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MATEO

Capítulo 15

1 Entonces se acercaron a Jesús unos fariseos y escribas de Jerusalén,

diciendo: 2 — ¿Por qué quebrantan tus discípulos la tradición de los ancianos?

Pues no se lavan las manos cuando comen pan. 3 El les respondió diciendo: —

¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por causa de

vuestra tradición? 4 Porque Dios dijo: Honra a tu padre y a tu madre, y El que

maldiga a su padre o a su madre muera irremisiblemente. 5 Pero vosotros decís

que cualquiera que diga a su padre o a su madre: “Aquello con que hubieras

sido beneficiado es mi ofrenda a Dios”, 6 no debe honrar a su padre. Así habéis

invalidado la palabra de Dios por causa de vuestra tradición. 7 ¡Hipócritas! Bien

profetizó Isaías de vosotros diciendo: 8 Este pueblo me honra de labios, pero su

corazón está lejos de mí. 9 Y en vano me rinden culto, enseñando como doctrina

los mandamientos de hombres.

10 Entonces, llamando a sí a la multitud, les dijo: — ¡Oíd y entended! 11 Lo

que entra en la boca no contamina al hombre; sino lo que sale de la boca, esto

contamina al hombre. 12 Entonces se acercaron los discípulos y le dijeron: —

¿Sabes que los fariseos se ofendieron al oír esas palabras? 13 Pero él respondió

y dijo: — Toda planta que no plantó mi Padre celestial será desarraigada.

14 Dejadlos. Son ciegos guías de ciegos. Pero si el ciego guía al ciego, ambos

caerán en el hoyo. 15 Respondió Pedro y le dijo: — Explícanos esta parábola.

16 Jesús dijo: — ¿También vosotros carecéis de entendimiento? 17 ¿No

entendéis que todo lo que entra en la boca va al estómago y sale a la letrina?

18 Pero lo que sale de la boca viene del corazón, y eso contamina al hombre.

19 Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los

adulterios, las inmoralidades sexuales, los robos, los falsos testimonios y las

blasfemias. 20 Estas cosas son las que contaminan al hombre, pero el comer sin

lavarse las manos no contamina al hombre.

21 Cuando Jesús salió de allí, se fue a las regiones de Tiro y de Sidón.

22 Entonces una mujer cananea que había salido de aquellas regiones, clamaba

diciendo: — ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es

gravemente atormentada por un demonio. 23 Pero él no le respondía palabra.

Entonces se acercaron sus discípulos y le rogaron diciendo: — Despídela, pues

grita tras nosotros. 24 Y respondiendo dijo: — Yo no he sido enviado sino

a las ovejas perdidas de la casa de Israel. 25 Entonces ella vino y se postró

delante de él diciéndole: — ¡Señor, socórreme! 26 El le respondió diciendo: —

No es bueno tomar el pan de los hijos y echarlo a los perritos. 27 Y ella dijo: —

Sí, Señor. Pero aun los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de

sus dueños. 28 Entonces respondió Jesús y le dijo: — ¡Oh mujer, grande es tu

fe! Sea hecho contigo como quieres. Y su hija fue sana desde aquella hora.

29 Cuando Jesús partió de allí, fue junto al mar de Galilea, y subiendo al

monte se sentó allí. 30 Entonces se acercaron a él grandes multitudes que tenían

consigo cojos, ciegos, mancos, mudos y muchos otros enfermos. Los pusieron a

los pies de Jesús, y él los sanó; 31 de manera que la gente se maravillaba al ver a

los mudos hablar, a los mancos sanos, a los cojos andar y a los ciegos ver. Y

glorificaban al Dios de Israel. 32 Jesús llamó a sus discípulos y dijo: — Tengo

compasión de la multitud, porque ya hace tres días que permanecen conmigo y

no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, no sea que se desmayen

en el camino. 33 Entonces sus discípulos le dijeron: — ¿De dónde

conseguiremos nosotros tantos panes en un lugar desierto, como para saciar a

una multitud tan grande? 34 Jesús les dijo: — ¿Cuántos panes tenéis? Ellos

dijeron: — Siete, y unos pocos pescaditos. 35 Entonces él mandó a la multitud

que se recostase sobre la tierra. 36 Tomó los siete panes y los pescaditos, y

habiendo dado gracias los partió e iba dando a los discípulos, y los discípulos a

las multitudes. 37 Todos comieron y se saciaron, y recogieron siete cestas llenas

de lo que sobró de los pedazos. 38 Los que comían eran cuatro mil hombres, sin

contar las mujeres y los niños. 39 Entonces, una vez despedida la gente, subió en

la barca y se fue a las regiones de Magdala.

Capítulo 16

1 Se acercaron los fariseos y los saduceos, y para probarle le pidieron que

les mostrase una señal del cielo. 2 Pero él les respondió diciendo: “Al atardecer

decís: ‘Hará buen tiempo, porque el cielo está enrojecido’; 3 y al amanecer

decís: ‘Hoy habrá tempestad, porque el cielo está enrojecido y sombrío.’ Sabéis

discernir el aspecto del cielo, pero no podéis discernir las señales de los

tiempos. 4 Una generación malvada y adúltera pide señal, pero no le será dada

ninguna señal, sino la señal de Jonás.” Y dejándolos se fue.

5 Cuando los discípulos cruzaron a la otra orilla, se olvidaron de tomar

consigo pan. 6 Entonces Jesús les dijo: — Mirad, guardaos de la levadura de los

fariseos y de los saduceos. 7 Ellos discutían entre sí, diciendo: — Es porque no

trajimos pan. 8 Pero como Jesús lo entendió, les dijo: — ¿Por qué discutís entre

vosotros que no tenéis pan, hombres de poca fe? 9 ¿Todavía no entendéis, ni os

acordáis de los cinco panes para los cinco mil hombres, y cuántas canastas

recogisteis? 10 ¿Ni tampoco de los siete panes para los cuatro mil y cuántas

cestas recogisteis? 11 ¿Cómo es que no entendéis que no os hablé del pan?

¡Pero guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos! 12 Entonces

entendieron que no les habló de guardarse de la levadura del pan, sino más bien

de la doctrina de los fariseos y de los saduceos.

13 Cuando llegó Jesús a las regiones de Cesarea de Filipo, preguntó a sus

discípulos diciendo: — ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?

14 Ellos dijeron: — Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o uno

de los profetas. 15 Les dijo: — Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?

16 Respondió Simón Pedro y dijo: — ¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios

viviente! 17 Entonces Jesús respondió y le dijo: — Bienaventurado eres, Simón

hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en

los cielos. 18 Mas yo también te digo que tú eres Pedro; y sobre esta roca

edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. 19 A ti te

daré las llaves del reino de los cielos. Todo lo que ates en la tierra habrá sido

atado en el cielo, y lo que desates en la tierra habrá sido desatado en los cielos.

20 Entonces mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo.

21 Desde entonces, Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que le era

preciso ir a Jerusalén y padecer mucho de parte de los ancianos, de los

principales sacerdotes y de los escribas, y ser muerto, y resucitar al tercer día.

22 Pedro le tomó aparte y comenzó a reprenderle diciendo: — Señor, ten

compasión de ti mismo. ¡Jamás te suceda esto! 23 Entonces él volviéndose, dijo

a Pedro: — ¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres tropiezo, porque no

piensas en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.

24 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: — Si alguno quiere venir en pos de

mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. 25 Porque el que quiera salvar su

vida la perderá, y el que pierda su vida por causa de mí la hallará. 26 Pues, ¿de

qué le sirve al hombre si gana el mundo entero y pierde su alma? ¿O qué dará

el hombre en rescate por su alma? 27 Porque el Hijo del Hombre ha de venir en

la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces recompensará a cada uno

conforme a sus hechos. 28 De cierto os digo que hay algunos que están aquí, que

no probarán la muerte hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su

reino.

Capítulo 17

1 Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan su

hermano, y les hizo subir aparte a un monte alto. 2 Y fue transfigurado delante de

ellos. Su cara resplandeció como el sol, y sus vestiduras se hicieron blancas

como la luz. 3 Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él.

4 Entonces intervino Pedro y dijo a Jesús: — Señor, bueno es que nosotros

estemos aquí. Si quieres, yo levantaré aquí tres enramadas: una para ti, otra para

Moisés y otra para Elías. 5 Mientras él aún hablaba, de pronto una nube brillante

les hizo sombra, y he aquí salió una voz de la nube diciendo: “Este es mi Hijo

amado, en quien tengo complacencia. A él oíd.” 6 Al oír esto, los discípulos se

postraron sobre sus rostros y temieron en gran manera. 7 Entonces Jesús se

acercó, los tocó y dijo: — Levantaos y no temáis. 8 Y cuando ellos alzaron los

ojos, no vieron a nadie sino a Jesús mismo, solo. 9 Mientras ellos descendían del

monte, Jesús les mandó, diciendo: — No mencionéis la visión a nadie, hasta que

el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos. 10 Entonces los discípulos le

preguntaron diciendo: — ¿Por qué dicen los escribas que es necesario que Elías

venga primero? 11 Y respondiendo dijo: — A la verdad, Elías viene y restaurará

todas las cosas. 12 Pero yo os digo que Elías ya vino, y no le reconocieron; más

bien, hicieron con él todo lo que quisieron. Así también el Hijo del Hombre ha

de padecer de ellos. 13 Entonces los discípulos entendieron que les hablaba de

Juan el Bautista.

14 Cuando llegaron a la multitud, vino a él un hombre y se arrodilló delante

de él, 15 diciendo: — ¡Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático y

padece gravemente. Pues muchas veces cae en el fuego, y muchas veces en el

agua. 16 Lo traje a tus discípulos, y no le pudieron sanar. 17 Jesús respondió y

dijo: — ¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con

vosotros? ¿Hasta cuándo os soportaré? Traédmelo acá. 18 Jesús le reprendió, y

el demonio salió de él; y el niño fue sanado desde aquella hora. 19 Luego, los

discípulos se acercaron en privado a Jesús y le dijeron: — ¿Por qué no pudimos

nosotros echarlo fuera? 20 Jesús les dijo: — Por causa de vuestra poca fe.

Porque de cierto os digo que si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a

este monte: “Pásate de aquí, allá”; y se pasará. Nada os será imposible. 21 Pero

este género de demonio sale sólo con oración y ayuno.

22 Estando ellos reunidos en Galilea, Jesús les dijo: “El Hijo del Hombre ha

de ser entregado en manos de hombres, 23 y le matarán. Pero al tercer día

resucitará.” Y ellos se entristecieron en gran manera.

24 Cuando ellos llegaron a Capernaúm, fueron a Pedro los que cobraban el

impuesto del templo y dijeron: — ¿Vuestro maestro no paga el impuesto del

templo? 25 El dijo: — Sí. Al entrar en casa, Jesús le habló primero diciendo: —

¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o

los impuestos? ¿De sus hijos o de otros? 26 Pedro le dijo: — De otros. Jesús le

dijo: — Luego, los hijos están libres de obligación. 27 Pero, para que no los

ofendamos, vé al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que suba, tómalo.

Cuando abras su boca, hallarás un estatero. Tómalo y dalo por mí y por ti.

Capítulo 18

1 En aquel tiempo los discípulos se acercaron a Jesús diciendo: — ¿Quién es

el más importante en el reino de los cielos? 2 Jesús llamó a un niño, lo puso en

medio de ellos 3 y dijo: — De cierto os digo que si no os volvéis y os hacéis

como los niños, jamás entraréis en el reino de los cielos. 4 Así que, cualquiera

que se humille como este niño, ése es el más importante en el reino de los cielos.

5 Y cualquiera que en mi nombre reciba a un niño como éste, a mí me recibe.

6 Y a cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí,

mejor le fuera que se le atase al cuello una gran piedra de molino y que se le

hundiese en lo profundo del mar.

7 ¡Ay del mundo por los tropiezos! Es inevitable que haya tropiezos, pero

¡ay del hombre que los ocasione! 8 Por tanto, si tu mano o tu pie te hace

tropezar, córtalo y échalo de ti. Mejor te es entrar en la vida cojo o manco, que

teniendo dos manos o dos pies ser echado en el fuego eterno. 9 Y si tu ojo te

hace tropezar, sácalo y échalo de ti. Mejor te es entrar en la vida con un solo

ojo, que teniendo dos ojos ser echado en el infierno de fuego.

10 Mirad, no tengáis en poco a ninguno de estos pequeños, porque os digo que

sus ángeles en los cielos siempre ven el rostro de mi Padre que está en los

cielos. 11 Porque el Hijo del Hombre ha venido a salvar lo que se había perdido.

12 ¿Qué os parece? Si algún hombre tiene cien ovejas y se extravía una, ¿acaso

no dejará las noventa y nueve en las montañas e irá a buscar la descarriada?

13 Y si sucede que la encuentra, de cierto os digo que se goza más por aquélla

que por las noventa y nueve que no se extraviaron. 14 Así que, no es la voluntad

de vuestro Padre que está en los cielos que se pierda ni uno de estos pequeños.

15 Por tanto, si tu hermano peca contra ti, vé, amonéstale a solas entre tú y

él. Si él te escucha, has ganado a tu hermano. 16 Pero si no escucha, toma aún

contigo uno o dos, para que todo asunto conste según la boca de dos o tres

testigos. 17 Y si él no les hace caso a ellos, dilo a la iglesia; y si no hace caso a la

iglesia, tenlo por gentil y publicano. 18 De cierto os digo que todo lo que atéis en

la tierra habrá sido atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra habrá

sido desatado en el cielo. 19 Otra vez os digo que, si dos de vosotros se ponen

de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidan, les será hecha por

mi Padre que está en los cielos. 20 Porque donde dos o tres están congregados

en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

21 Entonces Pedro se acercó y le dijo: — Señor, ¿cuántas veces pecará mi

hermano contra mí y yo le perdonaré? ¿Hasta siete veces? 22 Jesús le dijo: —

No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete. 23 Por esto, el reino de los

cielos es semejante a un hombre rey, que quiso hacer cuentas con sus siervos.

24 Y cuando él comenzó a hacer cuentas, le fue traído uno que le debía diez mil

talentos. 25 Puesto que él no podía pagar, su señor mandó venderlo a él, junto

con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, y que se le pagara. 26 Entonces el

siervo cayó y se postró delante de él diciendo: “Ten paciencia conmigo, y yo te

lo pagaré todo.” 27 El señor de aquel siervo, movido a compasión, le soltó y le

perdonó la deuda. 28 Pero al salir, aquel siervo halló a uno de sus consiervos que

le debía cien denarios, y asiéndose de él, le ahogaba diciendo: “Paga lo que

debes.” 29 Entonces su consiervo, cayendo, le rogaba diciendo: “¡Ten paciencia

conmigo, y yo te pagaré.” 30 Pero él no quiso, sino que fue y lo echó en la cárcel

hasta que le pagara lo que le debía. 31 Así que, cuando sus consiervos vieron lo

que había sucedido, se entristecieron mucho; y fueron y declararon a su señor

todo lo que había sucedido. 32 Entonces su señor le llamó y le dijo: “¡Siervo

malvado! Toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste.

33 ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, así como también

yo tuve misericordia de ti?” 34 Y su señor, enojado, le entregó a los verdugos

hasta que le pagara todo lo que le debía. 35 Así también hará con vosotros mi

Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano.

Capítulo 19

1 Aconteció que, cuando Jesús acabó estas palabras, partió de Galilea y fue

a las fronteras de Judea, al otro lado del Jordán. 2 Grandes multitudes le

siguieron, y los sanó allí.

3 Entonces los fariseos se acercaron a él para probarle, diciendo: — ¿Le es

lícito al hombre divorciarse de su mujer por cualquier razón? 4 El respondió y

dijo: — ¿No habéis leído que el que los creó en el principio, los hizo varón y

mujer? 5 Y dijo: “Por esta causa el hombre dejará a su padre y a su madre, y se

unirá a su mujer; y serán los dos una sola carne.” 6 Así que ya no son más dos,

sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.

7 Le dijeron: — ¿Por qué, pues, mandó Moisés darle carta de divorcio y

despedirla? 8 Les dijo: — Ante vuestra dureza de corazón, Moisés os permitió

divorciaros de vuestras mujeres; pero desde el principio no fue así. 9 Y os digo

que cualquiera que se divorcia de su mujer, a no ser por causa de fornicación, y

se casa con otra, comete adulterio. 10 Le dijeron sus discípulos: — Si así es el

caso del hombre con su mujer, no conviene casarse. 11 Entonces él les dijo: —

No todos son capaces de aceptar esta palabra, sino aquellos a quienes les está

concedido. 12 Porque hay eunucos que nacieron así desde el vientre de la

madre, hay eunucos que fueron hechos eunucos por los hombres, y hay eunucos

que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos. El que

puede aceptar esto, que lo acepte.

13 Entonces le fueron presentados unos niños, para que pusiese las manos

sobre ellos y orase. Pero los discípulos los reprendieron. 14 Entonces Jesús les

dijo: — Dejad a los niños y no les impidáis venir a mí, porque de los tales es el

reino de los cielos. 15 Y habiendo puesto las manos sobre ellos, partió de allí.

16 He aquí vino uno a él y le dijo: — Maestro, ¿qué cosa buena haré para

tener la vida eterna? 17 El le dijo: — ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno?

Hay uno solo que es bueno. Pero si quieres entrar en la vida, guarda los

mandamientos. 18 Le dijo: — ¿Cuáles? Jesús respondió: — No cometerás

homicidio, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio,

19 honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo. 20 El

joven le dijo: — Todo esto he guardado. ¿Qué más me falta? 21 Le dijo Jesús:

— Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes y dalo a los pobres; y tendrás

tesoro en el cielo. Y ven; sígueme. 22 Pero cuando el joven oyó la palabra, se

fue triste, porque tenía muchas posesiones.

23 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: — De cierto os digo, que

difícilmente entrará el rico en el reino de los cielos. 24 Otra vez os digo que le es

más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el

reino de Dios. 25 Cuando los discípulos lo oyeron, se asombraron en gran

manera diciendo: — Entonces, ¿quién podrá ser salvo? 26 Jesús los miró y les

dijo: — Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible.

27 Entonces respondió Pedro y le dijo: — He aquí, nosotros lo hemos dejado

todo y te hemos seguido. ¿Qué hay, pues, para nosotros? 28 Jesús les dijo: —

De cierto os digo que en el tiempo de la regeneración, cuando el Hijo del

Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido os

sentaréis también sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. 29 Y

todo aquel que deja casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer,

o hijos, o campos por causa de mi nombre, recibirá cien veces más y heredará

la vida eterna. 30 Pero muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán

primeros.

Capítulo 20

1 Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, dueño de un

campo, que salió al amanecer a contratar obreros para su viña. 2 Habiendo

convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. 3 Salió

también como a la tercera hora y vio que otros estaban en la plaza

desocupados, 4 y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea

justo.” Y ellos fueron. 5 Salió otra vez como a la sexta hora y a la novena hora, e

hizo lo mismo. 6 También alrededor de la undécima hora salió y halló que

otros estaban allí, y les dijo: “¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados?”

7 Le dijeron: “Porque nadie nos ha contratado.” Les dijo: “Id también vosotros a

la viña.” 8 Al llegar la noche, dijo el señor de la viña a su mayordomo: “Llama a

los obreros y págales el jornal. Comienza desde los últimos hasta los primeros.”

9 Entonces vinieron los que habían ido cerca de la undécima hora y recibieron

cada uno un denario. 10 Y cuando vinieron, los primeros pensaron que recibirían

más; pero ellos también recibieron un denario cada uno. 11 Al recibirlo,

murmuraban contra el dueño del campo, 12 diciendo: “Estos últimos trabajaron

una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado el peso

y el calor del día.” 13 Pero él respondió y dijo a uno de ellos: “Amigo, no te hago

ninguna injusticia. ¿No conviniste conmigo en un denario? 14 Toma lo que es

tuyo y vete. Pero quiero darle a este último como a ti. 15 ¿No me es lícito hacer

lo que quiero con lo mío? ¿O tienes envidia porque soy bueno?” 16 Así, los

últimos serán primeros, y los primeros últimos.

17 Mientras Jesús subía a Jerusalén, tomó a sus doce discípulos aparte y les

dijo en el camino: 18 — He aquí, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre

será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a

muerte. 19 Le entregarán a los gentiles para que se burlen de él, le azoten y le

crucifiquen; pero al tercer día resucitará.

20 Entonces se acercó a él la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos,

postrándose ante él y pidiéndole algo. 21 El le dijo: — ¿Qué deseas? Ella le dijo:

— Ordena que en tu reino estos dos hijos míos se sienten el uno a tu derecha y

el otro a tu izquierda. 22 Entonces respondiendo Jesús dijo: — No sabéis lo que

pedís. ¿Podéis beber la copa que yo he de beber? Ellos le dijeron: — Podemos.

23 Les dijo: — A la verdad, beberéis de mi copa; pero el sentarse a mi derecha

o a mi izquierda no es mío concederlo, sino que es para quienes lo ha preparado

mi Padre. 24 Cuando los diez oyeron esto, se enojaron contra los dos hermanos.

25 Entonces Jesús los llamó y les dijo: — Sabéis que los gobernantes de los gentiles

se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen autoridad sobre ellos.

26 Entre vosotros no será así. Más bien, cualquiera que anhele ser grande entre

vosotros será vuestro servidor; 27 y el que anhele ser el primero entre vosotros,

será vuestro siervo. 28 De la misma manera, el Hijo del Hombre no vino para ser

servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.

29 Saliendo ellos de Jericó, le siguió una gran multitud. 30 Y he aquí dos

ciegos estaban sentados junto al camino, y cuando oyeron que Jesús pasaba,

clamaron diciendo: — ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!

31 La gente les reprendía para que se callasen, pero ellos gritaron aun más fuerte

diciendo: — ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros! 32 Jesús se

detuvo, los llamó y les dijo: — ¿Qué queréis que os haga? 33 Le dijeron: —

Señor, que sean abiertos nuestros ojos. 34 Entonces Jesús, conmovido dentro de

sí, les tocó los ojos; y de inmediato recobraron la vista y le siguieron.

Capítulo 21

1 Cuando se acercaron a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de

los Olivos, entonces Jesús envió a dos discípulos, 2 diciéndoles: — Id a la aldea

que está frente a vosotros, y en seguida hallaréis una asna atada, y un borriquillo

con ella. Desatadla y traédmelos. 3 Si alguien os dice algo, decidle: “El Señor los

necesita, y luego los enviará.” 4 Todo esto aconteció para cumplir lo dicho por el

profeta, cuando dijo: 5 Decid a la hija de Sion: “He aquí tu Rey viene a ti, manso

y sentado sobre una asna y sobre un borriquillo, hijo de bestia de carga.” 6 Los

discípulos fueron e hicieron como Jesús les mandó. 7 Trajeron el asna y el

borriquillo y pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima de ellos. 8 La

mayor parte de la multitud tendió sus mantos en el camino, mientras otros

cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. 9 Las multitudes que

iban delante de él y las que le seguían aclamaban diciendo: — ¡Hosanna al Hijo

de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las

alturas! 10 Cuando él entró en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió diciendo:

— ¿Quién es éste? 11 Y las multitudes decían: — Este es Jesús el profeta, de

Nazaret de Galilea.

12 Entró Jesús en el templo y echó fuera a todos los que vendían y

compraban en el templo. Volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que

vendían palomas, 13 y les dijo: — Escrito está: Mi casa será llamada casa de

oración, pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones. 14 Entonces ciegos y

cojos vinieron a él en el templo, y él los sanó. 15 Pero los principales sacerdotes

y los escribas se indignaron cuando vieron las maravillas que él hizo, y a los

muchachos que le aclamaban en el templo diciendo: — ¡Hosanna al Hijo de

David! 16 Y le dijeron: — ¿Oyes lo que dicen éstos? Jesús les dijo: — Sí.

¿Nunca leísteis: De la boca de los niños y de los que maman preparaste la

alabanza? 17 Los dejó y salió fuera de la ciudad a Betania, y se alojó allí.

18 Volviendo a la ciudad por la mañana, él tuvo hambre. 19 Al ver una

higuera en el camino, fue a ella; pero no encontró nada en ella sino sólo hojas, y

le dijo: — Nunca jamás brote fruto de ti. Pronto se secó la higuera, 20 y los

discípulos, al verlo, se maravillaron diciendo: — ¿Cómo se secó tan pronto la

higuera? 21 Jesús respondió y les dijo: — De cierto os digo que si tenéis fe y no

dudáis, no sólo haréis esto de la higuera, sino que si decís a este monte: “Quítate

y arrójate al mar”, así será. 22 Todo lo que pidáis en oración, creyendo, lo

recibiréis.

23 El llegó al templo, y mientras estaba enseñando, se acercaron a él los

principales sacerdotes y los ancianos del pueblo, y le decían: — ¿Con qué

autoridad haces estas cosas? ¿Quién te dio esta autoridad? 24 Entonces respondió

Jesús y les dijo: — Yo también os haré una pregunta; y si me respondéis, yo

también os diré con qué autoridad hago estas cosas. 25 ¿De dónde era el bautismo

de Juan? ¿Del cielo o de los hombres? Entonces ellos razonaban entre sí, diciendo:

— Si decimos “del cielo”, nos dirá: “¿Por qué, pues, no le creísteis?” 26 Y si

decimos “de los hombres...”, tememos al pueblo, porque todos tienen a Juan por

profeta. 27 Respondieron a Jesús y dijeron: — No sabemos. Y él les dijo: —

Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas.

28 ¿Pero, qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y

le dijo: “Hijo, vé hoy a trabajar en la viña.” 29 El contestó y dijo: “No quiero.”

Pero después, cambió de parecer y fue. 30 Al acercarse al otro, le dijo lo mismo;

y él respondió diciendo: “¡Sí, señor, yo voy!” Y no fue. 31 ¿Cuál de los dos hizo

la voluntad de su padre? Ellos dijeron: — El primero. Y Jesús les dijo: — De

cierto os digo que los publicanos y las prostitutas entran delante de vosotros en

el reino de Dios. 32 Porque Juan vino a vosotros en el camino de justicia, y no le

creísteis; pero los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y aunque vosotros lo

visteis, después no cambiasteis de parecer para creerle.

33 Oíd otra parábola: Había un hombre, dueño de un campo, quien plantó

una viña. La rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, edificó una torre, la

arrendó a unos labradores y se fue lejos. 34 Pero cuando se acercó el tiempo de

la cosecha, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. 35 Y los

labradores, tomando a sus siervos, a uno hirieron, a otro mataron y a otro

apedrearon. 36 El envió de nuevo otros siervos, en mayor número que los

primeros, y les hicieron lo mismo. 37 Por último, les envió a su hijo, diciendo:

“Tendrán respeto a mi hijo.” 38 Pero al ver al hijo, los labradores dijeron entre sí:

“Este es el heredero. Venid, matémosle y tomemos posesión de su herencia.”

39 Le prendieron, le echaron fuera de la viña y le mataron. 40 Ahora bien,

cuando venga el señor de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? 41 Le

dijeron: — A los malvados los destruirá sin misericordia, y arrendará su viña a

otros labradores, quienes le pagarán el fruto a su tiempo. 42 Jesús les dijo: —

¿Nunca habéis leído en las Escrituras? La piedra que desecharon los

edificadores, ésta fue hecha cabeza del ángulo. De parte del Señor sucedió esto,

y es maravilloso en nuestros ojos. 43 Por esta razón os digo que el reino de Dios

será quitado de vosotros y será dado a un pueblo que producirá los frutos del

reino. 44 El que caiga sobre esta piedra será quebrantado, y desmenuzará a

cualquiera sobre quien ella caiga. 45 Al oír sus parábolas, los principales

sacerdotes y los fariseos entendieron que él hablaba de ellos. 46 Pero buscando

cómo echarle mano, temieron al pueblo; porque le tenía por profeta.

Capítulo 22

1 Jesús respondió y les volvió a hablar en parábolas diciendo: 2 — El reino

de los cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas para su

hijo. 3 Envió a sus siervos para llamar a los que habían sido invitados a las

bodas, pero no querían venir. 4 Volvió a enviar otros siervos, diciendo: “Decid a

los invitados: ‘He aquí, he preparado mi comida; mis toros y animales

engordados han sido matados, y todo está preparado. Venid a las bodas.’“

5 Pero ellos no le hicieron caso y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio;

6 y los otros tomaron a sus siervos, los afrentaron y los mataron. 7 El rey se

enojó, y enviando sus tropas mató a aquellos asesinos y prendió fuego a su

ciudad. 8 Entonces dijo a sus siervos: “El banquete, a la verdad, está preparado,

pero los invitados no eran dignos. 9 Id, pues, a las encrucijadas de los caminos y

llamad al banquete de bodas a cuantos halléis.” 10 Aquellos siervos salieron por

los caminos y reunieron a todos los que hallaron, tanto buenos como malos; y el

banquete de bodas estuvo lleno de convidados. 11 Pero cuando entró el rey para

ver a los convidados y vio allí a un hombre que no llevaba ropa de bodas, 12 le

dijo: “Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin llevar ropa de bodas?” Pero él quedó

mudo. 13 Entonces el rey dijo a los que servían: “Atadle los pies y las manos

y echadle en las tinieblas de afuera.” Allí habrá llanto y crujir de dientes;

14 porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.

15 Entonces se fueron los fariseos y consultaron cómo podrían enredarle en

alguna palabra. 16 Después enviaron a él discípulos de ellos, junto con los

herodianos, diciendo: — Maestro, sabemos que eres hombre de verdad, que

enseñas el camino de Dios con verdad y que no te cuidas de nadie; porque no

miras la apariencia de los hombres. 17 Dinos, pues, ¿qué te parece? ¿Es lícito

dar tributo al César, o no? 18 Pero Jesús, entendiendo la malicia de ellos, les

dijo: — ¿Por qué me probáis, hipócritas? 19 Mostradme la moneda del tributo.

Ellos le presentaron un denario. 20 Entonces él les dijo: — ¿De quién es esta

imagen y esta inscripción? 21 Le dijeron: — Del César. Entonces él les dijo: —

Por tanto, dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. 22 Al oír

esto, se maravillaron; y dejándole, se fueron.

23 Aquel día se le acercaron unos saduceos, quienes dicen que no hay

resurrección, y le preguntaron diciendo: 24 — Maestro, Moisés dijo: Si alguno

muere sin tener hijos, su hermano se casará con su mujer y levantará

descendencia a su hermano. 25 Había, pues, siete hermanos entre nosotros. El

primero tomó mujer y murió, y como no tenía descendencia, dejó su mujer a su

hermano. 26 De la misma manera sucedió también con el segundo y el tercero,

hasta los siete. 27 Después de todos, murió también la mujer. 28 En la

resurrección, puesto que todos la tuvieron, ¿de cuál de los siete será mujer?

29 Entonces respondió Jesús y les dijo: — Erráis porque no conocéis las

Escrituras, ni tampoco el poder de Dios; 30 porque en la resurrección no se

casan ni se dan en casamiento, sino que son como los ángeles que están en el

cielo. 31 Y acerca de la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os

fue dicho por Dios? 32 Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios

de Jacob. Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. 33 Al oír esto, las

multitudes estaban atónitas de su doctrina.

34 Entonces los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se

reunieron de común acuerdo. 35 Uno de ellos, intérprete de la ley, preguntó para

probarle: 36 — Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento de la ley? 37 Jesús le

dijo: — Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con

toda tu mente. 38 Este es el grande y el primer mandamiento.

39 Y el segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 40 De

estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.

41 Habiéndose reunido los fariseos, Jesús les preguntó 42 diciendo: — ¿Qué

pensáis acerca del Cristo? ¿De quién es hijo? Le dijeron: — De David. 43 El les

dijo: — Entonces, ¿cómo es que David, mediante el Espíritu, le llama Señor?

Pues dice: 44 Dijo el Señor a mi Señor: “Siéntate a mi diestra hasta que ponga a

tus enemigos debajo de tus pies.” 45 Pues, si David le llama Señor, ¿cómo es su

hijo? 46 Nadie le podía responder palabra, ni nadie se atrevió desde aquel día a

preguntarle más.

Capítulo 23

1 Entonces habló Jesús a la multitud y a sus discípulos, 2 diciendo: “Los

escribas y los fariseos están sentados en la cátedra de Moisés. 3 Así que, todo lo

que os digan hacedlo y guardadlo; pero no hagáis según sus obras, porque ellos

dicen y no hacen. 4 Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre

los hombros de los hombres; pero ellos mismos no las quieren mover ni aun con

el dedo. 5 Más bien, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres.

Ellos ensanchan sus filacterias y alargan los flecos de sus mantos. 6 Aman los

primeros asientos en los banquetes y las primeras sillas en las sinagogas, 7 las

salutaciones en las plazas y el ser llamados por los hombres: Rabí, Rabí. 8 “Pero

vosotros, no seáis llamados Rabí; porque uno solo es vuestro Maestro, y todos

vosotros sois hermanos. 9 Y no llaméis a nadie vuestro Padre en la tierra, porque

vuestro Padre que está en los cielos es uno solo. 10 Ni os llaméis Guía, porque

vuestro Guía es uno solo, el Cristo. 11 Pero el que es mayor entre vosotros será

vuestro siervo; 12 porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla

será enaltecido.

13 “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque cerráis el reino

de los cielos delante de los hombres. Pues vosotros no entráis, ni dejáis entrar a

los que están entrando. 14 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!

Porque devoráis las casas de viudas y como pretexto hacéis largas oraciones.

¡Por esto recibiréis mayor condenación! 15 “¡Ay de vosotros, escribas y

fariseos, hipócritas! Porque recorréis mar y tierra para hacer un solo prosélito; y

cuando lo lográis, le hacéis un hijo del infierno dos veces más que vosotros.

16 “¡Ay de vosotros, guías ciegos! Pues decís: ‘Si uno jura por el santuario,

no significa nada; pero si jura por el oro del santuario, queda bajo obligación.’

17 ¡Necios y ciegos! ¿Cuál es más importante: el oro o el santuario que santifica

al oro? 18 O decís: ‘Si uno jura por el altar, no significa nada; pero si jura por la

ofrenda que está sobre el altar, queda bajo obligación.’ 19 ¡Ciegos! ¿Cuál es

más importante: la ofrenda o el altar que santifica a la ofrenda? 20 Por tanto, el

que jura por el altar, jura por el altar y por todo lo que está sobre él. 21 Y el que

jura por el santuario, jura por el santuario y por aquel que habita en él. 22 Y el

que jura por el cielo, jura por el trono de Dios y por aquel que está sentado

sobre él. 23 “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque entregáis el

diezmo de la menta, del eneldo y del comino; pero habéis omitido lo más

importante de la ley, a saber, el juicio, la misericordia y la fe. Era necesario

hacer estas cosas sin omitir aquéllas. 24 ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito

pero tragáis el camello! 25 “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!

Porque limpiáis lo de afuera del vaso o del plato, pero por dentro están llenos de

robo y de desenfreno. 26 ¡Fariseo ciego! ¡Limpia primero el interior del vaso

para que también el exterior se haga limpio! 27 “¡Ay de vosotros, escribas y

fariseos, hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados que, a la

verdad, se muestran hermosos por fuera; pero por dentro están llenos de huesos

de muertos y de toda impureza. 28 Así también vosotros, a la verdad, por fuera

os mostráis justos a los hombres; pero por dentro estáis llenos de hipocresía e

iniquidad. 29 “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque edificáis

los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos, 30 y decís:

‘Si hubiéramos vivido en los días de nuestros padres, no habríamos sido sus

cómplices en la sangre de los profetas.’ 31 Así dais testimonio contra vosotros

mismos de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas. 32 ¡Colmad

también vosotros la medida de vuestros padres! 33 “¡Serpientes! ¡Generación de

víboras! ¿Cómo os escaparéis de la condenación del infierno?

34 Por tanto, mirad; yo os envío profetas, sabios y escribas; y de ellos, a

unos mataréis y crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras sinagogas y

perseguiréis de ciudad en ciudad, 35 de manera que venga sobre vosotros toda

la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre del justo

Abel hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien matasteis entre el

santuario y el altar. 36 De cierto os digo, que todo esto recaerá sobre esta

generación. 37 “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los

que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, así como la

gallina junta sus pollitos debajo de sus alas, y no quisiste! 38 He aquí, vuestra

casa os es dejada desierta, 39 porque os digo que desde ahora no me veréis más

hasta que digáis: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”

Capítulo 24

1 Cuando Jesús salió y se iba del templo, se le acercaron sus discípulos para

mostrarle los edificios del templo. 2 Y él respondiendo les dijo: — ¿No veis todo

esto? De cierto os digo que aquí no quedará piedra sobre piedra que no sea

derribada. 3 Estando él sentado en el monte de los Olivos, sus discípulos se

acercaron a él aparte, y le dijeron: — Dinos, ¿cuándo sucederán estas cosas?

¿Y qué señal habrá de tu venida y del fin del mundo?

4 Respondió Jesús y les dijo: — Mirad que nadie os engañe; 5 porque

muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy el Cristo”, y engañarán a

muchos. 6 Oiréis de guerras y de rumores de guerras. Mirad que no os turbéis,

porque es necesario que esto acontezca; pero todavía no es el fin. 7 Porque se

levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá hambre y terremotos

por todas partes. 8 Pues todas estas cosas son principio de dolores. 9 Entonces

os entregarán a tribulación y os matarán, y seréis aborrecidos por todas las

naciones por causa de mi nombre. 10 Entonces muchos tropezarán; y se

traicionarán unos a otros, y se aborrecerán unos a otros. 11 Muchos falsos

profetas se levantarán y engañarán a muchos; 12 y por haberse multiplicado la

maldad, se enfriará el amor de muchos. 13 Pero el que persevere hasta el fin será

salvo. 14 Y este evangelio del reino será predicado en todo el mundo para

testimonio a todas las razas, y luego vendrá el fin. 15 Por tanto, cuando veáis

establecida en el lugar santo la abominación desoladora, de la cual habló el

profeta Daniel (el que lee, entienda), 16 entonces los que estén en Judea huyan a

los montes. 17 El que esté en la azotea no descienda para sacar algo de su casa,

18 y el que esté en el campo no vuelva atrás a tomar su manto. 19 ¡Ay de las

mujeres que estén encintas y de las que críen en aquellos días! 20 Orad, pues,

que vuestra huida no sea en invierno ni en sábado; 21 porque entonces habrá

gran tribulación como no ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni

habrá jamás. 22 Si aquellos días no fuesen acortados, no se salvaría nadie; pero

por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados. 23 Entonces, si

alguien os dice: “Mirad, aquí está el Cristo”, o “Está acá”, no le creáis.

24 Porque se levantarán falsos cristos y falsos profetas, y darán grandes señales

y maravillas de tal manera que engañarán, de ser posible, aun a los escogidos.

25 ¡Mirad! Os lo he dicho de antemano. 26 Así que, si os dicen: “Mirad, está en

el desierto”, no salgáis; o “Mirad, está en las habitaciones interiores”, no lo

creáis. 27 Porque así como el relámpago sale del oriente y se muestra hasta el

occidente, así será la venida del Hijo del Hombre. 28 Porque donde esté el

cadáver, allí se juntarán los buitres. 29 Pero inmediatamente después de la

tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor.

Las estrellas caerán del cielo y los poderes de los cielos serán sacudidos.

30 Entonces se manifestará la señal del Hijo del Hombre en el cielo, y en ese

tiempo harán duelo todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre

viniendo sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria. 31 El enviará a sus

ángeles con un gran sonar de trompeta, y ellos reunirán a los escogidos de él de los

cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro.

32 De la higuera aprended la analogía: Cuando su rama ya está tierna y

brotan sus hojas, sabéis que el verano está cerca. 33 Así también vosotros,

cuando veáis todas estas cosas, sabed que está cerca, a las puertas. 34 De cierto

os digo que no pasará esta generación hasta que todas estas cosas sucedan.

35 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 36 Pero acerca de

aquel día y hora, nadie sabe; ni siquiera los ángeles de los cielos, ni aun el Hijo,

sino sólo el Padre. 37 Porque como en los días de Noé, así será la venida del

Hijo del Hombre. 38 Pues como en aquellos días antes del diluvio estaban

comiendo y bebiendo, casándose y dándose en casamiento hasta el día en que

Noé entró en el arca, 39 y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y se los

llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre. 40 En aquel

entonces estarán dos en el campo; el uno será tomado, y el otro será dejado.

41 Dos mujeres estarán moliendo en un molino; la una será tomada, y la otra

dejada. 42 Velad, pues, porque no sabéis en qué día viene vuestro Señor.

43 Pero sabed esto: Si el dueño de casa hubiera sabido a qué hora habría de

venir el ladrón, habría velado y no habría dejado que forzaran la entrada a su

casa. 44 Por tanto, estad preparados también vosotros, porque a la hora que no

pensáis, vendrá el Hijo del Hombre. 45 ¿Quién, pues, es el siervo fiel y prudente,

a quien su señor le puso sobre los criados de su casa, para que les diera

alimentos a su debido tiempo? 46 Bienaventurado será aquel siervo a

quien, cuando su señor venga, le encuentre haciéndolo así. 47 De cierto os digo

que le pondrá sobre todos sus bienes. 48 Pero si aquel siervo malvado dice en su

corazón: “Mi señor tarda”; 49 y si comienza a golpear a sus consiervos, y si

come y bebe con los borrachos, 50 el señor de aquel siervo vendrá en el día que

no espera y a la hora que no sabe, 51 y le castigará duramente y le asignará lugar

con los hipócritas. Allí habrá llanto y crujir de dientes.

Capítulo 25

1 Entonces, el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomaron

sus lámparas y salieron a recibir al novio. 2 Cinco de ellas eran insensatas, y

cinco prudentes. 3 Cuando las insensatas tomaron sus lámparas, no tomaron

consigo aceite; 4 pero las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente

con sus lámparas. 5 Y como tardaba el novio, todas cabecearon y se quedaron

dormidas. 6 A la media noche se oyó gritar: “¡He aquí el novio! ¡Salid a

recibirle!” 7 Entonces, todas aquellas vírgenes se levantaron y alistaron sus

lámparas. 8 Y las insensatas dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite,

porque nuestras lámparas se apagan.” 9 Pero las prudentes respondieron

diciendo: “No, no sea que nos falte a nosotras y a vosotras; id, más bien, a los

vendedores y comprad para vosotras mismas.” 10 Mientras ellas iban para

comprar, llegó el novio; y las preparadas entraron con él a la boda, y se cerró la

puerta. 11 Después vinieron también las otras vírgenes diciendo: “¡Señor, señor,

ábrenos!” 12 Pero él respondiendo dijo: “De cierto os digo que no os conozco.”

13 Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora.

14 Porque el reino de los cielos será semejante a un hombre que al

emprender un viaje largo, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes. 15 A uno

dio cinco talentos, a otro dos, y a otro, uno. A cada uno dio conforme a su

capacidad y se fue lejos. 16 Inmediatamente, el que había recibido cinco talentos

se fue, negoció con ellos y ganó otros cinco talentos. 17 De la misma manera, el

que había recibido dos ganó también otros dos. 18 Pero el que había recibido

uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor. 19 Después de

mucho tiempo, vino el señor de aquellos siervos y arregló cuentas con ellos.

20 Cuando se presentó el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco

talentos y dijo: “Señor, me entregaste cinco talentos; he aquí he ganado otros

cinco talentos.” 21 Su señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel. Sobre poco

has sido fiel, sobre mucho te pondré. Entra en el gozo de tu señor.” 22 Y

cuando se presentó el que había recibido dos talentos, dijo: “Señor, me

entregaste dos talentos; he aquí he ganado otros dos talentos.” 23 Su señor le

dijo: “Bien, siervo bueno y fiel. Sobre poco has sido fiel, sobre mucho te

pondré. Entra en el gozo de tu señor.” 24 Pero cuando se presentó el que había

recibido un talento, dijo: “Señor, yo te conozco que eres un hombre duro, que

cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. 25 Y como tuve

miedo, fui y escondí tu talento en la tierra. Aquí tienes lo que es tuyo.” 26 Su

señor respondió y le dijo: “¡Siervo malo y perezoso! ¿Sabías que cosecho

donde no sembré y recojo donde no esparcí? 27 Por lo tanto, debías haber

entregado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, habría recibido lo que es mío

con los intereses. 28 Por tanto, quitadle el talento y dadlo al que tiene diez

talentos. 29 Porque a todo el que tiene le será dado, y tendrá en abundancia;

pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. 30 Al siervo inútil echadlo

en las tinieblas de afuera.” Allí habrá llanto y crujir de dientes.

31 Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria y todos los ángeles con él,

entonces se sentará sobre el trono de su gloria; 32 y todas las naciones serán

reunidas delante de él. El separará los unos de los otros, como cuando el pastor

separa las ovejas de los cabritos; 33 y pondrá las ovejas a su derecha, y los

cabritos a su izquierda. 34 Entonces el Rey dirá a los de su derecha: “¡Venid,

benditos de mi Padre! Heredad el reino que ha sido preparado para vosotros

desde la fundación del mundo. 35 Porque tuve hambre, y me disteis de comer;

tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; 36 estuve

desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis

a mí.” 37 Entonces los justos le responderán diciendo: “Señor, ¿cuándo te vimos

hambriento y te sustentamos, o sediento y te dimos de beber? 38 ¿Cuándo te

vimos forastero y te recibimos, o desnudo y te vestimos? 39 ¿Cuándo te vimos

enfermo, o en la cárcel, y fuimos a ti?” 40 Y respondiendo el Rey les dirá: “De

cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más

pequeños, a mí me lo hicisteis.” 41 Entonces dirá también a los de su izquierda:

“Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus

ángeles. 42 Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me

disteis de beber; 43 fui forastero, y no me recibisteis; estuve desnudo, y no me

vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis.” 44 Entonces le

responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o forastero,

o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y no te servimos?” 45 Entonces les

responderá diciendo: “De cierto os digo, que en cuanto no lo hicisteis a uno de

estos más pequeños, tampoco lo hicisteis a mí.” 46 Entonces irán éstos al

tormento eterno, y los justos a la vida eterna.

Capítulo 26

1 Aconteció que, cuando Jesús terminó todas estas palabras, dijo a sus

discípulos: 2 “Sabéis que después de dos días se celebra la Pascua, y el Hijo del

Hombre va a ser entregado para ser crucificado.” 3 Entonces los principales

sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en el palacio del sumo

sacerdote, que se llamaba Caifás, 4 y consultaron entre sí para prender a Jesús

por engaño y matarle. 5 Pero decían: “No lo hagamos en la fiesta, para que no se

haga alboroto en el pueblo.”

6 Estando Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, 7 vino a él una

mujer trayendo un frasco de alabastro con perfume de gran precio, y lo derramó

sobre la cabeza de Jesús mientras estaba sentado a la mesa. 8 Al verlo, sus

discípulos se indignaron y dijeron: — ¿Para qué este desperdicio? 9 Porque esto

podría haberse vendido a un gran precio y haberse dado a los pobres. 10 Como

Jesús se dio cuenta, les dijo: — ¿Por qué molestáis a la mujer? Pues ha hecho

una buena obra conmigo. 11 Porque siempre tenéis a los pobres con vosotros,

pero a mí no siempre me tenéis. 12 Porque al derramar este perfume sobre mi

cuerpo, ella lo hizo para prepararme para la sepultura. 13 De cierto os digo que

dondequiera que este evangelio sea predicado en todo el mundo, también será

contado lo que esta mujer ha hecho, para memoria de ella.

14 Entonces, uno de los doce, que se llamaba Judas Iscariote, fue a los

principales sacerdotes 15 y les dijo: — ¿Qué me queréis dar? Y yo os lo

entregaré. Ellos le asignaron treinta piezas de plata; 16 y desde entonces él

buscaba la oportunidad para entregarle.

17 El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, los discípulos se

acercaron a Jesús diciendo: — ¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos

para comer la Pascua? 18 El dijo: — Id a la ciudad, a cierto hombre, y decidle:

“El Maestro dice: ‘Mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua

con mis discípulos.’“ 19 Los discípulos hicieron como Jesús les mandó y

prepararon la Pascua. 20 Al atardecer, él estaba sentado a la mesa con los doce,

21 y mientras comían, dijo: — De cierto os digo que uno de vosotros me va

a entregar. 22 Entristecidos en gran manera, comenzaron a preguntarle, uno por

uno: — ¿Acaso seré yo, Señor? 23 Entonces respondiendo él dijo: — El que

mete la mano conmigo en el plato, éste me entregará. 24 A la verdad, el Hijo del

Hombre va, tal como está escrito de él. Pero ¡ay de aquel hombre por quien es

entregado el Hijo del Hombre! Bueno le fuera a aquel hombre no haber nacido.

25 Y respondiendo Judas, el que le entregaba, dijo: — ¿Acaso seré yo,

Maestro? Le dijo: — Tú lo has dicho.

26 Mientras ellos comían, Jesús tomó pan y lo bendijo; lo partió y lo dio a

sus discípulos, y dijo: — Tomad; comed. Esto es mi cuerpo. 27 Tomando la

copa, y habiendo dado gracias, les dio diciendo: — Bebed de ella todos;

28 porque esto es mi sangre del pacto, la cual es derramada para el perdón de

pecados para muchos. 29 Pero os digo que desde ahora no beberé más de este

fruto de la vid, hasta aquel día cuando lo beba nuevo con vosotros en el reino de

mi Padre. 30 Y después de cantar un himno, salieron al monte de los Olivos.

31 Entonces Jesús les dijo: — Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta

noche, porque está escrito: Heriré al Pastor, y las ovejas del rebaño serán

dispersadas. 32 Pero después de haber resucitado, iré delante de vosotros a

Galilea. 33 Respondiéndole Pedro dijo: — Aunque todos se escandalicen de ti,

yo nunca me escandalizaré. 34 Jesús le dijo: — De cierto te digo que esta noche,

antes que el gallo cante, tú me negarás tres veces. 35 Pedro le dijo: — Aunque

me sea necesario morir contigo, jamás te negaré. Y todos los discípulos dijeron

lo mismo.

36 Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a

los discípulos: — Sentaos aquí, hasta que yo vaya allá y ore. 37 Tomó consigo a

Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, y comenzó a entristecerse y a angustiarse.

38 Entonces les dijo: — Mi alma está muy triste, hasta la muerte. Quedaos aquí y

velad conmigo. 39 Pasando un poco más adelante, se postró sobre su rostro,

orando y diciendo: — Padre mío, de ser posible, pase de mí esta copa. Pero, no

sea como yo quiero, sino como tú. 40 Volvió a sus discípulos y los halló

durmiendo, y dijo a Pedro: — ¿Así que no habéis podido velar ni una sola hora

conmigo? 41 Velad y orad, para que no entréis en tentación. El espíritu, a la

verdad, está dispuesto; pero la carne es débil. 42 Por segunda vez se apartó y

oró diciendo: — Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la

beba, hágase tu voluntad. 43 Cuando volvió otra vez, los halló durmiendo,

porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño. 44 Dejándolos, se apartó

de nuevo y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. 45 Entonces

volvió a sus discípulos y les dijo: — ¿Todavía estáis durmiendo y descansando?

He aquí la hora está cerca, y el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos

de pecadores. 46 ¡Levantaos, vamos! He aquí está cerca el que me entrega.

47 Mientras él aún hablaba, vino Judas, que era uno de los doce, y con él

mucha gente con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes y de

los ancianos del pueblo. 48 El que le entregaba les había dado señal diciendo: “Al

que yo bese, ése es. Prendedle.” 49 De inmediato se acercó a Jesús y dijo: —

¡Te saludo, Rabí! Y le besó. 50 Pero Jesús le dijo: — Amigo, haz lo que viniste a

hacer. Entonces ellos se acercaron, echaron mano a Jesús y le prendieron. 51 Y

he aquí uno de los que estaban con Jesús extendió su mano, sacó su espada, y

golpeando a un siervo del sumo sacerdote le cortó la oreja. 52 Entonces Jesús le

dijo: — Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman espada, a

espada perecerán. 53 ¿O piensas que no puedo invocar a mi Padre y que él no

me daría ahora mismo más de doce legiones de ángeles? 54 Entonces, ¿cómo se

cumplirían las Escrituras de que es necesario que suceda de esta manera? 55 En

ese momento Jesús dijo a la multitud: — ¿Como contra un asaltante habéis

salido con espadas y palos para prenderme? Cada día me sentaba enseñando en

el templo, y no me prendisteis. 56 Pero todo esto ha ocurrido para que se

cumplan las Escrituras de los profetas. Entonces todos los discípulos le

abandonaron y huyeron.

57 Los que habían prendido a Jesús le llevaron ante Caifás, el sumo

sacerdote, donde los escribas y los ancianos se habían reunido. 58 Y Pedro le

seguía de lejos hasta el patio de la casa del sumo sacerdote. Habiéndose metido

adentro, estaba sentado con los guardias para ver cómo terminaba aquello.

59 Los principales sacerdotes, los ancianos y todo el Sanedrín buscaban falso

testimonio contra Jesús, para que le entregaran a muerte. 60 Pero no lo hallaron,

a pesar de que se presentaron muchos testigos falsos. Por fin se presentaron

dos, 61 y dijeron: — Este dijo: “Puedo derribar el templo de Dios y edificarlo en

tres días.” 62 Se levantó el sumo sacerdote y le dijo: — ¿No respondes nada?

¿Qué testifican éstos contra ti? 63 Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le

dijo: — ¡Te conjuro por el Dios viviente que nos digas si tú eres el Cristo, el

Hijo de Dios! 64 Jesús le dijo: — Tú lo has dicho. Además os digo: De aquí en

adelante veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder, y viniendo en

las nubes del cielo. 65 Entonces el sumo sacerdote rasgó su vestidura diciendo:

— ¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora

mismo, vosotros habéis oído la blasfemia. 66 ¿Qué os parece? Y ellos

respondiendo dijeron: — ¡Es reo de muerte! 67 Entonces le escupieron en la

cara y le dieron de puñetazos, y otros le dieron bofetadas, 68 diciendo: —

¡Profetízanos, Cristo! ¿Quién es el que te golpeó?

69 Pedro estaba sentado afuera en el patio, y se le acercó una criada

diciendo: — ¡Tú también estabas con Jesús el galileo! 70 Pero él negó delante de

todos diciendo: — No sé lo que dices. 71 Pero cuando él salió a la puerta, otra

criada le vio y dijo a los que estaban allí: — Este estaba con Jesús de Nazaret.

72 Y otra vez negó con juramento: — Yo no conozco al hombre. 73 Y poco

después se acercaron los que estaban por allí y dijeron a Pedro: —

Verdaderamente, tú también eres de ellos, porque aun tu modo de hablar te

descubre. 74 Entonces comenzó a maldecir y a jurar: — ¡No conozco al

hombre! En seguida cantó el gallo, 75 y Pedro se acordó de las palabras de

Jesús que había dicho: “Antes que cante el gallo, tú me negarás tres veces.” Y

saliendo fuera, lloró amargamente.

Capítulo 27

1 Al amanecer, todos los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo

tomaron consejo contra Jesús para entregarle a muerte. 2 Y después de atarlo, le

llevaron y le entregaron al procurador Pilato. 3 Entonces Judas, el que le había

entregado, al ver que era condenado, sintió remordimiento y devolvió las treinta

piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, 4 diciendo: — Yo

he pecado entregando sangre inocente. Pero ellos dijeron: — ¿Qué nos importa

a nosotros? ¡Es asunto tuyo! 5 Entonces él, arrojando las piezas de plata dentro

del santuario, se apartó, se fue y se ahorcó. 6 Los principales sacerdotes,

tomando las piezas de plata, dijeron: — No es lícito ponerlas en el tesoro de las

ofrendas, porque es precio de sangre. 7 Y habiendo tomado acuerdo,

compraron con ellas el campo del Alfarero, para sepultura de los extranjeros.

8 Por eso aquel campo se llama Campo de Sangre, hasta el día de hoy.

9 Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Y

tomaron las treinta piezas de plata, precio del apreciado, según el precio fijado

por los hijos de Israel; 10 y las dieron para el campo del Alfarero, como me

ordenó el Señor.

11 Jesús estuvo de pie en presencia del procurador, y el procurador le

preguntó diciendo: — ¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús le dijo: — Tú lo dices.

12 Y siendo acusado por los principales sacerdotes y por los ancianos, no

respondió nada. 13 Entonces Pilato le dijo: — ¿No oyes cuántas cosas testifican

contra ti? 14 El no le respondió ni una palabra, de manera que el procurador se

maravillaba mucho. 15 En la fiesta, el procurador acostumbraba soltar al pueblo

un preso, el que quisieran. 16 Tenían en aquel entonces un preso famoso que se

llamaba Barrabás. 17 Estando ellos reunidos, Pilato les dijo: — ¿A cuál queréis

que os suelte? ¿A Barrabás o a Jesús, llamado el Cristo? 18 Porque sabía que

por envidia le habían entregado. 19 Mientras él estaba sentado en el tribunal, su

esposa le mandó a decir: “No tengas nada que ver con ese justo, porque hoy he

sufrido muchas cosas en sueños por causa de él.” 20 Entonces los principales

sacerdotes y los ancianos persuadieron a las multitudes que pidieran a Barrabás

y que dieran muerte a Jesús. 21 Y respondiendo el procurador les dijo: — ¿A

cuál de los dos queréis que os suelte? Ellos dijeron: — ¡A Barrabás! 22 Pilato les

dijo: — ¿Qué, pues, haré con Jesús, llamado el Cristo? Todos dijeron: — ¡Sea

crucificado! 23 Y el procurador les dijo: — Pues, ¿qué mal ha hecho? Pero ellos

gritaban aun más fuerte diciendo: — ¡Sea crucificado! 24 Y cuando Pilato se dio

cuenta de que no se lograba nada, sino que sólo se hacía más alboroto, tomó

agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: — ¡Yo soy inocente

de la sangre de éste! ¡Será asunto vuestro! 25 Respondió todo el pueblo y dijo:

— ¡Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos!

26 Entonces les soltó a Barrabás; y después de haber azotado a Jesús, le

entregó para que fuese crucificado. 27 Entonces los soldados del procurador

llevaron a Jesús al Pretorio y reunieron a toda la compañía alrededor de él.

28 Después de desnudarle, le echaron encima un manto de escarlata.

29 Habiendo entretejido una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza,

y en su mano derecha pusieron una caña. Se arrodillaron delante de él y se

burlaron de él, diciendo: — ¡Viva, rey de los judíos! 30 Y escupiendo en él,

tomaron la caña y le golpeaban la cabeza. 31 Y cuando se habían burlado de él,

le quitaron el manto, le pusieron sus propios vestidos y le llevaron para

crucificarle. 32 Mientras salían, hallaron a un hombre de Cirene llamado Simón.

A éste le obligaron a cargar la cruz de Jesús.

33 Cuando llegaron al lugar que se llama Gólgota, que significa lugar de la

Calavera, 34 le dieron a beber vino mezclado con ajenjo; pero cuando lo

probó, no lo quiso beber. 35 Después de crucificarle, repartieron sus vestidos,

echando suertes. 36 Y sentados, le guardaban allí. 37 Pusieron sobre su cabeza

su acusación escrita: ESTE ES JESUS, EL REY DE LOS JUDIOS.

38 Entonces crucificaron con él a dos ladrones, uno a la derecha y otro a la

izquierda. 39 Los que pasaban le insultaban, meneando sus cabezas 40 y

diciendo: — Tú que derribas el templo y en tres días lo edificas, ¡sálvate a ti

mismo, si eres Hijo de Dios, y desciende de la cruz! 41 De igual manera, aun los

principales sacerdotes junto con los escribas y los ancianos se burlaban de él, y

decían: 42 — A otros salvó; a sí mismo no se puede salvar. ¿Es rey de Israel?

¡Que descienda ahora de la cruz, y creeremos en él! 43 Ha confiado en Dios.

Que lo libre ahora si le quiere, porque dijo: “Soy Hijo de Dios.” 44 También los

ladrones que estaban crucificados con él le injuriaban de la misma manera.

45 Desde la sexta hora descendió oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora

novena. 46 Como a la hora novena Jesús exclamó a gran voz diciendo: — ¡Elí,

Elí! ¿Lama sabactani? — que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has

desamparado? — 47 Cuando algunos de los que estaban allí le oyeron, decían:

— Este hombre llama a Elías. 48 Y de inmediato uno de ellos corrió, tomó una

esponja, la llenó de vinagre, y poniéndola en una caña, le daba de beber. 49 Pero

otros decían: — Deja, veamos si viene Elías a salvarlo.

50 Pero Jesús clamó otra vez a gran voz y entregó el espíritu. 51 Y he aquí, el

velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. La tierra tembló, y las rocas se

partieron. 52 Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de hombres santos

que habían muerto se levantaron; 53 y salidos de los sepulcros después de la

resurrección de él, fueron a la santa ciudad y aparecieron a muchos. 54 Y

cuando el centurión y los que con él guardaban a Jesús vieron el terremoto y las

cosas que habían sucedido, temieron en gran manera y dijeron: —

¡Verdaderamente éste era Hijo de Dios! 55 Estaban allí muchas mujeres mirando

desde lejos. Ellas habían seguido a Jesús desde Galilea, sirviéndole. 56 Entre

ellas se encontraban María Magdalena, María la madre de Jacobo y de José, y

la madre de los hijos de Zebedeo.

57 Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea llamado José, quien

también había sido discípulo de Jesús. 58 Este se presentó a Pilato y pidió el

cuerpo de Jesús. Entonces Pilato mandó que se le diese. 59 José tomó el cuerpo,

lo envolvió en una sábana limpia 60 y lo puso en su sepulcro nuevo, que había

labrado en la peña. Luego hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro,

y se fue. 61 Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas delante del

sepulcro. 62 Al día siguiente, esto es, después de la Preparación, los principales

sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato, 63 diciendo: — Señor, nos

acordamos que mientras aún vivía, aquel engañador dijo: “Después de tres días

resucitaré.” 64 Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no

sea que sus discípulos vengan y roben el cadáver, y digan al pueblo: “Ha

resucitado de los muertos.” Y el último fraude será peor que el primero. 65 Pilato

les dijo: — Tenéis tropas de guardia. Id y aseguradlo como sabéis hacerlo.

66 Ellos fueron, y habiendo sellado la piedra, aseguraron el sepulcro con la

guardia.

Capítulo 28

1 Después del sábado, al amanecer del primer día de la semana, vinieron

María Magdalena y la otra María para ver el sepulcro. 2 Y he aquí, hubo un gran

terremoto; porque el ángel del Señor descendió del cielo, y al llegar removió la

piedra y se sentó sobre ella. 3 Su aspecto era como un relámpago, y su vestidura

era blanca como la nieve. 4 Los guardias temblaron por miedo de él y quedaron

como muertos. 5 Y respondiendo el ángel dijo a las mujeres: — No temáis

vosotras, porque sé que buscáis a Jesús, quien fue crucificado. 6 No está aquí,

porque ha resucitado, así como dijo. Venid, ved el lugar donde estaba puesto.

7 E id de prisa y decid a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos.

He aquí va delante de vosotros a Galilea. Allí le veréis. He aquí os lo he dicho.

8 Entonces ellas salieron a toda prisa del sepulcro con temor y gran gozo, y

corrieron a dar las nuevas a sus discípulos. 9 Y he aquí, Jesús les salió al

encuentro, diciendo: — ¡Os saludo! Y acercándose ellas, abrazaron sus pies y le

adoraron. 10 Entonces Jesús les dijo: — No temáis. Id, dad las nuevas a mis

hermanos, para que vayan a Galilea. Allí me verán.

11 Entre tanto que ellas iban, he aquí algunos de la guardia fueron a la ciudad

y dieron aviso a los principales sacerdotes de todas las cosas que habían

acontecido. 12 Ellos se reunieron en consejo con los ancianos, y tomando mucho

dinero se lo dieron a los soldados, 13 diciendo: “Decid: ‘Sus discípulos vinieron

de noche y lo robaron mientras nosotros dormíamos.’ 14 Y si esto llega a oídos

del procurador, nosotros le persuadiremos y os evitaremos problemas.” 15 Ellos

tomaron el dinero e hicieron como habían sido instruidos. Y este dicho se ha

divulgado entre los judíos hasta el día de hoy.

16 Pero los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les

había mandado. 17 Cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaron.

18 Jesús se acercó a ellos y les habló diciendo: “Toda autoridad me ha sido dada

en el cielo y en la tierra. 19 Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones,

bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, 20 y

enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado. Y he aquí, yo

estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”

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