Santo y fuego.

12 Su aventador está en su mano, y limpiará su era. Recogerá su trigo en el

granero y quemará la paja en el fuego que nunca se apagará.”

13 Entonces Jesús vino de Galilea al Jordán, a Juan, para ser bautizado por

él. 14 Pero Juan procuraba impedírselo diciendo: — Yo necesito ser bautizado

por ti, ¿y tú vienes a mí? 15 Pero Jesús le respondió: — Permítelo por ahora,

porque así nos conviene cumplir toda justicia. Entonces se lo permitió. 16 Y

cuando Jesús fue bautizado, en seguida subió del agua, y he aquí los cielos le

fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y venía

sobre él. 17 Y he aquí, una voz de los cielos decía: “Este es mi Hijo amado, en

quien tengo complacencia.”

Capítulo 4

1 Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por

el diablo. 2 Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo

hambre. 3 El tentador se acercó y le dijo: — Si eres Hijo de Dios, di que estas

piedras se conviertan en pan. 4 Pero él respondió y dijo: — Escrito está: No

sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

5 Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, le puso de pie sobre el pináculo

del templo, 6 y le dijo: — Si eres Hijo de Dios, échate abajo, porque escrito

está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y en sus manos te llevarán, de modo

que nunca tropieces con tu pie en piedra. 7 Jesús le dijo: — Además está escrito:

No pondrás a prueba al Señor tu Dios. 8 Otra vez el diablo le llevó a un monte

muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria. 9 Y le dijo: —

Todo esto te daré, si postrado me adoras. 10 Entonces Jesús le dijo: — Vete,

Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a él solo servirás.

11 Entonces el diablo le dejó, y he aquí, los ángeles vinieron y le servían.

12 Y cuando Jesús oyó que Juan había sido encarcelado, regresó a Galilea.

13 Y habiendo dejado Nazaret, fue y habitó en Capernaúm, ciudad junto al mar

en la región de Zabulón y Neftalí, 14 para que se cumpliese lo dicho por medio

del profeta Isaías, diciendo: 15 Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del

mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. 16 El pueblo que moraba en

tinieblas vio una gran luz. A los que moraban en región y sombra de muerte, la

luz les amaneció. 17 Desde entonces Jesús comenzó a predicar y a decir:

“¡Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado!”

18 Mientras andaba junto al mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a

Simón, que es llamado Pedro, y a su hermano Andrés. Estaban echando una red

en el mar, porque eran pescadores. 19 Y les dijo: “Venid en pos de mí, y os haré

pescadores de hombres.” 20 Y de inmediato ellos dejaron sus redes y le

siguieron. 21 Y pasando más adelante, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de

Zebedeo y Juan su hermano, en la barca con su padre Zebedeo, arreglando sus

redes. Los llamó, 22 y en seguida ellos dejaron la barca y a su padre, y le

siguieron.

23 Jesús recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas de ellos,

predicando el evangelio del reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia en

el pueblo. 24 Su fama corrió por toda Siria, y le trajeron todos los que tenían

males: los que padecían diversas enfermedades y dolores, los endemoniados, los

lunáticos y los paralíticos. Y él los sanó. 25 Le siguieron grandes multitudes de

Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán.

Capítulo 5

1 Cuando vio la multitud, subió al monte; y al sentarse él, se le acercaron sus

discípulos. 2 Y abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

3 “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los

cielos. 4 “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

5 “Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

6 “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán

saciados. 7 “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos recibirán

misericordia. 8 “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a

Dios. 9 “Bienaventurados los que hacen la paz, porque ellos serán llamados hijos

de Dios. 10 “Bienaventurados los que son perseguidos por causa de la justicia,

porque de ellos es el reino de los cielos. 11 “Bienaventurados sois cuando os

vituperan y os persiguen, y dicen toda clase de mal contra vosotros por mi

causa, mintiendo. 12 Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande

en los cielos; pues así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.

13 “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué

será salada? No vale más para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por

los hombres. 14 “Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad asentada sobre un

monte no puede ser escondida. 15 Tampoco se enciende una lámpara para

ponerla debajo de un cajón, sino sobre el candelero; y así alumbra a todos los

que están en la casa. 16 Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, de

modo que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en

los cielos.

17 “No penséis que he venido para abrogar la Ley o los Profetas. No he

venido para abrogar, sino para cumplir. 18 De cierto os digo que hasta que

pasen el cielo y la tierra, ni siquiera una jota ni una tilde pasará de la ley hasta

que todo haya sido cumplido. 19 “Por lo tanto, cualquiera que quebranta el más

pequeño de estos mandamientos y así enseña a los hombres, será considerado el

más pequeño en el reino de los cielos. Pero cualquiera que los cumple y los

enseña, éste será considerado grande en el reino de los cielos. 20 Porque os digo

que a menos que vuestra justicia sea mayor que la de los escribas y de los

fariseos, jamás entraréis en el reino de los cielos.

21 “Habéis oído que fue dicho a los antiguos: No cometerás homicidio; y

cualquiera que comete homicidio será culpable en el juicio. 22 Pero yo os digo

que todo el que se enoja con su hermano será culpable en el juicio. Cualquiera

que le llama a su hermano ‘necio’ será culpable ante el Sanedrín; y cualquiera

que le llama ‘fatuo’ será expuesto al infierno de fuego. 23 “Por tanto, si has traído

tu ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,

24 deja tu ofrenda allí delante del altar, y vé, reconcíliate primero con tu

hermano, y entonces vuelve y ofrece tu ofrenda. 25 “Reconcíliate pronto con tu

adversario mientras estás con él en el camino; no sea que el adversario te

entregue al juez, y el juez al guardia, y seas echado en la cárcel. 26 De cierto te

digo que jamás saldrás de allí hasta que pagues el último cuadrante.

27 “Habéis oído que fue dicho: No cometerás adulterio. 28 Pero yo os digo

que todo el que mira a una mujer para codiciarla ya adulteró con ella en su

corazón. 29 Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo y échalo

de ti. Porque es mejor para ti que se pierda uno de tus miembros, y no que todo

tu cuerpo sea echado al infierno. 30 Y si tu mano derecha te es ocasión de caer,

córtala y échala de ti. Porque es mejor para ti que se pierda uno de tus

miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.

31 “También fue dicho: Cualquiera que despide a su mujer, déle carta de

divorcio. 32 Pero yo os digo que todo aquel que se divorcia de su mujer, a no

ser por causa de adulterio, hace que ella cometa adulterio. Y el que se casa con

la mujer divorciada comete adulterio.

33 “Además, habéis oído que fue dicho a los antiguos: No jurarás

falsamente; sino que cumplirás al Señor tus juramentos. 34 Pero yo os digo: No

juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; 35 ni por la

tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del

Gran Rey. 36 No jurarás ni por tu cabeza, porque no puedes hacer que un

cabello sea ni blanco ni negro. 37 Pero sea vuestro hablar, ‘sí’, ‘sí’, y ‘no’, ‘no’.

Porque lo que va más allá de esto, procede del mal.

38 “Habéis oído que fue dicho a los antiguos: Ojo por ojo y diente por

diente. 39 Pero yo os digo: No resistáis al malo. Más bien, a cualquiera que te

golpea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. 40 Y al que quiera llevarte

a juicio y quitarte la túnica, déjale también el manto. 41 A cualquiera que te

obligue a llevar carga por una milla, vé con él dos. 42 Al que te pida, dale; y al

que quiera tomar de ti prestado, no se lo niegues.

43 “Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu

enemigo. 44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, y orad por los que os

persiguen; 45 de modo que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos,

porque él hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e

injustos. 46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No

hacen lo mismo también los publicanos? 47 Y si saludáis solamente a vuestros

hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso mismo los gentiles? 48 Sed,

pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

Capítulo 6

1 “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos

por ellos. De lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en

los cielos. 2 Cuando, pues, hagas obras de misericordia, no hagas tocar

trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles,

para ser honrados por los hombres. De cierto os digo que ellos ya tienen su

recompensa. 3 Pero cuando tú hagas obras de misericordia, no sepa tu izquierda

lo que hace tu derecha, 4 de modo que tus obras de misericordia sean en

secreto. Y tu Padre que ve en secreto te recompensará.

5 “Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que aman orar de pie en las

sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres. De

cierto os digo que ya tienen su recompensa. 6 Pero tú, cuando ores, entra en tu

habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que

ve en secreto te recompensará. 7 Y al orar, no uséis vanas repeticiones, como

los gentiles, que piensan que serán oídos por su palabrería. 8 Por tanto, no os

hagáis semejantes a ellos, porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis

necesidad antes que vosotros le pidáis.

9 Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos: Santificado

sea tu nombre, 10 venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así

también en la tierra. 11 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. 12 Perdónanos

nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. 13 Y

no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el

poder y la gloria por todos los siglos. Amén. 14 Porque si perdonáis a los

hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial también os perdonará a vosotros.

15 Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará

vuestras ofensas.

16 “Cuando ayunéis, no os hagáis los decaídos, como los hipócritas, que

descuidan su apariencia para mostrar a los hombres que ayunan. De cierto os

digo que ya tienen su recompensa. 17 Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y

lávate la cara, 18 de modo que no muestres a los hombres que ayunas, sino a tu

Padre que está en secreto. Y tu Padre que ve en secreto te recompensará.

19 “No acumuléis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y el

óxido corrompen, y donde los ladrones se meten y roban. 20 Más bien,

acumulad para vosotros tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido

corrompen, y donde los ladrones no se meten ni roban. 21 Porque donde esté tu

tesoro, allí también estará tu corazón. 22 “La lámpara del cuerpo es el ojo. Así

que, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará lleno de luz. 23 Pero si tu ojo es

malo, todo tu cuerpo estará en tinieblas. De modo que, si la luz que hay en ti es

oscuridad, ¡cuán grande es esa oscuridad! 24 “Nadie puede servir a dos señores;

porque aborrecerá al uno y amará al otro, o se dedicará al uno y menospreciará

al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.

25 “Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer

o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la

vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? 26 Mirad las aves del

cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre

celestial las alimenta. ¿No sois vosotros de mucho más valor que ellas?

27 ¿Quién de vosotros podrá, por más que se afane, añadir a su estatura un

codo? 28 ¿Por qué os afanáis por el vestido? Mirad los lirios del campo, cómo

crecen. Ellos no trabajan ni hilan; 29 pero os digo que ni aun Salomón, con toda

su gloria, fue vestido como uno de ellos. 30 Si Dios viste así la hierba del campo,

que hoy está y mañana es echada en el horno, ¿no hará mucho más por

vosotros, hombres de poca fe? 31 “Por tanto, no os afanéis diciendo: ‘¿Qué

comeremos?’ o ‘¿Qué beberemos?’ o ‘¿Con qué nos cubriremos?’ 32 Porque

los gentiles buscan todas estas cosas, pero vuestro Padre que está en los cielos

sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. 33 Más bien, buscad

primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán

añadidas. 34 Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de

mañana traerá su propio afán. Basta a cada día su propio mal.

Capítulo 7

1 “No juzguéis, para que no seáis juzgados. 2 Porque con el juicio con que

juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que medís se os medirá. 3 “¿Por

qué miras la brizna de paja que está en el ojo de tu hermano, y dejas de ver la

viga que está en tu propio ojo? 4 ¿Cómo dirás a tu hermano: ‘Deja que yo saque

la brizna de tu ojo’, y he aquí la viga está en el tuyo? 5 ¡Hipócrita! Saca primero

la viga de tu propio ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu

hermano. 6 “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de

los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra vosotros y os

despedacen.

7 “Pedid, y se os dará. Buscad y hallaréis. Llamad, y se os abrirá. 8 Porque

todo el que pide recibe, el que busca halla, y al que llama se le abrirá. 9 ¿Qué

hombre hay entre vosotros que, al hijo que le pide pan, le dará una piedra?

10 ¿O al que le pide pescado, le dará una serpiente? 11 Pues si vosotros, siendo

malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que

está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden?

12 “Así que, todo lo que queráis que los hombres hagan por vosotros, así

también haced por ellos, porque esto es la Ley y los Profetas. 13 “Entrad por la

puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la

perdición, y son muchos los que entran por ella. 14 Pero ¡qué estrecha es la

puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y son pocos los que la

hallan.

15 “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros vestidos de

ovejas, pero que por dentro son lobos rapaces. 16 Por sus frutos los conoceréis.

¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? 17 Así también,

todo árbol sano da buenos frutos, pero el árbol podrido da malos frutos. 18 El

árbol sano no puede dar malos frutos, ni tampoco puede el árbol podrido dar

buenos frutos. 19 Todo árbol que no lleva buen fruto es cortado y echado en el

fuego. 20 Así que, por sus frutos los conoceréis.

21 “No todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de los cielos,

sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. 22 Muchos me

dirán en aquel día: ‘¡Señor, Señor! ¿No profetizamos en tu nombre? ¿En tu

nombre no echamos demonios? ¿Y en tu nombre no hicimos muchas obras

poderosas?’ 23 Entonces yo les declararé: ‘Nunca os he conocido. ¡Apartaos de

mí, obradores de maldad!’ 24 “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las

hace, será semejante a un hombre prudente que edificó su casa sobre la peña.

25 Y cayó la lluvia, vinieron torrentes, soplaron vientos y golpearon contra

aquella casa. Pero ella no se derrumbó, porque se había fundado sobre la peña.

26 “Pero todo el que me oye estas palabras y no las hace, será semejante a un

hombre insensato que edificó su casa sobre la arena. 27 Cayó la lluvia, vinieron

torrentes, y soplaron vientos, y azotaron contra aquella casa. Y se derrumbó, y

fue grande su ruina.” 28 Y aconteció que cuando Jesús terminó estas palabras,

las multitudes estaban maravilladas de su enseñanza; 29 porque les enseñaba

como quien tiene autoridad, y no como los escribas.

Capítulo 8

1 Cuando descendió del monte, le siguió mucha gente. 2 Y he aquí vino un

leproso y se postró ante él diciendo: — ¡Señor, si quieres, puedes limpiarme!

3 Jesús extendió la mano y le tocó diciendo: — Quiero. ¡Sé limpio! Y al instante

quedó limpio de la lepra. 4 Entonces Jesús le dijo: — Mira, no lo digas a

nadie; pero vé, muéstrate al sacerdote y ofrece la ofrenda que mandó Moisés,

para testimonio a ellos.

5 Cuando Jesús entró en Capernaúm, vino a él un centurión y le rogó

6 diciendo: — Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, y sufre

terribles dolores. 7 Y le dijo: — Yo iré y le sanaré. 8 Respondió el centurión y

dijo: — Señor, yo no soy digno de que entres bajo mi techo. Solamente di la

palabra, y mi criado será sanado. 9 Porque yo también soy un hombre bajo

autoridad y tengo soldados bajo mi mando. Si digo a éste: “Vé”, él va; si digo al

otro: “Ven”, él viene; y si digo a mi siervo: “Haz esto”, él lo hace. 10 Cuando

Jesús oyó esto, se maravilló y dijo a los que le seguían: — De cierto os digo que

no he hallado tanta fe en ninguno en Israel. 11 Y os digo que muchos vendrán del

oriente y del occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de

los cielos, 12 pero los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera. Allí

habrá llanto y crujir de dientes. 13 Entonces Jesús dijo al centurión: — Vé, y

como creíste te sea hecho. Y su criado fue sanado en aquella hora.

14 Entró Jesús en la casa de Pedro, y vio que su suegra estaba postrada en

cama con fiebre. 15 El le tocó la mano, y la fiebre la dejó. Luego ella se levantó y

comenzó a servirle. 16 Al atardecer, trajeron a él muchos endemoniados. Con su

palabra echó fuera a los espíritus y sanó a todos los enfermos, 17 de modo que

se cumpliese lo dicho por medio del profeta Isaías, quien dijo: El mismo tomó

nuestras debilidades y cargó con nuestras enfermedades.

18 Cuando se vio rodeado de una multitud, Jesús mandó que pasasen a la

otra orilla. 19 Entonces se le acercó un escriba y le dijo: — Maestro, te seguiré a

dondequiera que tú vayas. 20 Jesús le dijo: — Las zorras tienen cuevas, y las

aves del cielo tienen nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la

cabeza. 21 Otro de sus discípulos le dijo: — Señor, permíteme que primero vaya

y entierre a mi padre. 22 Pero Jesús le dijo: — Sígueme y deja que los muertos

entierren a sus muertos.

23 El entró en la barca, y sus discípulos le siguieron. 24 Y de repente se

levantó una tempestad tan grande en el mar que las olas cubrían la barca, pero él

dormía. 25 Y acercándose, le despertaron diciendo: — ¡Señor, sálvanos, que

perecemos! 26 Y él les dijo: — ¿Por qué estáis miedosos, hombres de poca fe?

Entonces se levantó y reprendió a los vientos y al mar, y se hizo grande bonanza.

27 Los hombres se maravillaron y decían: — ¿Qué clase de hombre es éste, que

hasta los vientos y el mar le obedecen?

28 Una vez llegado a la otra orilla, a la región de los gadarenos, le vinieron al

encuentro dos endemoniados que habían salido de los sepulcros. Eran violentos

en extremo, tanto que nadie podía pasar por aquel camino. 29 Y he aquí, ellos

lanzaron gritos diciendo: — ¿Qué tienes con nosotros, Hijo de Dios? ¿Has

venido acá para atormentarnos antes de tiempo? 30 Lejos de ellos estaba

paciendo un gran hato de cerdos, 31 y los demonios le rogaron diciendo: — Si

nos echas fuera, envíanos a aquel hato de cerdos. 32 El les dijo: — ¡Id! Ellos

salieron y se fueron a los cerdos, y he aquí todo el hato de cerdos se lanzó al

mar por un despeñadero, y murieron en el agua. 33 Los que apacentaban los

cerdos huyeron, se fueron a la ciudad y lo contaron todo, aun lo que había

pasado a los endemoniados. 34 Y he aquí, toda la ciudad salió al encuentro de

Jesús; y cuando le vieron, le rogaban que se fuera de sus territorios.

Capítulo 9

1 Habiendo entrado en la barca, Jesús pasó a la otra orilla y llegó a su propia

ciudad. 2 Entonces le trajeron un paralítico tendido sobre una camilla. Y viendo

Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: — Ten ánimo, hijo; tus pecados te son

perdonados. 3 He aquí, algunos de los escribas dijeron entre sí: — ¡Este

blasfema! 4 Y conociendo Jesús sus pensamientos, les dijo: — ¿Por qué pensáis

mal en vuestros corazones? 5 Porque, ¿qué es más fácil decir: “Tus pecados te

son perdonados” o decir: “Levántate y anda”? 6 Pero para que sepáis que el

Hijo del Hombre tiene autoridad para perdonar pecados en la tierra, —

entonces dijo al paralítico — : ¡Levántate; toma tu camilla y vete a tu casa! 7 Y

se levantó y se fue a su casa. 8 Cuando las multitudes vieron esto, temieron y

glorificaron a Dios, quien había dado semejante autoridad a los hombres.

9 Pasando de allí más adelante, Jesús vio a un hombre llamado Mateo,

sentado en el lugar de los tributos públicos, y le dijo: “¡Sígueme!” Y él se levantó

y le siguió. 10 Sucedió que, estando Jesús sentado a la mesa en casa, he aquí

muchos publicanos y pecadores que habían venido estaban sentados a la mesa

con Jesús y sus discípulos. 11 Y cuando los fariseos le vieron, decían a sus

discípulos: — ¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?

12 Al oírlo, Jesús les dijo: — Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los

que están enfermos. 13 Id, pues, y aprended qué significa: Misericordia quiero y

no sacrificio. Porque yo no he venido para llamar a justos, sino a pecadores.

14 Entonces los discípulos de Juan fueron a Jesús y dijeron: — ¿Por qué

nosotros y los fariseos ayunamos frecuentemente, pero tus discípulos no ayunan?

15 Jesús les dijo: — ¿Pueden tener luto los que están de bodas mientras el novio

está con ellos? Pero vendrán días cuando el novio les será quitado, y entonces

ayunarán. 16 Nadie pone parche de tela nueva en vestido viejo, porque el parche

tira del vestido y la rotura se hace peor. 17 Tampoco echan vino nuevo en odres

viejos, porque los odres se rompen, el vino se derrama, y los odres se echan a

perder. Más bien, echan vino nuevo en odres nuevos, y ambos se conservan.

18 Mientras él hablaba estas cosas, he aquí vino un hombre principal y se

postró delante de él diciéndole: — Mi hija acaba de morir. Pero ven y pon tu

mano sobre ella, y vivirá. 19 Jesús se levantó y le siguió con sus discípulos. 20 Y

he aquí una mujer que sufría de hemorragia desde hacía doce años, se le acercó

por detrás y tocó el borde de su manto; 21 porque ella pensaba dentro de sí: “Si

solamente toco su vestido, seré sanada.” 22 Pero Jesús, volviéndose y mirándola,

dijo: — Ten ánimo, hija, tu fe te ha salvado. Y la mujer fue sanada desde aquella

hora. 23 Cuando Jesús llegó a la casa del principal y vio a los que tocaban las

flautas y a la multitud que hacía bullicio, 24 les dijo: — Apartaos, porque la

muchacha no ha muerto, sino que duerme. Y se burlaban de él. 25 Cuando

habían sacado a la gente, él entró y la tomó de la mano; y la muchacha se

levantó. 26 Y salió esta noticia por toda aquella tierra.

27 Mientras Jesús pasaba de allí, le siguieron dos ciegos clamando a gritos y

diciendo: — ¡Ten misericordia de nosotros, hijo de David! 28 Cuando él llegó a

la casa, los ciegos vinieron a él. Y Jesús les dijo: — ¿Creéis que puedo hacer

esto? Ellos dijeron: — Sí, Señor. 29 Entonces les tocó los ojos diciendo: —

Conforme a vuestra fe os sea hecho. 30 Y los ojos de ellos fueron abiertos.

Entonces Jesús les encargó rigurosamente diciendo: — Mirad que nadie lo sepa.

31 Pero ellos salieron y difundieron su fama por toda aquella tierra. 32 Mientras

aquéllos salían, he aquí le trajeron un hombre mudo endemoniado. 33 Y tan

pronto fue echado fuera el demonio, el mudo habló. Y las multitudes se

maravillaban diciendo: — ¡Nunca se ha visto semejante cosa en Israel! 34 Pero

los fariseos decían: — Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios.

35 Jesús recorría todas las ciudades y las aldeas, enseñando en sus

sinagogas, predicando el evangelio del reino y sanando toda enfermedad y toda

dolencia. 36 Y cuando vio las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque

estaban acosadas y desamparadas como ovejas que no tienen pastor.

37 Entonces dijo a sus discípulos: “A la verdad, la mies es mucha, pero los

obreros son pocos. 38 Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su

mies.”

Capítulo 10

1 Entonces llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad sobre los espíritus

inmundos para echarlos fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia.

2 Los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro,

y su hermano Andrés; también Jacobo hijo de Zebedeo, y su hermano Juan;

3 Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Jacobo hijo de Alfeo, y

Tadeo; 4 Simón el cananita y Judas Iscariote, quien le entregó.

5 A estos doce los envió Jesús, dándoles instrucciones diciendo: “No vayáis

por los caminos de los gentiles, ni entréis en las ciudades de los samaritanos.

6 Pero id, más bien, a las ovejas perdidas de la casa de Israel. 7 Y cuando

vayáis, predicad diciendo: ‘El reino de los cielos se ha acercado.’ 8 Sanad

enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad fuera demonios. De gracia

habéis recibido; dad de gracia. 9 “No os proveáis ni de oro, ni de plata, ni de

cobre en vuestros cintos. 10 Tampoco llevéis bolsas para el camino, ni dos

vestidos, ni zapatos, ni bastón; porque el obrero es digno de su alimento. 11 En

cualquier ciudad o aldea donde entréis, averiguad quién en ella sea digno y

quedaos allí hasta que salgáis. 12 Al entrar en la casa, saludadla. 13 Si la casa es

digna, venga vuestra paz sobre ella. Pero si no es digna, vuelva vuestra paz a

vosotros. 14 Y en caso de que no os reciban ni escuchen vuestras palabras, salid

de aquella casa o ciudad y sacudid el polvo de vuestros pies. 15 De cierto os

digo que en el día del juicio será más tolerable para los de la tierra de Sodoma y

de Gomorra, que para aquella ciudad.

16 “He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos. Sed, pues,

astutos como serpientes y sencillos como palomas. 17 Guardaos de los hombres,

porque os entregarán a los tribunales y en sus sinagogas os azotarán.

18 Seréis llevados aun ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar

testimonio a ellos y a los gentiles. 19 Pero cuando os entreguen, no os preocupéis

de cómo o qué hablaréis, porque os será dado en aquella hora lo que habéis de

decir. 20 Pues no sois vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro

Padre que hablará en vosotros. 21 “El hermano entregará a muerte a su hermano,

y el padre a su hijo. Se levantarán los hijos contra sus padres y los harán morir.

22 Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre. Pero el que

persevere hasta el fin, éste será salvo. 23 Y cuando os persigan en una ciudad,

huid a la otra. Porque de cierto os digo que de ningún modo acabaréis de

recorrer todas las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del Hombre. 24 “El

discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor. 25 Bástale al

discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al padre de familia

le llamaron Beelzebul, ¡cuánto más lo harán a los de su casa! 26 “Así que, no les

temáis. Porque no hay nada encubierto que no será revelado, ni oculto que no

será conocido. 27 Lo que os digo en privado, decidlo en público; y lo que oís al

oído, proclamadlo desde las azoteas. 28 No temáis a los que matan el cuerpo

pero no pueden matar al alma. Más bien, temed a aquel que puede destruir tanto

el alma como el cuerpo en el infierno. 29 ¿Acaso no se venden dos pajaritos por

un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin el consentimiento de vuestro

Padre. 30 Pues aun vuestros cabellos están todos contados. 31 Así que, no

temáis; más valéis vosotros que muchos pajaritos. 32 “Por tanto, a todo el que

me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi

Padre que está en los cielos. 33 Y a cualquiera que me niegue delante de los

hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.

34 “No penséis que he venido para traer paz a la tierra. No he venido para traer

paz, sino espada. 35 Porque yo he venido para poner en disensión al hombre

contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. 36 Y los

enemigos de un hombre serán los de su propia casa. 37 “El que ama a padre o a

madre más que a mí no es digno de mí, y el que ama a hijo o a hija más que a mí

no es digno de mí. 38 El que no toma su cruz y sigue en pos de mí no es digno de

mí. 39 El que halla su vida la perderá, y el que pierde su vida por mi causa la

hallará. 40 “El que os recibe a vosotros a mí me recibe, y el que me recibe a mí

recibe al que me envió. 41 El que recibe a un profeta porque es profeta, recibirá

recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, recibirá

recompensa de justo. 42 Cualquiera que da a uno de estos pequeñitos un

vaso de agua fría solamente porque es mi discípulo, de cierto os digo que jamás

perderá su recompensa.”

Capítulo 11

1 Aconteció que, cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce

discípulos, se fue de allí a enseñar y a predicar en las ciudades de ellos. 2 Ahora

bien, cuando oyó Juan en la cárcel de los hechos de Cristo, envió a él por medio

de sus discípulos, 3 y le dijo: — ¿Eres tú aquel que ha de venir, o esperaremos a

otro? 4 Y respondiendo Jesús les dijo: — Id y haced saber a Juan las cosas que

oís y veis: 5 Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son hechos limpios, los

sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres se les anuncia el

evangelio. 6 Y bienaventurado es el que no toma ofensa en mí.

7 Mientras ellos se iban, Jesús comenzó a hablar de Juan a las multitudes:

“¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?

8 Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido de ropa delicada? He aquí,

los que se visten con ropa delicada están en los palacios de los reyes.

9 Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? ¡Sí, os digo, y más que profeta!

10 Este es aquel de quien está escrito: He aquí yo envío mi mensajero delante de

tu rostro, quien preparará tu camino delante de ti. 11 De cierto os digo que no se

ha levantado entre los nacidos de mujer ningún otro mayor que Juan el Bautista.

Sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él. 12 Desde

los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y

los violentos se apoderan de él. 13 Porque todos los Profetas y la Ley

profetizaron hasta Juan. 14 Y si lo queréis recibir, él es el Elías que había de

venir. 15 El que tiene oídos, oiga.

16 “Pero, ¿a qué compararé esta generación? Es semejante a los muchachos

que se sientan en las plazas y dan voces a sus compañeros, 17 diciendo: ‘Os

tocamos la flauta, y no bailasteis; entonamos canciones de duelo y no

lamentasteis.’ 18 Porque vino Juan, que no comía ni bebía, y dicen: ‘Tiene

demonio.’ 19 Y vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: ‘He aquí un

hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores.’ Pero

la sabiduría es justificada por sus hechos.” 20 Entonces comenzó a reprender a

las ciudades en las cuales se realizaron muchos de sus hechos poderosos,

porque no se habían arrepentido: 21 “¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!

Porque si se hubieran realizado en Tiro y en Sidón los hechos poderosos que se

realizaron en vosotras, ya hace tiempo se habrían arrepentido en saco y ceniza.

22 Pero os digo que en el día del juicio el castigo para Tiro y Sidón será más

tolerable que para vosotras. 23 “Y tú, Capernaúm, ¿serás exaltada hasta el cielo?

¡Hasta el Hades serás hundida! Porque si entre los de Sodoma se hubieran

realizado los hechos poderosos que se realizaron en ti, habrían permanecido

hasta hoy. 24 Pero os digo que en el día del juicio el castigo será más tolerable

para la tierra de Sodoma, que para ti.”

25 En aquel tiempo Jesús respondió y dijo: “Te alabo, oh Padre, Señor del

cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas de los sabios y

entendidos, y las has revelado a los niños. 26 Sí, Padre, porque así te agradó.

27 “Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre. Nadie conoce bien al

Hijo, sino el Padre. Nadie conoce bien al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el

Hijo lo quiera revelar. 28 “Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados,

y yo os haré descansar. 29 Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí,

que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.

30 Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.”

Capítulo 12

1 En ese tiempo, Jesús pasó por los sembrados en sábado. Sus discípulos

tuvieron hambre y comenzaron a arrancar espigas y a comer. 2 Y al verlo los

fariseos, le dijeron: — Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en el

sábado. 3 El les dijo: — ¿No habéis leído qué hizo David cuando tuvo hambre él

y los que estaban con él; 4 cómo entró en la casa de Dios y comieron los panes

de la Presencia, cosa que no les era lícito comer ni a él ni a los que estaban con

él, sino sólo a los sacerdotes? 5 ¿Tampoco habéis leído en la ley que en los

sábados los sacerdotes en el templo profanan el sábado y quedan sin culpa?

6 Pero os digo que uno mayor que el templo está aquí. 7 Si hubierais conocido

qué significa Misericordia quiero y no sacrificio, no habríais condenado a los que

no tienen culpa. 8 Porque el Hijo del Hombre es Señor del sábado. 9 Partió de

allí y fue a la sinagoga de ellos. 10 Y he aquí había un hombre que tenía la mano

paralizada; y para acusar a Jesús, le preguntaron diciendo: — ¿Es lícito sanar en

sábado? 11 Pero él les dijo: — ¿Qué hombre hay entre vosotros que tenga

una oveja, que si ésta cae en un pozo en sábado, no le echará mano y la

sacará? 12 Pues, ¡cuánto más vale un hombre que una oveja! De manera que es

lícito hacer bien en sábado. 13 Entonces dijo a aquel hombre: — Extiende tu

mano. El la extendió, y su mano fue restaurada sana como la otra.

14 Pero saliendo los fariseos, tomaron consejo contra él, cómo destruirlo.

15 Como Jesús lo supo, se apartó de allí. Le siguió mucha gente, y a todos los

sanó. 16 Y les mandó rigurosamente que no lo dieran a conocer, 17 para que se

cumpliese lo dicho por medio del profeta Isaías, que dijo: 18 He aquí mi siervo, a

quien he escogido; mi amado, en quien se complace mi alma. Pondré mi Espíritu

sobre él, y anunciará juicio a las naciones. 19 No contenderá, ni dará voces; ni

oirá nadie su voz en las plazas. 20 La caña cascada no quebrará, y la mecha que

humea no apagará, hasta que saque a triunfo el juicio. 21 Y en su nombre las

naciones pondrán su esperanza.

22 Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo; y le sanó, de

manera que el mudo hablaba y veía. 23 Toda la gente estaba atónita y decía: —

¿Acaso será éste el Hijo de David? 24 Pero al oírlo, los fariseos dijeron: — Este

no echa fuera los demonios sino por Beelzebul, el príncipe de los demonios.

25 Pero como Jesús conocía sus pensamientos, les dijo: — Todo reino dividido

contra sí mismo está arruinado. Y ninguna ciudad o casa dividida contra sí

misma permanecerá. 26 Y si Satanás echa fuera a Satanás, contra sí mismo está

dividido. ¿Cómo, pues, permanecerá en pie su reino? 27 Y si yo echo fuera los

demonios por Beelzebul, ¿por quién los echan fuera vuestros hijos? Por tanto,

ellos serán vuestros jueces. 28 Pero si por el Espíritu de Dios yo echo fuera los

demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios. 29 Porque, ¿cómo

puede alguien entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes a

menos que primero ate al hombre fuerte? Y entonces saqueará su casa. 30 El

que no está conmigo, contra mí está; y el que conmigo no recoge, desparrama.

31 Por esto os digo que todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres,

pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. 32 Y a cualquiera que

diga palabra contra el Hijo del Hombre le será perdonado; pero a cualquiera

que hable contra el Espíritu Santo no le será perdonado, ni en este mundo, ni en

el venidero. 33 O haced bueno el árbol y bueno su fruto, o haced malo el árbol y

malo su fruto; porque el árbol es conocido por su fruto. 34 ¡Generación de

víboras! ¿Cómo podréis vosotros, siendo malos, hablar cosas buenas? Porque

de la abundancia del corazón habla la boca. 35 El hombre bueno del buen

tesoro saca cosas buenas, y el hombre malo del mal tesoro saca cosas malas.

36 Pero yo os digo que en el día del juicio los hombres darán cuenta de toda

palabra ociosa que hablen. 37 Porque por tus palabras serás justificado, y por

tus palabras serás condenado.

38 Entonces le respondieron algunos de los escribas y de los fariseos,

diciendo: — Maestro, deseamos ver de ti una señal. 39 El respondió y les dijo:

— Una generación malvada y adúltera demanda señal, pero no le será dada

ninguna señal, sino la señal del profeta Jonás. 40 Porque así como Jonás estuvo

tres días y tres noches en el vientre del gran pez, así estará el Hijo del Hombre

en el corazón de la tierra tres días y tres noches. 41 Los hombres de Nínive se

levantarán en el juicio contra esta generación y la condenarán, porque ellos se

arrepintieron ante la proclamación de Jonás. ¡Y he aquí uno mayor que Jonás

está en este lugar! 42 La reina del Sur se levantará en el juicio contra esta

generación y la condenará, porque vino de los confines de la tierra para oír la

sabiduría de Salomón. ¡Y he aquí uno mayor que Salomón está en este lugar!

43 Cuando el espíritu inmundo ha salido del hombre, anda por lugares secos

buscando reposo, y no lo encuentra. 44 Entonces dice: “Volveré a mi casa de

donde salí.” Cuando regresa, la halla desocupada, barrida y adornada.

45 Entonces va y trae consigo otros siete espíritus peores que él. Y después de

entrar, habitan allí; y el estado final de aquel hombre llega a ser peor que el

primero. Así también sucederá a esta perversa generación.

46 Mientras todavía hablaba a la gente, he aquí su madre y sus hermanos

estaban afuera, buscando hablar con él. 47 Y alguien le dijo: — Mira, tu madre y

tus hermanos están afuera, buscando hablar contigo. 48 Pero Jesús respondió al

que hablaba con él y dijo: — ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?

49 Entonces extendió su mano hacia sus discípulos y dijo: — ¡He aquí mi madre

y mis hermanos! 50 Porque cualquiera que hace la voluntad de mi Padre que está

en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

Capítulo 13

1 Aquel día Jesús salió de la casa y se sentó junto al mar. 2 Y se le acercó

mucha gente, de manera que él entró en una barca para sentarse, y toda la

multitud estaba de pie en la playa. 3 Entonces les habló muchas cosas en

parábolas, diciendo: “He aquí un sembrador salió a sembrar. 4 Mientras él

sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la

devoraron. 5 Y otra parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y

brotó rápidamente, porque la tierra no era profunda. 6 Pero cuando salió el sol,

se quemó; y porque no tenía raíz, se secó. 7 Y otra parte cayó entre los espinos.

Los espinos crecieron y la ahogaron. 8 Y otra parte cayó en buena tierra y dio

fruto, una a ciento, otra a sesenta y otra a treinta por uno. 9 El que tiene oídos,

que oiga.” 10 Entonces se acercaron los discípulos y le dijeron: — ¿Por qué les

hablas por parábolas? 11 Y él respondiendo les dijo: — Porque a vosotros se os

ha concedido conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no se les

ha concedido. 12 Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; pero al que no

tiene, aun lo que tiene le será quitado. 13 Por esto les hablo por parábolas;

porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni tampoco entienden. 14 Además, se

cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: De oído oiréis, y nunca

entenderéis; y mirando miraréis, y nunca veréis. 15 Porque el corazón de este

pueblo se ha vuelto insensible, y con los oídos han oído torpemente. Han

cerrado sus ojos para que no vean con los ojos, ni oigan con los oídos, ni

entiendan con el corazón, ni se conviertan. Y yo los sanaré. 16 Pero

¡bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen!

17 Porque de cierto os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que

veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron. 18 Vosotros, pues, oíd la

parábola del sembrador. 19 Cuando alguien oye la palabra del reino y no la

entiende, viene el maligno y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es

el que fue sembrado junto al camino. 20 Y el que fue sembrado en pedregales es

el que oye la palabra y en seguida la recibe con gozo; 21 pero no tiene raíz en sí,

sino que es de poca duración, y cuando viene la aflicción o la persecución por

causa de la palabra, en seguida tropieza. 22 Y el que fue sembrado en espinos,

éste es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y el

engaño de las riquezas ahogan la palabra, y queda sin fruto. 23 Pero el que fue

sembrado en buena tierra, éste es el que oye la palabra y la entiende, el que de

veras lleva fruto y produce, uno a ciento, otro a sesenta, y otro a treinta por uno.

24 Les presentó otra parábola diciendo: “El reino de los cielos es semejante

a un hombre que sembró buena semilla en su campo. 25 Pero mientras dormían

los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue. 26 Cuando

brotó la hierba y produjo fruto, entonces apareció también la cizaña. 27 Se

acercaron los siervos al dueño del campo y le preguntaron: ‘Señor, ¿no

sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, tiene cizaña?’ 28 Y él

les dijo: ‘Un hombre enemigo ha hecho esto.’ Los siervos le dijeron: ‘Entonces,

¿quieres que vayamos y la recojamos?’ 29 Pero él dijo: ‘No; no sea que al

recoger la cizaña arranquéis con ella el trigo. 30 Dejad crecer a ambos hasta la

siega. Cuando llegue el tiempo de la siega, yo diré a los segadores: Recoged

primero la cizaña y atadla en manojos para quemarla. Pero reunid el trigo en mi

granero.’“ 31 Les presentó otra parábola diciendo: “El reino de los cielos es

semejante al grano de mostaza que un hombre tomó y sembró en su campo.

32 Esta es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando crece, es la más

grande de las hortalizas y se convierte en árbol, de modo que vienen las aves del

cielo y hacen nidos en sus ramas.” 33 Les dijo otra parábola: “El reino de los

cielos es semejante a la levadura que una mujer tomó y escondió en tres

medidas de harina, hasta que todo quedó leudado.” 34 Todo esto habló Jesús en

parábolas a las multitudes y sin parábolas no les hablaba, 35 de manera que se

cumplió lo dicho por medio del profeta diciendo: Abriré mi boca con parábolas;

publicaré cosas que han estado ocultas desde la fundación del mundo. 36 Entonces,

una vez despedida la multitud, volvió a casa. Y sus discípulos se acercaron a él

diciendo: — Explícanos la parábola de la cizaña del campo. 37 Y respondiendo él

dijo: — El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. 38 El campo es el

mundo. La buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del

maligno. 39 El enemigo que la sembró es el diablo. La siega es el fin del mundo, y

los segadores son los ángeles. 40 De manera que como la cizaña es recogida y

quemada en el fuego, así será el fin del mundo. 41 El Hijo del Hombre enviará a

sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que causan tropiezos y a los que

hacen maldad, 42 y los echarán en el horno de fuego. Allí habrá llanto y crujir de

dientes. 43 Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su

Padre. El que tiene oídos, que oiga.

44 El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo,

que un hombre descubrió y luego escondió. Y con regocijo va, vende todo lo

que tiene y compra aquel campo. 45 Además, el reino de los cielos es semejante

a un comerciante que buscaba perlas finas. 46 Y habiendo encontrado una perla

de gran valor, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró. 47 Asimismo, el reino

de los cielos es semejante a una red que fue echada en el mar y juntó toda clase

de peces. 48 Cuando estuvo llena, la sacaron a la playa. Y sentados recogieron

lo bueno en cestas y echaron fuera lo malo. 49 Así será el fin del mundo:

Saldrán los ángeles y apartarán a los malos de entre los justos, 50 y los echarán

en el horno de fuego. Allí habrá llanto y crujir de dientes. 51 ¿Habéis entendido

todas estas cosas? Ellos le dijeron: — Sí. 52 El les dijo: — Por eso, todo escriba

instruido en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia que saca de

su tesoro cosas nuevas y viejas.

53 Aconteció que cuando Jesús terminó estas parábolas, partió de allí.

54 Vino a su tierra y les enseñaba en su sinagoga, de manera que ellos estaban

atónitos y decían: — ¿De dónde tiene éste esta sabiduría y estos milagros?

55 ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus

hermanos Jacobo, José, Simón y Judas? 56 ¿No están todas sus hermanas con

nosotros? ¿De dónde, pues, le vienen a éste todas estas cosas? 57 Se

escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: — No hay profeta sin honra sino en su

propia tierra y en su casa. 58 Y no hizo allí muchos milagros a causa de la

incredulidad de ellos.

Capítulo 14

1 En aquel tiempo, Herodes el tetrarca oyó la fama de Jesús 2 y dijo a sus

criados: “¡Este es Juan el Bautista! El ha resucitado de los muertos; por esta

razón operan estos poderes en él.” 3 Porque Herodes había prendido a Juan, le

había atado con cadenas y puesto en la cárcel por causa de Herodía, la mujer

de su hermano Felipe. 4 Porque Juan le decía: “No te es lícito tenerla por mujer.”

5 Y aunque Herodes quería matarlo, temió al pueblo; porque le tenían por

profeta. 6 Pero cuando se celebró el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodía

danzó en medio y agradó a Herodes, 7 por lo cual él se comprometió bajo

juramento a darle lo que ella pidiera. 8 Ella, instigada por su madre, dijo: “Dame

aquí en un plato la cabeza de Juan el Bautista.” 9 Entonces el rey se entristeció;

pero a causa del juramento y de los que estaban con él a la mesa, mandó que se

la diesen. 10 Mandó decapitar a Juan en la cárcel. 11 Y su cabeza fue traída en

un plato y fue dada a la muchacha, y ella la presentó a su madre. 12 Entonces

llegaron sus discípulos, tomaron el cuerpo y lo enterraron. Luego fueron y se lo

contaron a Jesús.

13 Al oírlo, Jesús se apartó de allí en una barca a un lugar desierto y

apartado. Cuando las multitudes oyeron esto, le siguieron a pie desde las

ciudades. 14 Cuando Jesús salió, vio la gran multitud y tuvo compasión de

ellos, y sanó a los que entre ellos estaban enfermos. 15 Al atardecer, sus

discípulos se acercaron a él y le dijeron: — El lugar es desierto, y la hora ya

avanzada. Despide a la gente para que vayan a las aldeas y compren para sí algo

de comer. 16 Pero Jesús les dijo: — No tienen necesidad de irse. Dadles

vosotros de comer. 17 Entonces ellos dijeron: — No tenemos aquí sino cinco

panes y dos pescados. 18 El les dijo: — Traédmelos acá. 19 Luego mandó que la

gente se recostara sobre la hierba. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y

alzando los ojos al cielo, los bendijo. Después de partirlos, dio los panes a sus

discípulos, y ellos a la gente. 20 Todos comieron y se saciaron, y se recogieron

doce canastas llenas de lo que sobró de los pedazos. 21 Los que comieron eran

como cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.

22 Y en seguida Jesús obligó a sus discípulos a entrar en la barca e ir delante

de él a la otra orilla, mientras él despedía a las multitudes. 23 Una vez despedida

la gente, subió al monte para orar a solas; y cuando llegó la noche, estaba allí

solo. 24 La barca ya quedaba a gran distancia de la tierra, azotada por las olas,

porque el viento era contrario. 25 Y a la cuarta vigilia de la noche, Jesús fue a

ellos caminando sobre el mar. 26 Pero cuando los discípulos le vieron caminando

sobre el mar, se turbaron diciendo: — ¡Un fantasma! Y gritaron de miedo. 27 En

seguida Jesús les habló diciendo: — ¡Tened ánimo! ¡Yo soy! ¡No temáis!

28 Entonces le respondió Pedro y dijo: — Señor, si eres tú, manda que yo vaya

a ti sobre las aguas. 29 Y él dijo: — Ven. Pedro descendió de la barca y caminó

sobre las aguas, y fue hacia Jesús. 30 Pero al ver el viento fuerte, tuvo miedo y

comenzó a hundirse. Entonces gritó diciendo: — ¡Señor, sálvame! 31 De

inmediato Jesús extendió la mano, le sostuvo y le dijo: — ¡Oh hombre de poca

fe! ¿Por qué dudaste? 32 Cuando ellos subieron a la barca, se calmó el viento.

33 Entonces los que estaban en la barca le adoraron diciendo: —

¡Verdaderamente eres Hijo de Dios!

34 Cuando cruzaron a la otra orilla, llegaron a la tierra de Genesaret. 35 Y

cuando los hombres de aquel lugar le reconocieron, mandaron a decirlo por

toda aquella región, y trajeron a él todos los que estaban enfermos. 36 Y le

rogaban que sólo pudiesen tocar el borde de su manto, y todos los que tocaron

quedaron sanos.

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